Hierro y Sangre - Capítulo 78
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Capítulo 78: Capítulo 78: El Incienso del Martirio
(Narra Einar)
El olor a carne quemada y aceites se filtraba entre los pinos mucho antes de que divisáramos las empalizadas de nuestra primera misión; el “Retiro de San Balthazaar”.
Bajo el cielo plomizo del norte, aquel lugar no parecía un centro de fe, sino una herida abierta en la falda de la montaña. Era un complejo de madera reforzada y piedra tosca, rodeado por una doble fila de estacas afiladas donde los restos de “infieles” servían de advertencia a cualquiera que cuestionara la doctrina de la Palma Roja.
Me agaché entre la maleza, sintiendo cómo Fenrir vibraba bajo mi piel. El lobo odiaba el olor de ese lugar; era un hedor artificial, una mezcla de incienso barato usado para ocultar el aroma de la putrefacción y la sangre estancada.
—¿Ves a los guardias? —susurró Valka a mi lado. Estaba agazapada con la gracia de una pantera, sus dedos jugueteando con el pomo de sus dagas—. Cuentan con al menos veinte hombres en el patio exterior. Ballesteros en las torres y esos malditos sacerdotes de túnica púrpura merodeando cerca de las jaulas.
—No son solo guardias, Valka —intervino Aelnora, que permanecía de pie a unos metros, sin ocultarse, con la maza Venganza apoyada en el hombro. Su armadura reflejaba la luz gris del día con un brillo amenazante—. Son carniceros con licitud divina. Siento la corrupción desde aquí. Es un nudo en el estómago que solo se quita rompiendo huesos.
Miré a Raven. El mago de sangre estaba apoyado contra un árbol, con los brazos cruzados. Sus cicatrices no brillaban todavía, pero el aire a su alrededor parecía más frío, como si estuviera absorbiendo el calor del bosque para prepararse.
—La red de energía en este lugar es inestable —observó Raven con su voz monótona—. Están usando sacrificios para alimentar un sello de protección. Si entramos de frente, la magia resonará en todo el valle.
—Para eso tenemos a nuestro ariete —dije, mirando hacia atrás, donde Ulm acariciaba el hocico de Berg.
El gigante asintió. No necesitaba palabras. Se subió al lomo del Karkadann y Aeris se aseguró en su puesto, revisando por última vez los viales que colgaban de su cinturón.
—¡A mi señal! —rugió Aelnora.
No hubo sigilo. No hubo advertencias.
Berg se lanzó al galope. El sonido de sus seis patas golpeando la tierra era como una serie de explosiones rítmicas. El Karkadann no era solo una bestia de carga; era una fuerza de la naturaleza. Atravesó los primeros metros de maleza y chocó contra las puertas de madera reforzada con la potencia de un alud. El estruendo de la madera astillándose y los clavos de hierro saltando por los aires llenó el recinto. Los guardias en las torres apenas tuvieron tiempo de girar sus ballestas antes de que Ulm, desde lo alto de la bestia, lanzara una de sus pesadas hachas de mano, derribando a uno de los vigías con una precisión aterradora.
Entramos al patio central como una exhalación de muerte. Fenrir emergió de mi sombra, un borrón de pelaje negro y colmillos que se cerraron sobre la garganta del primer palma roja que intentó interponerse. El hombre ni siquiera pudo soltar un grito; solo hubo un gorgoteo y el sonido de las vértebras rompiéndose.
—¡Intrusos! ¡Purificad a los infieles con el fuego de la fe! —gritó un sacerdote desde el centro del patio.
Estaba de pie junto a un altar de piedra donde un joven estaba encadenado, con el pecho abierto en un ritual que aún no terminaba. El sacerdote vestía túnicas negras pesadas y una máscara de ébano pulido que le daba el aspecto de un cuervo humanoide. Pero lo que nos hizo detenernos un segundo no fue él.
De las sombras detrás del altar, una figura femenina emergió con una elegancia que resultaba obscena en aquel lugar. Su piel tenía el tono grisáceo de la ceniza fría y su cabello caía como cascadas de seda oscura sobre sus hombros. Pero fueron sus ojos lo que la delató: un magenta vibrante que brillaba con un hambre antigua.
—Ariadne —masculló Ulm, deteniendo a Berg en seco. El Karkadann soltó un bufido que levantó una nube de polvo y sangre del suelo.
—Creí haberte aplastado en Orodreth, bruja —retumbó la voz del gigante.
Ariadne soltó una risa melódica, un sonido que parecía fuera de lugar entre los lamentos que venían de las celdas laterales. Se acarició el cuello, donde una cicatriz casi invisible recordaba el impacto del gigante.
