Hierro y Sangre - Capítulo 70
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Capítulo 70: Capítulo 70: El Engranaje y la Montaña
(Narra Ulm)
El viaje desde la mina de Roble de Hierro hasta el fuerte fue un auténtico calvario. El frío calaba hasta los huesos, el barro dificultaba cada paso de las bestias de carga y el rugido constante de los carros cargados de mineral parecía querer taladrarme el cráneo. Fue horrible, una procesión de fatiga y lodo bajo un cielo gris que amenazaba con desplomarse sobre nosotros. Sin embargo, mi mente no estaba en el camino, ni en el peligro de las patrullas imperiales, ni en el peso de la riqueza que transportábamos. Mi mente estaba clavada, como un clavo ardiente en un tablón de roble, en la persona que me esperaba al final del camino.
Al cruzar el umbral del fuerte, el caos del exterior se desvaneció para mis sentidos. No me importó el estruendo de los portones cerrándose ni los gritos de júbilo de los soldados. El olor fue lo primero que me recibió, atravesando la suciedad y el cansancio. Era el aroma a aceite de linaza, a metal calentado sobre el yunque y a ese perfume sutil, casi imperceptible, de la pólvora y el ingenio. Era el olor de Aeris.
Caminé por el patio del fuerte con el corazón golpeándome contra las costillas como un martillo de forja. A mi espalda, la caravana de carruajes cargados de mineral de veta profunda hacía un estrépito que normalmente me habría puesto los nervios de punta, pero mi mente estaba en otro lugar. Mis pies, pesados y cubiertos del polvo gris de la mina, parecían querer correr, una imagen ridícula para alguien de mi tamaño y mi peso. Me sentía como un buey tratando de imitar el galope de un corcel, pero la urgencia en mi pecho no entendía de gravedades ni de composturas.
—¡Ya estamos aquí! —rugió Valka a mis espaldas, saltando de su carruaje con la energía de quien acaba de conquistar un reino—. ¡Saquen el vino y preparen las fraguas, que traemos suficiente riqueza para comprar el Imperio dos veces!
Los saludos fueron rápidos, ruidosos y caóticos. Los duelistas de Valka se abrazaban con los que se habían quedado custodiando el fuerte, intercambiando historias exageradas de combates. Pero yo apenas los veía. Mis ojos buscaban una silueta pequeña, una figura encorvada sobre una mesa de trabajo o corriendo con un manojo de planos que siempre parecían más grandes que ella. El bullicio del patio se volvió un ruido de fondo, una estática lejana que no lograba distraerme de mi único objetivo.
Aelnora, con la mirada perdida y el rostro como una máscara de mármol, ni siquiera se detuvo a celebrar. Cruzó el patio con zancadas largas y se dirigió directamente a la sala de mapas del bastión central. Einar, que no le había quitado los ojos de encima desde que salimos de la mina, la siguió a pocos pasos, cargando con su propio silencio como si fuera una armadura pesada. La tensión entre ellos era palpable, una cuerda tensada al máximo que amenazaba con romperse, pero yo no tenía espacio en mi cabeza para sus dramas.
—¿Qué buscas, Aelnora? —escuché que preguntaba el druida justo antes de que las puertas pesadas se cerraran tras ellos, ahogando sus voces.
Yo no me quedé a escuchar la respuesta. Tenía mi propio norte.
Subí las escaleras hacia el taller de la torre este, donde la luz de las antorchas siempre parpadeaba hasta altas horas de la madrugada. Cada peldaño de piedra crujía bajo mis botas, un recordatorio de que yo no pertenecía a los lugares delicados. Abrí la puerta de madera reforzada, con cuidado de no arrancar las bisagras por la prisa, y allí estaba ella. Aeris estaba de espaldas, con el cabello recogido en un moño desastroso que dejaba escapar varios mechones rebeldes, y las mangas de su túnica arremangadas hasta los codos. Estaba golpeando una pieza de bronce con un martillo pequeño, con una concentración tan absoluta que no pareció notar la vibración de mis pasos, y vaya que mis pasos hacían vibrar la torre.
