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Hierro y Sangre - Capítulo 74

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Capítulo 74: Capítulo 74: El Adiós de la Montaña

(Narra Ulm)

El viento en las tierras altas no era el mismo que el que soplaba en los túneles. Aquí arriba, el aire tenía un filo que cortaba la piel y un espacio tan vasto que a veces me hacía sentir pequeño, una sensación que pocos hombres de mi tamaño conocen. Pero hoy no me sentía solo frente a la inmensidad.

Sentada frente a mí, encajada entre las placas óseas del cuello de Berg, Aeris parecía una muñeca de porcelana protegida por una fortaleza de carne y escamas. El Karkadann avanzaba con una cadencia pesada pero fluida, sus garras oscuras hundiéndose en la tierra helada con la confianza de un depredador que no conoce rival.

—¡Esto es increíble, Ulm! —gritó Aeris por encima del silbido del viento. Su voz estaba llena de una emoción infantil que me hizo sonreír bajo la barba—. ¡La oscilación de sus vértebras es casi rítmica! Podría calcular su velocidad basándome en la frecuencia de su zancada. ¿Crees que le moleste si tomo medidas de su placa craneal cuando nos detengamos?

—A Berg no le molesta nada que venga de ti, pequeña —respondí, rodeando su cintura con uno de mis brazos para asegurar su posición. Mi mano cubría casi todo su torso, una barrera de músculo contra el frío—. Pero no te acerques demasiado, a veces olvida su propia fuerza cuando intenta ser cariñoso.

—Es una maravilla de la naturaleza —murmuró ella, apoyando su espalda contra mi pecho. Podía sentir su corazón latiendo rápido, no por miedo, sino por esa curiosidad insaciable que la definía.

El camino de regreso a Roble de Hierro se sintió más corto de lo que recordaba. Quizás era porque, por primera vez, no iba cargado de cadenas ni de la desesperación de volver a la oscuridad. Viajábamos ligeros, con las alforjas llenas de los artilugios que Aeris había pasado noches enteras perfeccionando: cilindros de metal reforzado, mechas químicas y viales de una sustancia que olía a azufre y a final.

Cuando las torres de madera de la entrada de la mina aparecieron en el horizonte, el silencio nos recibió. Ya no había gritos de capataces, ni el sonido rítmico de los picos contra la piedra, ni el humo de las cocinas. Solo era un agujero negro en la falda de la montaña, una boca abierta que parecía esperar nuestro regreso para cerrarse para siempre.

Bajamos de Berg con movimientos lentos. El Karkadann soltó un bufido, rascando el suelo y quedándose como un centinela en la entrada mientras nosotros nos internábamos en la penumbra.

—El aire está estancado —dijo Aeris, encendiendo una de sus lámparas de aceite—. Casi puedo sentir el peso de los años que pasaste aquí, Ulm.

—Fueron muchos, pequeña. Demasiados.

Caminamos por el túnel principal. Mis pies conocían cada irregularidad de la piedra, cada filtración de agua que goteaba desde el techo. Aeris se movía con eficiencia, deteniéndose en los puntos que habíamos marcado en el plano: los pilares de soporte que sostenían la estructura de la cámara central y los arcos de refuerzo de la veta profunda.

—Aquí —dijo ella, señalando una columna de granito que mostraba grietas de fatiga—. Si colocamos la carga primaria aquí, el efecto dominó será inevitable. La presión acumulada hará que el techo colapse hacia adentro, sellando el acceso a los niveles inferiores.

La ayudé a colocar los cilindros. Mis manos, acostumbradas a golpear la piedra para extraer su riqueza, ahora trabajaban con una delicadeza extraña para asegurar su destrucción. Cada vez que apretaba una abrazadera o ajustaba una mecha, sentía una punzada en el pecho.

—¿Estás bien? —preguntó Aeris, deteniéndose y poniendo una mano sobre mi antebrazo. Sus dedos estaban fríos, pero su tacto era más cálido que cualquier hoguera.

—Es extraño, Aeris. Odiaba este lugar con cada fibra de mi ser. Odiaba el olor a sudor rancio, la humedad que se me metía en los huesos y la oscuridad que nunca terminaba. Pero ahora que estoy a punto de borrarlo del mapa… siento que estoy enterrando una parte de mí mismo.

