Hierro y Sangre - Capítulo 81
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Capítulo 81: Capítulo 81: El Sabor del Ácido y la Gloria
(Narra Aeris)
Einar, desde la retaguardia, preparó su último virote de hueso de trol. Vi cómo sus dedos chasqueaban y una llama roja, intensa y hambrienta, envolvió el proyectil.
—¡Ahora, Einar! —grité.
El virote silbó en el aire, una línea de fuego rojo que buscaba la cabeza de la bruja. Ariadne, presa del pánico, descendió bruscamente para esquivar la saeta incendiaria. Bajó lo suficiente. Bajó demasiado.
En un parpadeo, Ulm se impulsó desde el barro con una potencia explosiva. Sus manos gigantescas se cerraron alrededor del tobillo de la bruja con un crujido seco. Ariadne soltó un chillido de terror, pero el gigante no tuvo piedad. Con un rugido que sacudió los cimientos del retiro, la azotó contra el suelo de piedra con la fuerza de un meteorito.
El impacto fue brutal. El rostro de Ariadne, antes hermoso y gélido, quedó deformado, con la quijada dislocada y un ojo velado por la sangre. Intentó apoyarse en sus manos, temblando, emitiendo un gorgoteo lastimero.
Bajé de Berg antes de que Ulm pudiera rematarla. Tenía algo que probar. Me acerqué a la bruja mientras ella intentaba balbucear una maldición. Con una mano le jalé el cabello, obligándola a mirar hacia el cielo gris, y con la otra saqué el vial de cristal reforzado que llevaba guardado para una ocasión especial.
—Abre grande, perra —susurré.
Vertí el contenido espeso y amarillento directamente en su boca abierta por la dislocación. Ariadne intentó escupir, pero el líquido ya había tocado su garganta. El grito que comenzó a salir de su boca se transformó en un sonido grotesco, un burbujeo hirviente mientras un humo grisáceo y rojizo empezaba a escapar por sus labios.
—¿Qué mierda le está pasando? —preguntó Ulm, poniéndose en pie a mi lado, mirando con horror la escena.
—Le fundí las tripas —respondí con una sonrisa gélida.
El efecto del ácido alquímico fue devastador. El estómago de Ariadne y la tela de su ropa empezaron a humear, abriéndose al no poder contener la reacción química que devoraba sus órganos. Sus entrañas, medio roídas y humeantes, cayeron al barro en un montón de vísceras sin forma. La bruja soltó un último espasmo y cayó muerta, convertida en un despojo vacío.
Me giré hacia Aelnora, que me observaba con una mezcla de respeto y espanto.
—Te dije que podía ser útil, clériga.
—Y aterradora —respondió la elfa, bajando su maza.
—He notado deficiencias en esta batalla —continué, limpiándome una mancha de barro de la mejilla—. Tenemos la magia, las armas y la estrategia, pero podemos mejorar. Aelnora, no he olvidado las mejoras para Venganza. Además, un escudo de una mano no te vendría nada mal, especialmente uno de un material que pueda ser imbuido de magia para que tus protecciones sean más fuertes. Y tú, Ulm… tengo algo pensado para cuando decidas ser un ariete de nuevo. Con el laboratorio de alquimia y la hermosa forja del Colmillo, tendré algo listo para cada uno de nosotros en poco tiempo.
Raven pasó a nuestro lado, su mirada fija en las ruinas del altar.
—Tomen todo lo que sea de valor —ordenó el mago de sangre—. Metales, amuletos, telas… todo. Quemaremos el resto. Este maldito lugar merece ser cenizas.
Cargamos lo que pudimos. Encontramos una carreta de suministros imperial que Ulm enganchó a Berg. El Karkadann resopló, aceptando el peso extra con orgullo animal. Raven, agotado, pero manteniendo su aura de misterio, se elevó unos centímetros del suelo, flotando junto a nosotros mientras iniciábamos la retirada.
(Narra Valka)
El dolor en mi costado era un recordatorio punzante de que la magia de sangre no es un regalo, sino una deuda. Me sentía como si me hubieran cosido con alambre de espino al rojo vivo. Miré mi caballo y luego a Aelnora.
—Toma mi caballo, clériga, llenen su lomo de cargamento —dije, con la voz un poco ronca—. Estoy demasiado débil para montarlo yo sola. Tu magia reparó el tejido, pero aún siento el dolor de la maldita espina de ese tipo.
—Te lo dije —soltó Raven al pasar flotando a mi lado, sin siquiera mirarme—. Mi magia no es un bálsamo, es un contrato.
Me acerqué a Einar, que ya estaba sobre su montura. Extendí la mano y el druida me ayudó a subir delante de él. En cuanto estuve acomodada, tomé su mano y la obligué a rodear mi cintura, guiándola deliberadamente hacia arriba hasta que su palma quedó sobre mi seno.
—Sostenme, druida… podría caer —susurré cerca de su oreja.
Einar soltó una risa baja, una vibración que sentí en toda mi espalda, y bajó la mano rápidamente hacia mi abdomen. El grito de dolor que solté me recordó por qué no debía jugar juegos eróticos después de ser atravesada por una espina rúnica.
—¡La espina, idiota! —gruñí, doblándome un poco.
—Lo siento —dijo él, volviendo a rodearme a la altura del pecho, pero esta vez con el puño cerrado, manteniendo una distancia respetuosa que me hizo rodar los ojos.
—Que caballero… —murmuré, recargando mi cabeza en su hombro ancho. Me sentía agotada, pero viva.
Aelnora se adelantó a la vanguardia, cabalgando sobre yunque con una rigidez que gritaba frustración o cansancio mientras sostenía las riendas de mi caballo lleno de cargamentos. Berg y Ulm la seguían, con el gigante y la artífice compartiendo un momento de calma sobre el lomo de la bestia. Fenrir corría a los flancos, una sombra silenciosa entre los árboles.
Raven alcanzo flotando a la clériga y empezaron a platicar en voz baja. Sus siluetas, una de armadura negra y luz dorada y otra de sombras escarlatas, parecían encajar extrañamente bien al frente de nuestra pequeña columna.
Einar cerraba la fila. Durante un largo rato, el único sonido fue el de los cascos de los caballos y el crujido de la nieve. Einar miraba fijamente las espaldas de Raven y Aelnora, su expresión indescifrable bajo el capuchón. De repente, sentí que su mano, esa mano que antes estaba cerrada en un puño casto, se abría. Con una lentitud deliberada, sus dedos se cerraron sobre uno de mis pechos, sosteniéndome con una firmeza que no pedía permiso.
No dije nada. Solo solté una risa en voz baja, sintiendo el calor de su palma en la piel expuesta que no cubría mi armadura. Parece que el druida finalmente estaba aprendiendo que, en este mundo, los fantasmas no pueden tocarte, pero la carne viva sí.
—Tardaste mucho en hacerlo, Einar —susurré, cerrando los ojos mientras nos alejábamos de las cenizas del retiro—, pero mejor tarde que nunca.
La marcha hacia el Colmillo continuó en silencio, una caravana de guerreros rotos y genios en ciernes, moviéndose a través de un bosque que ya no parecía tan oscuro como antes. Sabíamos que la guerra real estaba por empezar, pero al menos esa noche, la sangre de Ariadne se congelaba en el barro detrás de nosotros.
(Narra Einar)
El silencio de la enfermería solo era interrumpido por el silbido del viento que se colaba por las rendijas de la piedra. Estaba sentado en la misma silla de madera, observando cómo la luz grisácea del atardecer dibujaba sombras largas sobre el rostro de Valka. De repente, su respiración cambió; se volvió errática, rápida.
Sus ojos se abrieron de golpe, cargados de un pánico primario que la hizo incorporarse con un jadeo que terminó en un quejido de dolor.
—¿Dónde… dónde diablos estamos? —preguntó exaltada, mirando las paredes de piedra pulida con desconfianza.
—Tranquila, Valka —dije, poniendo una mano en su hombro para que no hiciera un esfuerzo innecesario—. Estamos en el fuerte de Wyvern, ¿recuerdas? Estamos a salvo aquí.
Ella me miró con una extrañeza que me heló la sangre. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar su mirada en la mía.
—Recuerdo… recuerdo que ese maldito Raven me clavó una espina —masculló, llevándose una mano al costado—. Siento como si un rayo me hubiera atravesado el alma.
Sin previo aviso, y con esa desfachatez que la caracterizaba, se levantó la túnica blanca que le habían puesto las criadas del fuerte. No le importó que estuviera completamente desnuda debajo; su único interés era la marca del combate. Levantó la tela hasta que su costado quedó a la vista, revelando el lugar exacto donde la energía de Ariadne y la sangre de Raven habían colisionado.
Desvié la mirada hacia la pared opuesta, sintiendo el calor subir por mi cuello, mientras escuchaba el leve roce de sus dedos trazando la piel.
—Vaya… —susurró ella—. Supongo que debo agradecerle a la clériga por esto, ¿verdad? Es una marca bastante fea para una mujer tan bella como yo.
—¿En verdad no recuerdas nada más, Valka? —pregunté, manteniendo la vista fija en un candelabro apagado.
—No. Solo el impacto de la espina, el frío… y luego nada, oscuridad absoluta hasta que abrí los ojos y te vi a mi lado, dulzura —hizo una pausa y soltó una risita burlona—. No me digas que me besaste pensando que moriría y ahora que desperté lo olvidé por conveniencia.
Solté una risa seca, negando con la cabeza.
—No, Valka. No te he besado. Podrías, por favor… ¿podrías bajar la túnica? No es el momento ni el lugar.
Ella volvió a reír, un sonido ronco que aún denotaba debilidad, pero mantenía su veneno habitual.
—Vaya, resulta que al druida le incomoda una mujer medio desnuda. Quién lo diría —dijo, acomodando su ropa finalmente—. Ya puedes mirar, caballero de la moral.
—Gracias —dije, volviendo la vista hacia ella—. Ahora que ya te cubriste, dime cómo te sientes realmente.
—Como si un maldito caballo me hubiera pateado las costillas una y otra vez —respondió, haciendo una mueca al intentar acomodarse en el colchón—. Y con un hambre descomunal. Siento que podría comerme a Berg entero y aún pedir postre.
—Te traeré comida —dije, levantándome de la silla con alivio. Necesitaba salir de esa habitación, necesitaba aire que no oliera a sábanas y a ella.
Caminé por los pasillos de piedra hasta llegar a la cocina del fuerte. El lugar era un hervidero de actividad, con el aroma a guiso de caza y pan recién horneado flotando en el aire. En medio del ajetreo, me topé con Aelnora.
—Valka despertó —dije mientras servía un generoso plato de estofado.
Aelnora asintió, tomando dos platos de una mesa cercana. Su mirada se cruzó con la mía por un segundo, cargada de una distancia que dolía más que cualquier palabra.
—Me alegra —dijo con voz plana—. Dale mis saludos. Me haré un tiempo para visitarla más tarde, cuando termine de organizar las patrullas con la Raven.
Se alejó con paso firme, perdiéndose entre los pasillos. Me quedé allí parado, mirando con melancolía cómo su figura desaparecía, sintiendo ese vacío en el pecho que se estaba volviendo crónico. Serví un segundo plato para mí y regresé a la enfermería.
Comimos en silencio. Valka devoraba la comida con una ferocidad que demostraba que su cuerpo estaba tratando de reconstruirse a toda velocidad. Yo, en cambio, apenas jugaba con la cuchara, perdido en mis propios pensamientos.
—Qué aburrido eres, dulzura —soltó ella entre bocados—. ¿No tienes ganas de hablar? Llevo días dormida y tú estás ahí sentado como si estuvieras en un funeral.
La miré, forzando una media sonrisa.
—Lo siento, Valka. He estado un poco distraído, eso es todo.
—Lo mismo de siempre, supongo —respondió ella, limpiándose la boca con el dorso de la mano—. La elfa, el tiempo, el pasado… eres patético, ¿sabías?
Solté una risotada involuntaria. Solo Valka podía insultarme después de que le salvara la vida y yo le trajera el desayuno.
—Si, Valka. Lo sé. Y tú definitivamente no eres nada sutil.
—No tengo razón para serlo, dulzura —replicó, mirándome con esos ojos que siempre parecían estar buscando una debilidad—. La sutileza es para los que tienen tiempo que perder. Yo prefiero ir directo al grano.
Me levanté, sintiendo que la habitación se volvía pequeña otra vez.
—Iré a ver a Ulm —dije, recogiendo los platos vacíos—. Seguramente estará enterrado en la forja con Aeris. En un rato más vendrá Aelnora a verte.
Valka se recostó en la almohada, mirándome con una mezcla de curiosidad y desdén.
—Como quieras, druida. Vete a jugar con tus rocas y tus gigantes.
Me acerqué a la cama, sintiendo un impulso extraño, una necesidad de cerrar ese capítulo de alguna forma antes de salir. Me incliné y le di un beso en los labios. Fue un beso breve, pero real. Valka se quedó callada, con los ojos muy abiertos, sin reaccionar por primera vez desde que la conocía. Me erguí y salí de la habitación sin mirar atrás, dejándola sumida en un silencio absoluto.
(Narra Valka)
Me quedé mirando la puerta cerrada durante lo que parecieron horas, aunque probablemente solo fueron unos segundos. Mis labios aún hormigueaban. ¿El druida acababa de hacer eso? ¿El mismo hombre que se persignaba ante la idea de tocar a alguien que no fuera su maldito recuerdo?
Seguí comiendo el último trozo de pan, tratando de procesar el sabor de su beso mientras el dolor en mi costado me recordaba que seguía viva. De alguna forma, ese gesto me dolió más que la espina de Raven; era una confirmación de que Einar estaba rompiéndose, y yo era el martillo que estaba usando para golpearse a sí mismo.
La puerta volvió a abrirse y Aelnora entró. No traía la maza, pero su sola presencia llenaba la habitación de una luz que siempre me resultaba un poco irritante.
—Me dijeron que ya habías despertado —dijo, arrastrando la silla para sentarse al borde de la cama—. Eres una cabrona muy resistente, Valka. Casi te damos por muerta en ese patio.
Me reí, aunque el esfuerzo me hizo apretar los dientes.
—Gracias, Aelnora. Tú tampoco te quedas atrás repartiendo martillazos. Supongo que tú me ayudaste a mantener las tripas dentro, ¿verdad?
La clériga soltó una risa leve, una que no llegaba a ser burlona por una vez.
—Algo así. Fue un trabajo en equipo… aunque Raven puso la parte más difícil.
—Gracias, de verdad, Aelnora —dije con sinceridad—. Soy muy joven y bella para morir en un campo de tortura de la Inquisición. El mundo no se merece tal pérdida.
—Eres muy molesta, Valka —respondió ella, relajando un poco los hombros—, pero no me gustaría vivir aquí sin tu fastidiosa voz provocándome. Sería demasiado aburrido soportar a Einar sola.
Me quedé mirándola, estudiando su perfil elfo, su perfección que parecía inalterable incluso tras una batalla.
—Dime, Aelnora… de mujer a mujer, ¿qué pasa con el druida?
Aelnora se tensó de inmediato. Sus manos, que descansaban en sus rodillas, se cerraron en puños por un instante antes de relajarse de nuevo.
—Nada más de lo que has visto, Valka —respondió con una voz que intentaba sonar despegada—. A veces, por momentos pensé que podría haber algo, que había un camino… pero el muy cobarde se aleja diciendo que yo viviré más y otras estupideces sobre el tiempo. Se escuda en su mortalidad para no dar un paso adelante.
—Supongo que te contó de Nereida —dije, observando su reacción.
—Sí, Valka. Sé que ese hombre ya amó a alguien y que la sombra de su pasado lo acosa por las noches. Eso lo atormenta y lo confunde…eso y tu constante y descarado coqueteo, supongo.
Solté una carcajada que terminó en una mueca de dolor.
—Lo mío es solo carne, elfa. Tú lo sabes y él también. Si no eres celosa, me lo podrías prestar un rato. Al menos así se le quitaría esa cara de estreñido que carga.
Aelnora se echó a reír, una carcajada genuina que me sorprendió.
—Por mí, quédatelo. Ese idiota tiene fuertes convicciones, no se dobla fácil, por mucho que tú le muevas las caderas, créeme, el estúpido me ha tenido de frente desnuda, me le ofrecí medio ebria en otra ocasión…y nada, quizás soy yo el problema.
—Entiendo, compañera —respondí, suspirando contra la almohada—. Ese es el problema con los hombres con “honor”. Prefieren sufrir como mártires en silencio que disfrutar de lo que tienen delante…así que ten por seguro que tu no eres el problema. Tenerte desnuda de frente…carajo Aelnora, ni yo hubiera deja ir esa oportunidad.
—¿Solo compañera? —preguntó Aelnora con una ceja levantada—. Creí que teníamos algo especial lleno de odio y provocaciones.
—Idiota, no me hagas reír, por favor —dije, agarrándome el costado—. Me duele la maldita herida. Esa espina de Raven es cosa seria. Siento que mi sangre fluye diferente desde que él la tocó.
Aelnora suspiró, mirando hacia la ventana. El aire se volvió pesado de nuevo.
—Mierda… no me digas que te gusta el elfo —solté, notando el silencio.
La clériga se tomó la cara con ambas manos, frotándose las sienes con frustración.
—Mierda… ¿por qué estamos hablando de esto? Todo era más fácil cuando solo te odiaba en silencio. No lo sé Valka, el tipo es atractivo, sí, de una forma sangrienta, extraña y muy retorcida. Es inteligente, su magia es fascinante y compartimos una conexión que no puedo explicar… pero no puedo. No quiero verlo de otra forma.
—Sigues esperando que el lobo reaccione, ¿no es así? —le pregunté, bajando la voz.
Aelnora se quedó en silencio un largo rato, mirando sus propias manos.
—Al menos tenemos eso en común, Valka. Nos gusta el mismo idiota. Tú lo quieres entre las piernas y yo en el corazón. Quizás yo soy la más idiota de los tres, por esperar algo que nunca va a suceder.
—De eso no hay duda, clériga —respondí con una sonrisa triste—. Pero no te culpo. El druida tiene ese algo… esa forma de mirarte como si fueras lo único real en el mundo, incluso cuando te está echando de su vida. Ahora, si me disculpas, siento que debería dormir veinte horas más. Hablar de sentimientos me agota más que pelear contra la Palma Roja…Por cierto Aelnora, deberías cogerte al elfo, para saber que esa extraña conexión que sientes…
—Tu nunca cambias Valka, Descansa —dijo Aelnora, levantándose y caminando hacia la puerta—. Mañana tendremos mucho que hacer. La Dama no nos dejará descansar por mucho tiempo.
Salió de la habitación, dejándome sola con mis pensamientos. Me toqué los labios de nuevo. Einar me había besado, pero Aelnora lo tenía en el corazón. Qué lío tan estúpido. Me acomodé bajo las mantas, cerrando los ojos mientras el dolor de la herida se convertía en un latido constante que me recordaba que, al menos por hoy, seguíamos todos en el mismo bando de los vivos.
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