Hierro y Sangre - Capítulo 73
- Inicio
- Todas las novelas
- Hierro y Sangre
- Capítulo 73 - Capítulo 73: Capítulo 73: La justicia de los caídos
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 73: Capítulo 73: La justicia de los caídos
(Narra Aelnora)
El estallido de energía violeta que golpeó el suelo delante de Yunque no fue una advertencia, fue la apertura de las puertas del infierno. El carruaje se sacudió violentamente y el relincho aterrorizado del caballo perforó el aire helado del desfiladero. Sentí el impacto en mis riñones, una sacudida que en otro momento me habría derribado, pero mis pies estaban bien plantados en la madera del pescante.
Mis dedos se cerraron con una familiaridad mortal alrededor del mango de Venganza. El hierro frío de mi maza de guerra vibró, como si la propia arma tuviera hambre de la sangre que estaba a punto de derramarse. Sentí el peso de la montaña en mis manos y el fuego de mi núcleo mágico rugiendo en mis entrañas, pidiendo ser desatado.
—¡Emboscada! —rugió Rafael, desenvainando su espada con un movimiento fluido, pero sus palabras ya llegaban tarde.
De entre las rocas emergieron cuatro figuras. Dos soldados imperiales avanzaban con la disciplina mecánica de las legiones, sus armaduras de placas brillando con un fulgor siniestro. Pero fueron los dos sectarios inquisidores los que hicieron que mi sangre hirviera. Esas túnicas púrpuras, esas máscaras que ocultaban rostros que habían renunciado a la humanidad por el fanatismo… Eran el recordatorio de todo lo que me habían arrebatado.
—Sanctum… Vis… —susurré.
La magia respondió con un torrente de luz ámbar que envolvió mis brazos, insuflando una fuerza divina en mis músculos. Salté del carruaje. Mis botas golpearon el barro con un estrépito que pareció acallar el grito del viento. Caí como cae una roca, con todo el peso de mi armadura y mi odio. El primer soldado imperial se lanzó hacia mí con una estocada de punta, buscando el hueco de mi cuello.
Moví a Venganza en un arco ascendente. El sonido del hierro golpeando el acero de su espada fue una explosión; la hoja imperial salió volando hacia las sombras del bosque y, antes de que el soldado pudiera procesar que estaba desarmado, descargué el martillo de arriba abajo sobre su hombro. Escuché el crujido del metal hundiéndose en la clavícula y el estallido del hueso. El hombre colapsó, un montón de placas rotas que no volvería a levantarse.
—¡Aelnora, a la izquierda! —gritó Rafael.
Giré justo a tiempo para ver a uno de los sectarios alzando sus manos. El aire a su alrededor se retorció, cargado de ese olor acre a azufre. Una cuchilla de magia vil y oscura voló hacia mí. Alcé el mango reforzado de mi maza y canalicé mi fe; el impacto envió vibraciones que me recorrieron los brazos hasta los dientes, pero me mantuve firme.
A unos metros, la batalla era un caos de chispas. Borin estaba luchando contra el segundo imperial, su escudo recibiendo golpes pesados. Jarek intentaba flanquear al otro sectario, pero el terreno embarrado le jugaba malas pasadas.
—¡Cuidado, Borin! —rugí.
El segundo sectario lanzó una ráfaga de fuego fatuo hacia los caballos. El fuego explotó cerca de los animales, haciendo que el carruaje se tambaleara. Borin, en un intento por estabilizar el tiro, bajó la guardia un segundo. Fue el instante que el soldado imperial necesitaba: su espada larga atravesó el jubón de cuero de Borin, hundiéndose en su costado.
Vi a Borin abrir los ojos de par en par, su rostro palideciendo bajo la luz de la luna. Soltó su arma y se llevó las manos a la herida, tratando de contener lo incontenible. El soldado imperial retiró el acero con un movimiento brusco, preparándose para dar el golpe de gracia.
—¡NO!
Me lancé a través del barro. El soldado imperial alzó su arma, pero yo era una masa de hierro y magia en movimiento. No hubo elegancia, solo impacto. Venganza golpeó lateralmente las costillas del soldado. El sonido fue como el de una rama gruesa partiéndose. El hombre salió despedido metros atrás, chocando contra una roca con un golpe sordo.
Me arrodillé junto a Borin. La sangre era caliente, obscena contra el frío de la noche.
—Sanctum… —empecé a recitar, intentando poner mis manos sobre su herida, pero él me detuvo con una fuerza sorprendente en sus dedos entumecidos.
—Es… es tarde, lady… —tosió, y un hilo de sangre asomó por su boca—. Cuide a…
Sus ojos se nublaron y su cabeza cayó hacia atrás. Borin, un hombre que decidió luchar con nosotros, que no tenía nada que lo atara a Orodreth, acababa de encontrar su final en un camino olvidado.
La rabia me nubló la vista. Me puse en pie, con la maza goteando. Jarek y Rafael estaban terminando con el último soldado, pero los dos sectarios seguían allí, preparando un conjuro que envolvía el desfiladero en una neblina púrpura asfixiante.
—¿Quieren justicia? —rugí, sintiendo cómo mi núcleo mágico vibraba al borde del colapso—. ¡Aquí tienen la justicia de los caídos!
Corrí hacia ellos. Uno de los sectarios lanzó un rayo de agonía que me golpeó en el pecho, quemando el cuero de mi armadura, pero el dolor solo alimentó mi avance. Al llegar frente al primero, usé la base de mi maza para destrozarle las rodillas. Mientras caía, giré el arma y le hundí el rostro con un golpe seco de la cabeza de hierro.
El último sectario intentó huir hacia las rocas, pero Rafael le cortó el paso, obligándolo a volver hacia mí. Lo alcancé en dos zancadas. Lo agarré por el cuello de su túnica con mi mano libre, levantándolo del suelo como si no pesara nada.
—Diles a tus dioses que Aelnora los saluda —susurré.
Lo solté y descargué a Venganza contra su pecho. El impacto lo envió a estrellarse contra la madera del carruaje con tal fuerza que una de las ruedas crujió. Cayó al suelo, con el tórax hundido, muerto antes de tocar el barro.
El silencio volvió a descender, un silencio sucio, manchado por el olor a hierro y azufre. Jarek se acercó a donde yacía Borin y cayó de rodillas. Rafael se apoyó en su espada, jadeando, con la armadura salpicada.
Me acerqué a un charco de agua y metí mis manos en él. El agua se tiñó de rosa al instante. Miré mi maza; no había mella en su superficie, solo el rastro de la carnicería.
—Ayúdenme a subirlo —ordené, mi voz sonando como si viniera de ultratumba—. No vamos a dejar que las bestias lo toquen.
Rafael y Jarek me ayudaron a envolver a Borin en mi propia capa de viaje. Lo depositamos en la parte trasera del carruaje, junto a la caja de diamantes. Una fortuna en piedras preciosas custodiada por un cadáver.
—En marcha —dije, subiendo de nuevo a yunque—. Colmillo de Wyvern nos espera.
Rafael tomó las riendas del carruaje con manos temblorosas y volvió a ponerse en marcha, dejando atrás los restos destrozados de la Inquisición en el barro. Retomamos la marcha rumbo al Colmillo, con el peso de la muerte acompañando cada giro de las ruedas.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com