Me senté en un bloque de piedra, dejando que el silencio de la mina me rodeara una última vez. Miré hacia las galerías laterales, donde miles de hombres habían dejado su vida por el brillo de unos diamantes que nunca verían.

—Aquí fue donde aprendí a ser fuerte porque no tenía otra opción —continué, mi voz resonando hueca en la cámara—. Aquí fue donde conocí a Aelnora y donde decidimos que no moriríamos como esclavos. Esta montaña fue mi cárcel, pero también fue mi forja. Si la destruyo, ¿qué queda de ese Ulm?

Aeris se acercó y se sentó a mi lado. En la penumbra de la lámpara, sus ojos brillaban con una comprensión que me desarmó. No intentó darme un discurso heroico ni minimizar mi dolor. Simplemente se quedó ahí, compartiendo el peso de la memoria.

—Ulm, las máquinas que construyo están hechas de piezas viejas, de metal que ha sido fundido mil veces —dijo suavemente—. El hierro no olvida de dónde vino, pero eso no le impide convertirse en algo nuevo. Roble de Hierro no es quién eres; es solo el lugar donde estuviste. El Ulm que camina hoy bajo el sol no necesita estos túneles para existir.

—Lo sé —susurré, mirando mis manos—. Pero siempre pensé que, si algún día era libre, este lugar sería un monumento a nuestra victoria. Destruirlo se siente como una derrota de alguna forma.

—Al contrario —replicó ella, apretando mi mano—. Destruirlo es el acto final de libertad. Estás diciéndole al Imperio que ya no pueden poseer ni siquiera tus recuerdos. Estás cerrando la puerta para que nadie más tenga que vivir lo que tú viviste aquí. No estás perdiendo un hogar, Ulm. Estás borrando una herida.

Me quedé en silencio un largo rato, procesando sus palabras. Ella tenía razón, siempre la tenía. No era melancolía por el lugar, era el miedo instintivo a dejar ir lo único que había conocido durante décadas. Pero al mirar a Aeris, a esa pequeña mujer capaz de hacer estallar el mundo con su ingenio, me di cuenta de que mi brújula ya no apuntaba hacia las profundidades de la tierra.

—Terminemos con esto —dije, poniéndome en pie.

Colocamos las últimas cargas en silencio. Aeris conectó las líneas de ignición con un mecanismo de retardo que nos daría tiempo suficiente para alcanzar una distancia segura. Salimos de la mina sin mirar atrás, con el eco de nuestros propios pasos marcando el final de una era.

Subimos de nuevo al lomo de Berg. El Karkadann pareció entender la gravedad del momento y trotó hacia la cresta de la colina más cercana. Aeris sacó un pequeño mando a distancia, un artilugio de bronce y cristal que brillaba bajo la luz mortecina de la tarde.

—¿Quieres hacerlo tú? —me preguntó, ofreciéndome el disparador.

—No. Es tu magia, pequeña artífice. Haz que la montaña descanse.

Aeris asintió y presionó el mecanismo.

Por un segundo, no pasó nada. Luego, el suelo vibró bajo las patas de Berg. Un rugido sordo y profundo emergió de las entrañas de la tierra, un sonido que no era un estallido agudo, sino un crujido masivo de piedra contra piedra. Vimos cómo la entrada de Roble de Hierro se hundía sobre sí misma, levantando una nube de polvo gris que se elevó hacia el cielo como un fantasma. Las torres de madera se quebraron como astillas y la ladera de la montaña cedió, sellando la boca de la mina para siempre.

Me quedé mirando el humo durante mucho tiempo. Sentía un vacío en el estómago, una ligereza que me resultaba aterradora y liberadora a la vez. Ya no había vuelta atrás. Ya no había refugio en las sombras si la guerra nos iba mal.

—Se acabó —murmuré, sintiendo una lágrima solitaria perderse en mi barba.

Aeris se giró en el asiento de Berg y me rodeó el cuello con sus brazos, hundiendo su rostro en mi hombro. Sentí su calor, su fragilidad y su fuerza indomable, todo al mismo tiempo.

—Ya no tienes que volver a la oscuridad, mi gigante —dijo ella, con la voz empañada por la emoción.

