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Hierro y Sangre - Capítulo 75

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Capítulo 75: Capítulo 75: Alianzas

(Narra Aelnora)

El interior del Bastión del Vértice olía a una mezcla asfixiante de cera de vela, metal frío y el aroma acre del humo de pino que no terminaba de escapar por los conductos de ventilación. Habían pasado horas desde que crucé el umbral de esta estancia. Las velas que antes eran columnas orgullosas ahora eran apenas charcos de cera derretida sobre los candelabros de hierro, y mi garganta se sentía seca, áspera por el peso de las palabras que finalmente había dejado salir

La Dama de Hierro caminaba frente a la gran chimenea, su silueta recortada contra el fuego, haciendo que la máscara proyectara sombras alargadas y deformes sobre los mapas de pergamino extendidos en la mesa central.

Había escuchado todo en un silencio sepulcral

—Tus diamantes no ganan guerras, clériga —dijo ella sin girarse. Su voz, filtrada por el metal, sonaba como el roce de una hoja de afeitar contra el cuero.

—Pero compran las armas y los soldados que las ganan —respondí, dejando caer mi maza Venganza contra el suelo de piedra con un estruendo deliberado. El peso del hierro vibró bajo mis pies—. He traído suficiente riqueza para equipar a cada hombre que se esconde en estos riscos.

La mujer se giró lentamente. Las estrechas ranuras de su máscara parecían devorar la luz de las llamas.

—¿Y de dónde saldrán más si dices que dejaron atrás la mina? —soltó con un desdén que no pudo ocultar el metal—. Has traído un cofre, Aelnora, no una veta. Me hablas de suministros mientras abandonas la fuente principal de mineral de la región. Parece que más bien buscan la comodidad de mi ciudad porque no tienen a dónde más huir. No encuentro qué puedan aportar a la causa que justifique el riesgo de abrirles mis puertas. Además, ni siquiera estoy segura de que tengan una causa real más allá de salvar el pellejo.

Apreté los dientes, sintiendo el calor subir por mi cuello. No era solo su arrogancia lo que me irritaba, sino la precisión con la que golpeaba mis dudas.

—Podemos minar esta misma montaña si es necesario —repliqué, dando un paso hacia ella—. Podemos conseguir acero imperial directamente de los convoyes que asaltaremos. Como dije, tengo conmigo a un gigante que conoce la piedra mejor que nadie y a una artífice que hace maravillas en la forja, cosas que tus hombres no podrían ni soñar. No buscamos comodidad; buscamos un yunque donde golpear al Imperio hasta que se quiebre.

—Palabras —siseó ella—. Los gigantes mueren y los genios se agotan.

—Tenemos más que eso. Tenemos un mapa con todos los asentamientos que tomó el gobernador Varic. Planeamos liberarlos uno a uno, unirlos a la rebelión y asfixiar sus rutas de suministro antes de que se den cuenta de que el suelo se les escapa de los pies.

La Dama de Hierro se acercó a la mesa y apoyó sus manos enguantadas sobre el mapa. Hubo un silencio denso, cargado de la electricidad de una tormenta que no termina de estallar.

—Varic… —murmuró, y esta vez hubo una vibración distinta en su voz—. Si quieren pelear conmigo, pelearán mi guerra, clériga. Tu juego de venganza personal contra ese hombre se acaba en este momento. El Rey no es el enemigo. Es una pieza rota en un tablero que ni siquiera entiendes.

—Varic…Él corrompió mi fe. Él masacró a más gente de la que podrías contar en un día —dije, bajando la voz hasta que sonó como un rugido contenido.

—Y tú eres una hormiga intentando morder el pie de un gigante mientras el bosque entero se quema —la Dama de Hierro se irguió, ganando altura—. Sí, hay mucha corrupción en el ejército, pero detrás de cada gobernador corrupto hay un jodido Palma Roja susurrándole al oído o un inquisidor pidiendo el diezmo para “la verdadera iglesia”.

La Inquisición, esos autoproclamados unificadores de la fe, son el verdadero enemigo. Un imperio con muchos dioses es incontrolable, caótico… pero uno bajo la misma fe es fácil de manipular. Son pastores que quieren convertirnos en ganado para su propia gloria.

Caminó alrededor de la mesa, su capa de piel rozando los bordes de madera.

—Ellos son el único y verdadero enemigo —continuó—. Si estás de acuerdo en devolver el libre culto al imperio, en arrancar la lengua de esos inquisidores y devolverle a la gente el derecho a rezar a quien se le pegue la gana, entonces puedes traer a tu gente. Si aceptan que esta guerra es por el espíritu del pueblo y no por el rencor de una mujer con un martillo, volveremos a hablar para llegar a los términos de una alianza.

Se detuvo a un palmo de mí. Podía sentir el frío que emanaba de su máscara.

—Si no… puedes irte ahora mismo. De cualquier forma, me quedaré con el tributo de diamantes que trajiste como pago por el tiempo que me has hecho perder. Considéralo el peaje por haber salido viva de mis murallas.

Sentí que la sangre me zumbaba en los oídos. La oferta era un insulto y una salvación al mismo tiempo. Me pedía que renunciara a mi prioridad, a limpiar el cagadero que dejo atrás Varic, para unirme a una cruzada teológica que ella dirigía desde las sombras de su hierro. Miré la maza en el suelo y luego el metal impasible de su rostro.

—Ya no soy una mujer de fe ciega —dije finalmente, sosteniendo su mirada invisible—. Pero entiendo lo que es tener un parásito en las entrañas. Si tu guerra acaba con los que visten la túnica púrpura, entonces caminamos en la misma dirección, ellos tambien dañaron a alguien que me importa, solo para dar conmigo.

—Veremos si tus actos sostienen tus palabras cuando las ballestas empiecen a disparar —respondió ella, dándome la espalda de nuevo—. Tienes una semana para que el resto de tu grupo llegue a las puertas. Si no están aquí para entonces, cerraré el paso y me olvidaré de que alguna vez existieron.

Me giré para salir del salón, con el peso de la derrota y la victoria mezclados en mi pecho. Había conseguido el trato, pero sentía que me había vendido a un demonio que conocía mis debilidades mejor que yo.

—Una cosa más, Aelnora —su voz me detuvo justo antes de cruzar el umbral.

—¿Qué?

—Asegúrate de que ese druida que mencionaste sepa dónde está su lugar. No tengo paciencia para hombres que hablan con los árboles mientras el mundo real necesita ser forjado en hierro y sangre.

No respondí. Salí al pasillo de piedra, donde el aire gélido del exterior empezó a limpiar el olor a incienso. La alianza estaba hecha, pero mientras bajaba hacia las criptas para ver el cuerpo de Borin una última vez, no pude evitar pensar que la Dama de Hierro no estaba buscando aliados. Estaba buscando armas. Y yo acababa de ponerme en su mano.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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