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Hierro y Sangre - Capítulo 9

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  4. Capítulo 9 - 9 Capítulo 9 Metal Muerto
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9: Capítulo 9: Metal Muerto 9: Capítulo 9: Metal Muerto Roca Alta era un insulto.

Mientras nosotros olíamos a humo y muerte, este pueblo olía a especias, estiércol de caballo y cerveza barata.

La gente reía en las calles.

Los mercaderes regateaban telas.

Nadie miraba al este, donde el cielo seguía manchado de gris.

La ignorancia era un lujo que yo ya no podía permitirme.

Dejamos al chico en el templo local de los Sanadores de la Llama.

Los monjes, hombres silenciosos con túnicas naranjas, no hicieron preguntas sobre el origen de sus heridas.

La moneda de oro que Einar deslizó en la mano del prior compró su silencio y los mejores cuidados disponibles.

—Estará bien —dijo Einar cuando salimos de nuevo al frío de la calle principal.

Parecía más ligero sin la camilla, pero sus ojos no dejaban de escanear la multitud, buscando amenazas.

—Estará vivo —corregí—.

“Bien” es una palabra que le queda grande a cualquiera de nosotros ahora mismo.

Caminamos hacia el distrito de los artesanos.

El sonido rítmico de los martillos sobre los yunques me resultó familiar, casi reconfortante, hasta que recordé lo que veníamos a hacer.

La herrería El Yunque Negro era una cueva de calor y hollín.

El dueño, un enano de barba trenzada con alambre de cobre, nos miró desde detrás de su mostrador con ojos de comerciante: calculadores y desconfiados.

Sin decir una palabra, dejé caer el saco de arpillera sobre el mostrador.

El sonido fue pesado, metálico.

Abrí la tela.

El peto de acero, las hombreras, los guanteletes.

El sol de la Vanguardia Sagrada brillaba a la luz de la fragua, acusador.

El enano silbó bajo.

—Acero imperial —murmuró, pasando un dedo calloso por el grabado—.

Templado en las forjas de la capital.

Esto no se ve por aquí a menos que un oficial haya muerto…

o haya desertado.

Levantó la vista, clavando sus ojos pequeños en los míos.

—No hago preguntas —dije, mi voz dura como la piedra—.

Y espero que tú tampoco las hagas si quieres comprar el metal.

—Es buena calidad —admitió el enano, rascándose la barba—.

Pero el emblema es un problema.

Tendré que fundirlo.

Eso lleva tiempo y carbón.

Además, pierde valor artístico.

—Puedes venderlo en el mercado negro, o Fúndelo hasta que no quede nada —gruñí—.

No me importa el arte.

Quiero deshacerme de él.

El enano asintió y comenzó a pesar las piezas.

—Te daré trescientas monedas de plata por el lote.

—Es un robo, lo sé, pero es paz mental me dije a mi misma.

Era menos de la mitad de lo que valía, pero asentí.

Quería ese peso fuera de mi vida.

—Acepto.

Pero necesito equipo nuevo.

Algo que no brille.

Algo que no haga ruido.

El enano sonrió, mostrando dientes de oro.

—Tengo justo lo que buscas en la trastienda.

Cuero de draco de las ciénagas, reforzado con escamas de acero ennegrecido.

Ligero, resistente y discreto.

Einar me siguió a la parte trasera.

Allí, sobre un maniquí de madera, estaba la armadura.

Era hermosa de una manera oscura y depredadora.

Cuero negro, flexible pero duro como la madera vieja, con placas de metal oscuro cosidas en puntos vitales: corazón, costillas, hombros.

No era la armadura de un soldado que marcha en formación bajo el sol.

Era la armadura de alguien que caza en la noche.

—Pruébatela —graznó el enano, señalando el equipo—.

No tengo vestidores, pero les daré privacidad.

El herrero desapareció en la trastienda, arrastrando los pies.

Me giré para observar a Einar.

No vi intenciones en él de salir ni de apartar la vista; seguía allí, parado como un poste.

—¿Planeas mirar de nuevo, cazador?

—pregunté, llevando las manos a los broches de mi ropa vieja.

—Debo cuidar tus espaldas —dijo solemnemente, con esa cara de que nada le importa que tan bien ensayada tenía.

—¡Mi trasero querrás decir!

—repliqué, rodando los ojos.

Comencé a desvestirme sin más preámbulos, quedando en ropa interior bajo la luz tenue del local.

Sentí su presencia, pero ya no me incomodaba.

Me puse los pantalones de cuero, que se ajustaron firmes a mis piernas; después la camisa y, por último, ajusté la armadura sobre mi torso.

No pesaba como el acero.

Se movía conmigo.

Era mi nueva piel de oscuridad.

Infinitamente más ligera que mi placa completa.

Me sentía desnuda, pero al mismo tiempo…

rápida.

Letal.

Me miré en el espejo de bronce pulido que había en la esquina.

La mujer que me devolvía la mirada ya no era la Clériga Aelnora Duskveil.

Su cabello plateado caía sobre hombros oscuros.

Sus ojos grises parecían tormentas atrapadas.

Parecía una sombra sólida.

—Te queda bien —dijo Einar desde la puerta.

Su voz tenía un matiz extraño, ronco.

Me giré hacia él.

—Me siento…

peligrosa.

—Siempre fuiste peligrosa —respondió él, acercándose—.

Ahora solo pareces vestida para la ocasión.

El enano volvió con la cuenta.

—La armadura cuesta quinientas de plata.

El cuero de draco no es barato, niña.

Mi corazón se hundió.

Solo me habían dado trescientas por mi vieja vida.

Me faltaban doscientas.

—No tengo tanto —empecé a decir, lista para negociar o buscar algo más barato.

Una bolsa de cuero pesado cayó sobre el mostrador junto a mis monedas.

Einar no miró al enano.

Me miraba a mí.

—Aquí tienes el resto —dijo.

Abrí los ojos como platos.

Sabía, por lo que me había dicho en el bosque, que esos eran todos sus ahorros.

Meses, quizás años de vender pieles y vivir como un ermitaño.

Su garantía de una nueva vida en algún lugar lejano y cálido.

—Einar , no…

—susurré, agarrándole el brazo—.

Eso es todo lo que tienes.

Él puso su mano sobre la mía.

Su piel estaba caliente, áspera.

—Te lo dije.

Es una inversión táctica.

Si mueres, no hay nadie que me cubra la espalda.

—Es demasiado—insistí.

Einar se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal.

Su olor a clavo y bosque me envolvió.

—El dinero perdido se recupera, Aelnora.

Tú no, además no es todo lo que tengo.

Se giró hacia el enano, que contaba las monedas con avidez.

—Trato hecho.

Y lanza un par de capas de lana negra con capucha.

El invierno va a ser largo.

Salimos de la herrería minutos después.

Yo llevaba mi nueva piel oscura y Justicia colgada a la espalda en un nuevo tahalí.

Einar caminaba a mi lado, con los bolsillos casi vacíos pero la cabeza alta.

Me sentí extraña.

Ya no era una sirvienta de la luz.

Pero al mirar de reojo al desertor que caminaba a mi lado, me di cuenta de que tal vez, solo tal vez, me gustaba más esta versión de mí misma.

—Hierro y sangre —murmuré para mí misma, tocando las escamas frías de mi nuevo peto.

—¿Qué?

—preguntó Einar .

—Nada —respondí, ajustándome los guantes nuevos.

—Solo recuerda grandulona que ahora me debes doscientas monedas de plata.

—Ponlo en mi cuenta, cazador.

Antes de que decida cobrarte cada vez que termines viendo mi trasero.

Einar soltó una carcajada breve, un sonido que hizo que un par de transeúntes se giraran.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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