Hierro y Sangre - Capítulo 79
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Capítulo 79: Capítulo 79: El Vals de la Carnicería
(Narra Einar)
El cántico del sacerdote de la máscara de ébano dejó de ser una letanía para convertirse en un rugido gutural, una frecuencia vibratoria que pareció succionar la luz misma del patio, dejando los colores pálidos y deslavados. Las sombras de los pinos que rodeaban el complejo no se quedaron en el suelo; se estiraron, se despegaron de la tierra con un sonido similar al de cuero desgarrándose y se retorcieron como extremidades de alquitrán vivo. El aire se volvió pesado, cargado con un frío sobrenatural que congelaba el aliento en mis pulmones. Vi cómo una de esas manos de sombra, larga y translúcida, se alzaba por detrás de Raven, lista para rodear su cuello mientras él estaba concentrado en sus hilos de sangre, con los ojos inyectados en rubí.
—¡Abajo, mago! —rugió Aelnora.
La clériga no esperó respuesta ni permiso. Fue un movimiento instintivo, una descarga de fe pura que no buscaba la elegancia sino la supervivencia. Golpeó el suelo con el pomo de Venganza, liberando una onda de choque de luz solar pura que barrió el suelo del patio como un maremoto dorado.
El resplandor fue tan violento que mis pupilas se contrajeron hasta doler; las sombras se evaporaron con un chillido sordo, una agonía inmaterial que salvó a Raven de ser arrastrado a la oscuridad eterna. El mago de sangre apenas asintió, su rostro una máscara de concentración pálida, pero su reacción fue instantánea.
No hubo gratitud verbal, solo eficiencia mortal. Un sectario se había lanzado sobre el flanco ciego de Aelnora con una daga ritual dirigida a su garganta; Raven movió los dedos en un gesto fluido y tres espinas de sangre sólida brotaron de sus cicatrices y volaron por los aires, atravesando el rostro del atacante con un crujido de hueso antes de que el fanático pudiera completar el movimiento.
—Estamos a mano, clériga —murmuró Raven, sin dejar de mover sus hilos rojos, sus dedos danzando en el aire como si tocara un arpa invisible hecha de dolor ajeno.
El mecanismo de hueso de trol de mi ballesta oculta crujió cuando extendí el brazo, un sonido orgánico y mecánico a la vez. Disparé un virote contra un grupo de fanáticos que intentaba flanquearnos, pero en el último milisegundo, cuando el proyectil ya volaba, chasqueé los dedos de mi mano libre invocando la magia del bosque.
Una chispa de magia primordial envolvió el proyectil en llamas que rugieron al contacto con el aire, alimentándose del oxígeno y del odio. El virote incendiario atravesó a dos hombres, convirtiéndolos en antorchas humanas que corrían gritando antes de colapsar.
—¡Mi creación funciona genial en ti, Einar! —gritó Aeris Mientras saltaba desde el lomo de Berg. La pequeña operaba su propia ballesta con una precisión técnica asombrosa, sus gafas protectoras reflejando las llamas—. ¡Esa ignición mágica no daña el hueso de trol, es el equilibrio perfecto entre naturaleza y pólvora!
—¡Es impecable, pequeña! —le devolví el grito, mientras el aroma a ozono, azufre y carne quemada se volvía casi insoportable, una mezcla que se pegaba a la garganta como grasa caliente.
En el centro del patio, Aelnora seguía sumergida en su propia guerra personal. Sus movimientos eran amplios y pesados, cada golpe de su maza cargado con el peso de la justicia que el Imperio le había negado. Acababa de desarmar a un oficial de la Palma Roja, rompiéndole el antebrazo con un giro seco y dejándolo de rodillas, con el casco abollado y la mirada perdida. Era el cuadro perfecto de un verdugo divino.
—Este es por Orodreth —sentenció Aelnora, alzando el hierro bendito, sus músculos tensos bajo la armadura.
Pero antes de que pudiera bajarlo para dar el golpe de gracia, una sombra colosal pasó a su lado con el estruendo de un desprendimiento de rocas. Berg arrolló al sectario sin siquiera aminorar la marcha, aplastándolo bajo sus seis patas como si fuera un bulto de paja vieja. El sonido de los huesos rompiéndose fue definitivo, un crujido seco que silenció las súplicas del oficial. El Karkadann se detuvo un segundo más adelante, se rascó tras una de sus orejas con una pata delantera con una parsimonia irritante, y soltó un bufido de vapor que olía a vegetación podrida y sangre.
