Hierro y Sangre - Capítulo 87
- Inicio
- Todas las novelas
- Hierro y Sangre
- Capítulo 87 - Capítulo 87: Capítulo 87: Hierro Forjado en Lágrimas
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 87: Capítulo 87: Hierro Forjado en Lágrimas
(Narra Einar)
El amanecer en el Colmillo de Wyvern llegó como un verdugo silencioso, tiñendo las almenas de un rojo sangriento que parecía burlarse de mi insomnio. Ulm me había arrastrado de vuelta a mis aposentos la noche anterior, pero el sueño no vino. En su lugar, reviví cada momento: Imaginaba el fuego en la casa de Bjorn, recordé el informe imperial que me destrozó, los años de luto autoimpuesto que ahora se revelaban como una farsa cruel. Nereida viva. Liderando esto. Con otro hombre.
No podía aceptar otra misión sin respuestas. No podía blandir un arma por una causa que ahora se sentía como una trampa del destino. Me vestí con manos temblorosas, ajustando mi capa de pieles sobre la armadura ligera, y caminé hacia el bastión central. Los guardias me miraron con una mezcla de lástima y respeto cuando pedí audiencia con la Dama. Uno de ellos, un elfo de orejas puntiagudas y cicatrices frescas asintió y desapareció tras las puertas de hierro.
Minutos después, me hicieron pasar a la sala de guerra. Era un lugar austero: mapas clavados en las paredes con dagas, una mesa larga marcada por cortes de espada, y en el centro, ella. Nereida —la Dama de Hierro— estaba de pie, revisando un pergamino con Círdan a su lado. Él me miró con esa serenidad elfa que me irritaba, pero se excusó con una inclinación y nos dejó solos.
—Einar —dijo ella, sin levantar la vista del mapa. Su voz era acero puro, sin el eco de la calidez que recordaba—. Supuse que vendrías. Los hombres como tú siempre necesitan tener la última palabra, prefieren su necedad antes de romperse del todo.
Me acerqué a la mesa, apoyando las manos en la madera para no tambalearme. El olor a tinta y cera derretida se mezclaba con el suyo: tierra húmeda y hierbas salvajes, el mismo que me había perseguido en sueños durante una década.
—Nereida… o Dama, como prefieras —empecé, obligando a mi voz a sonar firme—. No aceptaré otra misión hasta que hablemos. No como anoche, con puertas cerradas y verdades a medias. Necesito entender. Todo.
Ella enrolló el pergamino con un movimiento preciso y finalmente me miró. Sus ojos, esos ojos verdes que solían suavizarse al verme, ahora eran como esmeraldas talladas en frialdad.
—¿Entender? —repitió, con una risa seca—. ¿Qué parte, Einar? ¿La parte donde me dejaste viuda en vida mientras perseguías glorias imperiales?
—¡Sabes que no buscaba la gloria, Nereida! —le espeté, dando un paso al frente hasta que el borde de la mesa de guerra me presionó el pecho—. Jamás lo hice. Me uní al ejército para salvar vidas, para impedir injusticias como el asesinato de mis padres. Creí que desde dentro podría detener la mano de los que queman aldeas, no ser el combustible para sus hogueras. No me hables de gloria cuando lo único que encontré fueron medallas bañadas en sangre que nunca quise.
—¿Y entonces, en donde estabas cuando Bjorn y yo construimos algo real, una resistencia contra la misma máquina que te tragó entero? —Me respondió la dama.
—Bjorn… ¿fue él quien te salvó? ¿O fue Círdan desde el principio? Dime la verdad. Los informes decían que el ataque de Los Marcados fue…el informe, era claro. No hubo sobrevivientes.
—Fue una verdad conveniente —interrumpió ella, rodeando la mesa—. Los Marcados atacaron por orden de la Inquisición. Bjorn, aun herido me sacó de las llamas, pero murió protegiéndome. Círdan llegó después; Al igual como tú y Aelnora, el me encontró al borde de la muerte, me curó, me dio un propósito. Construimos esto juntos. Y tú… tú estabas quemando aldeas en nombre del mismo Imperio que nos destruyó. Él estuvo aquí cuando yo no era más que cenizas; tú solo has vuelto cuando ya soy hierro. No te equivoques, Einar: no me recuperaste, simplemente te permití estar cerca porque necesitamos guerreros.
El golpe fue directo. Me tambaleé hacia atrás. —Yo deserté después de…esa aldea. Perdí mi alma allí. Vi lo que era el Imperio: mentiras, masacres disfrazadas de órdenes. Y luego, cuando quería volver a casa…te perdí a ti… o eso creí. Nereida. Pasé años culpándome. ¿Por qué no me dijiste? ¿Un mensaje? ¿Algo?
Ella negó con la cabeza, y por un instante, vi un destello de la antigua compasión
—Porque no confiaba en ti. Bjorn me advirtió: Dijo que eras un lobo solitario, que siempre lo serias”. Y tenía razón. Mira lo que has hecho aquí: trajiste a Aelnora y la rompiste con tus dudas. Valka coquetea contigo como si fueras un premio, pero tú solo ves fantasmas. Mira lo que has hecho aquí: trajiste a Aelnora, una clériga imperial, y la rompiste con tus dudas. Valka coquetea contigo como si fueras un premio, pero tú solo ves fantasmas. ¿Quieres entender? Enfócate en el futuro. La Inquisición viene. Robamos su oro, pero responderán con acero y magia oscura.
