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Hierro y Sangre - Capítulo 94

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Capítulo 94: Capítulo 94: La Amalgama del Calcio

(Narra Aelnora)

El sonido no era el de un ejército marchando; era el crujido seco, rítmico y obsceno de mil ramas rompiéndose al mismo tiempo bajo una presión invisible. Los esqueletos no avanzaban con la rigidez torpe de los muertos que recordaba de las viejas leyendas de los clérigos, esos que caían con un solo golpe de fe. Estos se movían con una fluidez que insultaba a la naturaleza, sus huesos chirriando al frotarse unos contra otros sin el amortiguador de la carne, el tendón o la gracia divina. Era una coreografía de calcio y odio.

Blandí a Venganza con un rugido que desgarró mi propia garganta, barriendo tres cajas torácicas de un solo golpe lateral. El impacto fue seco, una explosión de astillas blancas que llenó el aire de un polvo alcalino, pero el triunfo duró menos que un suspiro. Antes de que pudiera recuperar la guardia, vi lo que realmente significaba enfrentarse a Ariadne.

Lo más perturbador ocurrió apenas los restos tocaron el suelo. Los huesos no se quedaron allí, inertes. Los fémures destrozados se arrastraron por las losas como insectos ciegos, uniéndose a pelvis que no les pertenecían con un chasquido magnético; las costillas se entrelazaron con radios y cúbitos, creando formas extrañas que desafiaban cualquier tratado de anatomía. No solo eran esqueletos humanos; eran amalgamas de calcio puro, arañas de vértebras con seis brazos desproporcionados y torres de cráneos que mordían el aire con mandíbulas desencajadas.

—¡Mierda, no se quedan muertos! —gritó Ulm, descargando su pico con una furia ciega sobre una masa de huesos que intentaba trepar por sus enormes piernas, buscando las articulaciones de su armadura—. ¡Solo se reorganizan! ¡Es como intentar aplastar el agua con un martillo!

—¡Busquen los núcleos de energía! —rugió Raven. Sus hilos de sangre vibraban en el aire, tratando de frenar el avance de una criatura hecha de fémures entrelazados que parecía un ciempiés gigante—. ¡La bruja está proyectando su voluntad en cada fragmento! ¡Pulverícenlos o nos ahogarán en sus restos!

La pelea fue larga, una liturgia de desgaste que nos vació los pulmones y entumeció nuestros brazos. Cada vez que lográbamos destrozar a una de esas aberraciones, los fragmentos que no estaban reducidos a polvo simplemente buscaban otros que siguieran intactos, creando monstruosidades cada vez más grandes, más pesadas y mejor adaptadas para rodearnos en la penumbra de las catacumbas. Era una hidra de hueso que se alimentaba de nuestra fatiga, una marea blanca que no conocía el dolor ni el cansancio.

Sentí un grito ahogado a mi izquierda, un sonido que me hizo girar el cuello con violencia. Una de las lanzas de hueso, disparada por una de esas construcciones desde la oscuridad, había atravesado el hombro de Raven. El mago de sangre trastabilló, su rostro palideciendo hasta volverse del color de la cal, pero no dejó que sus hilos se soltaran. Sus dedos seguían moviéndose, dictando la muerte incluso mientras la suya propia intentaba reclamarlo. Me abrí paso hacia él, aplastando un cráneo que intentaba cerrarse sobre mi bota con un crujido asqueroso.

—¡Aguanta, Raven! —le grité, interponiendo mi escudo de hierro entre él y una marea de costillas afiladas que buscaban su vientre.

Usé un destello de luz pura, una descarga de Sanctum que detuvo a la masa de hueso momentáneamente, dándome el segundo necesario para colocar mi mano enguantada directamente sobre su herida abierta. Raven, con un estoicismo que solo los elfos oscuros parecen poseer, usó su propia magia para obligar a su sangre a coagularse, mientras mi poder cerraba el tejido muscular paso a paso. Entre los dos, sanamos la herida casi sin esfuerzo consciente, una sincronía nacida de la necesidad absoluta de no perder al único que entendía la naturaleza de este horror biológico. Pero el sudor frío en su frente y el temblor de sus labios decían la verdad: estábamos al límite de nuestras reservas. Mi magia se sentía como un pozo que empezaba a mostrar el fondo lodoso.

—¡Aeris! —rugí sobre el estruendo del calcio chocando contra el acero—. ¡Hazlo ahora o nos enterrarán bajo este polvo! ¡No saldremos de aquí si no los conviertes en arena!

Aeris, que se había mantenido en el centro del nudo de cuerpos, protegida por la sombra masiva de Ulm, sacó tres esferas de metal de sus bolsos. Eran sus artilugios de ignición pesada, pequeñas maravillas de destrucción que ella trataba con una reverencia casi religiosa. Las lanzó con una precisión nacida del pánico más puro hacia los puntos donde la acumulación de huesos era más densa, donde las amalgamas eran tan grandes que casi tocaban el techo de la cripta.

—¡Al suelo! ¡Cúbranse los oídos! —chilló la pequeña, encogiéndose tras el escudo de Ulm.

La explosión no fue brillante como el fuego sagrado; fue una expansión brutal de presión sónica y metralla de hierro que pulverizó las estructuras de hueso en un radio de diez metros, convirtiéndolas instantáneamente en una nube de polvo blanco tan espesa que inundó las catacumbas. El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por nuestra respiración pesada, el pitido en mis oídos y el siseo del humo químico de las bombas de Aeris.

Cuando el polvo se asentó lo suficiente para permitirnos ver, nos dimos cuenta de la realidad más amarga de aquel templo maldito: Ariadne no estaba. No había rastro de la bruja entre los escombros, ni un eco de su risa, ni una mancha de su presencia magenta. Se había desvanecido como el humo, dejándonos pelear contra sus juguetes de calcio mientras ella seguía con su plan.

—¡Maldita sea! ¡Se ha ido de nuevo! —Valka golpeó una columna de piedra, su pecho subiendo y bajando con violencia, su rostro cubierto de una fina capa de polvo de hueso que la hacía parecer un espectro—. ¡Nos ha tenido aquí bailando con muertos mientras ella escapaba!

Salimos de las catacumbas a trompicones, subiendo las escaleras con las piernas pesándonos como si fueran de plomo. La luz del sol poniente en el atrio nos cegó por un instante, obligándonos a parpadear con dolor mientras buscábamos por cada rincón del templo. Corrimos por las habitaciones laterales, por los pasillos de los monjes, por el comedor donde antes su cabeza había sido esparcida contra el muro… nada. Solo encontramos el rastro de nuestra propia violencia. Estábamos en un cascarón vacío de piedra que olía a muerte antigua y pólvora nueva.

—¡A las bestias! —ordené, mi voz rasgada por el esfuerzo y el polvo inhalado—. ¡Nos ha tendido una trampa! ¡Nos ha desgastado a propósito! ¡Todos fuera, ahora!

Corrimos hacia el patio exterior, donde el aire fresco se sintió como un milagro en nuestros pulmones quemados. Montamos nuestros caballos con la torpeza del agotamiento extremo; mis manos resbalaban en las riendas y mis pies apenas encontraban los estribos. Ulm, con Aeris en brazos subió a Berg de un solo salto, el Karkadann bufando vapores de impaciencia y rascando el suelo con sus seis patas, sintiendo la urgencia que emanaba de nosotros.

—¡Vamos al Colmillo! —grité, espoleando a Yunque hasta que sus costados vibraron—. ¡No miren atrás!

Empezamos a galopar, buscando desesperadamente la salida del valle natural que rodeaba al Templo de Anarath. El sonido de los cascos de nuestros caballos sobre la piedra caliza era rítmico, un latido de esperanza que intentábamos mantener vivo a pesar de que cada músculo de nuestro cuerpo pedía clemencia. Pero pronto, ese galope se mezcló con un eco que no venía de nuestros propios caballos. Era un sonido que venía de los riscos laterales, un trueno que bajaba por las laderas con la cadencia de la muerte organizada.

No era un eco. Era el sonido de más caballos. Muchos más.

El ritmo era marcial, pesado, el inconfundible sonido del acero de las armaduras imperiales chocando contra el cuero de las monturas de guerra. El suelo empezó a vibrar de una manera que nada tenía que ver con la magia de Ariadne.

—La bruja nos cansó… —susurró Einar a mi lado, sus ojos grises y agotados fijos en la cresta de la colina que teníamos delante. Su mano subió instintivamente a su máscara, un gesto de puro nerviosismo que nunca le había visto—. Nos dejó sin magia y sin aliento para que ellos terminaran el trabajo.

—¡ATAQUEN! —el grito de guerra de un oficial imperial desgarró el aire, un rugido que fue respondido por treinta gargantas sedientas de sangre.

Desde lo alto de la colina, un pelotón de al menos treinta hombres —imperiales con sus capas blancas inmaculadas ondeando al viento e Inquisidores de la Palma Roja, todos con espada en mano— se lanzaron cuesta abajo hacia nosotros con la inercia de una avalancha. Estaban frescos, sus caballos no tenían espuma en la boca y sus brazos no pesaban como el plomo. Eran el yunque, y nosotros éramos el metal caliente y agotado que estaban a punto de golpear.

Tiré de las riendas con una fuerza que hizo que mi caballo se encabritara, obligándolo a frenar en seco frente a la formación enemiga que nos cerraba el paso en el desfiladero. Miré a mis compañeros: Raven seguía pálido, sosteniéndose el hombro; Ulm respiraba con una dificultad ruidosa que asustaba; Aeris temblaba de pies a cabeza mientras trataba de recargar su ballesta con dedos torpes. Éramos un grupo de espectros cansados, cubiertos de polvo de muertos, enfrentándonos a una muralla de hierro y fe que brillaba con la luz cruel del atardecer.

La batalla del templo solo había sido el preámbulo, la liturgia de sacrificio. La verdadera carnicería, la que no conocía la resurrección, estaba a punto de comenzar.

(Narra Aelnora)

El estruendo de la caballería imperial era un trueno que retumbaba en mis propios huesos, una vibración que prometía un final rápido y violento. Cuando el pelotón se acercó lo suficiente, sus rostros se hicieron nítidos a través del polvo: un comandante imperial de armadura bruñida y un sumo sacerdote, con sus vestiduras blancas ondeando como alas de buitre, lideraban la embestida. La luz del atardecer arrancaba destellos crueles de sus lanzas, apuntando directamente a nuestros corazones agotados.

—¡Formación defensiva! —grité, mi voz desgarrando lo que quedaba de mi garganta.

Nos acomodamos como pudimos, hombro con hombro, cubriendo los flancos con las armas en alto, listos para el impacto que sabíamos que no podríamos sostener por mucho tiempo. Mis músculos temblaban y el Sanctum en mis venas era apenas un eco distante. Pero entonces, justo cuando el primer jinete estaba a punto de colisionar con nosotros, algo sucedió. Algo que desafiaba la física de la batalla.

Una masa de humo dorado, denso y brillante como polvo de estrellas, emanó del suelo a unos metros de mí, bloqueando el camino de la carga imperial. De entre el humo, una figura se materializó con una rapidez que el ojo humano apenas podía procesar. Era un elfo espigado, envuelto en una armadura dorada que parecía forjada con la luz del mismo sol. En sus manos sostenía dos guadañas imposiblemente grandes y elegantes, cuyas hojas curvas brillaban con un contraste letal: una negra como el vacío y una blanca como el hueso puro.

Raven, que estaba a mi lado sosteniéndose el hombro herido, soltó una carcajada ronca, una mezcla de alivio y puro veneno.

—Ese hijo de perra… —murmuró entre dientes.

El elfo de oro no esperó. Corrió directamente contra los caballos, moviéndose con una elegancia que convertía la masacre en una danza. Las guadañas silbaron en el aire, trazando arcos perfectos que cortaban las patas de los animales como si fueran tallos de trigo. El caos fue instantáneo: jinetes fueron aplastados por sus propias monturas mutiladas, otros caían detrás siendo pisoteados por la inercia de la carga. El polvo se convirtió rápidamente en una nube espesa que solo me permitía ver el tenue reflejo de la luz posándose en las hojas de las guadañas mientras se movían, bailando dentro del polvo en un torbellino de gritos y relinchos agónicos.

Ni un solo soldado imperial, ni un solo inquisidor salió de aquella nube. El silencio regresó al desfiladero tan rápido como se había ido.

De entre el humo que se disipaba, el elfo salió caminando con una tranquilidad insultante. Las guadañas enormes redujeron su tamaño en un parpadeo, convirtiéndose en poco más que una hoz doble que el elfo incrustó con un clic metálico en la espalda de su armadura. Se quitó el casco frente a nosotros, revelando sus rasgos afilados, y en su lugar colocó una máscara oscura que, al contacto con su piel, transformó mágicamente la armadura dorada en el atuendo oscuro y funcional del Filo.

—¿¡Círdan!? —exclamé, dando un paso al frente mientras bajaba mi maza, temblando de rabia contenida—. ¿Qué carajo está pasando?

Él no se inmuto, sus ojos permanecieron gélidos, sin un ápice de remordimiento. En su lugar, Raven respondió por él, escupiendo un coágulo de sangre al suelo.

—El idiota nos usó de carnada, Aelnora. Estábamos en el anzuelo mientras él esperaba a que el pez gordo saliera de su agujero.

—El sumo sacerdote que yace muerto allá atrás —dijo Círdan, señalando con un gesto indiferente la carnicería a sus espaldas— era una pieza clave en la logística de la Palma Roja. Tomar su vida es una enorme victoria para la causa. Mucho más que el mismo templo de Anarath.

—Sí, un templo en el que una puta bruja inmortal casi nos mata —escupió Valka a los pies de Círdan, su mano apretando con fuerza el mango de su daga—. Nos dejaste encerrados con esqueletos mientras tú jugabas a ser un héroe solitario.

Círdan me miró fijamente tras la máscara, ignorando las quejas de la duelista.

—¿Una bruja?

—Así es —respondí, encarándolo—. Una bruja que ya habíamos matado dos veces antes, y una tercera hoy mismo en el comedor. Simplemente estaba ahí, riéndose de nosotros, atacándonos con huesos que obedecían su voluntad. Esa magia… es una aberración que no debería existir.

—¿Cómo era ella? —preguntó Círdan, y por primera vez detecté una nota de algo parecido a la preocupación en su tono.

—Un jodido demonio de ojos magenta —soltó Aeris, todavía temblando desde el lomo de Berg.

—Ariadne… —murmuró Círdan para sí mismo, pronunciando el nombre como si fuera una antigua maldición que acabara de cobrar vida.

—Genial, ya conoces a la puta, así que no hará falta hacer las presentaciones —ironizó Valka.

Einar, que se había mantenido en un silencio sepulcral hasta ahora, caminó hacia el elfo. Al pasar junto a mí, su mano rozo la mía por un instante; fue un contacto breve, cargado de una electricidad estática que envió sensaciones punzantes por toda mi espina dorsal, un recordatorio silencioso de que seguíamos vivos. Se detuvo a centímetros del Filo, su presencia de lobo eclipsando la elegancia del elfo.

—Lindo truco el de las guadañas —dijo Einar, su voz era un gruñido bajo y peligroso—. Supongo que por eso te dicen el Filo.

Círdan asintió con una soberbia contenida. Señaló las armas enfundadas en su espalda y pronunció sus nombres con un orgullo frío:

—Ébano y Marfil.

Einar se puso aún más cerca, casi gritándole en la cara, invadiendo su espacio con una violencia latente.

—Escúchame bien. Si no quieres que Ébano y Marfil acaben clavadas en tu propio culo, la próxima vez que nos mandes a una misión nos vas a contar el plan completo. No pueden simplemente usarnos como carnada para que tú acabes con un sacerdote. Si el plan tiene complicaciones, quiero saberlas. Si soy carnada, quiero saberlo. Si vuelven a arriesgar la vida de Aelnora y de mis amigos de esa forma…

Einar levantó la mano izquierda, activando el mecanismo de la garra de hueso con un chasquido que sonó como una sentencia.

—Uno de estos virote acaba en tu maldita cabeza entrando por tus puntiagudas orejas antes de que puedas siquiera tocar tus guadañas.

El Filo no se inmutó, pero el aire a su alrededor pareció enfriarse aún más. Einar no había terminado. Su furia, contenida durante toda la pelea en las catacumbas, estalló ahora con la fuerza de un incendio forestal.

—Dile a la Dama que no somos piezas en su juego imaginario —continuó Einar, su rostro a milímetros del de Círdan—. Otra misión como esta y yo mismo le cortaré la cabeza. Me importa una mierda su rebelión si el precio es la sangre de los míos sin su consentimiento.

Círdan respondió de inmediato, su voz como el filo de una navaja:

—No te atreverías, druida. Tu lealtad a ella es más profunda de lo que quieres admitir.

En un movimiento que ni siquiera yo pude prever, Einar desenvainó una daga oculta en su cinturón y la puso firmemente contra el cuello del Filo, justo donde la máscara terminaba y la piel comenzaba. Raven intentó moverse, sus hilos de sangre empezando a brillar, pero se lo impedí con un gesto firme del brazo. Él lo entendió de inmediato y retrocedió, observando la escena con una curiosidad mórbida.

—Ya soporté su muerte una vez, Círdan —susurró Einar, y el dolor en su voz era tan real que me dolió a mí también—. Puedo hacerlo de nuevo si eso significa detener a un monstruo que juega con la vida de los demás. No me pongas a prueba si no estás listo para afrontar las consecuencias.

Círdan permaneció en silencio absoluto, sus ojos fijos en los de Einar, midiendo la verdad en sus palabras. Tras unos segundos que parecieron horas, el Filo simplemente dio un paso a un lado, liberando el camino.

Einar guardó la daga, me miró por un segundo con una mezcla de arrepentimiento y furia, y regresó a su caballo sin decir una palabra más.

—¡Vámonos! —ordenó.

Todos lo seguimos en silencio, dejando atrás al Filo en medio de aquel campo de caballos muertos y un mundo de preguntas sin resolver que empezaban a carcomer los cimientos de nuestra alianza.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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