—¡EY! —le gritó Aelnora, con la maza suspendida en el aire y la cara roja de pura frustración—. ¡Busca tus propios sectarios, lagarto superdotado! ¡Ese era mío! ¡Llevo minutos acorralándolo!
Berg solo giró uno de sus grandes ojos laterales para mirarla con una indiferencia casi insultante, un parpadeo lento antes de embestir a otro grupo que intentaba reagruparse cerca de las celdas.
—¡Ah, no! —Aelnora apretó el mango de su arma, sus ojos dorados encendiéndose con una competitividad salvaje—. ¡No vas a aplastar más que yo, bicho deforme! —gritó, lanzándose a la carrera para reventar la cabeza del siguiente infeliz antes de que el Karkadann pudiera clavarle los dientes.
Mientras tanto, Ulm, con su tamaño y fuerza, había logrado desestabilizar a Ariadne. El gigante descargó su pico con una fuerza que agrietó el altar de piedra en dos, provocando que el suelo vibrara bajo mis pies. Pero la bruja era escurridiza como el humo; en lugar de ser aplastada, se deshizo en una nube de neblina rosa y densa que olía a flores muertas. Reapareció diez metros atrás, flotando sobre las celdas de hierro, con el cabello ondeando como si estuviera bajo el agua y lanzando ráfagas de energía magenta que buscaban las cabezas de nuestros hombres.
—¡No la dejen fijar el blanco! ¡Mantenla moviéndose! —rugió Ulm, cubriéndose la cara con su antebrazo mientras una ráfaga de energía le quemaba la piel.
Raven y Aelnora se movieron entonces en perfecta sincronía, una danza de sangre y luz que parecía ensayada durante años. Los proyectiles mágicos de Ariadne eran esquivados con elegancia o repelidos por escudos de plasma rojo que Raven tejía en el aire con movimientos precisos de sus manos, seguidos inmediatamente por fogonazos de luz cegadora de Aelnora que obligaban a la bruja a parpadear y perder la concentración. Era un asedio coordinado: el rojo de la sangre y el oro de la luz asfixiando la magia rosa de la Palma Roja.
Valka, que había estado limpiando el perímetro con la eficacia silenciosa de un carnicero profesional, se dio cuenta de lo que nosotros, cegados por la furia del combate, no habíamos visto: no podíamos contener a dos hechiceros de ese calibre y a la horda de fanáticos al mismo tiempo sin que alguien cayera. Sus ojos, afilados y fríos, se clavaron en el sacerdote de la máscara de ébano, que seguía entonando el cántico desde una posición elevada, tratando de reconstruir las sombras.
—¡Al carajo con la táctica! —gritó Valka, soltando una carcajada salvaje que cortó el aire.
Se lanzó en una carrera suicida, zigzagueando entre los sectarios con la gracia de una pantera. Saltó sobre los hombros de un guardia imperial convertido al culto, usándolo como trampolín mientras le clavaba una daga en la nuca para impulsarse, y cayó directamente sobre el sacerdote. Su espada brilló bajo la luz mortecina de las antorchas, dibujando un arco de acero perfecto. Con un movimiento fluido, brutal y definitivo, Valka decapitó al hombre de la máscara de ébano. La cabeza rodó por los peldaños de piedra mientras el cuerpo seguía de pie un segundo más, expulsando un chorro de oscuridad líquida antes de desplomarse. El cántico se silenció de golpe, y con él, la presión opresiva sobre nuestras almas desapareció.
Pero el precio de la audacia fue alto. Al caer, Valka quedó expuesta. Una de las espinas de cristal de Ariadne, que originalmente buscaba el pecho de Raven, se desvió por la onda de choque de la decapitación y atravesó el costado de la duelista. Vi a Valka salir despedida hacia atrás por el impacto, su cuerpo chocando con violencia contra una de las jaulas de hierro.
El golpe fue seco, sordo, un sonido que me revolvió el estómago. El carmesí que empezó a brotar de su costado era demasiado oscuro, demasiado rápido, tiñendo su ropa y la nieve sucia del patio.
—¡VALKA! —rugí, sintiendo cómo el lobo en mis venas finalmente tomaba el control total de mis nervios, rompiendo las últimas cadenas de la razón.
El calor en mi pecho se volvió un incendio. Me lancé hacia ella, ignorando los ataques que me llovían, mi brazo de hueso vibrando con una furia primordial que pedía sangre a cambio de sangre. La muerte del sacerdote había roto el control sobre las sombras, sí, pero la furia de Ariadne apenas estaba empezando a desatarse al ver a su aliado caído, y yo no iba a permitir que se llevara a nadie más al abismo.
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