Me detuve un momento en el umbral, simplemente observándola. El taller estaba lleno de piezas que yo no terminaba de comprender: resortes que parecían nervios de acero y esquemas de máquinas que desafiaban la lógica de Ymir. Todo allí tenía el orden caótico de su mente, y verla trabajar era como observar el latido mismo de la creación.
—Ese bronce es demasiado blando para lo que tienes en mente —dije con voz suave, aunque mi susurro era un trueno en esa habitación pequeña.
Aeris se quedó petrificada. Soltó el martillo, que cayó sobre la mesa con un tintineo metálico, y se giró lentamente. Sus ojos, grandes y brillantes tras sus gafas protectoras, se abrieron de par en par. Estaba manchada de grasa en la mejilla izquierda y tenía un poco de polvo de carbón en la frente. Para mí, era la visión más hermosa que existía sobre la tierra.
—Ulm… —susurró, y antes de que pudiera decir nada más, se lanzó hacia mí.
La recibí en mis brazos, levantándola del suelo como si fuera una pluma de ave. Su cuerpo era pequeño, frágil en apariencia, pero lleno de una energía vibrante que siempre me asombraba. Enterré mi rostro en el hueco de su cuello, respirando su aroma a taller y a mujer, dejando que la tensión acumulada de los dos meses de encierro se evaporara de golpe. Sentí sus dedos pequeños enterrándose en mis hombros, confirmando que yo era real, que no era otro sueño nacido del agotamiento en las profundidades de la tierra.
—Te traje el mineral, pequeña —le dije al oído, sintiendo cómo sus manos se aferraban a mi túnica de cuero—. Veta profunda pura. El hierro que querías para tus mecanismos de presión. Tuvimos que excavar más allá de lo que los mapas sugerían, pero valió la pena cada golpe de mazo.
—No me importa el hierro ahora, grandote —respondió ella, separándose lo suficiente para mirarme a la cara. Sus manos buscaron mis mejillas, recorriendo la barba descuidada y las nuevas cicatrices—. Estás bien. Estás aquí. Pensé… tantas cosas. Imaginé derrumbes, imaginé que el enemigo los encontraba antes de que pudierais salir. Cada noche, de no ser por tu cuervo, el silencio de esta torre se habría vuelto una tortura, preguntándome si volvería a escuchar tus pasos.
Nos quedamos así un largo rato, rodeados de engranajes y planos a medio dibujar. La bajé con cuidado, pero no la solté. Le conté todo. Le hablé de la oscuridad opresiva de Roble de Hierro, del tesoro escondido del capataz, los diamantes que ahora financiaban nuestra causa. Pero, sobre todo, le hablé de lo que sentía cada vez que cerraba los ojos en los túneles profundos.
—Quiero tenerte siempre a mi lado, Aeris —le confesé, sintiendo mi propia vulnerabilidad como un peso en el pecho—. En la mina, cada golpe de mazo era un segundo menos para volver a verte. No quiero que seas solo alguien a quien visito entre batallas. Me di cuenta de que mi fuerza no sirve de nada si no tengo una razón para volver a la superficie. Eres mi razón, pequeña.
Aeris me miró con una seriedad que me desarmó por completo. Se quitó las gafas protectoras, dejándolas colgar de su cuello, y sus ojos se clavaron en los míos con una determinación inquebrantable.
—Yo también te quiero cerca todo el tiempo, Ulm —dijo, y su voz no tembló—. Mis artefactos son eficientes, precisos… pero tú eres el que les da un propósito. Sin ti, solo estoy construyendo juguetes para destruir. Contigo…contigo siento que estoy construyendo un futuro. No eres solo mi gigante, eres el fuego que mantiene encendida esta fragua que llamo corazón.