La estreché contra mí, consciente de la diferencia de nuestros tamaños, pero sintiendo que, en ese momento, éramos del mismo tamaño. La levanté un poco para mirar sus ojos, esos ojos que veían el mundo no como es, sino como podría ser.

—Tenías razón, pequeña —le dije, y mi voz por fin sonó firme—. Estaba asustado de perder mi hogar, pero me equivoqué de lugar.

La besé en la frente, aspirando el olor a aceite y pólvora que siempre la acompañaba. Un olor que para mí era más dulce que cualquier campo de flores.

—Donde quiera que tú estés, es mi hogar a partir de hoy, pequeña artífice. Ya no necesito cuevas ni minas. Mientras estés conmigo, siempre estaré en casa.

Aeris sonrió, y fue como si el sol saliera de nuevo tras la nube de polvo de la mina. Se acomodó de nuevo entre mis brazos y le dio una palmada cariñosa en el cuello a Berg.

—Entonces volvamos al fuerte, Ulm. Tenemos una guerra que ganar y muchas cosas que inventar. Y creo que Berg tiene hambre, su estómago ruge más fuerte que la explosión.

Solté una carcajada, la primera que nacía desde lo más profundo de mis pulmones en mucho tiempo. Berg respondió con un rugido de aprobación y emprendió el trote de regreso. Mientras nos alejábamos de las ruinas de Roble de Hierro, ya no miré hacia atrás. Mi hogar estaba sentado frente a mí, y el futuro, por primera vez, se sentía tan brillante como el mineral de veta profunda bajo la luz de la luna.

Iniciamos el regreso bajo el cielo que empezaba a teñirse de púrpura, dos almas dispuestas a reconstruir el mundo sobre las cenizas de su pasado.

(Narra Aelnora)

El interior del Bastión del Vértice olía a una mezcla asfixiante de cera de vela, metal frío y el aroma acre del humo de pino que no terminaba de escapar por los conductos de ventilación. Habían pasado horas desde que crucé el umbral de esta estancia. Las velas que antes eran columnas orgullosas ahora eran apenas charcos de cera derretida sobre los candelabros de hierro, y mi garganta se sentía seca, áspera por el peso de las palabras que finalmente había dejado salir

La Dama de Hierro caminaba frente a la gran chimenea, su silueta recortada contra el fuego, haciendo que la máscara proyectara sombras alargadas y deformes sobre los mapas de pergamino extendidos en la mesa central.

Había escuchado todo en un silencio sepulcral

—Tus diamantes no ganan guerras, clériga —dijo ella sin girarse. Su voz, filtrada por el metal, sonaba como el roce de una hoja de afeitar contra el cuero.

—Pero compran las armas y los soldados que las ganan —respondí, dejando caer mi maza Venganza contra el suelo de piedra con un estruendo deliberado. El peso del hierro vibró bajo mis pies—. He traído suficiente riqueza para equipar a cada hombre que se esconde en estos riscos.

La mujer se giró lentamente. Las estrechas ranuras de su máscara parecían devorar la luz de las llamas.

—¿Y de dónde saldrán más si dices que dejaron atrás la mina? —soltó con un desdén que no pudo ocultar el metal—. Has traído un cofre, Aelnora, no una veta. Me hablas de suministros mientras abandonas la fuente principal de mineral de la región. Parece que más bien buscan la comodidad de mi ciudad porque no tienen a dónde más huir. No encuentro qué puedan aportar a la causa que justifique el riesgo de abrirles mis puertas. Además, ni siquiera estoy segura de que tengan una causa real más allá de salvar el pellejo.

Apreté los dientes, sintiendo el calor subir por mi cuello. No era solo su arrogancia lo que me irritaba, sino la precisión con la que golpeaba mis dudas.

—Podemos minar esta misma montaña si es necesario —repliqué, dando un paso hacia ella—. Podemos conseguir acero imperial directamente de los convoyes que asaltaremos. Como dije, tengo conmigo a un gigante que conoce la piedra mejor que nadie y a una artífice que hace maravillas en la forja, cosas que tus hombres no podrían ni soñar. No buscamos comodidad; buscamos un yunque donde golpear al Imperio hasta que se quiebre.

—Palabras —siseó ella—. Los gigantes mueren y los genios se agotan.

—Tenemos más que eso. Tenemos un mapa con todos los asentamientos que tomó el gobernador Varic. Planeamos liberarlos uno a uno, unirlos a la rebelión y asfixiar sus rutas de suministro antes de que se den cuenta de que el suelo se les escapa de los pies.

La Dama de Hierro se acercó a la mesa y apoyó sus manos enguantadas sobre el mapa. Hubo un silencio denso, cargado de la electricidad de una tormenta que no termina de estallar.

—Varic… —murmuró, y esta vez hubo una vibración distinta en su voz—. Si quieren pelear conmigo, pelearán mi guerra, clériga. Tu juego de venganza personal contra ese hombre se acaba en este momento. El Rey no es el enemigo. Es una pieza rota en un tablero que ni siquiera entiendes.

—Varic…Él corrompió mi fe. Él masacró a más gente de la que podrías contar en un día —dije, bajando la voz hasta que sonó como un rugido contenido.

—Y tú eres una hormiga intentando morder el pie de un gigante mientras el bosque entero se quema —la Dama de Hierro se irguió, ganando altura—. Sí, hay mucha corrupción en el ejército, pero detrás de cada gobernador corrupto hay un jodido Palma Roja susurrándole al oído o un inquisidor pidiendo el diezmo para “la verdadera iglesia”.

La Inquisición, esos autoproclamados unificadores de la fe, son el verdadero enemigo. Un imperio con muchos dioses es incontrolable, caótico… pero uno bajo la misma fe es fácil de manipular. Son pastores que quieren convertirnos en ganado para su propia gloria.

Caminó alrededor de la mesa, su capa de piel rozando los bordes de madera.

—Ellos son el único y verdadero enemigo —continuó—. Si estás de acuerdo en devolver el libre culto al imperio, en arrancar la lengua de esos inquisidores y devolverle a la gente el derecho a rezar a quien se le pegue la gana, entonces puedes traer a tu gente. Si aceptan que esta guerra es por el espíritu del pueblo y no por el rencor de una mujer con un martillo, volveremos a hablar para llegar a los términos de una alianza.

Se detuvo a un palmo de mí. Podía sentir el frío que emanaba de su máscara.

—Si no… puedes irte ahora mismo. De cualquier forma, me quedaré con el tributo de diamantes que trajiste como pago por el tiempo que me has hecho perder. Considéralo el peaje por haber salido viva de mis murallas.

Sentí que la sangre me zumbaba en los oídos. La oferta era un insulto y una salvación al mismo tiempo. Me pedía que renunciara a mi prioridad, a limpiar el cagadero que dejo atrás Varic, para unirme a una cruzada teológica que ella dirigía desde las sombras de su hierro. Miré la maza en el suelo y luego el metal impasible de su rostro.

—Ya no soy una mujer de fe ciega —dije finalmente, sosteniendo su mirada invisible—. Pero entiendo lo que es tener un parásito en las entrañas. Si tu guerra acaba con los que visten la túnica púrpura, entonces caminamos en la misma dirección, ellos tambien dañaron a alguien que me importa, solo para dar conmigo.

—Veremos si tus actos sostienen tus palabras cuando las ballestas empiecen a disparar —respondió ella, dándome la espalda de nuevo—. Tienes una semana para que el resto de tu grupo llegue a las puertas. Si no están aquí para entonces, cerraré el paso y me olvidaré de que alguna vez existieron.

Me giré para salir del salón, con el peso de la derrota y la victoria mezclados en mi pecho. Había conseguido el trato, pero sentía que me había vendido a un demonio que conocía mis debilidades mejor que yo.

—Una cosa más, Aelnora —su voz me detuvo justo antes de cruzar el umbral.

—¿Qué?

—Asegúrate de que ese druida que mencionaste sepa dónde está su lugar. No tengo paciencia para hombres que hablan con los árboles mientras el mundo real necesita ser forjado en hierro y sangre.

No respondí. Salí al pasillo de piedra, donde el aire gélido del exterior empezó a limpiar el olor a incienso. La alianza estaba hecha, pero mientras bajaba hacia las criptas para ver el cuerpo de Borin una última vez, no pude evitar pensar que la Dama de Hierro no estaba buscando aliados. Estaba buscando armas. Y yo acababa de ponerme en su mano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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