Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

Hierro y Sangre - Capítulo 84

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. Hierro y Sangre
  4. Capítulo 84 - Capítulo 84: Capítulo 84: El Peso del Ingenio y el Deseo
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

Capítulo 84: Capítulo 84: El Peso del Ingenio y el Deseo

(Narra Aelnora)

El amanecer en el Colmillo de Wyvern nació muerto, oculto tras una capa de nubes plomizas que prometían una nevada pesada. El frío era un recordatorio constante de que estábamos en territorio hostil, no solo por el Imperio o la inquisición, sino por la naturaleza misma del norte. La Dama de Hierro no había perdido el tiempo; sus instrucciones para Einar y Ulm habían sido claras y gélidas: debían llevar a sus bestias, Fenrir y Berg, a los pasos inferiores para emboscar una caravana imperial cargada con el diezmo de la Iglesia.

Cortar los fondos era la forma más rápida de hacer sangrar a los inquisidores antes de que pudiéramos llegar a su cuello. Pero antes de que el grupo se separara, Aeris nos hizo llamar. La pequeña artífice parecía no haber dormido en días; tenía manchas de hollín en las mejillas y el cabello revuelto, pero sus ojos brillaban con la chispa de la creación.

—¡Reunión de equipo! —gritó, golpeando un yunque con una extraña herramienta para llamar nuestra atención en el patio de armas—. No voy a dejar que salgan a morir por ahí con chatarra.

Se acercó a mí primero. Llevaba algo envuelto en un paño de cuero aceitado. Cuando lo descubrió, vi un recubrimiento para el mango de Venganza. Estaba hecho de una fibra vegetal tratada, rugosa pero sorprendentemente suave al tacto.

—He modificado el equilibrio de tu maza, Aelnora —explicó Aeris, mientras me ayudaba a ajustar la pieza—. El centro de masa estaba demasiado desplazado hacia la cabeza. Con esto, el punto de gravedad se desplaza hacia tu mano. Será más ligera, más rápida, y no agotará tus músculos en batallas largas.

Pero lo que más me llamó la atención fue un pequeño escudo redondo, apenas más grande que un plato, que se ajustaba con correas de cuero reforzado a mi brazal izquierdo, sobre la armadura de escamas de draco. Tenía runas extrañas y profundas talladas en su superficie de plata y veta oscura.

—¿Para qué sirve un escudo tan pequeño en el brazo? —pregunté, frunciendo el ceño—. Apenas me cubriría el codo si un arquero decide apuntarme.

Aeris sonrió de esa forma que me decía que estaba a punto de mostrarme algo brillante.

—Ponte en guardia, clériga. Pon el antebrazo de frente, con el escudo viendo hacia adelante… ahora, proyecta tu magia protectora en él. No en el aire, sino directamente en el metal.

Hice caso. Cerré los ojos un segundo, buscando ese calor solar que siempre habitaba en mi pecho, y lo empujé hacia mi brazo izquierdo. En cuanto la magia tocó las runas del escudo, sentí una vibración poderosa. La luz no solo imbuyó el metal, sino que se desbordó de él, expandiéndose en el aire como si se reflejara en un espejo infinito. En un parpadeo, una barrera de luz dorada de un par de metros de diámetro se formó frente a mí, sólida y translúcida como el cristal.

—Mejora y expande el efecto mágico con un mínimo esfuerzo… —murmuré, asombrada. Podía sentir cómo la barrera se mantenía estable sin drenar mis reservas—. Es increíble.

—Así es —asintió Aeris con orgullo—. Ya no importa cuántos magos nos ataquen; podrás darnos una barrera mágica constante sin agotar toda tu magia. Eres nuestra baluarte, Aelnora.

Luego se giró hacia Ulm. El gigante sostenía su nuevo pico de minero, una pieza masiva de acero negro y veta profunda, mucho más grande y ancho que el anterior. En la base del pomo, Aeris había instalado un mecanismo de presión.

—Ulm, presiona la base cuando quieras embestir —le indicó.

El gigante apretó el pomo con su fuerza bruta. Con un sonido de engranajes perfectamente aceitados, la cabeza de metal del pico se abrió lateralmente, expandiendo placas de metal ocultas que formaron un círculo metálico sólido frente al mango, similar a la estructura de una sombrilla reforzada, pero hecha de puro acero de guerra.

