Hierro y Sangre - Capítulo 88
- Inicio
- Todas las novelas
- Hierro y Sangre
- Capítulo 88 - Capítulo 88: Capítulo 88: El Pulso de la Sangre y el Acero
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
Capítulo 88: Capítulo 88: El Pulso de la Sangre y el Acero
(
(Narra Aelnora)
El gran salón del bastión central se sentía más frío de lo habitual, o quizás era el vacío que Einar había dejado al salir como un vendaval de odio. La dama y el filo seguían inclinados sobre el mapa, moviendo piezas de madera con una indiferencia que me revolvía el estómago.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, mi voz resonando contra las paredes de piedra—. ¿A dónde ha ido con esa furia?
Ella ni siquiera levantó la vista. Su mano enguantada se cerró sobre una talla que representaba a la Mano Roja.
—Einar se encargará —respondió con una calma pragmática—. Tú no te arriesgues. No podemos perder dos piezas clave en una sola misión de rescate. El Bastión de Pinogris es un avispero ahora mismo.
Me quedé helada. La palabra “pieza” golpeó mi orgullo de una forma que ninguna maza imperial había logrado.
—¿De qué carajos hablas? —di un paso al frente, apretando los puños—. No somos piezas en tu jodido tablero, Nereida… ¿Es todo lo que ves en nosotros? ¿Herramientas que se usan y se guardan?
Esta vez, ella me miró. Sus ojos eran espejos de acero.
—Veo un druida perdido, ahogado en furia, y una elfa rota que no sabe dónde ponerse —sentenció—. Déjalo ir, Aelnora. Ese hombre necesita algo que golpear antes de detenerse a pensar. Es una bestia herida; si intentas frenarlo ahora, te morderá a ti también. Si quieres sentirte útil, ve al laboratorio con Raven. Me dijo que necesita ayuda.
—¿Ayuda? —mascullé, sintiendo una punzada de humillación—. ¿Me mandas a otra misión, mientras él se ahoga en su propia furia?
—Ve —fue su única respuesta antes de volver a susurrar con El Filo.
(Narra Einar)
El aire helado me cortaba la cara, pero no lo sentía. El calor que emanaba de mi propio cuerpo era tan intenso que la nieve se evaporaba antes de tocar mi piel. Fenrir rugía dentro de mis venas, una vibración constante que pedía alivio.
Rodeé el torreón de Pinogris moviéndome por las sombras de los pinos. Los centinelas de la Mano Roja estaban distraídos, celebrando su pequeña victoria sobre el portón derribado. No sabían que el bosque mismo venía a cobrarse la deuda.
No grité. No hubo advertencia. Aparecí corriendo desde el flanco ciego, mi espada desenvainada silbando en el aire. El primer palma roja que vi ni siquiera tuvo tiempo de girarse; el acero le cortó el cuello limpiamente, enviando una fuente de sangre que se evaporó al contacto con mi brazo.
Empezó la masacre. No era combate, era una purga. Cada tajo de mi espada llevaba diez años de luto y una noche de despecho. Sentía los huesos romperse bajo mis botas, escuchaba los gritos de terror de los sectarios que, hace un momento, se creían dueños del valle. Pero mi mente estaba en otra parte, golpeando la imagen de Nereida, golpeando el recuerdo de mi propia debilidad.
(Narra Aelnora)
El laboratorio de Raven olía a azufre, hierbas amargas y algo metálico que prefería no identificar. Lo encontré inclinado sobre una mesa, separando minuciosamente diferentes tipos de granos y reactivos.
—Me dijeron que necesitas ayuda —dije, apoyándome en el marco de la puerta. Mi armadura todavía se sentía pesada, un recordatorio de la batalla que se libraba fuera.
Raven levantó la vista, sus ojos oscuros recorriéndome con una mezcla de sorpresa y diversión.
—Vaya… esperaba que mandaran a cualquiera menos a ti.
—¿Por qué? —fruncí el ceño, entrando en la habitación—. ¿Crees que no estoy a la altura de tu “misión” o qué?
—¡Ja! No, Aelnora, no es eso —respondió, volviendo a su tarea—. Simplemente estoy contando y organizando suministros… es una tarea tediosa para la mayoría. No imaginé que la gran Clériga de Guerra tuviera paciencia para esto.
Me acerqué y empecé a separar los granos de salitre con dedos mecánicos.
—Esta tarea… no es lo que esperaba de un mago de sangre.
—Te dije —replicó Raven sin mirarme—. Me extraña que la Dama te mandara aquí.
—A mí no —respondí, concentrándome en el trabajo para no pensar en el patio central—. Quizás esto es lo que necesito. Distraerme. Una tediosa misión de conteo servirá; puede ser incluso relajante después de tanto caos.
(Narra Valka)
Corría a todo galope, espoleando al caballo hasta el límite, pero la distancia que ese maldito druida había puesto entre nosotros era absurda. Estaba impresionada; nunca había visto a un hombre moverse así.
Cuando llegué a Pinogris, el silencio era lo más aterrador. El bastión estaba rodeado de cuerpos desmembrados. Einar se movía como una sombra negra entre las ruinas, destrozando sectarios con su espada o, cuando el acero no era suficiente, golpeándolos con sus propias manos con una fuerza que arrancaba extremidades.
—Vaya bestia… —murmuré, saltando del caballo mientras veía a un grupo de palmas rojas salir de un escondite lateral, intentando emboscar a Einar por la espalda.
Desenfundé mis espadas gemelas con un chasquido metálico.
—¡Eh, idiotas! ¡Aquí tienen a alguien que sí les va a devolver el golpe!
Me uní a la batalla con una risotada. Einar detuvo su frenesí un segundo, su pecho subiendo y bajando con violencia, emanando vapor. Me miró, con esos ojos negros y profundos, y por un instante vi el reconocimiento. Cruzamos miradas; él asintió, una chispa de complicidad salvaje, y continuamos destrozando enemigos como una tormenta de dos cabezas.
(Narra Raven)
Era difícil concentrarse en el conteo de suministros teniendo a la Portadora del Sol a menos de un metro de distancia, separando granos como si fuera una campesina.
—Es extraño, Aelnora —dije, rompiendo el silencio del laboratorio—. Ver una fuerza de la naturaleza como tú en tareas tan burdas como esta.
Ella soltó una risa seca, casi triste.
—Lo dices como si fuera demasiado para separar suministros.
—Y lo eres —respondí, dejando los granos a un lado y mirándola fijamente—. Eres la luz que guía la batalla. La Dama rara vez sale a luchar; cuando lo hace, ella y El Filo tienen una conexión violenta y aterradora, pero sucede poco. Tú… tú llevas demasiado tiempo peleando, Aelnora. Puedo sentirlo en tu sangre. Siempre agitada, siempre hirviendo, incluso cuando tu actitud es fría como el hielo del norte.
Ella dejó de mover las manos y me miró. Sus ojos dorados parecían más cansados de lo habitual.
—Vaya… ¿todo eso te cuenta mi sangre?
—Se puede decir que sí, Señora de la Luz. Tu pulso no miente.
—Creí que odiabas mi magia, Raven. Que la considerabas una farsa de los dioses.
—Odio que sea prestada —admití, acercándome un poco más—. Tu propia magia, la que nace de tu voluntad y no de tus votos, podría brillar más que la luz del sol si la dejaras ser.
Aelnora me observó con curiosidad, el rastro de la clériga empezando a desvanecerse.
—A mí me perturba que tu magia tenga un precio tan alto, pero entiendo por qué la consideras más pura. Verla en acción en la batalla fue… diferente a lo que me enseñaron en el templo.
Solté una risa suave y tomé un pequeño hilo de sangre que flotaba en un vial frente a mí, manipulándolo para que girara en el aire.
—La sangre no miente, Aelnora. Ni en la magia, ni en tu corazón cuando se acelera al verme cerca.
Ella no retrocedió. Suspiró, y el calor del laboratorio pareció aumentar.
—El pulso de mi corazón es un idiota, Raven. Creo que debería empezar a escuchar otras partes de mi cuerpo para variar…
(Narra Valka)
—¡Wooow! Eso es a lo que yo llamo una maldita masacre.
Guardé mis espadas, limpiando la sangre en la capa de un caído. Había cuerpos por todas partes; eran al menos cincuenta idiotas de la Mano Roja, y ni uno solo pudo dar una pelea digna contra el demonio en el que se había convertido el druida.
Einar respiraba agitado, apoyado en un muro de piedra ennegrecido. Vi cómo sus ojos negros volvían lentamente a su color habitual, pero sus músculos seguían hinchados bajo el cuero y el calor seguía emanando de su piel en ondas visibles.
—Eres todo un animal —dije, caminando hacia él con descaro.
Einar levantó la vista. Recorrió todo mi cuerpo con una mirada lasciva, despojada de cualquier pretensión de caballero o clérigo. No había vergüenza en sus ojos, solo un deseo crudo que me hizo vibrar.
—No tienes idea de lo que soy, Valka —gruñó, su voz todavía cargada con el eco de la bestia.
—Muéstrame entonces, druida… —lo desafié, dejando caer mis manos a las caderas.
Einar se separó del muro y caminó hacia mí. No había duda en su paso.
(Narra Aelnora)
—Raven… yo solo quiero hacer algo por mí misma —dije, y por primera vez en años, las palabras salieron sin el filtro de la fe—. Decidir por mí misma. Siempre luché por el ejército imperial, me privé de mil cosas para ser una clériga perfecta… Lo único que hice por mí fue aplastar el cráneo del imbécil que me intento matar. Y ahora… ahora lucho por otra causa, por otro estandarte que no elegí.
Raven se acercó, su presencia envolviéndome.
—¿Y qué quieres tú, Aelnora? —preguntó, su voz apenas un susurro.
—No lo sé, Raven. Quiero vivir el momento como Valka lo hace. Quiero dejar atrás este dolor que me quema el pecho.
—Tu sangre está inquieta, Aelnora. Muy inquieta.
—Cállate, Raven —le corté, sintiendo un nudo en el estómago—. Me pones nerviosa cuando hablas de mi sangre como si ella te respondiera.
Él rió suavemente y se puso de pie, haciendo ademán de alejarse.
—Me retiro. Parece que tienes mucho en qué pensar.
Le tomé la mano antes de que pudiera dar un paso. Sus dedos estaban fríos, pero su tacto prendió una chispa que no esperaba.
—No te vayas… por favor. Quédate.
Raven se detuvo y me miró con una seriedad que pocas veces mostraba.
—¿Segura de que esto es lo que quieres?
Me puse de pie, mis dedos yendo directamente a las correas de mi armadura. Las placas de cuero y escama cayeron al suelo con un estruendo sordo, dejando solo la túnica de lino.
—Sí, Raven. Yo quiero hacer esto. Quiero sentir algo más que violencia en este maldito bastión. Quiero saber que mi cuerpo me pertenece.
Raven acortó la distancia y me besó. Fue un beso lento, cargado de una promesa que nada tenía que ver con la luz divina.
(Narra Einar)
No sé si fue la ira, el dolor o la masacre que acabábamos de desatar, pero Valka se veía imposiblemente atractiva rodeada de ceniza y sangre. Sus ojos brillaban con un fuego que nadie nunca había tenido para mí.
—¿Por qué me miras como si quisieras comerme, lobo? —preguntó ella, con esa sonrisa que siempre me incitaba al caos.
—Porque es justo lo que haré —respondí.
La agarré por la nuca y la besé con una ferocidad que me hizo olvidar quién era. Valka respondió con la misma fuerza, sus manos clavándose en mi espalda. En ese momento, bajo el cielo gris de Pinogris, el pasado dejó de importar. Solo existía el pulso de la sangre y el calor de la carne.
(Narra Einar)
El beso fue el detonante. Valka mordió mi labio inferior con fuerza suficiente para sacar sangre, y el sabor metálico me encendió como una antorcha en brea. La empujé contra el muro ennegrecido del bastión, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba contra el mío, desafiante. Mis manos bajaron a sus caderas, clavando los dedos en la carne bajo el cuero, y la levanté del suelo como si no pesara nada. Ella envolvió sus piernas alrededor de mi cintura, despojándome de la túnica de cuero para arañarme la espalda con uñas que dejaban surcos rojos y ardientes.
—No te contengas, druida —gruñó contra mi boca, jalándome el cabello desde la nuca para obligarme a mirarla a los ojos. Sus pupilas eran pozos de lujuria cruda, sin una pizca de ternura.
No lo hice. La dejé caer al suelo nevado, que se derretía bajo mi calor residual, y la volteé de espaldas. Le arranqué la ropa interior bajo la falda de guerra de un tirón, exponiendo su piel pálida marcada por cicatrices de batallas pasadas. Di una nalgada fuerte, el sonido resonando como un latigazo en el silencio del bastión destruido. Valka soltó un gemido ahogado, no de dolor, sino de aprobación salvaje, arqueando la espalda para invitar a más.
(Narra Aelnora)
Raven me besó de nuevo, pero esta vez sus labios fueron precisos, explorando sin prisa, como si midiera cada pulso bajo mi piel. Sus manos subieron por mis brazos, deshaciendo los lazos de la túnica con una delicadeza que contrastaba con la oscuridad de su magia. La tela cayó al suelo del laboratorio, dejando mi cuerpo expuesto al aire cargado de azufre. Hacía tiempo que no sentía esto, recordé el tacto de Einar en los baños, pero esto era diferente, el roce de dedos ajenos, el calor de otra piel contra la mía, un calor que buscaba más, que no se detiene por miedo. No era amor lo que buscaba; era reclamar lo que el celibato de la fe me había robado.
—Relájate —murmuró él, su voz un susurro controlado mientras me guiaba hacia la mesa de trabajo, apartando viales y reactivos con un gesto—. Deja que tu cuerpo hable.
Raven se despojó de su ropas y sus manos recorrieron mis costados, trazando las curvas de mis caderas con una lentitud que me hacía consciente de cada terminación nerviosa. Su tacto era deliberado; una exploración sutil, como si estuviera mapeando mi sangre misma. Sentí un pulso extraño en él, un calor que se concentraba donde su cuerpo se presionaba contra el mío. Usaba su magia manipulando el flujo sanguíneo para agrandar su virilidad, endureciéndola como hierro forjado, lista para perdurar sin flaquear.
(Narra Einar)
Baje mis pantalones con urgencia y entré en ella de un solo empujón, crudo y sin preámbulos, sintiendo cómo su calor me envolvía en un vicio que borraba todo pensamiento. Valka jadeó, clavando las uñas en la tierra congelada, y empujó hacia atrás con la fuerza de una guerrera. Jalé su cabello hacia atrás, exponiendo su cuello, y mordí la piel allí, dejando marcas rojas que se hinchaban al instante. Ella rió, un sonido gutural y desafiante, y me arañó los muslos, dejando rastros de sangre que se mezclaban con el sudor.
—Más fuerte, maldito lobo —exigió, girando la cabeza para morder mi antebrazo.
Respondí con otra nalgada, más dura, el impacto reverberando en su carne. Nos movíamos como animales en celo, cada embestida un golpe de furia acumulada: por Nereida, por Aelnora, por la vida que me había masticado y escupido. No había palabras dulces, solo gruñidos, jadeos y el golpe húmedo de piel contra piel en la nieve derretida.
(Narra Aelnora)
Raven me recostó sobre la mesa, su cuerpo cubriendo el mío con una precisión calculada. Entró en mí despacio, permitiéndome sentir cada centímetro, su virilidad endurecida por la magia sanguínea manteniéndose firme, inquebrantable, prolongando el placer sin esfuerzo aparente. Era como si controlara el tiempo mismo, extendiendo cada movimiento para que durara, para que mi cuerpo redescubriera sensaciones olvidadas. Mis manos se posaron en su espalda explorando los músculos tensos bajo mi tacto.
No era romántico; era clínico en su intensidad, una reconquista metódica. Sentí el placer construir en oleadas sutiles, como un río que se desborda lentamente. Raven manipulaba su propia sangre para mantener el ritmo perfecto, sin fatiga, permitiéndome perderme en la sensación después de años de negarme esto. Jadeé cuando ajustó el ángulo, tocando puntos que me hicieron arquear la espalda, pero no gritamos; solo respiraciones controladas, un intercambio de placer puro sin promesas ni ataduras.
(Narra Einar)
Cambiamos posiciones con brutalidad: le arranque el peto con un solo movimiento y la puse de espaldas contra el muro, levantando una de sus piernas para penetrar más profundo. Valka mordió mi hombro, sus dientes hundiéndose hasta que sentí el calor de la sangre brotar. Respondí con un jalón de cabello que la obligó a exponer el cuello de nuevo, y mordí sus pechos repetidamente mientras empujaba, cada mordida sincronizada con mis embestidas. Ella arañó cada parte de mi piel que tenia a su alcance, dejando líneas rojas que ardían como fuego, y su risa se mezcló con gemidos roncos.
Era salvaje, crudo, un desahogo de rabia y lujuria que no dejaba espacio para nada más. Culminamos en un clímax violento: yo gruñendo como una bestia, ella clavando las uñas en mi espalda mientras su cuerpo se convulsionaba. Colapsamos en la nieve, exhaustos, sin abrazos ni palabras suaves. Solo el silencio roto por respiraciones agitadas y el olor a sexo y sangre.
(Narra Aelnora)
Raven mantuvo el control hasta el final, su magia asegurando que su dureza no flaqueara, prolongando el acto hasta que el placer se volvió casi tortuoso. Culminé en un orgasmo sutil, un estallido interno que me dejó temblando, reconectada con mi propio cuerpo después de tanto tiempo. Él se retiró con la misma precisión, sin efusiones, solo un asentimiento de reconocimiento mutuo.
Nos vestimos en silencio, el laboratorio volviendo a su orden habitual. No era amor; era un acto de liberación, un paso hacia reclamar mi voluntad sin cadenas divinas ni emocionales. Salí de allí con el cuerpo relajado, pero el corazón aún pesado, sabiendo que esto era solo un respiro en la tormenta mayor.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com