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Hierro y Sangre - Capítulo 90

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Capítulo 90: Capítulo 90: El Peso de las Máscaras

(Narra La Dama de Hierro)

La sala de guerra estaba en penumbra, iluminada solo por un par de velas que se consumían en charcos de cera. El mapa del valle, con sus manchas de humedad y marcas de sangre, parecía un cadáver diseccionado sobre la mesa. Círdan estaba de pie junto a la ventana, observando el patio sumido en la oscuridad.

—Es tarde y no hay noticias del druida —dijo él, su voz suave rompiendo el silencio—. ¿Mandamos exploradores o a alguno de sus amigos? Ulm empieza a impacientarse en la forja.

Me crucé de brazos, sintiendo el frío del metal de mi armadura contra el pecho.

—Por lo que sé, Valka corrió tras él. Ese par son un hueso duro, Círdan; estarán bien. Einar tiene demasiada rabia acumulada para dejarse matar por un grupo de exploradores de la Mano Roja.

El Filo asintió, aunque sus ojos todavía mostraban esa cautela milenaria que lo caracterizaba.

—Iré a la biblioteca. Hay crónicas sobre los movimientos de la Inquisición en el sur que necesito contrastar.

—Te alcanzo después —respondí.

Él se retiró con un paso silencioso. En cuanto la puerta se cerró, solté un suspiro que había estado conteniendo durante horas. Con un movimiento lento, desabroché los cierres de mi máscara de hierro y la dejé sobre el mapa del Imperio. El aire fresco del salón golpeó mi rostro, y por un momento, cerré los ojos.

Nereida…

Escuchar mi nombre en su voz, después de diez años, había sido como sentir una daga al rojo vivo atravesando mi armadura. Quizás no debí mostrarle mi rostro. Puse en riesgo la misión; si ese hombre no ha madurado lo suficiente, si sigue siendo el mismo idealista herido de hace una década, nos pondrá en peligro a todos. Solo espero que alguna de ellas logre hacerlo entrar en razón, o que al menos lo mantenga ocupado. Mierda, Einar… siempre complicando todo, incluso cuando vuelvo de la muerte.

Me puse de nuevo la máscara, sintiendo el frío del metal contra mi piel, justo cuando la puerta se abrió de golpe.

Einar entró. Fenrir caminaba a su lado, la bestia de sombras parecía más sólida, más oscura. Einar mismo emanaba un aura de agotamiento victorioso. Tenía la túnica desgarrada, y su piel estaba marcada por moretones frescos y rasguños profundos.

—Pinogris está a salvo —dijo, su voz ronca y directa—. La Mano Roja se lo pensará dos veces antes de volver a atacar allí. No quedó nadie para dar el informe.

Lo miré de arriba abajo, notando la sangre seca en sus nudillos.

—¿Una batalla dura? —pregunté, manteniendo mi tono administrativo.

—Una batalla exitosa, Dama. Nada más —respondió él, sosteniéndome la mirada con una firmeza que no tenía ayer.

—¿Y Valka? —añadí.

—Fue a ducharse. La sangre de cincuenta hombres de la Mano Roja no se quita tan fácil. Ahora, si me disculpa, Dama de Hierro, yo también debo asearme.

Asentí en silencio. Einar se retiró sin esperar una despedida. Me quedé sola en la sala, mirando la puerta cerrada.

—Ese cabrón no solo sobrevivió… los masacró —susurré para mí misma. Había algo nuevo en él. Algo más afilado.

(Narra Aelnora)

Caminaba por los pasillos de piedra del fuerte, tratando de procesar la calma que sentía después de estar con Raven. El peso en mis hombros no había desaparecido, pero al menos ya no era una carga que me impedía caminar. En un recodo cerca de los baños, me topé de frente con él.

Einar parecía haber salido de una picadora de carne.

—Volviste… estaba preocupada —dije, deteniéndome en seco.

—Lo siento, Aelnora. No debí salir sin avisar, no debí partir solo —respondió, y aunque su tono era de disculpa, sus ojos estaban presentes, enfocados.

—Al menos volviste bien. Un poco maltrecho, pero en una pieza. Es mejor que la última vez que los enfrentaste solo —señalé la garra de hueso que cubría su mano y ocultaba la ausencia de uno de sus dedos.

—Valka me siguió… —dijo él, bajando la mirada un segundo.

—Einar… yo… —empecé, queriendo explicar lo que había pasado en el laboratorio.

—No digas nada, Aelnora —me interrumpió con suavidad—. Ya no es necesario. No me quedaré ahogándome en mi propia mierda ni escondido en mi cobardía. Aunque quizás sea tarde para nosotros… al menos te daré al compañero de batalla que mereces.

Tomé aire, decidida a ser tan honesta como él.

—Me acosté con Raven, Einar. Necesitaba… sentir. Sentir que me deseaban, sentir que mi cuerpo era mío y no de la fe que me guio durante tanto tiempo. Necesitaba recuperar el control.

Einar me miró, y para mi sorpresa, no hubo el juicio que esperaba. Solo una curiosidad tranquila.

—¿Te gusta el elfo oscuro?

—Es atractivo y…coge bien, para qué negarlo. Pero nada más, Einar —respondí con una sinceridad que me sorprendió a mí misma.

—Sea cual sea el caso, me alegro por ti, grandulona —dijo él con una sonrisa triste pero genuina—. Valka me lo advirtió: me dijo que, si no espabilaba, mi elfa encontraría a alguien con más huevos que yo.

—No es así, Einar. Valka solo dice cosas para hacer enojar a la gente; es lo suyo.

—Sí, lo sé… —él suspiró, recostándose contra la pared—. Supongo que lo imaginas, pero lo diré de todas formas: me la cogí. No fue bonito, Aelnora. Éramos un par de animales revolcándonos en la nieve. Me permití perderme en ella, perderme entre sus piernas para no tener que pensar.

Solté una risa suave, sintiendo que un nudo de meses se deshacía.

—Raven fue… sutil. Me ayudó a reclamar mi propio cuerpo, me ayudó a encontrarme.

—Curioso —añadió Einar—. Como dije, Valka me ayudó a perderme. Supongo que era exactamente lo que necesitábamos, grandulona.

—Así parece, druida… ¿Y eso en dónde nos deja? —pregunté, mirándolo fijamente.

—En el principio, supongo. —Einar continuo mirándome, — Somos un par de idiotas que se perdieron en el camino y terminaron en la cama de alguien más… pero ahora…

—Ahora no sé qué pasará, pero no me da miedo averiguarlo —completé.

—A mí tampoco —asintió él—. Pero no forzaré nada.

—Tampoco yo, compañero.

—Veremos qué nos depara el camino entonces —concluyó Einar.

Caminamos juntos hacia la zona de los baños. El silencio entre nosotros ya no era tenso ni amargo; era el silencio de dos personas que han sobrevivido a un naufragio y se encuentran en la orilla. Einar se desvió hacia el ala de hombres y yo entré en el de mujeres.

El vapor llenaba la estancia. A través de la bruma, divisé una silueta conocida sumergida en el agua caliente, con el cabello oscuro pegado a los hombros. Valka.

(Narra Aelnora)

El vapor de los baños era tan denso que apenas podía ver mis propios pies al caminar. El olor a pino y eucalipto intentaba, sin mucho éxito, enmascarar el aroma a hierro y sudor que todavía impregnaba mis poros. A través de la bruma, divisé a Valka. Estaba sumergida hasta los hombros, con los ojos cerrados y la cabeza apoyada en el borde de piedra.

Me quité las últimas piezas de mi ropa interior y caminé hacia el agua.

—Gracias, Valka —dije en voz baja.

La duelista abrió un ojo, observándome con curiosidad. —Lindas tetas elfa, pero…¿Por qué me agradeces?

Me quedé quieta un momento, sintiendo el calor del agua y el del vapor en mis mejillas

—Gracias, Valka, por tu comentario…y por ser siempre tan impulsiva. Por correr tras Einar para que no luchara solo en Pinogris. Gracias por mantenerlo a salvo.

Valka soltó una pequeña risa, esta vez sin rastro de su habitual burla ácida. Se pasó una mano por el cabello empapado, apartándolo de su rostro lleno de cicatrices. —Hice un poco más que eso, clériga.

Me detuve un segundo antes de entrar al agua, sosteniéndole la mirada con una calma que ella no esperaba. —Lo sé. Y mientras tú y tu lindo trasero se revolcaban con Einar entre sangre y nieve… yo me acosté con Raven en su laboratorio. Se puede decir que también me cubrí de sangre, pero en un sentido mucho muy diferente.

Valka se incorporó de golpe, salpicando agua y mirándome con un asombro genuino. Sus labios se abrieron en una “O” perfecta. —¡No lo creo! Por fin te permites vivir el momento… la santa ha dejado el altar.

Me reí mientras me sumergía en el agua caliente, sintiendo cómo mis músculos se relajaban por primera vez en días. —Tu beso me abrió los ojos, supongo —admití, soltando un suspiro de alivio al sentir el calor envolviéndome—. Me di cuenta de que no quería seguir esperando a un fantasma.

—Ya era hora, clériga —dijo ella, nadando un poco más cerca—. El acero protege el corazón, pero es la piel la que siente el mundo. Me alegra que por fin hayas decidido salir de tu armadura.

Valka se inclinó y me preguntó en un susurro cargado de picardía: —Dime… ¿cómo la tiene?

La miré, y por un momento, la imagen de Raven en el laboratorio cruzó mi mente. Le respondí con el mismo susurro cómplice: —¿Cómo crees que la tiene alguien que puede manipular su propia sangre?

—¡Noooooo! —exclamó Valka, echándose hacia atrás y golpeando el agua con la mano.

—Si, Valka —me reí, sintiendo cómo mis mejillas se calentaban no solo por el vapor—. Es enorme. Y tan dura como el metal forjado por Ulm.

—Nada es tan duro como el metal que hace mi gigante con sus manos —dijo una voz aguda desde la entrada.

Aeris entró al baño, cargando unos aceites aromáticos. Al verme allí, desnuda y compartiendo confidencias con Valka, me puse roja como un tomate de inmediato. Pero la pequeña artífice no parecía escandalizada.

—Tranquila, Aelnora. No diré nada —dijo Aeris mientras se desvestía con naturalidad y entraba al agua con nosotras.

Valka no perdió el tiempo. Soltó una carcajada y señaló a la pequeña. —Aeris…

Aeris la interrumpió con una sonrisa de suficiencia, sin dejar espacio a la imaginación. —Tan grande como mi antebrazo.

—¡No jodas! —exclamé, olvidando mi decoro clerical por completo—. ¿Por eso caminabas con la cadera chueca el otro dia?

Las tres estallamos en una carcajada que resonó en las bóvedas de piedra. El momento de camaradería se extendió entre anécdotas de guerra y confesiones que nunca habríamos hecho bajo el estandarte de la Dama.

(Narra Ulm)

El agua en el baño de hombres ya estaba hirviendo cuando llegué. Al entrar, vi una silueta familiar sentada en el banco de piedra, frotándose la cara con energía.

—¡Einar! ¡Volviste! —exclamé con entusiasmo—. Me tenías preocupado, amigo. Pensé que tendríamos que ir a recoger tus pedazos al valle.

Me quité la toalla de la cintura, disponiéndome a entrar en el estanque principal. Einar levantó la vista y, al verme, sus ojos se abrieron de par en par.

—¡Wow! ¡Ulm, apunta esa arma hacia otro lado! —gritó, levantando las manos en señal de defensa.

Me carcajeé, mi risa retumbando en el recinto como un trueno. —Es solo el equipo de minería, druida.

Entré al agua de un salto, provocando una ola que casi empapa las túnicas que Einar había dejado en el banco. Él se acomodó, mirándome con una mezcla de respeto y espanto.

—Pobre Aeris… ¿cómo logran…? —murmuró Einar, negando con la cabeza.

Me reí de nuevo, recostándome contra el borde de piedra. —Ella es… flexible, Einar. Muy flexible. Además, ella es quien diseña los mecanismos, ¿recuerdas? Sabe cómo manejar la presión.

—Si tú lo dices… —respondió él, dejando escapar un suspiro largo.

Lo observé con atención. Ya no tenía esa mirada perdida y grisácea de las últimas semanas. Había algo más vivo en él, como una brasa que finalmente ha encontrado aire para respirar. —Te noto un poco más animado, querido amigo.

—Ya no había nada más de mí que se pudiera romper, Ulm —dijo Einar, mirando sus propios nudillos marcados—. Supongo que finalmente estoy poniendo las piezas de nuevo en su lugar. Ya no busco lo que perdí, ahora trato de ver qué puedo construir con lo que me queda.

—Me alegra, druida. Mucho.

De repente, un estruendo hizo que ambos nos pusiéramos en guardia. Las puertas del baño se abrieron de golpe y Berg, el ariete de seis patas entró corriendo con la lengua fuera. Antes de que pudiera gritar su nombre, la bestia saltó al agua con un entusiasmo suicida, salpicando una cantidad increíble de agua caliente sobre nosotros y fuera del estanque.

—¡Por los dioses, Ulm! ¡Controla a tu amigo! —gritó Einar, escupiendo agua y riendo a pesar de sí mismo.

—¡Tú no puedes controlar a Fenrir! —le respondí, tratando de quitarme los pelos mojados de la cara.

—Fenrir soy yo —replicó Einar con orgullo.

—Y eso no cambia en nada lo que dije —solté una risa burlona mientras Berg empezaba a juguetear con sus seis patas en el agua, tratando de atrapar las burbujas que yo mismo provocaba al moverme.

Nos quedamos allí, bajo el vapor, compartiendo el silencio de la supervivencia. La guerra seguía afuera, pero en el agua caliente del Colmillo de Wyvern, por un momento, fuimos simplemente hombres y bestias disfrutando de la paz antes de la próxima tormenta.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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