—Es un escudo de impacto —explicó Aeris—. Ponlo frente a ti cuando quieras embestir corriendo o sobre Berg. Nada podrá detener esa inercia.

Valka fue la siguiente. Aeris le entregó una copia exacta de su espada favorita, pero con un filo azulado que parecía emitir su propio frío. Junto a ella, un par de brazales pulidos.

—Esa espada tiene un filo casi inagotable —dijo Aeris—. Y esos brazales pueden absorber y disipar ataques de magia menor. No más espinas de cristal atravesándote el costado, duelista.

—Doble espada, doble diversión —respondió Valka con una sonrisa depredadora, probando el equilibrio de ambas armas en el aire.

Finalmente, Aeris se acercó a Raven. Sacó unas pequeñas esferas metálicas, del tamaño de una manzana, con ranuras finas en su superficie.

—En esta ranura puedes canalizar una cantidad mínima de tu sangre —explicó Aeris al elfo de sangre—. Incluso menor a la que llevas en tus viales de reserva.

Raven arqueó una ceja, examinando el artefacto con curiosidad intelectual.

—Muy observadora, pequeña. ¿Y qué hace exactamente esta cosa?

—Es una granada de fragmentación selectiva —respondió Aeris—. Tiene esquirlas tan pequeñas que no puedes imaginar, todas imbuidas con tu sangre. Dijiste que, si tu sangre toca la de alguien, la puedes manipular, ¿no? Pues con esta cosa puedes tocar la sangre de medio pelotón de una sola vez. En cuanto explote, el campo de batalla será tuyo.

Raven mostró una sonrisa tétrica, una que les dio un brillo peligroso a sus ojos.

—Adoro a esta chica.

Ante esa afirmación, Ulm se acercó a Aeris de forma discreta, cruzándose de brazos y proyectando su sombra sobre ella como un recordatorio silencioso de quién era su guardián oficial.

—Einar tiene sus garras y yo mis juguetes ocultos —concluyó Aeris, satisfecha—. Ahora, vayan a romper algo.

—Bien —dijo Einar, ajustándose el capuchón—. Ulm, podemos partir. Podrás estrenar ese nuevo pico embistiendo un carruaje de la Iglesia.

Ambos salieron del fuerte junto a sus bestias. Vi a Fenrir correr hacia las sombras y a Berg trotar con Ulm a cuestas, haciendo que el suelo temblara ligeramente. El resto nos quedamos en el patio, preparándonos para nuestras propias tareas.

(Narra Valka)

Me quedé observando a Aelnora. Estaba cerca de una de las columnas del patio, todavía admirando su nuevo escudo. Raven se le acercó, moviéndose con esa elegancia insultante de los elfos. Empezaron a hablar en voz baja, y pude ver cómo la distancia entre ellos desaparecía. Raven se inclinó hacia ella, su mano rozando el antebrazo de la clériga. Aelnora no retrocedió; al contrario, levantó un poco la barbilla, buscando sus ojos.

Estaban a un suspiro de besarse. Podía sentir la tensión desde donde yo estaba, un magnetismo de siglos encontrándose en un momento de debilidad. Sin embargo, en el último segundo, Aelnora pareció dudar y se echó un poco hacia atrás, con la respiración entrecortada.

—Vaya… eso es inquietante, pero muy interesante —solté, caminando hacia ellos con mis nuevas espadas envainadas.

Ambos se sobresaltaron. Raven recuperó su compostura de inmediato, pero Aelnora estaba roja como un tomate.

—Adelante, no interrumpo —dije con una sonrisa burlona, dándome la vuelta—. Sigan en lo suyo.

Me alejé hacia los establos, pero escuché los pasos rápidos de Aelnora tras de mí.

—¡Valka, espera! —me gritó, alcanzándome y tomándome del brazo—. Lo que viste… no es lo que parece.

Me detuve y la miré a los ojos. Estaba agitada, confundida.

—No vi nada, compañera —respondí con calma—. No hay nada que decir ni nadie que lo deba escuchar. Pero tampoco veo ya un vínculo real entre el druida y tú, ¿no es así?

Aelnora bajó la mirada, su pecho subiendo y bajando con fuerza bajo la armadura de escamas.

—Así es, Valka… —susurró—. Él se alejó primero.

—Bien, Aelnora. Pues si me ves cerca de él, ni tú ni yo vimos nada —. Estamos en paz.