Me incliné hacia ella, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo menudo. El aire entre nosotros parecía cargarse de una electricidad similar a la que Aeris intentaba capturar en sus frascos de energía. Mis manos subieron hasta su cintura, sujetándola con una delicadeza extrema, como si fuera una de sus piezas de relojería más finas. Ella se puso de puntillas, cerrando la inmensa distancia entre nuestros rostros, con los labios entreabiertos y la respiración entrecortada. El mundo exterior, la guerra y el mineral de veta profunda dejaron de existir en ese instante, reducido todo al espacio de apenas unos milímetros que nos separaba.
(Narra Aeris)
Lo besé con una pasión que me sorprendió incluso a mí misma, mis labios suaves y ansiosos presionándose contra los suyos, tan grandes y ásperos como el cuero de un arnés viejo.
Sentí cómo su boca me devoraba, su aliento caliente y salvaje invadiendo mis sentidos, y un escalofrío de anticipación recorrió mi espina dorsal. Sus manos, enormes y callosas, me envolvieron por completo, levantándome del suelo como si yo fuera una mera extensión de uno de mis inventos frágiles.
Me cargó con esa delicadeza extrema que siempre usaba conmigo, como si temiera que su fuerza bruta me partiera en dos, y me llevó hacia el catre donde solía descansar entre sesiones de creación febril. El taller olía a metal caliente y aceites lubricantes, un aroma que se mezclaba con el almizcle de su piel, haciendo que mi pulso se acelerara.
La diferencia en nuestras proporciones siempre me había fascinado, un enigma que resolvía en mi mente. Él medía más de dos metros, una torre viviente de músculo y hueso endurecido, con venas gruesas que latían bajo su piel como raíces expuestas en una tormenta; yo apenas llegaba al metro con sesenta y cinco, menuda y ágil, mis curvas suaves diseñadas para encajar en espacios precisos. Me depositó en las mantas con un cuidado que me hizo sonreír internamente; sus manos cubrían casi todo mi torso mientras me ayudaba a quitarme la túnica de trabajo. Sentí la tela deslizarse por mis hombros, exponiendo mis pechos pequeños pero firmes al aire fresco del taller, mis pezones endureciéndose instantáneamente bajo su mirada.
Bajó las manos hasta mis caderas, quitándome las prendas inferiores con una lentitud tortuosa, revelando mi sexo ya húmedo y rosado, palpitante de deseo por él.
Se movía con esa lentitud glacial que tanto lo caracterizaba cuando estaba conmigo, como si cada gesto fuera un esfuerzo consciente para no lastimarme. Sus dedos, gruesos y acostumbrados a tallar piedra y moldear hierro, trazaban líneas suaves sobre mi piel, enviando ondas de placer que me hacían contener el aliento.
Recorrió mis pechos con timidez, pellizcando ligeramente mis pezones hasta que un jadeo escapó de mis labios, un sonido involuntario que lo hizo pausar. Luego, descendió por mi vientre, llegando a mi entrepierna. Sus dedos, como ramas robustas, se abrieron paso con gentileza, rozando mis labios vaginales hinchados, sintiendo la humedad que se acumulaba allí como el rocío en una hoja.
Introdujo un dedo con precaución, explorando mi interior apretado y cálido, y sentí cómo mis paredes se contraían alrededor de él, como un mecanismo perfecto ajustándose a una pieza nueva. Era exquisito, pero sabía que podía ser más; mi cuerpo anhelaba la intensidad que él contenía.
—Ulm… —susurré, notando cómo temblaba en la penumbra del taller, las sombras danzando sobre sus facciones angulosas—. Estás temblando.
—Tengo miedo de lastimarte, Aeris —admitió, su voz un gruñido bajo que reverberó en mi pecho, mientras notaba su erección enorme y palpitante presionando contra sus pantalones, un bulto que medía casi como mi antebrazo. Era intimidante, pero excitante; un desafío que mi mente de artífice no podía resistir—. Soy demasiado… grande. Soy un animal comparado con tu delicadeza.
Solté una risita suave, una melodía ligera que cortó la tensión como una lima fina, y rodeé su cuello con mis brazos delgados, tirando de él hacia mí. Mis ojos se clavaron en los suyos, brillando con un fuego que no provenía de mis forjas, sino de un deseo puro que ardía en mis venas.
Bajé mis manos por su pecho, desabotonando su camisa con dedos hábiles, revelando su torso masivo cubierto de vello áspero, como un paisaje salvaje que anhelaba explorar. Descendí hasta su cintura, liberando su miembro con un tirón decidido.
Lo tomé entre mis manos pequeñas, apenas pudiendo rodearlo con los dedos, y lo acaricié con movimientos firmes, sintiendo cómo se endurecía aún más, la cabeza hinchada y goteando lubricaba mi palma. Era como sostener una barra de hierro caliente, vibrante de vida.
—Tranquilo, mi monolito —le dije, acariciando sus hombros masivos mientras guiaba su verga hacia mi entrada, rozando la punta contra mis pliegues húmedos—. No vas a romperme. Soy una artífice, Ulm. Sé cómo encajan las piezas, sé cuánto pueden resistir los materiales. Y yo… yo estoy hecha de algo mucho más fuerte de lo que crees.
No me trates como si fuera de porcelana.
Se acomodó entre mis piernas, y sentí la inmensa diferencia de escala. Era como si un titán buscara refugio en un valle estrecho y cálido, su presencia era abrumadora pero bienvenida. Su verga, gruesa y venosa, rozaba contra mi clítoris, provocándome gemidos suaves mientras me lubricaba con su propia excitación.
Empujó con cautela, la punta abriéndose paso en mi sexo apretado, estirándome palmo a palmo. Me arqueé contra él, mordiéndome el labio inferior, sintiendo cómo mis paredes internas lo apretaban como un vicio, un ajuste perfecto que enviaba chispas de placer a través de mi cuerpo.
Su expresión era de concentración absoluta, pero la mía era de placer puro, no de dolor; cada pulgada que ganaba me llenaba de una satisfacción profunda, como ensamblar un mecanismo complejo.
Al principio, todo era sutil, un baile medido de cuerpos que desafiaba la física. Sus embestidas eran lentas, controladas, como si midiera cada movimiento con su mente.
Sentía su miembro deslizarse dentro de mí, rozando mis paredes sensibles, enviando ondas de calor que se acumulaban en mi vientre. Mis manos se aferraban a sus brazos, duros como troncos, y mis piernas se abrían más para acomodarlo, mis talones presionando contra su espalda baja. El catre crujía bajo nuestro peso combinado, un sonido rítmico que se mezclaba con mis suspiros suaves. “Más despacio”, pensé al principio, disfrutando la delicadeza, pero pronto el deseo creció, un fuego que no se contentaba con brasas. Quería sentir su poder, no solo su contención.
No quería sutileza por siempre. El calor en mi interior exigía más, un ritmo que reflejara la pasión cruda que bullía entre nosotros. —Puedes ser un poco más rudo si quieres —murmuré contra su oído, mi voz un ronroneo cargado de invitación, mientras clavaba mis uñas en su espalda, dejando surcos rojos en su piel dura como armadura—. Trátame como lo que soy…tuya, tu mujer.
Esas palabras fueron el gatillo que liberó su lado salvaje, y sentí el cambio instantáneo en él, como un engranaje que encaja en su lugar. Dejó de pensar en las proporciones y se dejó llevar por el ritmo que yo marcaba, empujando más profundo, enterrando su verga enorme hasta la mitad en mi interior.
Sentí cómo mi sexo se expandía para acomodarlo, mi humedad facilitando cada embestida, un lubricante natural que hacía que todo fluyera con facilidad resbaladiza.
La escena era casi irreal: yo, la pequeña artífice, envuelta por la inmensidad del gigante, mis piernas delgadas rodeando sus caderas anchas mientras él me hacía suya con embestidas controlados pero firmes. Su verga salía y entraba con un ritmo creciente, golpeando contra mi punto más sensible, enviando explosiones de placer que me hacían arquear la espalda y gemir más alto.
Mis pechos rebotaban con cada movimiento y él los capturó con su boca, chupando un pezón con fuerza mientras su mano libre masajeaba mi clítoris en círculos rápidos. El contraste era embriagador: su boca enorme envolviendo mi pecho entero, su lengua áspera lamiendo y succionando, enviando descargas eléctricas directo a mi clítoris bajo su tacto.
Clavé mis uñas más profundo en su espalda, urgiéndolo a ir más rápido, más fuerte. “Sí, así”, jadeé, mi voz entrecortada por el placer. “No pares, Ulm. Hazme tuya de verdad.” Respondió con un gruñido, sus caderas chocando contra las mías con una fuerza que me sacudía entera, pero en lugar de dolor, solo sentía éxtasis.
Mi sexo lo apretaba con cada salida, como si no quisiera dejarlo ir, y cuando volvía a entrar, el estiramiento era delicioso, un recordatorio de cuán perfectamente encajábamos a pesar de todo.
El ritmo se volvió salvaje, un torbellino de movimiento y sensación. Sus bolas pesadas golpeaban contra mi trasero con cada embestida profunda, un sonido húmedo y rítmico que llenaba el taller. Agarré sus hombros, mis dedos hundiéndose en su carne dura, y lo besé con ferocidad, mordiendo su labio inferior hasta que probé un toque de sangre. Él rugió en respuesta, sus manos enormes aferrándose a mis caderas, levantándome ligeramente para penetrarme en un ángulo nuevo, golpeando directamente mi punto más sensible.
Oleadas de placer me inundaron, construyéndose como una máquina a punto de sobrecargarse. “Más fuerte”, exigí, mi voz ahora un grito ahogado. “cógeme como el animal que dices ser.” Y lo hizo; sus embestidas se volvieron brutales, su enorme pene hundiéndose por completo en mí, estirándome al límite, mis paredes internas temblando alrededor de él.
Nos fundimos en uno solo, ignorando las leyes de la lógica que tanto amaba en mis inventos. Él era la montaña, inamovible y poderosa, y yo el fuego que nacía en sus entrañas, consumiéndolo desde adentro.
Sentí su semen acumulándose, sus bolas contrayéndose contra mí mientras me penetraba más rápido, más profundo. Mi orgasmo se acercaba como una tormenta, un nudo apretado en mi vientre que se deshacía con cada golpe. “Voy a …”, gemí, mis uñas arañando su espalda, dejando marcas que sabía que durarían días. Mi sexo se contrajo alrededor de él, ordeñándolo con espasmos violentos, y grité su nombre —”¡Ulm!”— mientras el clímax me atravesaba, ondas de placer que me dejaban temblando, mis jugos empapando las mantas debajo de nosotros.
No pudo contenerme más; con un rugido gutural que sacudió las herramientas en las estanterías, se corrió dentro de mí, llenándome con chorros calientes y abundantes que desbordaron mi interior, goteando por mis muslos y mezclándose con mi propia humedad. Sentí cada pulso, cada gota, como un sello de nuestra unión, caliente y pegajoso. Nuestros cuerpos se entrelazaron en ese éxtasis crudo, desafiando el tamaño y la fragilidad, solo existiendo en el momento.
Cuando finalmente todo terminó y el silencio volvió a reinar en el taller, me quedé dormida sobre su pecho, mi cabeza apenas ocupando una fracción de su torso masivo. Él se quedó despierto, acariciando mi cabello, y en mi sueño, supe que miraría hacia la ventana, velando por nosotros como la montaña que era. Pero en ese instante, antes de rendirme al cansancio, sentí una paz profunda: habíamos encajado, no solo en cuerpo, sino en alma, un mecanismo perfecto en un mundo imperfecto.
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