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Hierro y Sangre - Capítulo 72

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Capítulo 72: Capítulo 72: Tributo de sangre

(Narra Einar)

Me quedé mirando la puerta de la sala de mapas mucho después de que los pasos de Aelnora se hubieran desvanecido hacia las cuadras traseras. El silencio en el pasillo era opresivo, cargado con el eco de sus palabras finales que aún vibraban en el aire del fuerte.

Ella no buscaba consuelo, buscaba coordenadas; no buscaba un compañero, buscaba una salida hacia su propia tormenta. La forma en que evitó mi mirada no fue por odio, sino por una necesidad desesperada de no flaquear, y eso dolía más que cualquier insulto.

Bajé al patio del fuerte, donde la actividad ya se había calmado un poco. El aire nocturno estaba impregnado del olor a los caballos cansados, al cuero viejo y al humo denso de las hogueras que luchaban contra la humedad de la noche.

Vi cómo un carruaje ligero se preparaba junto a la puerta trasera, las sombras de los hombres moviéndose como espectros bajo la luz mortecina de las antorchas.

Aelnora ya estaba allí. La luz del fuego danzaba sobre su perfil, resaltando una máscara de determinación gélida que parecía tallada en el mismo hielo de las montañas. Estaba revisando las correas de Yunque, sus movimientos eran precisos, casi mecánicos, ocultando el temblor de la rabia o del miedo bajo una capa de eficiencia militar.

—Solo buscaba el Colmillo de Wyvern —me había dicho en la sala, con una voz que no admitía réplicas—. Ahora, con permiso, parto ahora mismo.

Intenté acercarme, di un paso hacia ella sintiendo el peso de todo lo que no había dicho, pero su postura, la rigidez de sus hombros y la forma en que apretó la cincha del caballo me advirtieron que cualquier palabra mía sería como arrojar leña a un fuego que ya amenazaba con devorarnos a ambos.

Me quedé allí, anclado al suelo de piedra, viendo cómo subía al pescante con una agilidad amarga. Uno de los hombres de Valka ya sujetaba las riendas del tiro que llevaba el carruaje con el tributo; otros dos jinetes esperaban en las sombras laterales, sus siluetas apenas visibles, listos para la escolta.

Me quede en silencio y los mire partir…

——————————————

—Se fue, druida.

La voz de Valka rompió mi ensimismamiento. Se acercó a mí con esa cadencia de depredador que siempre la acompañaba, apoyándose en la pared de piedra con una jarra de vino en la mano. Su expresión era una mezcla extraña de burla y una pizca de respeto que rara vez concedía.

—Y esta vez no puedes seguirla como un perro faldero —añadió, dándole un sorbo largo a la jarra—. Ella tiene una misión y necesita sentir que la cumple bajo sus propios términos.

—No se fue sola —dije, pensando en los hombres que la acompañaban, sintiendo un alivio mínimo pero real—. Pensé que viajaría únicamente con su odio.

Valka soltó un suspiro que olió a uva fermentada y a fatiga. —Viaja sobre Yunque, pero como viste, uno de mis hombres maneja el carruaje con el tributo y otros dos los escoltan. No fue fácil convencerla, créeme. Casi me corta el cuello cuando sugerí que necesitaba protección, pero finalmente entendió que no se puede entregar una ofrenda de ese calibre si te degüellan en un camino secundario.

—Gracias —respondí, y la palabra se sintió pesada, espesa en mi lengua, como si no estuviera acostumbrado a su sabor.

Valka me miró de reojo, entornando los ojos bajo la luz de las brasas. —No me agradezcas, druida. Lo hago por el bien de todos, no solo por ella. Si la perdemos, perdemos el fuego de esta rebelión, y yo he invertido demasiado tiempo y demasiada sangre en esto como para dejar que una elfa orgullosa se haga matar por una tontería de honor herido.

Caminó unos pasos, deteniéndose justo frente a mí, invadiendo mi espacio personal con esa seguridad depredadora que era su marca. La luz de la hoguera resaltaba las cicatrices de su rostro y el brillo inteligente de sus ojos.

—Einar… —dijo bajando la voz hasta convertirla en un ronroneo peligroso—. Sé que tu corazón le pertenece a ella. Se nota en cada mirada estúpida que le lanzas y en cómo te marchitas, como una planta sin agua, cuando ella te ignora. Pero si tu cuerpo se quiere distraer de tanto drama y tanta culpa… no soy celosa. Sabes dónde encontrarme.

Me quedé en silencio, procesando la oferta directa y sin adornos de la mercenaria. Valka no pedía permiso ni rogaba; simplemente exponía las opciones sobre la mesa, como quien ofrece un contrato de suministros.

—Lo tendré en mente, Valka —respondí finalmente, con una cortesía que pareció divertirla más que ofenderla.

Ella soltó una risita ronca, un sonido que vibró en el aire frío, y se acercó aún más para plantar un beso rápido y firme en mi mejilla. El contacto fue breve, pero dejó un rastro de calor eléctrico en mi piel.

