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Hierro y Sangre - Capítulo 85

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Capítulo 85: Capítulo 85: Cenizas y Máscaras

(Einar)

El Gran Salón del Colmillo de Wyvern hervía con una energía que no habíamos sentido en semanas. El olor a carne asada, cerveza fuerte y el sudor de hombres y mujeres que finalmente se sentían ganadores llenaba el aire. En las mesas largas, los mineros se mezclaban con los duelistas de Valka y los soldados de la Dama de Hierro, compartiendo historias que se volvían más exageradas con cada trago.

Ulm estaba en el centro de una de las mesas, con un tarro de madera que parecía una taza de té en sus manos gigantescas. Su rostro, habitualmente serio, estaba encendido por el orgullo y el alcohol.

—Fue una misión demasiado rápida y fácil —decía Ulm, gesticulando con entusiasmo—. Embestí ese carruaje de lado con mi nuevo pico de frente. La maldita cosa explotó en pedazos como si fuera de cristal; la madera voló por los aires y los caballos apenas tuvieron tiempo de relinchar. Los dos escoltas imperiales que sobrevivieron al impacto corrieron orinando de miedo hacia el bosque.

—¿Los mataron? —la voz de El Filo cortó la risa de la mesa. Él y la Dama de Hierro estaban sentados en una mesa elevada, como gárgolas vigilantes. Ninguno de los dos se había quitado la máscara, ni siquiera para beber.

—A Ulm no le gusta matar por la espalda —respondí yo, tomando un trago largo de mi propia cerveza mientras me apoyaba en una columna—. Y yo respeté sus deseos. No eran más que reclutas asustados. Tardamos mucho más tiempo recogiendo las monedas de oro del barro que destrozando el carruaje.

—Sin violencia innecesaria —sentenció la Dama de Hierro desde detrás de su rostro de metal—. Nada mal. De alguna forma, este equipo disfuncional está funcionando muy bien. El clero sentirá el vacío en sus arcas mañana por la mañana.

Dejé que la celebración continuara sin mí. Mis ojos buscaban constantemente una figura entre la multitud, una armadura de escamas de draco que brillaba bajo la luz de las antorchas. La encontré cerca de una de las chimeneas, bebiendo sola, con la mirada fija en las llamas. Me acerqué con el corazón latiéndome con una irregularidad que me molestaba.

—Grandulona… ¿podemos hablar? —pregunté, deteniéndome a su lado.

Aelnora no se giró de inmediato. Se tomó su tiempo para dar un sorbo a su jarra antes de mirarme con esos ojos que ahora parecían más distantes que las estrellas.

—Dime, druida —respondió. Su voz era tranquila, pero carecía de la calidez que solía ser mi refugio.

—No me gusta la distancia que hay entre nosotros —admití, bajando la voz para que los gritos de los soldados no nos taparan.

—Tú la pusiste, Einar —me interrumpió ella, clavando su mirada en la mía—. Tú marcaste el terreno y trazaste la línea.

—Lo sé… y lo siento. Por los dioses, Aelnora, no pasa un minuto en que no me arrepienta de cómo manejé las cosas —di un paso hacia ella, ignorando el instinto de Fenrir que me pedía retroceder—. Solo dime… dime que aún hay algo de ese fuego. Una brasa agonizante en tu corazón. Si me das solo eso, yo me encargaré de encenderla de nuevo. Solo necesito saber que no se ha apagado del todo.

Aelnora guardó silencio. Sus ojos se desviaron hacia el otro lado del salón, donde Raven estaba sentado, observando la escena con su báculo entre las piernas y una elegancia que me hacía sentir como un bárbaro cubierto de barro.

—Tienes competencia, druida —dijo ella finalmente, volviendo a mirarme—. Pero no puedo negar que una parte de mí… una parte estúpida y terca, todavía quiere que dejes de ser un idiota cobarde.

Solté una risa amarga, sintiendo un alivio momentáneo que me supo a cenizas. —Lo entiendo, grandulona. Y entiendo lo de Raven. Supongo que tengo que aceptar que él te ofrece cosas que yo no puedo… aunque yo no puedo decir lo mismo de Valka.

—¿Por qué no? —preguntó Aelnora, arqueando una ceja con una curiosidad que me resultó inquietante—. Esa mujer besa bastante bien.

Me quedé paralizado, con el tarro a medio camino de la boca. El mundo pareció detenerse por un segundo mientras procesaba sus palabras. El recuerdo del beso de Valka en la enfermería cruzó mi mente, pero esto…

—No voy a preguntar cómo sabes eso… —murmuré, sintiendo que el suelo se movía bajo mis pies.

—Tú y yo no somos nada, Einar —dijo Aelnora, y esta vez no lo dijo con el odio cortante de la última vez, sino con una honestidad desoladora—. Eres libre. Y no lo digo para herirte, lo digo de verdad. Quizás te haga bien perderte entre sus piernas un tiempo. Quizás eso aclare tus ideas, o al menos te recuerde lo que es estar vivo sin cargar con tantos muertos a la espalda.

—¿Y tú? —pregunté, con la voz rota—. ¿Tú harás lo mismo con… Raven?

