Hierro y Sangre - Capítulo 77
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Capítulo 77: Capítulo 77: Magia de sangre
(Narra Einar)
Ulm regreso justo a tiempo para partir con nosotros, por suerte tenía un incansable karkadann que sin problema simplemente siguió su marcha.
El fuerte quedó atrás como un cascarón vacío, un eco de lo que alguna vez intentamos llamar hogar. Llegamos al Colmillo de Wyvern con los carruajes crujiendo bajo el peso de los suministros y el cansancio calado en los huesos, pero el recibimiento no fue de júbilo. Las enormes puertas de hierro se abrieron para revelar un escenario de luto y acero.
Aelnora nos esperaba justo en el umbral. A su lado, una pira funeraria ya desprendía el olor dulce y metálico del embalsamamiento. Sobre la madera descansaba el cuerpo del duelista que no logró terminar el camino. La clériga caminó directamente hacia Valka, su rostro endurecido por la culpa y el viento.
—Esperamos a que llegaras —dijo Aelnora, su voz firme pero desprovista de su habitual altivez—. Es uno de los tuyos. Nos emboscó la Palma Roja en el camino.
Valka miró a la clériga y luego a la pira. Por un segundo, el sarcasmo que siempre definía su mandíbula desapareció, dejando ver a la capitana que sufre por cada baja.
—Gracias, clériga —respondió Valka, con una sobriedad que nos heló más que el clima.
Aelnora le entregó una antorcha encendida. Los duelistas formaron una fila perfecta, un muro de hombres y mujeres que golpearon sus pechos al unísono mientras el fuego consumía los restos de su hermano. No hubo rezos a los dioses del Imperio; solo el crepitar de la madera y el silencio de los que saben que el siguiente cuerpo en la pira podría ser el suyo.
—————————————
Más tarde, el calor de la sala de guerra de la Dama de Hierro no logró disipar la frialdad de la mesa de negociaciones. Nos sentamos frente a ella, rodeados por sus consejeros. A su lado estaba un hombre enmascarado al que llamaban El Filo, cuyo atuendo y máscara eran casi un reflejo de los de la Dama, y un tercer individuo que hacía que mi piel se erizara: Raven.
Raven era una visión sacada de una pesadilla alquímica. Un Elfo cuyas cicatrices no eran simples marcas de batalla; eran surcos profundos que recorrían su torso y brazos, tatuados con runas que parecían pulsar con una vida propia. Su mirada, fría y analítica, nos pesaba como el plomo.
La Dama de Hierro repitió el ultimátum que ya le había dado a Aelnora: el enemigo real es la Inquisición.
—Acepto —soltó Valka, reclinándose en su silla mientras escrutaba a la Dama y luego me lanzaba una mirada cargada de intención—. Mientras tenga donde dormir, con quién coger y a quién matar, estoy dentro.
—Yo tengo mis propios dioses —intervino Ulm, su voz retumbando como un trueno contenido—. Me gusta el culto de los gigantes y he visto de lo que la Inquisición es capaz. Estoy dentro.
—A donde vaya Ulm, voy yo —añadió Aeris de inmediato.
—No —interrumpió Aelnora con brusquedad—. Tu mente es demasiado valiosa, Aeris. Incluso más que nuestros músculos. No puedes arriesgarte en el frente.
La pequeña artífice no se amilanó. Se puso en pie, mirando a la clériga a los ojos.
—Si no puedo viajar y pelear con ustedes, entonces me iré.
—Y yo con ella —sentenció Ulm, colocando una mano protectora cerca de Aeris—. He visto las armas que puede crear. Debes dejarla pelear, Aelnora. Yo seré su escudo.
Aelnora soltó un bufido de frustración, pero asintió a regañadientes. Sabía que no podía forzar a nadie, y menos a un gigante y su artífice. Me tocó el turno a mí. Me llevé la mano al rostro y, con un gesto lento, me quité la máscara de hueso. La piel quemada, el rastro del horror que la inquisición dejó en mí, quedó expuesto bajo la luz de las antorchas.
—Nadie más será torturado como lo fui yo —dije, sintiendo la mirada de todos sobre mi cicatriz—. La porquería que dejó Varic en su camino puede esperar. La Dama de Hierro tiene razón: el objetivo debe ser Balthazaar y su maldito culto de la Palma Roja.
Noté que la Dama de Hierro se tensaba. Sus hombros se crisparon y su respiración pareció detenerse tras el metal.
—Es… horrible lo que te hicieron —dijo ella, su voz distorsionada por la máscara sonando extrañamente quebradiza.
Raven, sin embargo, no mostró compasión. Se inclinó hacia adelante, y pude ver cómo pequeñas gotas de sangre empezaban a brotar de sus cicatrices rúnicas.
—Tus motivos deben ser más puros que la venganza, druida —sentenció Raven—. Si tu sangre no busca la libertad… no nos sirves.
—Mi sangre busca muchas cosas —respondí, sosteniendo su mirada.
El mago se levantó. Ante nuestros ojos, la sangre que escapaba de su piel no cayó al suelo; se arremolinó en el aire, condensándose y solidificándose hasta formar una daga de un rojo cristalino y letal que tomó en sus manos.
—La sangre no miente, druida… te estaré observando.
—¿Qué clase de magia oscura es esa? —exclamó Aelnora, poniéndose en pie con la mano en el pomo de su arma—. Es una aberración.
Raven la miró con absoluto desdén.
—Aberración es tomar fuerza prestada del sol para reflejar su luz, clériga. Eso es aberrante y cobarde. Mi magia viene de mí. El poder viene de mí y el precio lo pago yo, no un núcleo mágico que se recarga descansando. Mi magia, aunque aterradora para algunos, es más pura que muchas que tú conoces. Es cuestión… de enfoque.
El Filo interrumpió la disputa con un gesto seco de su mano enguantada.
—Parece que está decidido. Nuestros hombres les mostrarán la forja, los laboratorios de alquimia y sus habitaciones. —Miró de mí hacia Valka con una inclinación de cabeza—. ¿Duerme con usted?
—Habitaciones separadas de ser posible —respondí de inmediato.
—Cobarde —murmuró Valka bajo su aliento, ignorando la cara de fastidio de Aelnora.
—Interesante dinámica la de su grupo —concluyó la Dama de Hierro, recuperando su compostura fría—. Bienvenidos a la verdadera resistencia.
Sus ojos (o lo que se adivinaba de ellos tras la máscara) volvieron a clavarse en los míos un segundo más de lo necesario. El Filo le tocó el brazo con una familiaridad que no esperaba.
—¿Nos vamos? Hay cosas por hacer, amor mío —le dijo él con voz suave.
La Dama asintió y ambos se retiraron, dejándonos con el mago de sangre. Raven se cruzó de brazos, su daga roja desapareciendo de nuevo en sus venas.
—Me quedaré cerca de ustedes —nos advirtió—. Una precaución. Considérenme parte del equipo.
Aelnora soltó un resoplido de pura frustración, mirando al techo como si buscara paciencia divina.
—Bienvenido al grupo, Raven… aunque no es como que tuviéramos otra opción.
(Narra Einar)
El olor a carne quemada y aceites se filtraba entre los pinos mucho antes de que divisáramos las empalizadas de nuestra primera misión; el “Retiro de San Balthazaar”.
Bajo el cielo plomizo del norte, aquel lugar no parecía un centro de fe, sino una herida abierta en la falda de la montaña. Era un complejo de madera reforzada y piedra tosca, rodeado por una doble fila de estacas afiladas donde los restos de “infieles” servían de advertencia a cualquiera que cuestionara la doctrina de la Palma Roja.
Me agaché entre la maleza, sintiendo cómo Fenrir vibraba bajo mi piel. El lobo odiaba el olor de ese lugar; era un hedor artificial, una mezcla de incienso barato usado para ocultar el aroma de la putrefacción y la sangre estancada.
—¿Ves a los guardias? —susurró Valka a mi lado. Estaba agazapada con la gracia de una pantera, sus dedos jugueteando con el pomo de sus dagas—. Cuentan con al menos veinte hombres en el patio exterior. Ballesteros en las torres y esos malditos sacerdotes de túnica púrpura merodeando cerca de las jaulas.
—No son solo guardias, Valka —intervino Aelnora, que permanecía de pie a unos metros, sin ocultarse, con la maza Venganza apoyada en el hombro. Su armadura reflejaba la luz gris del día con un brillo amenazante—. Son carniceros con licitud divina. Siento la corrupción desde aquí. Es un nudo en el estómago que solo se quita rompiendo huesos.
Miré a Raven. El mago de sangre estaba apoyado contra un árbol, con los brazos cruzados. Sus cicatrices no brillaban todavía, pero el aire a su alrededor parecía más frío, como si estuviera absorbiendo el calor del bosque para prepararse.
—La red de energía en este lugar es inestable —observó Raven con su voz monótona—. Están usando sacrificios para alimentar un sello de protección. Si entramos de frente, la magia resonará en todo el valle.
—Para eso tenemos a nuestro ariete —dije, mirando hacia atrás, donde Ulm acariciaba el hocico de Berg.
El gigante asintió. No necesitaba palabras. Se subió al lomo del Karkadann y Aeris se aseguró en su puesto, revisando por última vez los viales que colgaban de su cinturón.
—¡A mi señal! —rugió Aelnora.
No hubo sigilo. No hubo advertencias.
Berg se lanzó al galope. El sonido de sus seis patas golpeando la tierra era como una serie de explosiones rítmicas. El Karkadann no era solo una bestia de carga; era una fuerza de la naturaleza. Atravesó los primeros metros de maleza y chocó contra las puertas de madera reforzada con la potencia de un alud. El estruendo de la madera astillándose y los clavos de hierro saltando por los aires llenó el recinto. Los guardias en las torres apenas tuvieron tiempo de girar sus ballestas antes de que Ulm, desde lo alto de la bestia, lanzara una de sus pesadas hachas de mano, derribando a uno de los vigías con una precisión aterradora.
Entramos al patio central como una exhalación de muerte. Fenrir emergió de mi sombra, un borrón de pelaje negro y colmillos que se cerraron sobre la garganta del primer palma roja que intentó interponerse. El hombre ni siquiera pudo soltar un grito; solo hubo un gorgoteo y el sonido de las vértebras rompiéndose.
—¡Intrusos! ¡Purificad a los infieles con el fuego de la fe! —gritó un sacerdote desde el centro del patio.
Estaba de pie junto a un altar de piedra donde un joven estaba encadenado, con el pecho abierto en un ritual que aún no terminaba. El sacerdote vestía túnicas negras pesadas y una máscara de ébano pulido que le daba el aspecto de un cuervo humanoide. Pero lo que nos hizo detenernos un segundo no fue él.
De las sombras detrás del altar, una figura femenina emergió con una elegancia que resultaba obscena en aquel lugar. Su piel tenía el tono grisáceo de la ceniza fría y su cabello caía como cascadas de seda oscura sobre sus hombros. Pero fueron sus ojos lo que la delató: un magenta vibrante que brillaba con un hambre antigua.
—Ariadne —masculló Ulm, deteniendo a Berg en seco. El Karkadann soltó un bufido que levantó una nube de polvo y sangre del suelo.
—Creí haberte aplastado en Orodreth, bruja —retumbó la voz del gigante.
Ariadne soltó una risa melódica, un sonido que parecía fuera de lugar entre los lamentos que venían de las celdas laterales. Se acarició el cuello, donde una cicatriz casi invisible recordaba el impacto del gigante.
—Lo hiciste, pequeño gran hombre —respondió ella, y su voz tenía el peso de una maldición—. Me rompiste los huesos y me dejaste en la oscuridad. Pero mi sangre es más persistente que tu fuerza. Me tomó tiempo reconstruirme, pieza por pieza, pero aquí estoy. Y ahora te devolveré el favor. No solo te aplastaré; haré que veas cómo devoro el alma de tu pequeña artífice antes de que cierres los ojos.
Aeris, desde el lomo de Berg, no retrocedió. Sacó un cilindro de metal y activó un mecanismo que empezó a silbar.
—Inténtalo, perra de ojos rosas —replicó Aeris con una frialdad técnica—. Tengo tres mezclas alquímicas diferentes diseñadas solo para ver cómo reacciona tu piel regenerada al ácido.
—¡Basta de charlas! —rugió el sacerdote de la máscara de ébano, alzando sus manos. Unas llamas carmesí brotaron de sus palmas, extendiéndose hacia el cielo—. ¡La Palma Roja reclama este lugar! ¡Matadlos a todos!
De los barracones y las capillas laterales brotaron docenas de fanáticos. No eran soldados comunes; llevaban tatuajes que supuraban energía oscura y sus ojos estaban en blanco, perdidos en un frenesí religioso que los hacía inmunes al miedo.
—Raven, encárgate del flanco izquierdo —ordenó Aelnora, haciendo girar a Venganza sobre su cabeza. El aire empezó a zumbar con la energía solar que emanaba de la maza—. ¡Valka, quédate cerca de Einar! ¡Ulm, esa bruja es tuya!
La batalla estalló con una furia que hizo que el suelo vibrara. Aelnora se lanzó hacia el grueso de los fanáticos. El primer golpe de su maza destrozó el escudo de un guardia y le hundió el pecho, lanzándolo varios metros atrás. Pero los sectarios no retrocedían; se lanzaban sobre ella con cuchillos rituales, buscando los huecos de su armadura.
—¡Luz de justicia! —gritó la clériga, y una explosión de brillo dorado cegó a los atacantes, dándole el espacio necesario para seguir destrozando cráneos.
A unos metros, Raven se movía con una calma inquietante. No usaba armas físicas. Sus manos trazaban arcos en el aire y, con cada movimiento, las cicatrices de su pecho se abrían un poco más, dejando escapar hilos de sangre que flotaban como serpientes rojas.
—Sanguis… vinculum… —susurró el mago.
Los hilos de sangre se enredaron en los pies de tres atacantes, derribándolos al suelo mientras la sangre empezaba a entrar por sus poros, haciéndolos gritar de una forma que ni siquiera la fe podía acallar.
—Es una técnica sucia —le gritó Aelnora mientras pasaba a su lado aplastando una cabeza—, ¡pero efectiva!
—La pureza es para los que no tienen prisa, clériga —respondió Raven con una sonrisa gélida antes de convertir una gota de su propia sangre en una aguja de cristal rojo que atravesó el ojo de un ballestero en la torre.
Valka se movía como un borrón entre los enemigos, sus dagas encontrando las costuras de las túnicas con una precisión quirúrgica. Se acercó a mí, que estaba desgarrando el brazo de un sectario con mis propias garras de druida.
—¿Ves eso, Einar? —me gritó Valka, señalando con la barbilla a Aelnora y Raven, quienes por un momento habían unido sus espaldas para repeler una oleada de fanáticos—. Te lo dije. Esos dos se entienden demasiado bien. Tarde o temprano, ella encontrará a alguien con más huevos que tú, alguien que no tenga miedo de sangrar con ella por lo que le quede de vida.
No tuve tiempo de responder. Un estallido de energía magenta golpeó el suelo cerca de nosotros, lanzando una lluvia de piedras y metralla. Ariadne había empezado su ataque, y el aire alrededor de Ulm se había convertido en un torbellino de sombras y fuego púrpura.
—¡Ulm, cuidado! —gritó Aeris.
Lanzó una granada de destello que explotó frente a la bruja, dándole al gigante el segundo que necesitaba para descargar su pico contra el suelo, creando una onda de choque que desestabilizó a Ariadne.
La batalla apenas estaba comenzando, y el patio del retiro de San Balthazaar ya estaba cubierto de un barro rojo que no era solo tierra húmeda. El sacerdote oscuro empezó a entonar un cántico en una lengua olvidada, y las sombras de los árboles empezaron a alargarse, cobrando vida propia.
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