—Descansa, druida —murmuró junto a mi oído, su aliento cálido contrastando con el viento nocturno—.Pronto iremos a la guerra de verdad, y necesitaremos que ese lado salvaje tuyo esté bien despierto.

La vi alejarse hacia sus barracones, con ese contoneo que era una declaración de intenciones clara. Me quedé solo en el patio, el único lugar donde el silencio realmente pesaba.

Miré hacia la puerta trasera por donde Aelnora había desaparecido en la oscuridad del bosque. Ella iba hacia el Colmillo de Wyvern, hacia la boca del lobo, cargando con el peso de nuestra alianza y de sus propios fantasmas. Y yo me quedaba aquí, custodiando un fuerte, esperando que el destino fuera lo suficientemente clemente como para permitirnos volver a vernos antes de que el mundo se desmoronara.

—Cuídala, Yunque —susurré al viento, dejando que la palabra se perdiera entre los árboles oscuros.

(Narr Aelnora)

El camino hacia el norte era una herida abierta en el paisaje. El traqueteo del carruaje se me metía en los huesos, un ritmo constante que parecía marcar el pulso de mi propia ansiedad. Habíamos dejado atrás la seguridad de los muros del fuerte hacía horas, y ahora el mundo se reducía al círculo de luz de nuestras linternas y al susurro inquietante de los árboles que flanqueaban el camino real.

Rafael, el duelista que manejaba las riendas del carruaje, era un hombre de piedra. Sus manos no temblaban, pero su mirada escrutaba cada sombra, cada movimiento de los matorrales. A nuestros flancos, los otros dos escoltas cabalgaban en un silencio sepulcral, sus capas ondeando como alas de cuervos bajo la luna menguante.

El olor del bosque aquí era diferente; más rancio, cargado de la humedad de las montañas y de algo más… algo metálico que me erizaba la nuca.

—Falta poco para el Paso del Desfiladero, mi lady —murmuró Rafael, rompiendo el silencio por primera vez en leguas—. Es terreno propicio para las ratas del Imperio.

—Mantén los ojos abiertos, entonces —respondí, ajustando el cordón de mi túnica. Sentía el peso de la caja de diamantes bajo el asiento, una fortuna que se sentía como una maldición.

El camino empezó a estrecharse, las paredes de roca alzándose a ambos lados como las fauces de una bestia de piedra. El sonido de los cascos de los caballos rebotaba de forma extraña, creando ecos que me hacían girar la cabeza constantemente.

De repente, un olor acre golpeó mis fosas nasales. Mierda y azufre, el aroma inconfundible de la magia inquisitorial antes de ser desatada.

—¡Cuidado! —grité, pero mi voz fue ahogada por un estallido.

Una ráfaga de energía violeta golpeó el suelo justo delante de Yunque, haciendo que el caballo se encabritara con un relincho de puro terror. El carruaje se sacudió violentamente, casi arrojándome fuera del pescante.

El tiempo pareció detenerse. Vi el destello del acero, escuché el canto de la magia oscura y sentí cómo la sangre empezaba a hervir en mis venas.

Ya no había huida. El tributo al Colmillo de Wyvern tendría que pagarse primero con sangre.

(Narra Aelnora)

El estallido de energía violeta que golpeó el suelo delante de Yunque no fue una advertencia, fue la apertura de las puertas del infierno. El carruaje se sacudió violentamente y el relincho aterrorizado del caballo perforó el aire helado del desfiladero. Sentí el impacto en mis riñones, una sacudida que en otro momento me habría derribado, pero mis pies estaban bien plantados en la madera del pescante.

Mis dedos se cerraron con una familiaridad mortal alrededor del mango de Venganza. El hierro frío de mi maza de guerra vibró, como si la propia arma tuviera hambre de la sangre que estaba a punto de derramarse. Sentí el peso de la montaña en mis manos y el fuego de mi núcleo mágico rugiendo en mis entrañas, pidiendo ser desatado.

—¡Emboscada! —rugió Rafael, desenvainando su espada con un movimiento fluido, pero sus palabras ya llegaban tarde.

De entre las rocas emergieron cuatro figuras. Dos soldados imperiales avanzaban con la disciplina mecánica de las legiones, sus armaduras de placas brillando con un fulgor siniestro. Pero fueron los dos sectarios inquisidores los que hicieron que mi sangre hirviera. Esas túnicas púrpuras, esas máscaras que ocultaban rostros que habían renunciado a la humanidad por el fanatismo… Eran el recordatorio de todo lo que me habían arrebatado.

—Sanctum… Vis… —susurré.

La magia respondió con un torrente de luz ámbar que envolvió mis brazos, insuflando una fuerza divina en mis músculos. Salté del carruaje. Mis botas golpearon el barro con un estrépito que pareció acallar el grito del viento. Caí como cae una roca, con todo el peso de mi armadura y mi odio. El primer soldado imperial se lanzó hacia mí con una estocada de punta, buscando el hueco de mi cuello.

