Hierro y Sangre - Capítulo 80
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Capítulo 80: Capítulo 80: El Retorno de la Sangre
(Narra Einar)
Llegué al lado de Valka en dos zancadas, mi pecho subiendo y bajando con la respiración pesada del lobo. La herida en su costado era un pozo oscuro que devoraba su vida; el cristal de Ariadne había dejado fragmentos de energía magenta que impedían que la sangre coagulara.
—Puedo quemar la herida, Valka —le dije, mis manos temblando mientras invocaba el fuego del bosque en mis palmas—. Detendrá la hemorragia, pero dolerá como el infierno.
Valka me miró, con el sudor perlado en su frente y una sonrisa débil que no llegaba a sus ojos empañados.
—Tendré una cicatriz horrible como la tuya… pero al menos habré sentido tu calor, druida. ¡Hazlo de una maldita vez!
—¡Claro que no! —el grito de Aelnora cortó el aire como un látigo de luz. Se acercaba corriendo, apartando a un sectario de un hombro con una fuerza bruta—. Einar, Aeris, ¡dennos cobertura! ¡Ahora!
Aeris, de nuevo desde el lomo de Berg, reaccionó con la velocidad de un resorte. Arrojó una pequeña bolsa de lona al aire, justo sobre nuestras cabezas.
—¡Einar, el virote! —gritó la pequeña artífice.
Entendí el plan al instante. Alcé mi brazo de hueso de trol y disparé. El proyectil orgánico impactó en la bolsa en el ápice de su trayectoria, provocando una explosión de humo denso y químico que nos ocultó de la mirada de la bruja.
Aelnora se arrodilló al otro lado de Valka, ignorando el barro que manchaba sus grebas. Miró a Raven, que se acercaba con paso felino, sus manos goteando hilos rojos.
—¿Puedes manipular sangre ajena? —preguntó la clériga, sus ojos dorados fijos en el mago de sangre.
—Solo si ha tocado la mía —respondió Raven con su voz monocorde—. Es un vínculo de esencia.
—Arroja una de tus espinas a Valka. Necesito que su sangre regrese a su cuerpo antes de que su corazón se detenga —ordenó Aelnora.
Raven vaciló un segundo, una sombra de duda cruzando su rostro marcado.
—Las espinas duelen mucho más de lo que imaginas, clériga. Es como clavar un clavo al rojo vivo en el alma.
—¡Háganlo ya, mierda! ¡Me desangro! —rugió Valka, golpeando el suelo con el puño.
Raven no esperó más. De su palma brotó una espina de sangre pequeña, del tamaño de un alfiler, pero que vibraba con una energía siniestra. La lanzó con precisión quirúrgica directamente al área abierta del costado de Valka.
El grito que escapó de la garganta de la duelista fue desgarrador, un sonido que hizo que incluso Fenrir retrocediera un paso. Fue un alarido primario, agónico. La sangre que empapaba la nieve y el vestido de Valka comenzó a moverse de forma antinatural, como si el tiempo retrocediera. El líquido carmesí fluyó hacia arriba, desafiando la gravedad, y volvió a entrar en la herida siguiendo el rastro de la espina de sangre.
El rostro de Valka se tornó de un rojo violáceo por el esfuerzo sobrehumano de sus venas aceptando el retorno forzado. Sus músculos se tensaron hasta el punto de parecer que se romperían. En cuanto la última gota entró, Aelnora se arrancó los guantes con un movimiento brusco.
Invocó su magia de sanación, y sus palmas se encendieron con un resplandor ámbar tan puro que disipó el humo químico de Aeris. Colocó las manos directamente sobre la carne desgarrada de Valka. El vapor subió de la herida mientras la piel empezaba a cerrarse, tejiéndose bajo el calor divino.
Valka soltó un suspiro tembloroso, sus ojos enfocándose lentamente en la clériga.
—Tu tacto es más suave de lo que esperaba, clériga… —susurró, con un rastro de su habitual insolencia regresando a su voz.
—Cállate, Valka —respondió Aelnora, soltando una pequeña risa de alivio mientras el sudor le corría por las sienes.
—¡No se relajen! —rugió Ulm desde el centro del patio.
La muerte del sacerdote de la máscara de ébano había diezmado a la mayoría de los sectarios, pero Ariadne seguía siendo una tormenta de furia magenta. Al ver que Valka no había muerto, la bruja soltó un chillido que agrietó los viales de las torres.
Fenrir y Berg se encargaban de la limpieza. El lobo era una mancha negra que saltaba de garganta en garganta, desmembrando a los últimos palmas rojas que intentaban huir. Berg, por su parte, se movía con una brutalidad metódica; cada paso de sus seis patas era una sentencia de muerte, aplastando torsos y escudos como si fueran cáscaras de huevo.
Ariadne se elevó más en el aire, sus manos convertidas en garras de energía pura.
—¡Creen que han ganado! —gritó, y el cielo pareció oscurecerse en respuesta—. ¡Solo han cavado una tumba más grande para todos!
Se lanzó en picado hacia nosotros, rodeada de un torbellino de cristales magenta. Raven se puso en pie, sus hilos de sangre formando una red defensiva, mientras Aelnora recuperaba su maza.
—¡Ulm, Einar, mantengan el flanco! —gritó la clériga, poniéndose frente a la herida Valka—. ¡Esta perra no se va de aquí con vida!
La batalla final por el retiro de San Balthazaar estaba alcanzando su punto de ebullición. La sangre de Raven y la luz de Aelnora estaban a punto de colisionar contra la oscuridad de Ariadne por última vez.
(Narra Aeris)
El campo de batalla era un engranaje roto, y yo era la única que intentaba calcular dónde encajar las piezas antes de que Ariadne nos pasara por encima. Desde el lomo de Berg, el caos tenía una lógica geométrica. La bruja magenta flotaba en el centro del patio, una anomalía de energía que repelía cada intento de acercamiento con ráfagas de espinas de cristal.
Ulm, mi gigante, se lanzó como un ariete humano, pero Ariadne fue más rápida. Un estallido de energía purpúrea lo golpeó de lleno en el pecho, lanzándolo hacia atrás. El estruendo de su cuerpo chocando contra el barro congelado hizo que la tierra vibrara bajo las patas de Berg.
—¡Ulm! —grité, con el corazón en la garganta.
Él levantó un brazo masivo desde el suelo, con el pulgar extendido entre el barro y la sangre. Estaba bien, pero no se levantó. En lugar de eso, sus ojos se clavaron en los míos y luego en la posición de la bruja. Entendí el mensaje: estaba posicionándose.
—¡Aelnora, Raven! ¡Por los flancos! —rugí, asumiendo el mando táctico.
La clériga y el mago de sangre se movieron como sombras gemelas de luz y oscuridad. Aelnora cargó por la izquierda, su maza Venganza trazando arcos de fuego solar que obligaban a Ariadne a replegar sus escudos. Raven, por la derecha, lanzó hilos de sangre que zumbaban como cuerdas de violín, cerrando el espacio aéreo de la bruja. Estaban empujándola, estrechando el cerco justo sobre el lugar donde Ulm yacía herido… o eso creía ella.
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