Hierro y Sangre - Capítulo 76
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Capítulo 76: Capítulo 76: Carne y Fantasmas
(Narra Einar)
El silencio del fuerte se sentía como una losa de granito sobre mis hombros. Habíamos pasado demasiado tiempo esperando noticias de Aelnora y vigilando el horizonte en busca de la silueta masiva de Berg, pero el tiempo en el fuerte se estiraba de forma agónica. Me encontraba en el comedor principal, una estancia de techos altos y sombras largas, intentando afilar una de mis dagas con una piedra de aceite.
Valka estaba al otro lado de la mesa, observándome con esa intensidad depredadora que la caracterizaba. No llevaba su armadura de cuero habitual, sino un vestido de lino oscuro que apenas lograba contener su energía inquieta.
—¿Porque mierda no me coges y ya, Einar? —soltó de repente. Su voz cortó el silencio como un látigo.
Me detuve con la piedra a mitad del filo y la miré. Ella no estaba bromeando; sus ojos brillaban con un hambre que no tenía nada que ver con la comida.
—Déjame probar ese lado animal tuyo —continuó, inclinando la cabeza hacia donde Fenrir descansaba entre las sombras—. Anda, absorbe al lobo y vuélvete una bestia en mi cama, druida. Tu clériga nunca lo sabrá. Además, ya la cagaste con ella, ¿no es cierto? Está muy lejos de aquí buscando nuevos aliados, odiándote probablemente.
Solté un suspiro largo y dejé la daga sobre la mesa. El metal resonó contra la madera podrida.
—No puedo, Valka —respondí, intentando mantener la voz estable—. Y créeme que no es por falta de ganas. Créeme que quisiera tomarte y dejarte rojo el trasero con las manos hasta que olvides cómo te llamas.
Valka soltó una risa ronca que me erizó el vello de la nuca. Se levantó un poco el vestido, deslizando la tela por sus muslos firmes, curtidos por años de cabalgar y pelear, mostrando más de lo que cualquier hombre en este fuerte podría soportar sin perder la cabeza.
—¿Y qué esperas, druida? El mundo se está acabando ahí fuera y tú estás aquí, puliendo un pedazo de hierro.
Me quede en silencio, sintiendo que el aire de la habitación se volvía demasiado denso. Caminé hacia el otro extremo del comedor y me senté en una silla desvencijada, tratando de poner distancia entre nosotros.
—No puedo, Valka. Simplemente no puedo ser así. Mi corazón y mi cabeza están dando vueltas, y hacer algo contigo…solo añadiría más ruido al caos que ya tengo aquí dentro.
Ella no se dio por vencida. Se levantó y caminó de nuevo hacia mí con esa zancada rítmica de duelista. Al llegar, no se detuvo; se sentó en la mesa justo frente a mí y abrió las piernas con una lentitud deliberada, revelando la ausencia total de ropa interior bajo el lino. La luz de las antorchas iluminó su piel con un tono ámbar.
—Tu cabeza y tu corazón no me importan, druida —dijo, inclinándose hacia adelante para que sus pechos rozaran casi mi rostro—. Quiero tu verga, nada más. El resto te lo puedes quedar para tu elfa.
La miré fijamente. Fenrir, desde el rincón, soltó un gruñido bajo, reflejando mi propia lucha interna. A pesar de la tensión, no pude evitar soltar una risa seca.
—Vaya que eres una mujer muy directa, Valka.
—No te pienso rogar, druida, pero tampoco me voy a rendir —respondió ella, cerrando las piernas y bajándose de la mesa con un movimiento fluido. Se ajustó el vestido con un gesto de impaciencia—. Estoy acostumbrada a conseguir lo que quiero, pero es evidente que esta noche no es la noche. Estás demasiado ocupado siendo un mártir.
—¿Porque yo? —pregunté, frotándome la cara con las manos—. Muchos de tus hombres o los mineros estarían más que felices de tenerte. Cualquiera de ellos caería de rodillas si les hicieras la mitad de lo que me acabas de hacer a mí.
Valka se detuvo y me lanzó una mirada cargada de un cinismo amargo.
—¿Y quién te dice que no me han cogido ya? Si tú eres un cobarde y no te atreves a meterme la verga, no me voy a quedar con las ganas. No soy como tu elfa, Einar. Yo, en su lugar, ya hubiera buscado a un hombre con los huevos suficientes para admitir que está enamorado.
—No estoy… —empecé a decir, pero ella me cortó con un gesto de la mano.
—Claro que lo estás, Einar, y eres un imbécil por no admitirlo. Carajo, es divertido hacer enojar a la elfa, pero hasta yo sé que eres un idiota por dejarla ir así.
—Es complicado, Valka —murmuré, mirando hacia las sombras del techo—. En el pasado…
—Adivino, druida —me interrumpió ella, cruzándose de brazos—. Eras feliz. Estabas casado. El Imperio te la quitó y ahora sufres todas las noches soñando con ella. Tenías una vida perfecta de campo y ahora te flagelas con el recuerdo. ¿Cómo se llamaba?
Me quedé helado. El nombre se me atoró en la garganta como una espina de pescado.
—¿Cómo… cómo lo sabes? —pregunté, sintiendo que Fenrir se ponía en pie en las sombras, compartiendo mi agitación.
Valka suavizó un poco su expresión, aunque la dureza de su vida seguía allí, grabada en cada línea de su rostro.
—Con este jodido imperio…A casi todos nos pasó los mismo, Einar. No eres el único que carga con muertos. El mío se llamaba Rowan. Un maldito bárbaro que siempre quería partirme en dos cuando hacíamos el amor… Dioses, era una bestia, pero una bestia que me hacía sentir viva y amada.
—Una flecha imperial se lo llevó durante una escaramuza en la frontera. Me quedé con su daga y con un agujero en el pecho que tardó años en cerrarse. Pero mírame. Vivo mi vida, follo cuando quiero, bebo cuando quiero… como sé que él hubiera querido. No me quedo mirando a las musarañas pensando en “qué hubiera pasado si”.
Se acercó un poco más, esta vez sin intención sexual, solo con una cruda honestidad.
—¿Cómo se llamaba ella?
—Se llamaba Nereida —respondí, y pronunciar su nombre seguía siendo doloroso, aun se sentía pesado—. Y no sé qué hubiera querido ella de mí, Valka. La verdad es que no fui el mejor esposo. Me perdía en mis bosques, en mis trances, en el ejército imperial… y cuando supe que murió a manos de mercenarios, simplemente me rendí. Me dediqué a vivir como yo creí que quería vivir: solo, en la mitad de la nada, esperando que el tiempo me borrara. Hasta que…
—Hasta Aelnora —completó ella con una sonrisa triste—. Y ahora no sabes si tu corazón está con tu esposa muerta o con la elfa, y eres demasiado cobarde como para distraer tu verga entre mis piernas mientras lo averiguas.
—Es una forma de decirlo —respondí, sintiendo un peso menos en el pecho tras haberlo confesado.
—Bueno, druida, parece que…
—¡jefe! —el grito de uno de los duelistas de Valka rompió el momento. El hombre entró corriendo al comedor, jadeando, con un pequeño cilindro de cuero en la mano—. ¡Llegó un cuervo! ¡Noticias de la clériga!
Me puse en pie de un salto, olvidando por completo la conversación y la tensión de hace un momento. Valka ya estaba a mi lado, recuperando su instinto de combate en un parpadeo.
—Dámelo —ordené, extendiendo la mano.
El papel era pequeño y olía a frío y a la sangre que Aelnora siempre parecía llevar consigo. Mis ojos recorrieron las líneas apretadas de su caligrafía firme.
—¿Qué dice? —preguntó Valka, apoyando una mano en mi hombro.
—Ha entrado —dije, sintiendo un nudo en el estómago—. Está en el Colmillo de Wyvern. Dice que la alianza es posible, pero que la Dama de Hierro no es lo que esperábamos. Nos quiere allí de inmediato.
—Pues se acabó el descanso —dijo Valka, dándose la vuelta para buscar sus armas con una energía renovada—. Prepara al lobo, druida. Mañana partimos al amanecer. Si esa clériga ha logrado abrir las puertas de esa ciudad, lo menos que podemos hacer es llegar a tiempo para ver cómo se quema el mundo.
Miré el papel una última vez antes de apretarlo en mi puño. Nereida era un fantasma, pero Aelnora era una realidad que me esperaba entre los muros de hierro del norte. Y por primera vez en años, el camino hacia adelante se sentía más pesado que el que dejaba atrás.
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