Moví a Venganza en un arco ascendente. El sonido del hierro golpeando el acero de su espada fue una explosión; la hoja imperial salió volando hacia las sombras del bosque y, antes de que el soldado pudiera procesar que estaba desarmado, descargué el martillo de arriba abajo sobre su hombro. Escuché el crujido del metal hundiéndose en la clavícula y el estallido del hueso. El hombre colapsó, un montón de placas rotas que no volvería a levantarse.

—¡Aelnora, a la izquierda! —gritó Rafael.

Giré justo a tiempo para ver a uno de los sectarios alzando sus manos. El aire a su alrededor se retorció, cargado de ese olor acre a azufre. Una cuchilla de magia vil y oscura voló hacia mí. Alcé el mango reforzado de mi maza y canalicé mi fe; el impacto envió vibraciones que me recorrieron los brazos hasta los dientes, pero me mantuve firme.

A unos metros, la batalla era un caos de chispas. Borin estaba luchando contra el segundo imperial, su escudo recibiendo golpes pesados. Jarek intentaba flanquear al otro sectario, pero el terreno embarrado le jugaba malas pasadas.

—¡Cuidado, Borin! —rugí.

El segundo sectario lanzó una ráfaga de fuego fatuo hacia los caballos. El fuego explotó cerca de los animales, haciendo que el carruaje se tambaleara. Borin, en un intento por estabilizar el tiro, bajó la guardia un segundo. Fue el instante que el soldado imperial necesitaba: su espada larga atravesó el jubón de cuero de Borin, hundiéndose en su costado.

Vi a Borin abrir los ojos de par en par, su rostro palideciendo bajo la luz de la luna. Soltó su arma y se llevó las manos a la herida, tratando de contener lo incontenible. El soldado imperial retiró el acero con un movimiento brusco, preparándose para dar el golpe de gracia.

—¡NO!

Me lancé a través del barro. El soldado imperial alzó su arma, pero yo era una masa de hierro y magia en movimiento. No hubo elegancia, solo impacto. Venganza golpeó lateralmente las costillas del soldado. El sonido fue como el de una rama gruesa partiéndose. El hombre salió despedido metros atrás, chocando contra una roca con un golpe sordo.

Me arrodillé junto a Borin. La sangre era caliente, obscena contra el frío de la noche.

—Sanctum… —empecé a recitar, intentando poner mis manos sobre su herida, pero él me detuvo con una fuerza sorprendente en sus dedos entumecidos.

—Es… es tarde, lady… —tosió, y un hilo de sangre asomó por su boca—. Cuide a…

Sus ojos se nublaron y su cabeza cayó hacia atrás. Borin, un hombre que decidió luchar con nosotros, que no tenía nada que lo atara a Orodreth, acababa de encontrar su final en un camino olvidado.

La rabia me nubló la vista. Me puse en pie, con la maza goteando. Jarek y Rafael estaban terminando con el último soldado, pero los dos sectarios seguían allí, preparando un conjuro que envolvía el desfiladero en una neblina púrpura asfixiante.

—¿Quieren justicia? —rugí, sintiendo cómo mi núcleo mágico vibraba al borde del colapso—. ¡Aquí tienen la justicia de los caídos!

Corrí hacia ellos. Uno de los sectarios lanzó un rayo de agonía que me golpeó en el pecho, quemando el cuero de mi armadura, pero el dolor solo alimentó mi avance. Al llegar frente al primero, usé la base de mi maza para destrozarle las rodillas. Mientras caía, giré el arma y le hundí el rostro con un golpe seco de la cabeza de hierro.

El último sectario intentó huir hacia las rocas, pero Rafael le cortó el paso, obligándolo a volver hacia mí. Lo alcancé en dos zancadas. Lo agarré por el cuello de su túnica con mi mano libre, levantándolo del suelo como si no pesara nada.

—Diles a tus dioses que Aelnora los saluda —susurré.

Lo solté y descargué a Venganza contra su pecho. El impacto lo envió a estrellarse contra la madera del carruaje con tal fuerza que una de las ruedas crujió. Cayó al suelo, con el tórax hundido, muerto antes de tocar el barro.

El silencio volvió a descender, un silencio sucio, manchado por el olor a hierro y azufre. Jarek se acercó a donde yacía Borin y cayó de rodillas. Rafael se apoyó en su espada, jadeando, con la armadura salpicada.

Me acerqué a un charco de agua y metí mis manos en él. El agua se tiñó de rosa al instante. Miré mi maza; no había mella en su superficie, solo el rastro de la carnicería.

—Ayúdenme a subirlo —ordené, mi voz sonando como si viniera de ultratumba—. No vamos a dejar que las bestias lo toquen.

Rafael y Jarek me ayudaron a envolver a Borin en mi propia capa de viaje. Lo depositamos en la parte trasera del carruaje, junto a la caja de diamantes. Una fortuna en piedras preciosas custodiada por un cadáver.

—En marcha —dije, subiendo de nuevo a yunque—. Colmillo de Wyvern nos espera.

Rafael tomó las riendas del carruaje con manos temblorosas y volvió a ponerse en marcha, dejando atrás los restos destrozados de la Inquisición en el barro. Retomamos la marcha rumbo al Colmillo, con el peso de la muerte acompañando cada giro de las ruedas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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