Hierro y Sangre - Capítulo 68
- Inicio
- Todas las novelas
- Hierro y Sangre
- Capítulo 68 - Capítulo 68: Capítulo 68: El Peso del Silencio
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 68: Capítulo 68: El Peso del Silencio
(Aelnora)
El silencio de las minas de Roble de Hierro no era un vacío; era una presencia. Se te pegaba a la piel como el polvo de piedra, se filtraba en tus pulmones y te recordaba, en cada latido, que el hombre que llenaba los espacios con su sola existencia se había marchado. Habían pasado dos días desde que Einar cruzó el umbral con Fenrir a sus pies, y el mundo se sentía más frío, más gris.
Me encontraba en el nivel medio, supervisando el traslado de los últimos sacos de grano que habíamos recuperado de las bodegas del capataz. Mis nudillos seguían en carne viva, una costra fea y oscura que me recordaba mi propio estallido de furia, pero el dolor físico era lo único que me mantenía anclada a la realidad.
—Está bien, Aelnora. Ya es suficiente por hoy —la voz de Ulm retumbó en la galería, profunda y cargada de una preocupación que intentaba disimular—. Llevas doce horas picando y moviendo carga. Ni siquiera un gigante tiene tanta resistencia si no come.
—Estoy bien, Ulm —respondí sin mirarlo, ajustando la correa de una de las carretas—. El trabajo mantiene la mente despejada.
Ulm dejó escapar un suspiro que sonó como el viento en una cueva. Se acercó a mí, su sombra cubriéndome por completo. Con una delicadeza asombrosa para alguien de su tamaño, puso una mano sobre mi hombro.
—No se ha ido por ti —dijo, yendo directo a la herida—. Se ha ido porque no sabe quién es sin una guerra que pelear. Volverá.
—No lo conoces como yo, grandote —le contesté, soltándome de su agarre con un movimiento brusco—. Einar es un experto en huir. Huyó del Imperio, huyó de la Inquisición, y ahora ha huido de nosotros. No somos una causa para él, somos una carga de la que finalmente se ha despojado.
Antes de que Ulm pudiera replicar, un sonido rompió la monotonía del túnel principal. El eco de cascos de caballos y el rodar de carruajes pesados. Mi corazón dio un vuelco estúpido, una esperanza traicionera que me apretó la garganta, pero la realidad me golpeó rápido: era el ritmo de Valka.
Subimos a la entrada justo cuando los carruajes de la mercenaria frenaban en seco, levantando una nube de polvo gris. Valka saltó del pescante con esa agilidad felina que tanto me irritaba, sacudiéndose el polvo de la capa con un gesto de suficiencia. Detrás de ella, Khor y otros dos duelistas empezaron a bajar suministros.
Valka barrió la entrada con la mirada, buscando algo —o a alguien— que no encontró. Su sonrisa se desvaneció un poco al notar mi expresión y el silencio sepulcral de la mina.
—¿Y el druida? —preguntó directamente, sin saludos ni cortesías—. Esperaba que me recibiera con un sermón sobre la paciencia o una de esas miradas de reproche que tanto me gustan.
Me crucé de brazos, sintiendo el frío de la noche colarse por la boca de la mina. —Se fue, Valka. Hace dos días.
Valka se quedó inmóvil un segundo. Miró hacia el bosque oscuro y luego volvió a mirarme a mí. Soltó una carcajada corta y seca, una que no tenía nada de humor.
—¿Se fue? ¿Así nada más? —preguntó, caminando hacia mí—. ¿Qué le dijiste, elfa? ¿Le soltaste algún discurso sobre la pureza de tu fe o le recordaste lo mucho que te duele el corazón?
—Le dije que tomara una decisión —respondí con la voz gélida—. Y la tomó. No nos debe nada, ni a ti ni a mí. Se ha marchado a su exilio de nuevo.
Valka se acercó hasta que estuvo a un palmo de mi cara. Pude oler el vino barato, el cuero viejo y el sudor del viaje en ella. Sus ojos brillaron con una chispa de burla y una seguridad que me resultó insultante.
—Volverá —sentenció ella, relajando la postura—. Si crees que ese imbécil no volverá aquí por ti, tu corazón es más ciego de lo que fue tu fe cuando eras militar. Ese hombre está encadenado a ti por algo más fuerte que los diamantes o las promesas. Lo que pasa es que eres demasiado orgullosa para admitir que lo necesitas, y él es demasiado estúpido para admitir que no puede vivir sin tu sombra.