Me enderecé, sintiendo la ira mezclarse con el dolor. —Eso es lo que quiero: enfocarme. Pero no puedo pelear por ti, ni para ti, si no sé si queda algo de nosotros
—¿Amas a Círdan? —solté, con la voz rota.
—Lo amo, Einar. De una forma que tú nunca entendiste: constante, sin ausencias. Él no huye a misiones suicidas ni se pierde en botellas. Pero esto no es sobre amor. Es sobre la causa. Si te quedas, hazlo por la gente que hemos reunido: Ulm y sus mineros, Valka y sus duelistas, Aeris, Aelnora…Yo ya no soy tuya, deje de serlo incluso antes de que me dieras por muerta.
Nereida suspiró, y su postura se suavizó mínimamente por un instante. —Eres un druida con talento, un luchador probado. Pero para redimirte, empieza por ti mismo. Habla con Aelnora…
De repente, los portones de la sala se abrieron de par en par. Un mensajero, con la cota de malla desgarrada y el rostro cubierto de hollín y sangre, entró tropezando.
—¡Mi Dama! —exclamó, cayendo de rodillas—. El bastión de Pinogris… la Mano Roja ha roto las defensas. Están quemándolo todo. Si ese lugar cae, la Inquisición tendrá el paso libre hacia el valle, pronto los tendremos en nuestras puertas.
Nereida se puso tensa, sus ojos volviendo instantáneamente al mapa. Círdan entró tras el mensajero, su mano ya en el pomo de su espada. Empezaron a murmurar sobre suministros y repliegues tácticos, como si yo ya no estuviera en la habitación.
—Esa maldita Inquisición no sabe que es grosero interrumpir —dije, mi voz saliendo desde un lugar profundo y oscuro que no reconocía.
Me erguí por completo y di un paso hacia la puerta, con el dolor de mi corazón siendo reemplazado por un rugido sordo en mis oídos. Nereida me miró, confundida por el cambio en mi aura.
—¿A dónde vas? —preguntó ella con autoridad.
—A resolver tu problema —respondí, dándole la espalda y caminando hacia la salida—. Para que el Filo y tú sigan aquí escondidos, mandando peones a morir…valiente rebelión la tuya, Nereida.
(Narra Aelnora)
Estaba en el patio con Ulm y Aeris cuando la puerta del bastión retumbó. Einar salió como una exhalación, pero no era el Einar que conocía. Su piel estaba pálida, pero de sus poros empezaba a brotar un vapor denso, como si su sangre estuviera hirviendo bajo la superficie.
—¡Einar! —grité, dando un paso al frente.
Él no me escuchó. Se detuvo en el centro del patio y soltó un rugido que hizo que los caballos en los establos se encabritaran de pánico. Vi cómo sus ojos se volvían completamente negros, y Fenrir, que estaba echado cerca de la forja, se disolvió en una neblina de sombras puras que volaron hacia Einar.
La absorción fue violenta. El cuerpo de Einar se expandió; vi cómo sus músculos se tensaban y crecían bajo el cuero, sus venas marcándose como raíces negras. Un calor infernal empezó a emanar de él, derritiendo la nieve en un círculo perfecto a sus pies. No se transformó en lobo. Seguía siendo hombre, pero un hombre imbuido con la furia primigenia de una bestia herida.
El miedo me apretó la garganta. Ese calor… no era el calor protector del sol. Era el incendio de un bosque que no quiere dejar nada en pie.
—Va a matarse… —susurré, viendo cómo sus pies arrancaban trozos de piedra al empezar a correr.
(Narra Valka)
Ulm intentó decir algo, pero su voz quedó ahogada por el viento que dejó Einar al pasar. Corría con una velocidad imposible para un humano, sus pies golpeando el suelo con la cadencia de un depredador en plena caza. Desapareció por la puerta principal del fuerte en un parpadeo, dejando tras de sí una estela de vapor.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima. Mis dedos hormiguearon alrededor del mango de mis nuevas espadas. Eso no era un druida en pena. Eso era un guerrero reclamando su derecho a la carnicería.
—¡A eso me refería! —exclamé, una sonrisa feroz abriéndose paso en mi rostro.
Aelnora corrió hacia el bastión, seguramente a pedir explicaciones a la Dama, con esa cara de preocupación que siempre ponía. Pero yo no. Yo sabía exactamente lo que necesitaba ese hombre ahora mismo: alguien que pudiera seguirle el ritmo en el infierno.
Salté sobre mi caballo, espoleándolo sin piedad. Las huellas de Einar eran profundas, marcadas por el calor y la fuerza bruta.
—No te vas a divertir solo, druida —gruñí, lanzándome al galope tras el rastro de vapor que cortaba el aire helado del bosque.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com