Aelnora miró su jarra, pensativa. —No lo sé, druida. La idea ya no suena tan aterradora como antes. Pero por el momento, bueno, solo puedo asegurar que seguimos siendo un gran equipo y pase lo que pase, no dejaré de concentrarme en la guerra que se nos viene encima. Por ahora el acero es más fácil de entender que lo que siento.

—Supongo que tienes razón —dije, sintiendo que perdía la última cuerda a la que me aferraba.

Di un trago largo a mi cerveza, sintiendo el amargor recorriendo mi garganta. El ruido del salón parecía estar a kilómetros de distancia. —Entonces supongo que debo dejar que sigas bebiendo sola.

—Sí, druida. Creo que por ahora, será lo mejor para los dos.

Me di la vuelta para irme, pero me detuve. Tenía que decirlo. Si el mundo se acababa mañana, no quería morir con esta espina clavada. —Lo lamento, Aelnora. Por todo el daño que te hice. No quise que llegáramos a esto… debí haberte besado en cada maldita oportunidad que tuve, en lugar de preocuparme por cuántos años nos quedaban.

—Quizás, druida —susurró ella, volviendo su vista al fuego—. Quizás.

En ese momento, Valka se materializó a nuestro lado, moviéndose con esa soltura felina que indicaba que ya había bebido lo suficiente para ser peligrosa, pero no lo suficiente para perder el equilibrio.

—¿Interrumpo? —preguntó, mirando de uno a otro con una chispa de malicia en los ojos.

Aelnora la miró y, para mi sorpresa, le dedicó una sonrisa cómplice. —Para nada, compañera. Einar estaba por irse, pero ven, bebamos un trago juntos, antes de que el druida nos deje para ir a meditar con sus fantasmas.

Valka me guiñó un ojo, pero se quedó al lado de Aelnora. La tensión entre ellas dos se había transformado en algo que yo no alcanzaba a comprender, una alianza de mujeres que me dejaba fuera de la ecuación.

—¡Escuchen todos! —la voz de la Dama de Hierro resonó por todo el salón, silenciando las risas—. ¿Por qué brindamos esta noche? Hemos robado el oro de los dioses falsos y hemos vuelto con vida.

—¡Por el futuro incierto! —gritó Valka, levantando su jarra hacia la mesa alta—. Porque es lo único que nos queda garantizado en este agujero.

La Dama de Hierro se puso en pie. Por primera vez, vi un movimiento humano en ella que no era puramente marcial. Miró hacia nosotros, recorriéndonos a los tres —a Aelnora, a Valka y a mí— con una fijeza que me erizó los pelos de la nuca. Levantó su propio tarro de metal.

—Por el futuro incierto —repitió ella.

Entonces, con una parsimonia que congeló el tiempo, sus manos enguantadas subieron hacia los bordes de su máscara. El sonido del metal desenganchándose fue como el de una cerradura abriéndose en mi memoria. Se quitó la máscara de hierro, dejando que el metal golpeara la mesa con un estruendo sordo.

El salón quedó en un silencio sepulcral. Los soldados de la Dama bajaron la vista por respeto, pero yo no pude. No podía apartar los ojos de ese rostro.

El cabello tenía líneas blancas que no reconocí y una nueva cicatriz fina que cruzaba la comisura de sus labios, pero los ojos… esos ojos eran los mismos que me habían mirado con amor bajo el dosel del bosque ancestral. Su piel no tenía la palidez de la muerte, sino el brillo endurecido de quien ha sobrevivido al infierno.

La Dama de Hierro levantó el tarro y bebió un trago largo, mirando directamente a mis ojos, desafiándome a seguir respirando.

Me quedé paralizado. El tarro se resbaló de mis dedos, estrellándose contra el suelo y salpicando cerveza sobre mis botas, pero no lo sentí. El aire se escapó de mis pulmones y el mundo se volvió borroso, excepto por ella.

—Nereida… —susurré, con el nombre saliendo de mi boca como un lamento, como una oración y como una maldición al mismo tiempo.

Aelnora, a mi lado, se puso rígida. Pude sentir su conmoción, su mirada alternando entre el rostro de la mujer en el estrado y el mío. Valka se quedó callada, su sonrisa burlona desapareciendo por completo mientras la gravedad de la situación la golpeaba.

Nereida —o la mujer que solía serlo— dejó el tarro sobre la mesa y se limpió la boca con el dorso de la mano, sosteniéndome la mirada con una frialdad que me desgarró el alma. No había calidez en ella. No había perdón. Solo había hierro.

—El pasado tiene las botas muy pesadas, ¿verdad, Einar? —dijo ella, y esta vez su voz no estaba distorsionada por el metal, sino que era clara, cortante y terriblemente familiar.

El Gran Salón pareció encogerse. El fuego de la chimenea rugió, pero yo sentía un frío absoluto. Mi esposa, la mujer por la que había guardado luto durante una década, la mujer que era el centro de todas mis inseguridades con Aelnora, estaba allí. Viva. Liderando un ejército de sombras.

Miré a Aelnora. Su rostro estaba pálido, sus ojos dorados fijos en Nereida con una mezcla de horror y realización. Todo lo que acabábamos de hablar, todas las promesas de encender brasas se acababan de convertir en cenizas bajo el peso de esa revelación.

El pasado no había vuelto para patearme el trasero. Había vuelto para reclamar lo que quedaba de mi cordura.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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