—Niego con la cabeza —le dije, dándole la espalda—. No conoces el silencio de Einar. Cuando él se va, se lleva todo consigo. No va a volver.
Valka me siguió, sus pasos resonando con fuerza. —Oh, volverá. Y cuando lo haga, espero que estés lista, porque no va a volver como el perrito faldero que te sigue a todas partes.
Los días siguientes fueron una prueba de resistencia para todos. Pasamos el tiempo trabajando en las profundidades, preparando la mina para lo que fuera que viniera. Ulm apenas descansaba, hundiendo su mazo en las vetas de hierro con una furia silenciosa. Sabía que se moría por volver al fuerte para ver a Aeris, para asegurarse de que su pequeña genio estaba a salvo y para entregarle el mineral de veta profunda que tanto necesitaba para sus inventos.
Una tarde, mientras descansábamos cerca de una de las fogatas en el nivel superior, Ulm dejó su mazo y miró hacia la entrada de la mina.
—Deberíamos partir mañana —dijo Ulm, limpiándose el sudor con un trapo sucio—. Tenemos suficiente mineral. Aeris no puede trabajar sin nosotros, y este lugar… este lugar se está volviendo una tumba.
Valka, que estaba afilando una de sus dagas contra una piedra de amolar, levantó la vista. Su rostro, generalmente lleno de arrogancia, mostraba una sombra de inquietud.
—Todavía no —dijo ella, con una seriedad que no le conocía—. Mis hombres, los otros dos carruajes, fueron un poco más lejos que yo hacia el norte, cerca de las Tierras de Nadie más profundas. No han llegado, y no deben tardar.
Ulm frunció el ceño. —Si nos vamos ahora, podríamos estar en el fuerte en dos días. Si esperamos, nos arriesgamos a que una patrulla imperial nos encuentre aquí encerrados.
—Si nos vamos ahora, los dejas expuestos —replicó Valka, señalando hacia el bosque—. Sé que Aelnora y yo haríamos un gran equipo destrozando hombres, estoy segura de que ella tiene una puntería exquisita y yo sé dónde hundir el acero, pero tenemos… leves diferencias. Si una patrulla nos ataca mientras nos movemos con las carretas pesadas de mineral, necesitamos a todos mis hombres.
Ulm soltó una risa profunda, un sonido bajo que hizo vibrar los platos de metal sobre la mesa. —Si a eso llamas leves diferencias…
—Tienes suerte de que no te haya hundido el martillo en el cráneo todavía, Valka. —Interrumpí.
—Pero te entiendo, esperaremos a tus hombres.
Valka hizo un gesto de indiferencia, pero no apartó la vista del túnel que llevaba al exterior.
—Puedo verlo en tu mirada, Valka —continuó Ulm, suavizando el tono—. Te preocupan. Más que un posible ataque del Imperio o la falta de comida, quieres ver que tus hombres regresen bien antes de partir. Lo respeto. Detrás de toda esa palabrería de mercenaria, cuidas a los tuyos.
Valka soltó un bufido de desaprobación y se puso de pie, guardando la daga en su funda con un movimiento brusco.
—Desde allá arriba ni siquiera alcanzas a ver mis ojos, grandote —le espetó, aunque pude notar un ligero tinte de rojo en sus mejillas curtidas—. No digas tonterías. Mis hombres son capaces de cuidarse solos, no necesitan que me preocupe por ellos, y no me gusta perder el tiempo. Es pura logística.
Miré a Valka y luego a Ulm. El gigante tenía razón. Valka no era solo una mujer hambrienta de hombres y diamantes; era una líder que cargaba con la vida de su gente en la espalda, igual que nosotros. A su manera retorcida, ella también estaba atada a esta causa.
Esa noche, el frío se intensificó. Me quedé sola cerca de la boca de la mina, mirando las brasas de una pequeña hoguera. El mundo exterior se sentía inmenso y amenazador. Recordé cómo Einar me había cargado a través de la tormenta de nieve, cómo su calor era lo único que me impedía rendirme.
“No puedo alejarme, Aelnora”, me había dicho. Y yo le había escupido que no lo necesitaba.
—¿Dónde estás, maldito druida? —susurré al viento, dejando que una lágrima solitaria se evaporara antes de tocar mi mejilla.