La clériga suspiró, frotándose las sienes con frustración.

—Tú sabes lo que siento. Me confunde, Raven me confunde… pero…¡Carajo Valka! estoy de acuerdo. No quiero aferrarme más a un fantasma y ya no quiero reservarme para él ni para nadie. Creo que verte a ti, con tantas ganas de vivir el momento, sin importar las cicatrices o el mañana… quizás yo debería probarlo también.

La miré fijamente. Había una chispa de rebelión en ella que nunca había visto. Era hora de darle el empujón final. La tomé por la nuca con firmeza, atrayéndola hacia mí, y la besé. Fue un beso rápido, directo, con todo el descaro que mi alma de mercenaria poseía.

Aelnora se quedó congelada, con los ojos muy abiertos, procesando el contacto de mis labios. Cuando la solté, la miré con un brillo desafiante.

—Así se vive el momento, compañera. ¿Segura que estás lista para el caos?

Aelnora parpadeó, sacudiendo la cabeza como si intentara despertar de un trance.

—Sí, Valka… mensaje recibido, fuerte y claro —soltó una risa nerviosa, pasándose los dedos por los labios—. Carajo… el idiota del druida se lo pierde.

—No del todo —respondí, guiñándole un ojo, me guarde el beso de la enfermería para mí, pero ella merecía al menos una verdad a medias—. Lo besé en la arena cuando me pateó el trasero, pero ya sabes cómo es ese cabrón. No se anima a repetir. Tiene demasiado “honor” o cobardía atorados en la garganta.

Aelnora soltó una carcajada genuina, una risa que parecía liberar semanas de tensión.

—Vaya… ahora ese idiota y yo besamos a la misma mujer. Qué consuelo —se encogió de hombros, recuperando su porte de guerrera—. Me retiro, tengo cosas que organizar antes de la próxima salida.

—Adiós, dulzura —le dije, viéndola alejarse hacia el bastión central con una seguridad nueva en su paso.

Me quedé sola en el patio, sintiendo el peso de mis nuevas espadas y el sabor del cambio en el aire. Einar estaba allá afuera, cazando oro para la Iglesia, sin saber que el mundo que creía conocer se estaba desmoronando a sus espaldas. Aelnora estaba despertando, Raven estaba acechando, y yo… yo solo estaba disfrutando del espectáculo mientras esperaba la próxima oportunidad de clavar mi acero en algo que sangrara.

La nieve empezó a caer, copos blancos que se derretían al tocar el suelo manchado de hollín. La guerra iba a ser larga, pero al menos el frío ya no se sentía tan solitario.

(Einar)

El Gran Salón del Colmillo de Wyvern hervía con una energía que no habíamos sentido en semanas. El olor a carne asada, cerveza fuerte y el sudor de hombres y mujeres que finalmente se sentían ganadores llenaba el aire. En las mesas largas, los mineros se mezclaban con los duelistas de Valka y los soldados de la Dama de Hierro, compartiendo historias que se volvían más exageradas con cada trago.

Ulm estaba en el centro de una de las mesas, con un tarro de madera que parecía una taza de té en sus manos gigantescas. Su rostro, habitualmente serio, estaba encendido por el orgullo y el alcohol.

—Fue una misión demasiado rápida y fácil —decía Ulm, gesticulando con entusiasmo—. Embestí ese carruaje de lado con mi nuevo pico de frente. La maldita cosa explotó en pedazos como si fuera de cristal; la madera voló por los aires y los caballos apenas tuvieron tiempo de relinchar. Los dos escoltas imperiales que sobrevivieron al impacto corrieron orinando de miedo hacia el bosque.

—¿Los mataron? —la voz de El Filo cortó la risa de la mesa. Él y la Dama de Hierro estaban sentados en una mesa elevada, como gárgolas vigilantes. Ninguno de los dos se había quitado la máscara, ni siquiera para beber.

—A Ulm no le gusta matar por la espalda —respondí yo, tomando un trago largo de mi propia cerveza mientras me apoyaba en una columna—. Y yo respeté sus deseos. No eran más que reclutas asustados. Tardamos mucho más tiempo recogiendo las monedas de oro del barro que destrozando el carruaje.

—Sin violencia innecesaria —sentenció la Dama de Hierro desde detrás de su rostro de metal—. Nada mal. De alguna forma, este equipo disfuncional está funcionando muy bien. El clero sentirá el vacío en sus arcas mañana por la mañana.

