Hierro y Sangre - Capítulo 7
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- Capítulo 7 - 7 Capítulo 7 Estandartes Manchados
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7: Capítulo 7: Estandartes Manchados 7: Capítulo 7: Estandartes Manchados La muerte huele a cobre y hollín.
Es un olor que se te pega al paladar, que no puedes escupir por mucho que lo intentes.
Llegamos a un pueblo —o a lo que quedaba de él— con las armas en la mano, pero no había nadie contra quien luchar.
El silencio era absoluto, solo roto por el crujido de vigas colapsando y el viento silbando a través de costillas rotas.
No eran solo casas quemadas.
Era una carnicería.
Cuerpos mutilados yacían en el barro congelado.
Hombres, mujeres, ganado.
Todos mezclados en una pila grotesca de extremidades y desesperación.
Me detuve en el centro de la plaza, cerrando los ojos.
—Los mercenarios —dijo Einar , arrodillándose junto a una huella de bota en el barro—.
El patrón de la suela es el mismo que vi en el bosque.
Son ellos.
—Entonces siguieron avanzando al este —dije, apretando el mango de Justicia hasta que mis guanteletes chirriaron—.
Pasaron por aquí después de dejarme tirada.
Y decidieron… divertirse.
—¡Ayuda…!
El gemido fue débil, apenas un susurro bajo una pila de escombros de madera quemada cerca de lo que parecía haber sido una herrería.
Einar y yo nos movimos al unísono.
Él corrió para levantar una viga humeante, sus músculos tensándose bajo la chaqueta de cuero, mientras yo me deslizaba por el hueco para llegar al superviviente.
Era un hombre joven, casi un niño.
Tenía el pecho abierto por un tajo feo y la piel gris por la pérdida de sangre.
—Tranquilo —dije, poniendo mis manos sobre él.
Invoqué mi magia, pero mi reserva seguía baja.
Solo pude estabilizarlo, frenar la hemorragia, no cerrarla—.
Te tengo.
Mírame.
El chico parpadeó, sus ojos vidriosos enfocándose en mi rostro y luego en Einar .
—Una legión… —balbuceó, tosiendo sangre—.
Fue una legión completa.
Vinieron como una tormenta de acero.
—¿Mercenarios?
—preguntó Einar , presionando un paño limpio sobre la herida del chico.
El joven negó débilmente con la cabeza.
—No… soldados.
Mezclados con los otros, con los marcados.
Logré… logré arrancarle el casco a uno de los malditos cuando intentó rematarme.
Levantó una mano temblorosa y señaló hacia un rincón oscuro, donde los restos de un barril ocultaban algo metálico.
—Allí.
Sentí un escalofrío que me recorrió la columna, una premonición oscura.
Me levanté y caminé hacia el rincón.
El casco estaba abollado, manchado de sangre seca.
Lo levanté.
Era pesado, de acero templado de la mejor calidad.
No era basura de mercenario.
Lo giré.
Y el mundo se detuvo.
Grabado en la frente del casco, brillando incluso bajo la capa de hollín, estaba el sol de hierro rodeado de espadas.
El escudo de mi propia brigada.
La Tercera Legión de la Vanguardia Sagrada.
Sentí una náusea violenta.
Una ráfaga de furia y horror me golpeó tan fuerte que casi dejo caer el casco.
¿Mis hermanos de armas?
¿Mis subordinados?
—Los que te hicieron esto… —pregunté.
—.
¿Llevaban esta armadura?
Me giré hacia él, con el casco en las manos como si fuera una cabeza cortada.
—Sí —susurró el chico—.
Ellos masacraron a mi familia.
A mi pueblo.
Acabaron con todo.
Se reían mientras lo hacían.
Einar me miró.
Vi la comprensión en sus ojos, seguida de una lástima que me dolió más que cualquier insulto.
Él sabía lo que era ese casco.
Él había sido parte de esa maquinaria.
Se volvió hacia el chico, limpiándole el sudor de la frente con una delicadeza sorprendente.
—Tranquilo, hijo —dijo Einar con voz suave—.
No gastes fuerzas.
Te sacaremos de aquí.
Te ayudaremos a sanar.
El chico miró al techo quemado, las lágrimas trazando caminos limpios en su cara sucia.
—¿Y quién sanará mi alma, señor?
La pregunta quedó suspendida en el aire gélido, sin respuesta.
Einar se quedó inmóvil.
Vi cómo tragaba saliva, cómo la frase golpeaba sus propias cicatrices invisibles.
El silencio fue profundo, solo llenado por la respiración agónica del muchacho.
Trabajamos en silencio durante la siguiente hora.
Einar entablilló, vendó y preparó una camilla improvisada.
Yo usé hasta la última gota de magia que me quedaba para mantener el corazón del chico latiendo, aunque sabía que las probabilidades estaban en su contra.
Cuando finalmente se quedó dormido, sedado por una de las hierbas de Einar , salimos a tomar aire.
Me apoyé contra una pared que aún estaba caliente por el fuego.
Apreté el casco imperial contra mi pecho, sintiendo el metal frío a través de mi túnica.
—Es el logo imperial —dije, mi voz temblando de rabia contenida—.
Es mi propia brigada, Einar .
Hombres con los que he entrenado.
Hombres con los que he comido.
Miré hacia el bosque, como esperando respuestas en el viento.
Einar estaba limpiando la sangre de sus manos con nieve.
No me miró cuando respondió.
Su voz era plana, cargada de esa certeza cínica que tanto me irritaba y que ahora, por primera vez, me daba miedo.
—Los mercenarios hacen el trabajo sucio.
Los soldados aseguran el perímetro.
Y los oficiales cobran el cheque.
Se sacudió la nieve de las manos rojas.
—Los perros imperiales se llevan bien con las ratas, Aelnora.
Siempre lo han hecho.
Solo que tú estabas demasiado ocupada mirando al cielo para ver la mierda que pisabas.
Quise golpearlo.
Quise defender mi honor, mi casta.
Pero el peso del casco en mis manos y el olor a carne quemada en el aire me cerraron la boca.
El enemigo no estaba solo delante de mí.
Estaba detrás.
Estaba en mi casa.
Y ahora yo me sentía tan traicionada como él, pero mucho más confundida.
Mis hermanos de armas…
¿juntos con los Marcados?
No tenía sentido, no tenía razón de ser.
Necesitaba saber más, encontrarlos, necesitaba… ¡Necesitaba quitarme esta puta armadura!
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