La mina de Roble de Hierro se sentía como una fortaleza, pero sin él, solo era una caja de piedra llena de tesoros inútiles. Ulm tenía el mineral, Aeris tendría materiales para sus creaciones, Valka tenía los hombres… pero yo sentía que me faltaba el ancla que evitaba que la oscuridad de mi pasado me arrastrara de nuevo.
Me obligué a cerrar los ojos y a dormir sobre el suelo duro. El mañana traería más trabajo, más piedras y más espera. Pero en el fondo de mi alma, una pequeña chispa, una que se negaba a morir a pesar de todo mi cinismo, esperaba el sonido de un aullido de lobo rompiendo el silencio de la noche.
Valka decía que volvería. Y aunque odiaba admitirlo, esa maldita no suele abrir la boca si no está segura de lo que dice.
(Valka)
El aire en la entrada de las minas de Roble de Hierro se sentía estancado, como si la montaña misma estuviera conteniendo el aliento. Yo estaba terminando mi patrulla matutina, ajustando las correas de mi antebrazo mientras escudriñaba el límite del bosque. No soy una mujer de presentimientos místicos, eso se lo dejo a los elfos y a los que hablan con las raíces, pero había un peso en el viento que me resultaba familiar.
Entonces lo vi.
Una pequeña caravana emergió de entre los árboles. No eran soldados, sus movimientos eran demasiado erráticos, demasiado… humanos. Al frente, caminando con esa zancada rítmica que reconocería a leguas, estaba él. Einar traía consigo a unas diez o doce personas, hombres y mujeres con rostros curtidos por el miedo y la determinación, cargando costales que parecían pesarles en el alma. Venían con un par de caballos de tiro y un carruaje que pedía a gritos una reparación, pero venían.
Me apoyé contra la pared de roca, cruzando los brazos y fingiendo una indiferencia que me costaba mantener. Mi pulso se aceleró, pero no iba a darle el gusto de ver que lo habíamos echado de menos. Sin embargo, toda mi fachada de frialdad se desmoronó cuando la sombra a su lado cobró nitidez. Una bestia masiva, de pelaje negro como el carbón y un ojo que brillaba con un fuego ancestral, caminaba a su lado.
—Vaya… —solté, dejando que una sonrisa de suficiencia asomara en mi rostro—. Veo que el perro grande decidió volver contigo. Me preguntaba a dónde se había metido mientras tú jugabas a ser un mártir en el bosque.
Einar se detuvo a pocos metros. Su rostro estaba marcado por el cansancio del camino, pero sus ojos estaban más vivos que nunca.
—Fenrir —respondió con un tono seco, casi divertido—. Y no se había metido en ningún lado, Valka. La nube de humo que me viste inhalar en la arena de Orodreth, antes de que te pateara el trasero… era él. Siempre ha estado ahí.
Sentí una punzada de indignación mezclada con una excitación que me recorrió la columna. Todo encajó en mi cabeza en ese instante: la velocidad inhumana del druida, esa sombra que lo envolvía en los momentos críticos.
—¡Lo sabía! —exclamé, señalándolo con un dedo—. Hiciste trampa. Eran dos contra uno en esa arena, Einar. Tu solo jamás habrías podido tocarme, y lo sabes. Usaste al lobo desde dentro para ganar ese duelo.
—Él es parte de mí, Valka —contestó él, acariciando la cabeza del lobo huargo sin apartar la vista de la mía—. No somos dos entidades distintas. Somos una sola voluntad, él es mi la manifestación física de mi parte salvaje.
—Lo que digas, tramposo. Lo que digas —bufé, aunque por dentro mi mente ya estaba trazando planes para ver a esa bestia en acción de nuevo. Ya lo había visto en la pelea en la casa del gobernador sin prestarle mucha atención, pero saber que era una extensión del druida lo hacía mucho más interesante—. ¿Y quién es esta gente? Parecen haber salido de una tumba.
El ruido de nuestra discusión y el relincho de los caballos cansados no tardó en atraer atención. Escuché los pasos rápidos de Aelnora emergiendo de la oscuridad del túnel. Se detuvo en seco, con la mano apoyada en el marco de la entrada. Su rostro estaba pálido, y por un segundo vi cómo sus dedos se enterraban en la piedra. Se contuvo, tragándose cualquier rastro de emoción antes de que el alivio la traicionara.
—Volviste… —susurró ella.
—Te lo dije —le solté yo de lado, disfrutando de mi victoria moral.
—¿Qué haces aquí, druida? —preguntó Aelnora, recuperando esa voz de hielo que usaba para protegerse—. Creí que está ya no era tu lucha. Que habías encontrado la paz en tu exilio.
Einar dio un paso al frente, dejando que los recién llegados se detuvieran detrás de él.
—Traje más suministros y más gente dispuesta a formar una rebelión —dijo, y su voz resonó con una autoridad que nos hizo callar a todos—. Pero, sobre todo, traje noticias. Hay rumores de otro grupo, una insurgencia real en una ciudad entera.
—También lo escuché yo —una voz nueva intervino desde las sombras laterales.
Me giré, desenvainando la daga por puro instinto, solo para ver a uno de mis duelistas emergiendo de entre los árboles. Estaba cubierto de barro y jadeaba, pero sus ojos estaban encendidos.
—¡Carajo, Ulfic! —exclamé, guardando el acero—. ¿De dónde saliste? ¿Dónde está el resto?
—Los otros dos carruajes vienen en camino, jefa. Estarán aquí en poco tiempo —respondió Ulfic, apoyándose en sus rodillas para recuperar el aire—. Me adelanté para ver que todo estuviera en orden. Traemos buenos materiales y granos de los asentamientos del norte. Nosotros no conseguimos gente, pero escuchamos los mismos rumores. La insurgencia en la ciudad de Colmillo de Wyvern.
Einar asintió, mirando directamente a Aelnora, ignorándome por completo en un momento que me supo a hiel.
—Esa misma. La ciudad acorazada al pie de la montaña. Aelnora… —hizo una pausa, y su voz bajó a una frecuencia que solo estaba destinada a ella—. No solo lucharé contigo. Lucharé por ti.
Puse los ojos en blanco y solté un suspiro dramático.
—Eso también te lo dije, elfa. ¿Ves? Soy una fuente de sabiduría. Suerte con eso, dulzura —añadí en un susurro que solo Aelnora oyó—, porque si la cagas, ese hombre será mío.
Einar continuó.
—Colmillo de Wyvern es el mejor lugar para iniciar la insurrección. Su casa de gobierno es un bastión impenetrable pegado a la montaña en su parte trasera y tiene tres muros reforzados. Si nos aliamos con ellos, si usamos esa ciudad como base, nuestros números y nuestra fuerza por fin serán rivales para cualquier ejército imperial. Dejar las minas y el fuerte atrás valdrá la pena.
Aelnora lo miró fijamente. Podía ver cómo los engranajes de su mente militar empezaban a girar, dejando de lado el dolor personal para enfocarse en la estrategia.
—Suena provechoso —admitió con voz neutra.
En ese momento, la mole de Ulm apareció detrás de ella, saliendo del túnel con el pecho cubierto de polvo de hierro.
—Si hay una montaña, hay minerales —retumbó el gigante—. Quizás no los mismos que aquí, pero algo debe haber. Ya tengo suficiente mineral de veta profunda para Aeris. Podemos abandonar la mina cuanto antes, ir al fuerte por ella y por los otros, y marchar a esa ciudad en busca de alianzas. No tiene caso esperar aquí a que vengan a cobrar la cuota imperial. Dejemos que crean que la mina se derrumbó cuando lleguen.
—Sí, dejemos atrás la mina, grandote —dijo Aelnora, pero luego clavó sus ojos en Einar—. Pero esperen en el fuerte unos días. Primero iré sola a esa tal ciudad. Si los rebeldes ven un ejército marchando a sus puertas, atacarán antes de preguntar si somos amigos o enemigos. Iré con un carruaje, una ofrenda que nos abra sus puertas.
—Iré contigo —soltó Einar de inmediato.
Aelnora se giró hacia él, y esta vez el hielo en sus ojos era cortante.
—No, druida. Me dejaste sola aquí pensando que habías abandonado la causa y que me habías abandonado a mí también. Esta vez… prefiero viajar sola.
Me crucé de brazos y sonreí desde el fondo.
—Yo lo cuido —solté con malicia.
Aelnora, sin siquiera girarse, me pintó el dedo con una elegancia que me hizo soltar una carcajada.
—Bueno, pues tenemos un plan —interrumpió Ulm, ignorando la tensión sexual y el drama—. Carguen todos los carruajes. Lleven todo lo que sea necesario y preparen las cargas. Haremos volar la mina antes de partir.
—Lo siento… —Ulfic intervino de nuevo, mirando con cautela—. Sé que ustedes mandan… bueno, usted manda, jefa —me miró a mí con respeto—. Pero los dos carruajes que están por llegar y yo venimos del camino. Estamos agotados. ¿Podemos comer y descansar? Partiremos al amanecer… una noche no haría gran diferencia, ¿o sí?
Aelnora miró al joven duelista y luego a la gente que Einar había traído.
—Una noche —respondió ella—. Aprovechen todos el descanso. Es posible que no tengamos muchos más si vamos a declararle la guerra al Imperio.
Sin decir una palabra más, Aelnora se dio la vuelta y se internó de nuevo en las minas, ignorando completamente a Einar como si fuera poco más que una estatua de sal. Me acerqué al druida y le puse una mano en el hombro, apretando un poco.
—La cagaste en grande, druida —le susurré al oído—. Pero es bueno tenerte de vuelta. Ella te odia ahora mismo, pero yo no.
Le dediqué una mirada cargada de intención y seguí a Aelnora hacia el interior, dejando que la oscuridad de los túneles me envolviera.
(Narra Einar)
Me quedé allí, de pie frente a la boca de la mina, sintiendo el peso del silencio de Aelnora más que el de mi propia espada. Fenrir soltó un gruñido bajo, frotando su cabeza contra mi muslo. Sabía lo que el lobo sentía: una mezcla de alivio por haber regresado y la amargura del rechazo.
Ulm seguía allí, parado como una torre de piedra. Lo miré, esperando algún juicio, alguna palabra de sabiduría de las que los gigantes suelen guardar para los momentos de quiebre.
—¿Tú no tienes también algún comentario, Ulm? —pregunté, sintiendo mi propia voz cansada.
El gigante se acercó a mí, sus pasos haciendo vibrar el suelo. Me miró desde su altura, y por un momento vi en sus ojos la comprensión de siglos de soledad.
—Solo si tú lo deseas —respondió Ulm con calma—. ¿Quieres hablar?
—No… creo que no —respondí, bajando la vista.
—Lo imaginé —dijo él, dándome una palmadita en el hombro que casi me dobla las rodillas—. Bienvenido a casa, Einar. O a lo que queda de ella.
Ulm entró en la mina, dejándome a solas con los recién llegados. Me giré hacia ellos, forzando una sonrisa de bienvenida que se sentía falsa en mis labios. Eran hombres y mujeres que lo habían dejado todo por una promesa que yo mismo no sabía si podía cumplir.
—Entren, pónganse cómodos —les dije, señalando el interior—. Las habitaciones están a la derecha. Bienvenidos a la rebelión.
Uno de los jóvenes que me había acompañado desde el linde del bosque, un chico llamado Valen que no paraba de hablar durante todo el trayecto, pasó junto a mí con una expresión de decepción mal disimulada.
—Esta no es la bienvenida heroica que esperaba, jefe —dijo Valen, ajustando su fardo—. Pero aliarnos con Colmillo de Wyvern suena bien. Los rumores dicen que una mujer con máscara de hierro dirige el movimiento. ¿Qué pasa con ustedes los rebeldes y las máscaras? Yo no usaré una. Mi rostro será recordado por miles de años cuando acabemos con el Imperio.
Solté una risa corta, la primera que salía de mi pecho en días.
—Mantén ese espíritu en alto, chico. Lo vas a necesitar cuando veas los muros de la capital.
Valen asintió y entró en la mina, seguido por el resto. Cuando por fin estuve solo y con el bosque a mis espaldas, dejé caer los hombros. Me llevé la mano a la cara, sintiendo mi propia mascara de hueso y frotándome el ojo descubierto.
—Vaya mierda de bienvenida… —susurré para mí mismo, mientras Fenrir se echaba a mis pies—. Supongo que lo merezco.
Miré hacia la oscuridad del túnel por donde Aelnora había desaparecido. Sabía que el camino hacia el fuerte y el eventual viaje a Colmillo de Wyvern iba a ser largo, pero el camino de regreso a su confianza iba a ser, con diferencia, el más difícil que jamás hubiera recorrido.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com