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Hierro y Sangre - Capítulo 92

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Capítulo 92: Capítulo 92: El Santuario de las Sombras Libres

(Narra Einar)

El ambiente en el fuerte había cambiado. Se sentía en el aire, menos denso que en los días anteriores, como si el vapor de los baños…o el sexo, hubiera disuelto parte de la ponzoña que nos carcomía las entrañas. Caminábamos hacia la sala de reuniones con una sintonía nueva; Aelnora a mi lado, moviéndose con esa gracia recuperada, Ulm y Aeris compartiendo un silencio que ya no era de duda, sino de pertenencia. Incluso Raven parecía haber guardado su daga verbal por un momento. No era una paz definitiva, pero era una tregua con nosotros mismos.

Al entrar en la sala de mapas, la Dama de Hierro ya nos esperaba. Su silueta, recortada contra los ventanales que dejaban pasar la luz fría de la tarde, imponía el orden de siempre. A su lado, Círdan —El Filo— mantenía una mano sobre el pomo de su espada, como un centinela que no conoce el descanso.

—Por fin el ambiente se siente más ligero entre ustedes —soltó la Dama. Su sarcasmo, siempre afilado como una cuchilla quirúrgica, cortó el murmullo de nuestra entrada.

Aelnora no bajó la mirada. Sostuvo la de la máscara de metal con una serenidad que me hizo sentir orgulloso. —El equipo funciona cada vez mejor, Dama —respondió con voz firme—. Hemos aprendido que el peso de la armadura es más llevadero cuando no se carga en soledad.

—Justo a tiempo —replicó la Dama, haciendo un gesto a Círdan.

El Filo extendió un mapa sobre la mesa con un movimiento seco. Sus dedos largos señalaron una ruta que serpenteaba hacia el oeste, cruzando los límites de los bosques antiguos hacia las tierras áridas controladas por el Imperio.

—La Inquisición ha cometido un error —comenzó la Dama, su voz resonando en la piedra—. Interceptamos un cuervo mensajero hace dos noches. Llevan un “cargamento de fe” hacia una atalaya en la frontera.

—¿Cargamento de fe? —preguntó Aeris, frunciendo el ceño mientras se ajustaba las correas de sus múltiples bolsos ocultos. Su mente lógica de ingeniera siempre buscaba definiciones precisas.

Raven fue quien respondió, y su tono fue como un escalofrío. —Así llaman a los esclavos que llevan a recintos como el que atacamos, pequeña. Lugares donde los “convierten” mediante el dolor. —Raven me miró de reojo, una chispa de inteligencia amarga en sus ojos oscuros—. O donde simplemente los torturan hasta que su voluntad se quiebra y aceptan la fe de la inquisición como su única verdad.

—Entonces es una misión de rescate —confirmó Ulm, cerrando sus puños masivos con un crujido de huesos que pareció un trueno contenido.

—No —respondió la Dama con una seriedad que nos hizo tensar los músculos—. El error de la Inquisición no fue permitir que su cuervo fuera interceptado. Fue pensar que éramos lo suficientemente estúpidos como para morder el anzuelo sin mirar el sedal.

Círdan tomó la palabra, su voz gélida fluyendo sobre el mapa. —Nuestros informantes confirman que este “destacamento” es inusualmente grande. Demasiado pesado para llevar solo esclavos. Estarán a cuatro o cinco días de su destino, y “casualmente” interceptamos el cuervo justo a tiempo para preparar una emboscada cuando estén a tres días de camino. Es demasiado conveniente.

—Planean emboscar nuestra emboscada —sentenció la Dama—. Quieren que salgamos a campo abierto, que nos desgastemos contra un cebo mientras sus jinetes de la Palma Roja nos rodean. Pero atacaremos de todas formas. Solo que no lo haremos donde ellos lo esperan. El destacamento original salió del Templo de Anarath.

La Dama golpeó un punto específico en el mapa, lejos de la supuesta ruta del cargamento. —Mientras ellos esperan nuestro ataque en el camino, nosotros atacaremos el Templo. Lo recuperaremos de las manos de la Inquisición y se lo devolveremos a sus verdaderos seguidores. Golpearemos su moral donde más les duele: en su propia casa.

—Me parece un buen plan —dije, sintiendo por primera vez que no solo estábamos reaccionando, sino dictando el ritmo del juego—. ¿Cuándo partimos?

—Al amanecer —respondió el Filo, pero su mirada se volvió profunda, casi mística—. Pero antes de partir, hoy visitaremos el sótano. Tienen que entender por qué luchamos. Sus venganzas personales, sus motivos de alcoba… todo eso está en segundo plano frente a lo que hay allí abajo. Nos vemos en las puertas del sótano al atardecer.

Valka, que había estado apoyada contra la pared observando el intercambio con una sonrisa lobuna, se enderezó antes de que todos se retiraran. —¿Iremos con nuestro propio destacamento, Nereida? —preguntó, y el uso del nombre real de la Dama hizo que el aire en la sala se volviera eléctrico por un segundo.

La Dama no se inmutó. —No, Valka. Tus guerreros siguen entrenando a los mineros y a los voluntarios. Sus espadas piden sangre, lo sé, y pronto tendrán tareas para ellas: ataques simultáneos que la Inquisición no podrá defender. La Palma Roja caerá pedazo a pedazo si es necesario.

Valka asintió, su mirada brillando con un respeto salvaje. —Que así sea, Nereida… digo, Dama.

Nos guiñó un ojo y salió de la sala con su habitual contoneo, dejando tras de sí una estela de confianza peligrosa.

Al atardecer, el frío empezó a descender sobre el fuerte como un manto de hierro. Nos reunimos frente a las pesadas puertas de madera reforzada que daban al sótano del bastión central. Círdan abrió la cerradura con una llave de bronce antigua y nos guio escaleras abajo, hacia las profundidades de la tierra.

No era una mazmorra. El aire allí abajo era fresco, limpio, con un aroma a incienso de mil flores y cera vieja. Cuando llegamos al final, mis ojos tardaron en procesar lo que veía. El sótano albergaba un templo inmenso, una sala de adoración de libre culto. No había un solo altar, sino muchos. Las estatuas de los dioses, antiguos y los mal llamados dioses menores estaban dispuestas en un círculo perfecto, cada una tallada con una devoción que el Imperio, cegado por la Inquisición, había intentado borrar de la faz del mundo.

—Luchamos por la libertad de creer —dijo la Dama, su voz perdiendo su distorsión metálica por el eco de la bóveda—. Luchamos contra la imposición de la “Fe Verdadera” que solo busca esclavos.

Vi a Aelnora acercarse al altar de Luxa. No era el dios sol de los clérigos imperiales, sino la Dama del Alba original. Aelnora entrelazó sus dedos y bajó la cabeza, ofreciendo una plegaria silenciosa que pareció iluminar su rostro con una paz que creía perdida. Ulm, con paso pesado pero respetuoso, se detuvo ante la efigie de Ymir, dejando una pequeña piedra tallada a sus pies. Aeris encendió una pequeña chispa de fósforo ante Ignis, el dios del hogar, murmurando algo sobre la protección de los que quedan atrás.

Me sorprendió ver a Raven detenerse ante la estatua de Aethelgard, la Tejedora de Almas. —Me asombras, Raven —le dije en voz baja—. Creí que alguien como tú adoraría a Malakor, el dios de la sangre y la guerra.

Raven se giró hacia mí, su rostro bañado por la luz de las velas. —La sangre, amigo mío, tiene muchos usos, no solo la guerra. Mi fe no está en el sacrificio sin sentido, sino en la magia y en mi mente, la magia más pura es la de sangre, porque es la esencia de la vida misma. Mi fe está con Aethelgard… ella entiende el tejido de lo que somos. ¿Y tú fe, druida? ¿Con quién están tus plegarias?

Miré a mi alrededor. Mis ojos pasaron por la imponente figura de Skadi, la Dama de la caza y la escarcha, a quien le había rezado tantas noches de frío absoluto en los bosques de Valenwood. —En algún momento dirigí plegarias a Skadi —respondí, y mi voz sonó como el crujido de una rama seca en medio de un páramo helado—. Pero hoy, mi fe está en mi espada y en el hombre que tengo a mi lado al pelear. No creo que esta guerra sea el designio de los dioses, ni que haya una fe que justifique los horrores que he visto.

Hice una pausa, y sin darme cuenta, mi mano derecha subió hacia mi rostro. Mis dedos recorrieron el borde frío de la media máscara, presionando contra el hueso con una fuerza que buscaba atravesarlo. Por un segundo, pude jurar que sentía el calor fantasma de las llamas, la textura irregular y endurecida de la piel que el fuego de la Inquisición me había dejado en el rostro. Me aferré a esa sensación, usándola como un ancla para mis palabras.

—Decidí no creer en ellos para poder luchar con ustedes —continué, bajando la mano lentamente, pero dejando el rastro de mi angustia en el aire—. Quiero que más gente sea libre de darle la espalda a la fe, tal como lo hice yo, pero sin el temor a ser quemada por ello.

A un lado, vi a Valka prender un incienso a los pies de Rho-gar, el Dios desertor, el hombre escamado. La columna de humo subió envolviendo las cadenas rotas de la estatua, simbolizando la libertad de los que no tienen dueño. El Filo dejó una moneda de plata, un pago por los murmullos, para Kaelos, el Dios de los secretos.

Finalmente, la Dama se acercó a la estatua de Morghana, la Madre Muerte. Con un movimiento lento, puso una vela a sus pies.

—¿Lo entienden ahora? —preguntó la Dama, volviéndose hacia nosotros—. Diferente fe, mismo objetivo. Así como hay unión en este sótano, puede haber unión en el reino si se respeta la fe de cada criatura. Por eso la Inquisición y su iglesia de Malakor deben caer. Si alguien le reza al dios de la sangre, que sea por decisión propia y no porque está siendo torturado en una mesa de piedra.

Se mantuvo firme, rodeada por los dioses que la inquisición pretendía mandar al olvido. —Esto somos. Esto defendemos. Y mañana, en el Templo de Anarath, empezaremos a devolverle al pueblo el derecho de mirar al cielo y ver lo que ellos elijan ver, no lo que un verdugo les ordene.

El silencio que siguió no fue de vacío, sino de plenitud. Por primera vez, no éramos solo mercenarios o rebeldes. Éramos los guardianes del alma de un reino que se negaba a morir.

(Narra Aelnora)

El aire dentro del Templo de Anarath no era el de un lugar sagrado; era el aire estancado de una tumba que ha sido abierta y vuelta a sellar mil veces. A pesar de las palabras de la Dama y la lógica de su plan, entrar aquí se sentía como caminar voluntariamente hacia las fauces de una bestia que no sabíamos que tenía hambre. El lugar estaba completamente vacío. Ni un alma en el patio, nadie custodiando el atrio, ni siquiera el eco de una oración lejana. Lo más inquietante era que la estatua del dios pagano Anarath, una figura de piedra tallada con rasgos que mezclaban lo humano con lo arbóreo, no había sido destruida por la Inquisición. Estaba allí, observándonos con sus cuencas vacías, como si se burlara de nuestra intrusión.

Nos internamos en las habitaciones laterales, aquellas que antaño estaban reservadas para monjes y escribas, pero solo nos recibió un silencio tan denso que podía sentir el latido de mi propio corazón martilleando contra mis costillas.

—Esto está jodidamente mal —susurró Valka tras de mí, sus dedos acariciando la empuñadura de sus dagas con un nerviosismo que rara vez mostraba.

—Concuerdo contigo, Valka. Esto no es normal —respondí, mi voz sonando extraña en el vacío del pasillo—. Manténganse juntos. No se separen ni un paso.

Continuamos nuestro avance lento, el metal de nuestras armaduras produciendo un chirrido que parecía un grito en medio de aquella quietud absoluta. Al entrar en el comedor principal, la visión de pesadilla nos golpeó de frente. No era solo la muerte; era la profanación estética de la misma. En el muro del fondo había un dibujo inmenso, runas mágicas trazadas con una precisión quirúrgica usando sangre que aún parecía vibrar. Partes de cuerpos desmembrados —manos, vísceras, jirones de piel— adornaban el suelo, creando patrones obscenos que desafiaban cualquier geometría sagrada. Pero lo más aterrador estaba a un jodido paso delante de mí rostro.

Ariadne. Estaba allí, de pie, con esa sonrisa lánguida que me revolvía las entrañas.

—¡No de nuevo, perra! —grité, dejando que toda la frustración acumulada fluyera hacia mis músculos.

Usé toda mi fuerza para blandir a Venganza en un arco lateral descendente. El impacto fue seco, brutal. El cráneo de la bruja estalló contra el muro de piedra en una explosión de materia gris y esquirlas óseas que mancharon las runas de sangre. El cuerpo cayó como un fardo de ropa vieja, sin un solo espasmo. Los demás entraron de inmediato al comedor tras escuchar el golpe, sus armas en alto. Ulm miró el cadáver y los trozos de cerebro embarrados en el muro con una mezcla de asco y cansancio.

—¿Ella de nuevo? —gruñó el gigante. Aeris se aferró a su brazo, ocultando parte de su rostro tras el hombro de Ulm, mientras Valka se tocaba instintivamente la cicatriz del costado, esa marca que Ariadne le había regalado y que parecía arder ante la presencia del cadáver.

Raven, por su parte, no se apartó. Se acercó a los restos de lo que solía ser la cara de la bruja, su nariz apenas a unos centímetros de la carnicería.

—Su sangre… habla —murmuró Raven, y su voz tenía un tono de fascinación científica que me dio escalofríos—. Pero no la entiendo. Es como escuchar lenguas antiguas y profanas susurrando desde el fondo de un pozo. No es normal, Aelnora. Este fluido no sigue las leyes de la vida.

Einar me miró con una preocupación genuina, sus ojos grises buscando una explicación que yo no tenía. —¿Cómo es posible? —preguntó el druida—. La vimos morir más de una vez, ¡Carajo! Aeris la hizo beber acido…. Nadie sobrevive a eso.

—No lo sé, Einar. Hasta antes de toparnos con esta maldita, jamás supe de criatura alguna capaz de burlar a la Madre Muerte de esta manera —respondí, limpiando la sangre de la maza con un trozo de tela arrancado de un tapiz.

—Deberíamos irnos —dijo Aeris con la voz temblorosa, sus ojos fijos en la mano de la bruja que aún parecía retorcerse levemente sobre el suelo—. Este lugar me da escalofríos. Siento que las paredes nos están mirando.

—Hasta que no aseguremos el templo no nos iremos. Tenemos órdenes —respondió Raven de inmediato, sin apartar la vista de los sesos de Ariadne.

—Tu fe en la Dama parece más grande que tu fe en la magia —le espetó Einar en tono retador, dando un paso hacia el mago de sangre.

Raven sonrió, una mueca carente de alegría que mostró sus dientes perfectos. —En cierto modo lo es, druida. La magia es una herramienta, pero la Dama es el plano. Y yo nunca dejo un trabajo a medias.

—Bien —gruñó Einar—. El templo está vacío. Fenrir no huele la presencia de nadie más por aquí, salvo el rastro rancio de esta mujer. ¿Quieres revisar las catacumbas antes de partir?

Raven asintió con la cabeza. Bajamos al sótano, dejando a Berg y a Fenrir custodiando la retaguardia en la parte superior. Era una precaución lógica: no queríamos que nos encerraran allí abajo, y la fuerza de Berg o la furia del lobo podrían terminar por derrumbar el templo si surgía una pelea demasiado caótica en las entrañas de la estructura.

—¡Vacío! —gritó Valka en cuanto llegamos a la mitad del sótano.

Las paredes aquí abajo eran un monumento a la mortalidad. Miles de huesos de creyentes y adoradores que habían elegido este templo como su última morada estaban incrustados en los muros, creando un mosaico de costillas, fémures y cráneos que brillaban bajo la luz de nuestras antorchas.

—¿Hueles algo, druida? —preguntó Raven, echando un vistazo a las sombras que se extendían más allá del círculo de luz.

—Nada —respondió Einar, sus fosas nasales dilatadas—. Solo polvo y muerte vieja. Nada vivo.

—Yo tampoco siento nada —añadió Raven, extendiendo una mano como si palpara el aire—. No hay más sangre aquí que la que corre por nuestras propias venas.

—No puedo esperar para salir de aquí —insistió Aeris. Fue la primera en dar la vuelta, sus botas resonando con urgencia sobre las losas de piedra mientras se encaminaba a la salida. Pero no dio ni dos pasos cuando se topó de frente con ella.

—¿Se van tan pronto?

La voz de Ariadne era una caricia de hielo que me heló los huesos. Estaba allí, impecable, sin una mancha de sangre, con el cráneo perfecto y la mirada cargada de un sadismo infinito. Apenas pude dar la vuelta para verla cuando un destello de energía violeta estalló desde sus manos abiertas. La onda de choque nos empujó con una violencia devastadora, lanzándonos por los aires. Sentí el golpe seco de mi espalda contra un pilar de piedra y caí al suelo, aturdida.

La explosión mágica fue tan potente que arrancó cientos de huesos de las paredes. Cráneos rodaban por el suelo como canicas macabras, y cuerpos cuyo hogar de descanso estaba siendo profanado por aquella magia sucia empezaron a amontonarse en el centro de la sala.

—¿Cuántas veces tendré que matarte? —rugió Ulm desde la entrada, embistiendo contra la bruja con la fuerza de una avalancha.

Pero el ataque fue demasiado anunciado para alguien que dominaba el espacio de esa manera. Otra onda de energía magenta hizo volar el cuerpo masivo de Ulm hacia nosotros, estrellándonos contra una pila de osamentas. Apenas estábamos tratando de ponernos de pie, escupiendo polvo y sangre, cuando un sonido seco de calcio golpeando contra calcio me causó un escalofrío que no pudo ser contenido.

Los huesos de las criptas y de las paredes se estaban uniendo entre sí. Cráneos se encajaban en columnas vertebrales, fémures se articulaban con pelvis en ángulos imposibles, creando esqueletos que se mantenían de pie contra toda lógica natural. No éramos más que un nudo de cuerpos tratando de recuperar el equilibrio, mientras Ariadne se reía suavemente, escondiéndose tras un pequeño batallón de muertos que empezaba a rodearnos.

—Bienvenidos a mi congregación —susurró ella, extendiendo sus brazos mientras los esqueletos crujían al avanzar—. Aquí, la fe no se profesa con palabras, sino con la eternidad del hueso.

Me puse en pie, agarrando a Venganza con tanta fuerza que mis nudillos dolieron. Miré a Einar y a Raven; la confusión en sus ojos había sido reemplazada por una determinación suicida. Estábamos atrapados en las tripas de un templo muerto, enfrentando a una mujer que no conocía el final y a un ejército que ya lo había cruzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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