Dejé que la celebración continuara sin mí. Mis ojos buscaban constantemente una figura entre la multitud, una armadura de escamas de draco que brillaba bajo la luz de las antorchas. La encontré cerca de una de las chimeneas, bebiendo sola, con la mirada fija en las llamas. Me acerqué con el corazón latiéndome con una irregularidad que me molestaba.

—Grandulona… ¿podemos hablar? —pregunté, deteniéndome a su lado.

Aelnora no se giró de inmediato. Se tomó su tiempo para dar un sorbo a su jarra antes de mirarme con esos ojos que ahora parecían más distantes que las estrellas.

—Dime, druida —respondió. Su voz era tranquila, pero carecía de la calidez que solía ser mi refugio.

—No me gusta la distancia que hay entre nosotros —admití, bajando la voz para que los gritos de los soldados no nos taparan.

—Tú la pusiste, Einar —me interrumpió ella, clavando su mirada en la mía—. Tú marcaste el terreno y trazaste la línea.

—Lo sé… y lo siento. Por los dioses, Aelnora, no pasa un minuto en que no me arrepienta de cómo manejé las cosas —di un paso hacia ella, ignorando el instinto de Fenrir que me pedía retroceder—. Solo dime… dime que aún hay algo de ese fuego. Una brasa agonizante en tu corazón. Si me das solo eso, yo me encargaré de encenderla de nuevo. Solo necesito saber que no se ha apagado del todo.

Aelnora guardó silencio. Sus ojos se desviaron hacia el otro lado del salón, donde Raven estaba sentado, observando la escena con su báculo entre las piernas y una elegancia que me hacía sentir como un bárbaro cubierto de barro.

—Tienes competencia, druida —dijo ella finalmente, volviendo a mirarme—. Pero no puedo negar que una parte de mí… una parte estúpida y terca, todavía quiere que dejes de ser un idiota cobarde.

Solté una risa amarga, sintiendo un alivio momentáneo que me supo a cenizas. —Lo entiendo, grandulona. Y entiendo lo de Raven. Supongo que tengo que aceptar que él te ofrece cosas que yo no puedo… aunque yo no puedo decir lo mismo de Valka.

—¿Por qué no? —preguntó Aelnora, arqueando una ceja con una curiosidad que me resultó inquietante—. Esa mujer besa bastante bien.

Me quedé paralizado, con el tarro a medio camino de la boca. El mundo pareció detenerse por un segundo mientras procesaba sus palabras. El recuerdo del beso de Valka en la enfermería cruzó mi mente, pero esto…

—No voy a preguntar cómo sabes eso… —murmuré, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.

—Tú y yo no somos nada, Einar —dijo Aelnora, y esta vez no lo dijo con el odio cortante de la última vez, sino con una honestidad desoladora—. Eres libre. Y no lo digo para herirte, lo digo de verdad. Quizás te haga bien perderte entre sus piernas un tiempo. Quizás eso aclare tus ideas, o al menos te recuerde lo que es estar vivo sin cargar con tantos muertos a la espalda.

—¿Y tú? —pregunté, con la voz rota—. ¿Tú harás lo mismo con… Raven?

Aelnora miró su jarra, pensativa. —No lo sé, druida. La idea ya no suena tan aterradora como antes. Pero por el momento, bueno, solo puedo asegurar que seguimos siendo un gran equipo y pase lo que pase, no dejaré de concentrarme en la guerra que se nos viene encima. Por ahora el acero es más fácil de entender que lo que siento.

—Supongo que tienes razón —dije, sintiendo que perdía la última cuerda a la que me aferraba.

Di un trago largo a mi cerveza, sintiendo el amargor recorriendo mi garganta. El ruido del salón parecía estar a kilómetros de distancia. —Entonces supongo que debo dejar que sigas bebiendo sola.

—Sí, druida. Creo que por ahora, será lo mejor para los dos.

Me di la vuelta para irme, pero me detuve. Tenía que decirlo. Si el mundo se acababa mañana, no quería morir con esta espina clavada. —Lo lamento, Aelnora. Por todo el daño que te hice. No quise que llegáramos a esto… debí haberte besado en cada maldita oportunidad que tuve, en lugar de preocuparme por cuántos años nos quedaban.

—Quizás, druida —susurró ella, volviendo su vista al fuego—. Quizás.

En ese momento, Valka se materializó a nuestro lado, moviéndose con esa soltura felina que indicaba que ya había bebido lo suficiente para ser peligrosa, pero no lo suficiente para perder el equilibrio.

—¿Interrumpo? —preguntó, mirando de uno a otro con una chispa de malicia en los ojos.

Aelnora la miró y, para mi sorpresa, le dedicó una sonrisa cómplice. —Para nada, compañera. Einar estaba por irse, pero ven, bebamos un trago juntos, antes de que el druida nos deje para ir a meditar con sus fantasmas.

Valka me guiñó un ojo, pero se quedó al lado de Aelnora. La tensión entre ellas dos se había transformado en algo que yo no alcanzaba a comprender, una alianza de mujeres que me dejaba fuera de la ecuación.

—¡Escuchen todos! —la voz de la Dama de Hierro resonó por todo el salón, silenciando las risas—. ¿Por qué brindamos esta noche? Hemos robado el oro de los dioses falsos y hemos vuelto con vida.

—¡Por el futuro incierto! —gritó Valka, levantando su jarra hacia la mesa alta—. Porque es lo único que nos queda garantizado en este agujero.

La Dama de Hierro se puso en pie. Por primera vez, vi un movimiento humano en ella que no era puramente marcial. Miró hacia nosotros, recorriéndonos a los tres —a Aelnora, a Valka y a mí— con una fijeza que me erizó los pelos de la nuca. Levantó su propio tarro de metal.

—Por el futuro incierto —repitió ella.

Entonces, con una parsimonia que congeló el tiempo, sus manos enguantadas subieron hacia los bordes de su máscara. El sonido del metal desenganchándose fue como el de una cerradura abriéndose en mi memoria. Se quitó la máscara de hierro, dejando que el metal golpeara la mesa con un estruendo sordo.

El salón quedó en un silencio sepulcral. Los soldados de la Dama bajaron la vista por respeto, pero yo no pude. No podía apartar los ojos de ese rostro.

El cabello tenía líneas blancas que no reconocí y una nueva cicatriz fina que cruzaba la comisura de sus labios, pero los ojos… esos ojos eran los mismos que me habían mirado con amor bajo el dosel del bosque ancestral. Su piel no tenía la palidez de la muerte, sino el brillo endurecido de quien ha sobrevivido al infierno.

La Dama de Hierro levantó el tarro y bebió un trago largo, mirando directamente a mis ojos, desafiándome a seguir respirando.

Me quedé paralizado. El tarro se resbaló de mis dedos, estrellándose contra el suelo y salpicando cerveza sobre mis botas, pero no lo sentí. El aire se escapó de mis pulmones y el mundo se volvió borroso, excepto por ella.

—Nereida… —susurré, con el nombre saliendo de mi boca como un lamento, como una oración y como una maldición al mismo tiempo.

Aelnora, a mi lado, se puso rígida. Pude sentir su conmoción, su mirada alternando entre el rostro de la mujer en el estrado y el mío. Valka se quedó callada, su sonrisa burlona desapareciendo por completo mientras la gravedad de la situación la golpeaba.

Nereida —o la mujer que solía serlo— dejó el tarro sobre la mesa y se limpió la boca con el dorso de la mano, sosteniéndome la mirada con una frialdad que me desgarró el alma. No había calidez en ella. No había perdón. Solo había hierro.

—El pasado tiene las botas muy pesadas, ¿verdad, Einar? —dijo ella, y esta vez su voz no estaba distorsionada por el metal, sino que era clara, cortante y terriblemente familiar.

El Gran Salón pareció encogerse. El fuego de la chimenea rugió, pero yo sentía un frío absoluto. Mi esposa, la mujer por la que había guardado luto durante una década, la mujer que era el centro de todas mis inseguridades con Aelnora, estaba allí. Viva. Liderando un ejército de sombras.

Miré a Aelnora. Su rostro estaba pálido, sus ojos dorados fijos en Nereida con una mezcla de horror y realización. Todo lo que acabábamos de hablar, todas las promesas de encender brasas se acababan de convertir en cenizas bajo el peso de esa revelación.

El pasado no había vuelto para patearme el trasero. Había vuelto para reclamar lo que quedaba de mi cordura.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo