Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hierro y Sangre - Capítulo 83

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Hierro y Sangre
  4. Capítulo 83 - Capítulo 83: Capítulo 83: El Eco del Tiempo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 83: Capítulo 83: El Eco del Tiempo

(Narra Aelnora)

El Colmillo de Wyvern no era un fuerte; era una bestia de piedra que nos había tragado a todos. Desde que regresamos de la carnicería en el retiro de San Balthazaar, el aire se sentía más pesado, cargado con el olor a azufre de la forja y el incienso frío de los pasillos. Caminaba por el patio de armas, observando a los hombres y mujeres que habíamos rescatado de las minas y los campos. Ahora tenían túnicas limpias, raciones calientes y un propósito, pero me preguntaba a qué precio.

Encontré a Einar cerca de las cuadras, revisando el forraje con una distracción que rayaba en la apatía. Fenrir estaba echado a sus pies, tan inmóvil como una estatua de obsidiana.

—Raven parece la sombra de la Dama de Hierro desde que volvieron —dije, acercándome a él. El frío me calaba los huesos a pesar de mi armadura de escamas de draco—. No se despega de ella. Estoy segura de que le informa de cada palabra que decimos, de cada herida que cerramos. Es sus ojos y sus oídos.

Einar levantó la vista. Sus ojos estaban cansados, con ojeras que delataban noches de poco sueño y demasiada reflexión.

—Es su consejero, Aelnora. Es lógico que quiera saber si su inversión en nosotros está dando frutos o si solo somos mercenarios con suerte —respondió él, volviendo a mirar el heno.

—Ulm y Aeris no han salido del taller y la forja en casi veinte horas —continué, intentando desviar el tema hacia algo más productivo—. Hablé con Ulm hace un rato. Dice que la montaña entera huele a oricalco y que Aeris está obsesionada con las nuevas aleaciones. En cuanto ella termine las mejoras que nos quiere dar, él buscará un muro donde empezar a minar. Ese gigante no sabe estar quieto si no siente el peso de un pico en las manos.

Me crucé de brazos, observando el perfil de Einar. La tensión entre nosotros era un hilo tenso, a punto de romperse bajo el peso de las cosas no dichas.

—¿Cómo está Valka? —pregunté finalmente, tratando de que mi voz sonara casual—. ¿Pasaste la noche con ella?

Einar soltó un suspiro largo y se enderezó, apoyando la espalda contra la madera de los establos.

—Algo así, pase la noche en una silla. Me quedé cerca vigilando que respirara, asegurándome de que la magia de Raven no tuviera efectos secundarios extraños. Desde hace rato la Dama mandó a una criada a cuidarla, así que aquí me tienes… buscando comida y refugio en un fuerte que no se siente como nuestro, aunque nos dejen recorrerlo a placer.

—Te entiendo —admití, mirando hacia las murallas donde los guardias enmascarados hacían su ronda—. Se siente extraño estar aquí. Pero mira a nuestro alrededor, Einar. Todos los hombres y mujeres que trajimos tienen donde dormir, tienen algo para comer y tienen quien los entrene.

La Dama está haciendo un pequeño ejército con nuestra gente, pero temo que nos seguirá mandando a misiones solo a nosotros, reservando al ejército para cuidar el fuerte o para alguna misión mucho más grande que no nos ha contado.

—Es una buena estratega —respondió Einar, y hubo una nota de amargura en su voz—. Sabe que somos activos sacrificables y valiosos a la vez. Y nos dio a Raven… parece que su magia “sucia” se lleva muy bien con la tuya.

Lo miré fijamente. El sarcasmo en su voz era una daga mal afilada.

—No me digas que estás celoso, druida.

Einar bajó la mirada al suelo, pateando una piedra pequeña con la bota.

—Te dije que quería pelear por ti, Aelnora. Que quería estar a tu lado en esto. Y desde ese momento, parece que solo te has alejado más.

—¡Te largaste sin dar explicaciones, Einar! —le espeté, sintiendo que la ira que había estado conteniendo durante días finalmente encontraba una salida—. Nos dejaste en la mina, nos dejaste con la incertidumbre. ¿Qué esperabas? ¿Qué me quedara sentada tejiendo mientras tú jugabas a ser el salvador solitario?

—¡Pero volví! —rugió él, dando un paso hacia mí—. Volví con recursos, con personas, con la posibilidad real de ganar esta causa. Hice lo que tenía que hacer para que tuviéramos una oportunidad.

—Aun así, druida… me dejaste sola varios días. En esta guerra, cada hora que pasas sola es una hora en la que el mundo se te cae encima.

Einar se quedó callado un momento, mirándome con una tristeza que me revolvió las entrañas. Se acercó un poco más, lo suficiente para que pudiera oler el aroma a bosque y tierra que siempre lo acompañaba.

—Si fuéramos pareja, Aelnora… cuando yo muera, esos días de soledad se convertirían en siglos para ti.

La rabia me golpeó como un mazazo. Me puse colérica en un segundo, sintiendo que la magia de mis manos empezaba a hormiguear bajo los guantes.

—¿Sigues con tus idioteces de cuánto viviré? —le grité, dándole un empujón en el pecho que lo obligó a retroceder—. ¡Yo decido a quién amar y a quién llorarle! ¡Yo decido por cuánto tiempo le guardo luto a alguien! No eres nadie para decirme cómo medir mi tiempo o mi dolor, Einar.

Él intentó hablar, pero no lo dejé. Estaba furiosa, harta de su condescendencia disfrazada de preocupación.

—Pero sabes qué, tienes razón, idiota —continué, señalando hacia el bastión central donde Raven solía meditar—. Tienes toda la maldita razón. Mi magia se entiende bien con la de sangre por extraño que parezca. Hay una armonía en la destrucción que compartimos. Y da la casualidad, por si no te habías fijado bien entre tanto drama, de que Raven es un elfo. Un elfo oscuro, pero elfo, al fin y al cabo. Quizás él sí entiende lo que significa ver pasar los siglos.

Einar se quedó lívido. La mención de la raza de Raven pareció golpearlo más fuerte que mis palabras anteriores.

—Deberías ir a ver cómo está Valka —concluí, dándole la espalda—. Ella al menos aprecia que estés cerca.

—Aelnora, yo…

—¡Vete al carajo, Einar! —le grité sin mirarlo, alejándome a paso rápido hacia el ala de las forjas. No quería que me viera los ojos empañados.

(Narra Einar)

Me quedé ahí, de pie bajo la lluvia fina que empezaba a caer, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies. Aelnora tenía el don de golpear donde más dolía, y saber que Raven no solo compartía su magia, sino también su longevidad, era un golpe que no vi venir. Me sentía pequeño, un mortal jugando a ser eterno en un juego de dioses y elfos.

Sentí pasos tras de mí. No eran los pasos pesados de un guardia, sino un caminar ligero, medido. Me giré bruscamente, con la mano en el pomo de mi espada corta, pero me detuve en seco.

La Dama de Hierro estaba allí, a unos metros de distancia. Su máscara de metal reflejaba la luz gris del cielo, ocultando cualquier rastro de emoción, pero su postura destilaba un desdén soberano.

—Vaya… eso ha sido muy vergonzoso —dijo, y su voz distorsionada por el hierro sonó como una sentencia.

—¿Cuánto tiempo lleva ahí, Dama? —pregunté, intentando recuperar mi compostura.

—Lo suficiente para ver a un hombre desmoronarse por un par de palabras bien dirigidas. Si tu mente y tu corazón no se alinean, druida, serás más una carga que una ayuda para la causa. La guerra no tiene espacio para amantes despechados o egos heridos. ¡Enfoca tus prioridades!

La miré con un desconcierto que rápidamente se convirtió en irritación. No estaba de humor para lecciones de moral de una mujer que se escondía tras una placa de acero.

—Le recomiendo que haga lo mismo, Dama de Hierro —repliqué, entornando los ojos—. No se preocupe por mi corazón. Preocúpese por darnos otro objetivo de la Inquisición antes de que mis hombres empiecen a aburrirse en su fortaleza.

Me di la vuelta para retirarme, llamando a Fenrir con un silbido bajo. No quería pasar un segundo más en su presencia.

—¡Sigue así, viejo necio! —me gritó la Dama a lo lejos, su voz elevándose por encima del viento—. ¡Sigue ignorando lo que importa y el pasado volverá a patearte el trasero! ¡Y créeme, Einar, el pasado tiene las botas muy pesadas!

Me detuve un segundo, con el corazón latiéndome con fuerza. la forma en que lo pronunció… había algo en su tono, una familiaridad amarga que me dejó un sabor metálico en la boca.

No miré atrás. Caminé hacia el ala médica, buscando la forma de aliviar el dolor de Valka para no tener que pensar en las sombras que empezaban a rodearme. El Colmillo de Wyvern era una fortaleza, sí, pero empezaba a sentirse como un laberinto donde todos conocían la salida menos yo.

Entré en la habitación de Valka. El olor a ungüentos herbales y sangre vieja me recibió. La duelista seguía dormida, con el pecho subiendo y bajando con dificultad. Me senté en una silla de madera a su lado, dejando que la oscuridad de la estancia me envolviera.

Aelnora tenía razón en algo: yo era un idiota. Pero Raven era un elfo, la Dama era un enigma y yo solo era un hombre con un lobo en el alma, tratando de ganar una guerra contra un enemigo que ya nos había ganado antes de empezar.

Cerré los ojos, escuchando el sonido de la lluvia contra la piedra, esperando que el mañana trajera algo más que reproches y fantasmas.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo