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Hierro y Sangre - Capítulo 93

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Capítulo 93: Capítulo 93: La Liturgia de los Huesos

(Narra Aelnora)

El aire dentro del Templo de Anarath no era el de un lugar sagrado; era el aire estancado de una tumba que ha sido abierta y vuelta a sellar mil veces. A pesar de las palabras de la Dama y la lógica de su plan, entrar aquí se sentía como caminar voluntariamente hacia las fauces de una bestia que no sabíamos que tenía hambre. El lugar estaba completamente vacío. Ni un alma en el patio, nadie custodiando el atrio, ni siquiera el eco de una oración lejana. Lo más inquietante era que la estatua del dios pagano Anarath, una figura de piedra tallada con rasgos que mezclaban lo humano con lo arbóreo, no había sido destruida por la Inquisición. Estaba allí, observándonos con sus cuencas vacías, como si se burlara de nuestra intrusión.

Nos internamos en las habitaciones laterales, aquellas que antaño estaban reservadas para monjes y escribas, pero solo nos recibió un silencio tan denso que podía sentir el latido de mi propio corazón martilleando contra mis costillas.

—Esto está jodidamente mal —susurró Valka tras de mí, sus dedos acariciando la empuñadura de sus dagas con un nerviosismo que rara vez mostraba.

—Concuerdo contigo, Valka. Esto no es normal —respondí, mi voz sonando extraña en el vacío del pasillo—. Manténganse juntos. No se separen ni un paso.

Continuamos nuestro avance lento, el metal de nuestras armaduras produciendo un chirrido que parecía un grito en medio de aquella quietud absoluta. Al entrar en el comedor principal, la visión de pesadilla nos golpeó de frente. No era solo la muerte; era la profanación estética de la misma. En el muro del fondo había un dibujo inmenso, runas mágicas trazadas con una precisión quirúrgica usando sangre que aún parecía vibrar. Partes de cuerpos desmembrados —manos, vísceras, jirones de piel— adornaban el suelo, creando patrones obscenos que desafiaban cualquier geometría sagrada. Pero lo más aterrador estaba a un jodido paso delante de mí rostro.

Ariadne. Estaba allí, de pie, con esa sonrisa lánguida que me revolvía las entrañas.

—¡No de nuevo, perra! —grité, dejando que toda la frustración acumulada fluyera hacia mis músculos.

Usé toda mi fuerza para blandir a Venganza en un arco lateral descendente. El impacto fue seco, brutal. El cráneo de la bruja estalló contra el muro de piedra en una explosión de materia gris y esquirlas óseas que mancharon las runas de sangre. El cuerpo cayó como un fardo de ropa vieja, sin un solo espasmo. Los demás entraron de inmediato al comedor tras escuchar el golpe, sus armas en alto. Ulm miró el cadáver y los trozos de cerebro embarrados en el muro con una mezcla de asco y cansancio.

—¿Ella de nuevo? —gruñó el gigante. Aeris se aferró a su brazo, ocultando parte de su rostro tras el hombro de Ulm, mientras Valka se tocaba instintivamente la cicatriz del costado, esa marca que Ariadne le había regalado y que parecía arder ante la presencia del cadáver.

Raven, por su parte, no se apartó. Se acercó a los restos de lo que solía ser la cara de la bruja, su nariz apenas a unos centímetros de la carnicería.

—Su sangre… habla —murmuró Raven, y su voz tenía un tono de fascinación científica que me dio escalofríos—. Pero no la entiendo. Es como escuchar lenguas antiguas y profanas susurrando desde el fondo de un pozo. No es normal, Aelnora. Este fluido no sigue las leyes de la vida.

Einar me miró con una preocupación genuina, sus ojos grises buscando una explicación que yo no tenía. —¿Cómo es posible? —preguntó el druida—. La vimos morir más de una vez, ¡Carajo! Aeris la hizo beber acido…. Nadie sobrevive a eso.

—No lo sé, Einar. Hasta antes de toparnos con esta maldita, jamás supe de criatura alguna capaz de burlar a la Madre Muerte de esta manera —respondí, limpiando la sangre de la maza con un trozo de tela arrancado de un tapiz.

—Deberíamos irnos —dijo Aeris con la voz temblorosa, sus ojos fijos en la mano de la bruja que aún parecía retorcerse levemente sobre el suelo—. Este lugar me da escalofríos. Siento que las paredes nos están mirando.

—Hasta que no aseguremos el templo no nos iremos. Tenemos órdenes —respondió Raven de inmediato, sin apartar la vista de los sesos de Ariadne.

—Tu fe en la Dama parece más grande que tu fe en la magia —le espetó Einar en tono retador, dando un paso hacia el mago de sangre.

Raven sonrió, una mueca carente de alegría que mostró sus dientes perfectos. —En cierto modo lo es, druida. La magia es una herramienta, pero la Dama es el plano. Y yo nunca dejo un trabajo a medias.

—Bien —gruñó Einar—. El templo está vacío. Fenrir no huele la presencia de nadie más por aquí, salvo el rastro rancio de esta mujer. ¿Quieres revisar las catacumbas antes de partir?

Raven asintió con la cabeza. Bajamos al sótano, dejando a Berg y a Fenrir custodiando la retaguardia en la parte superior. Era una precaución lógica: no queríamos que nos encerraran allí abajo, y la fuerza de Berg o la furia del lobo podrían terminar por derrumbar el templo si surgía una pelea demasiado caótica en las entrañas de la estructura.

—¡Vacío! —gritó Valka en cuanto llegamos a la mitad del sótano.

Las paredes aquí abajo eran un monumento a la mortalidad. Miles de huesos de creyentes y adoradores que habían elegido este templo como su última morada estaban incrustados en los muros, creando un mosaico de costillas, fémures y cráneos que brillaban bajo la luz de nuestras antorchas.

—¿Hueles algo, druida? —preguntó Raven, echando un vistazo a las sombras que se extendían más allá del círculo de luz.

—Nada —respondió Einar, sus fosas nasales dilatadas—. Solo polvo y muerte vieja. Nada vivo.

—Yo tampoco siento nada —añadió Raven, extendiendo una mano como si palpara el aire—. No hay más sangre aquí que la que corre por nuestras propias venas.

—No puedo esperar para salir de aquí —insistió Aeris. Fue la primera en dar la vuelta, sus botas resonando con urgencia sobre las losas de piedra mientras se encaminaba a la salida. Pero no dio ni dos pasos cuando se topó de frente con ella.

—¿Se van tan pronto?

La voz de Ariadne era una caricia de hielo que me heló los huesos. Estaba allí, impecable, sin una mancha de sangre, con el cráneo perfecto y la mirada cargada de un sadismo infinito. Apenas pude dar la vuelta para verla cuando un destello de energía violeta estalló desde sus manos abiertas. La onda de choque nos empujó con una violencia devastadora, lanzándonos por los aires. Sentí el golpe seco de mi espalda contra un pilar de piedra y caí al suelo, aturdida.

La explosión mágica fue tan potente que arrancó cientos de huesos de las paredes. Cráneos rodaban por el suelo como canicas macabras, y cuerpos cuyo hogar de descanso estaba siendo profanado por aquella magia sucia empezaron a amontonarse en el centro de la sala.

—¿Cuántas veces tendré que matarte? —rugió Ulm desde la entrada, embistiendo contra la bruja con la fuerza de una avalancha.

Pero el ataque fue demasiado anunciado para alguien que dominaba el espacio de esa manera. Otra onda de energía magenta hizo volar el cuerpo masivo de Ulm hacia nosotros, estrellándonos contra una pila de osamentas. Apenas estábamos tratando de ponernos de pie, escupiendo polvo y sangre, cuando un sonido seco de calcio golpeando contra calcio me causó un escalofrío que no pudo ser contenido.

Los huesos de las criptas y de las paredes se estaban uniendo entre sí. Cráneos se encajaban en columnas vertebrales, fémures se articulaban con pelvis en ángulos imposibles, creando esqueletos que se mantenían de pie contra toda lógica natural. No éramos más que un nudo de cuerpos tratando de recuperar el equilibrio, mientras Ariadne se reía suavemente, escondiéndose tras un pequeño batallón de muertos que empezaba a rodearnos.

—Bienvenidos a mi congregación —susurró ella, extendiendo sus brazos mientras los esqueletos crujían al avanzar—. Aquí, la fe no se profesa con palabras, sino con la eternidad del hueso.

Me puse en pie, agarrando a Venganza con tanta fuerza que mis nudillos dolieron. Miré a Einar y a Raven; la confusión en sus ojos había sido reemplazada por una determinación suicida. Estábamos atrapados en las tripas de un templo muerto, enfrentando a una mujer que no conocía el final y a un ejército que ya lo había cruzado.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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