—Lo hiciste, pequeño gran hombre —respondió ella, y su voz tenía el peso de una maldición—. Me rompiste los huesos y me dejaste en la oscuridad. Pero mi sangre es más persistente que tu fuerza. Me tomó tiempo reconstruirme, pieza por pieza, pero aquí estoy. Y ahora te devolveré el favor. No solo te aplastaré; haré que veas cómo devoro el alma de tu pequeña artífice antes de que cierres los ojos.
Aeris, desde el lomo de Berg, no retrocedió. Sacó un cilindro de metal y activó un mecanismo que empezó a silbar.
—Inténtalo, perra de ojos rosas —replicó Aeris con una frialdad técnica—. Tengo tres mezclas alquímicas diferentes diseñadas solo para ver cómo reacciona tu piel regenerada al ácido.
—¡Basta de charlas! —rugió el sacerdote de la máscara de ébano, alzando sus manos. Unas llamas carmesí brotaron de sus palmas, extendiéndose hacia el cielo—. ¡La Palma Roja reclama este lugar! ¡Matadlos a todos!
De los barracones y las capillas laterales brotaron docenas de fanáticos. No eran soldados comunes; llevaban tatuajes que supuraban energía oscura y sus ojos estaban en blanco, perdidos en un frenesí religioso que los hacía inmunes al miedo.
—Raven, encárgate del flanco izquierdo —ordenó Aelnora, haciendo girar a Venganza sobre su cabeza. El aire empezó a zumbar con la energía solar que emanaba de la maza—. ¡Valka, quédate cerca de Einar! ¡Ulm, esa bruja es tuya!
La batalla estalló con una furia que hizo que el suelo vibrara. Aelnora se lanzó hacia el grueso de los fanáticos. El primer golpe de su maza destrozó el escudo de un guardia y le hundió el pecho, lanzándolo varios metros atrás. Pero los sectarios no retrocedían; se lanzaban sobre ella con cuchillos rituales, buscando los huecos de su armadura.
—¡Luz de justicia! —gritó la clériga, y una explosión de brillo dorado cegó a los atacantes, dándole el espacio necesario para seguir destrozando cráneos.
A unos metros, Raven se movía con una calma inquietante. No usaba armas físicas. Sus manos trazaban arcos en el aire y, con cada movimiento, las cicatrices de su pecho se abrían un poco más, dejando escapar hilos de sangre que flotaban como serpientes rojas.
—Sanguis… vinculum… —susurró el mago.
Los hilos de sangre se enredaron en los pies de tres atacantes, derribándolos al suelo mientras la sangre empezaba a entrar por sus poros, haciéndolos gritar de una forma que ni siquiera la fe podía acallar.
—Es una técnica sucia —le gritó Aelnora mientras pasaba a su lado aplastando una cabeza—, ¡pero efectiva!
—La pureza es para los que no tienen prisa, clériga —respondió Raven con una sonrisa gélida antes de convertir una gota de su propia sangre en una aguja de cristal rojo que atravesó el ojo de un ballestero en la torre.
Valka se movía como un borrón entre los enemigos, sus dagas encontrando las costuras de las túnicas con una precisión quirúrgica. Se acercó a mí, que estaba desgarrando el brazo de un sectario con mis propias garras de druida.
—¿Ves eso, Einar? —me gritó Valka, señalando con la barbilla a Aelnora y Raven, quienes por un momento habían unido sus espaldas para repeler una oleada de fanáticos—. Te lo dije. Esos dos se entienden demasiado bien. Tarde o temprano, ella encontrará a alguien con más huevos que tú, alguien que no tenga miedo de sangrar con ella por lo que le quede de vida.
No tuve tiempo de responder. Un estallido de energía magenta golpeó el suelo cerca de nosotros, lanzando una lluvia de piedras y metralla. Ariadne había empezado su ataque, y el aire alrededor de Ulm se había convertido en un torbellino de sombras y fuego púrpura.
—¡Ulm, cuidado! —gritó Aeris.
Lanzó una granada de destello que explotó frente a la bruja, dándole al gigante el segundo que necesitaba para descargar su pico contra el suelo, creando una onda de choque que desestabilizó a Ariadne.
La batalla apenas estaba comenzando, y el patio del retiro de San Balthazaar ya estaba cubierto de un barro rojo que no era solo tierra húmeda. El sacerdote oscuro empezó a entonar un cántico en una lengua olvidada, y las sombras de los árboles empezaron a alargarse, cobrando vida propia.
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