Hierro y Sangre - Capítulo 95
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Capítulo 95: Capítulo 95: Ébano y Marfil
(Narra Aelnora)
El estruendo de la caballería imperial era un trueno que retumbaba en mis propios huesos, una vibración que prometía un final rápido y violento. Cuando el pelotón se acercó lo suficiente, sus rostros se hicieron nítidos a través del polvo: un comandante imperial de armadura bruñida y un sumo sacerdote, con sus vestiduras blancas ondeando como alas de buitre, lideraban la embestida. La luz del atardecer arrancaba destellos crueles de sus lanzas, apuntando directamente a nuestros corazones agotados.
—¡Formación defensiva! —grité, mi voz desgarrando lo que quedaba de mi garganta.
Nos acomodamos como pudimos, hombro con hombro, cubriendo los flancos con las armas en alto, listos para el impacto que sabíamos que no podríamos sostener por mucho tiempo. Mis músculos temblaban y el Sanctum en mis venas era apenas un eco distante. Pero entonces, justo cuando el primer jinete estaba a punto de colisionar con nosotros, algo sucedió. Algo que desafiaba la física de la batalla.
Una masa de humo dorado, denso y brillante como polvo de estrellas, emanó del suelo a unos metros de mí, bloqueando el camino de la carga imperial. De entre el humo, una figura se materializó con una rapidez que el ojo humano apenas podía procesar. Era un elfo espigado, envuelto en una armadura dorada que parecía forjada con la luz del mismo sol. En sus manos sostenía dos guadañas imposiblemente grandes y elegantes, cuyas hojas curvas brillaban con un contraste letal: una negra como el vacío y una blanca como el hueso puro.
Raven, que estaba a mi lado sosteniéndose el hombro herido, soltó una carcajada ronca, una mezcla de alivio y puro veneno.
—Ese hijo de perra… —murmuró entre dientes.
El elfo de oro no esperó. Corrió directamente contra los caballos, moviéndose con una elegancia que convertía la masacre en una danza. Las guadañas silbaron en el aire, trazando arcos perfectos que cortaban las patas de los animales como si fueran tallos de trigo. El caos fue instantáneo: jinetes fueron aplastados por sus propias monturas mutiladas, otros caían detrás siendo pisoteados por la inercia de la carga. El polvo se convirtió rápidamente en una nube espesa que solo me permitía ver el tenue reflejo de la luz posándose en las hojas de las guadañas mientras se movían, bailando dentro del polvo en un torbellino de gritos y relinchos agónicos.
Ni un solo soldado imperial, ni un solo inquisidor salió de aquella nube. El silencio regresó al desfiladero tan rápido como se había ido.
De entre el humo que se disipaba, el elfo salió caminando con una tranquilidad insultante. Las guadañas enormes redujeron su tamaño en un parpadeo, convirtiéndose en poco más que una hoz doble que el elfo incrustó con un clic metálico en la espalda de su armadura. Se quitó el casco frente a nosotros, revelando sus rasgos afilados, y en su lugar colocó una máscara oscura que, al contacto con su piel, transformó mágicamente la armadura dorada en el atuendo oscuro y funcional del Filo.
—¿¡Círdan!? —exclamé, dando un paso al frente mientras bajaba mi maza, temblando de rabia contenida—. ¿Qué carajo está pasando?
Él no se inmuto, sus ojos permanecieron gélidos, sin un ápice de remordimiento. En su lugar, Raven respondió por él, escupiendo un coágulo de sangre al suelo.
—El idiota nos usó de carnada, Aelnora. Estábamos en el anzuelo mientras él esperaba a que el pez gordo saliera de su agujero.
—El sumo sacerdote que yace muerto allá atrás —dijo Círdan, señalando con un gesto indiferente la carnicería a sus espaldas— era una pieza clave en la logística de la Palma Roja. Tomar su vida es una enorme victoria para la causa. Mucho más que el mismo templo de Anarath.
—Sí, un templo en el que una puta bruja inmortal casi nos mata —escupió Valka a los pies de Círdan, su mano apretando con fuerza el mango de su daga—. Nos dejaste encerrados con esqueletos mientras tú jugabas a ser un héroe solitario.
Círdan me miró fijamente tras la máscara, ignorando las quejas de la duelista.
—¿Una bruja?
—Así es —respondí, encarándolo—. Una bruja que ya habíamos matado dos veces antes, y una tercera hoy mismo en el comedor. Simplemente estaba ahí, riéndose de nosotros, atacándonos con huesos que obedecían su voluntad. Esa magia… es una aberración que no debería existir.
—¿Cómo era ella? —preguntó Círdan, y por primera vez detecté una nota de algo parecido a la preocupación en su tono.
—Un jodido demonio de ojos magenta —soltó Aeris, todavía temblando desde el lomo de Berg.
—Ariadne… —murmuró Círdan para sí mismo, pronunciando el nombre como si fuera una antigua maldición que acabara de cobrar vida.
—Genial, ya conoces a la puta, así que no hará falta hacer las presentaciones —ironizó Valka.
Einar, que se había mantenido en un silencio sepulcral hasta ahora, caminó hacia el elfo. Al pasar junto a mí, su mano rozo la mía por un instante; fue un contacto breve, cargado de una electricidad estática que envió sensaciones punzantes por toda mi espina dorsal, un recordatorio silencioso de que seguíamos vivos. Se detuvo a centímetros del Filo, su presencia de lobo eclipsando la elegancia del elfo.
—Lindo truco el de las guadañas —dijo Einar, su voz era un gruñido bajo y peligroso—. Supongo que por eso te dicen el Filo.
Círdan asintió con una soberbia contenida. Señaló las armas enfundadas en su espalda y pronunció sus nombres con un orgullo frío:
—Ébano y Marfil.
Einar se puso aún más cerca, casi gritándole en la cara, invadiendo su espacio con una violencia latente.
—Escúchame bien. Si no quieres que Ébano y Marfil acaben clavadas en tu propio culo, la próxima vez que nos mandes a una misión nos vas a contar el plan completo. No pueden simplemente usarnos como carnada para que tú acabes con un sacerdote. Si el plan tiene complicaciones, quiero saberlas. Si soy carnada, quiero saberlo. Si vuelven a arriesgar la vida de Aelnora y de mis amigos de esa forma…
Einar levantó la mano izquierda, activando el mecanismo de la garra de hueso con un chasquido que sonó como una sentencia.
—Uno de estos virote acaba en tu maldita cabeza entrando por tus puntiagudas orejas antes de que puedas siquiera tocar tus guadañas.
El Filo no se inmutó, pero el aire a su alrededor pareció enfriarse aún más. Einar no había terminado. Su furia, contenida durante toda la pelea en las catacumbas, estalló ahora con la fuerza de un incendio forestal.
—Dile a la Dama que no somos piezas en su juego imaginario —continuó Einar, su rostro a milímetros del de Círdan—. Otra misión como esta y yo mismo le cortaré la cabeza. Me importa una mierda su rebelión si el precio es la sangre de los míos sin su consentimiento.
Círdan respondió de inmediato, su voz como el filo de una navaja:
—No te atreverías, druida. Tu lealtad a ella es más profunda de lo que quieres admitir.
En un movimiento que ni siquiera yo pude prever, Einar desenvainó una daga oculta en su cinturón y la puso firmemente contra el cuello del Filo, justo donde la máscara terminaba y la piel comenzaba. Raven intentó moverse, sus hilos de sangre empezando a brillar, pero se lo impedí con un gesto firme del brazo. Él lo entendió de inmediato y retrocedió, observando la escena con una curiosidad mórbida.
—Ya soporté su muerte una vez, Círdan —susurró Einar, y el dolor en su voz era tan real que me dolió a mí también—. Puedo hacerlo de nuevo si eso significa detener a un monstruo que juega con la vida de los demás. No me pongas a prueba si no estás listo para afrontar las consecuencias.
Círdan permaneció en silencio absoluto, sus ojos fijos en los de Einar, midiendo la verdad en sus palabras. Tras unos segundos que parecieron horas, el Filo simplemente dio un paso a un lado, liberando el camino.
Einar guardó la daga, me miró por un segundo con una mezcla de arrepentimiento y furia, y regresó a su caballo sin decir una palabra más.
—¡Vámonos! —ordenó.
Todos lo seguimos en silencio, dejando atrás al Filo en medio de aquel campo de caballos muertos y un mundo de preguntas sin resolver que empezaban a carcomer los cimientos de nuestra alianza.
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