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Hierro y Sangre - Capítulo 96

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Capítulo 96: Capítulo 96: El Rostro de la Traición

(Narra Aelnora)

El ascenso final hacia el Colmillo debería habernos traído el alivio del hogar, pero el viento que bajaba de las cumbres traía un hedor que conocíamos demasiado bien: carne carbonizada y hierro viejo. Nos detuvimos en seco antes de llegar a las puertas principales. Allí, justo fuera del perímetro de la ciudad acorazada, la nieve blanca había sido mancillada por una hilera de cruces de madera tosca.

No eran nuestros hombres. No eran los mineros de Ulm ni los rebeldes de la Dama. Eran extraños, cuerpos cuyas ropas sugerían que eran simples viajeros o campesinos que habían tenido la desgracia de cruzarse en el camino de la Inquisición. Pero lo que nos heló la sangre no fue su muerte, sino el estado de sus cuerpos. Cada uno de ellos tenía la cara completamente quemada, reducida a una costra negra y burbujeante de la que solo asomaban los dientes en una mueca de agonía eterna. En el pecho de cada cadáver, un letrero de madera estaba clavado directamente sobre el esternón, escrito con una sangre que aún no terminaba de secarse.

Einar. Aelnora. Valka. Aeris. Ulm. Círdan. Raven. Nereida.

Nuestros nombres, uno tras otro, custodiados por el símbolo de la Palma Roja.

—Es un mensaje —dijo Einar, su voz era un susurro que vibraba con una furia contenida que amenazaba con estallar. Su mano derecha se cerró sobre su propia máscara, buscando la textura de su piel quemada en un gesto casi reflejo—. Saben exactamente quiénes somos. Y saben dónde dormimos.

Círdan, sin decir una sola palabra, espoleó a su caballo. Ignoró las cruces, ignoró nuestras miradas y se internó en la ciudad. Todos fuimos tras él, con el corazón en la garganta, esperando encontrar las calles cubiertas de cadáveres. Pero el interior del Colmillo estaba en paz. Los ciudadanos seguían con sus labores, los herreros golpeaban el yunque y el humo de las chimeneas subía tranquilo hacia el cielo gris. Nadie había entrado. Las murallas seguían intactas. Pero el santuario de nuestra seguridad se había convertido en una jaula de cristal.

—¡DAMA! —el grito de Einar desgarró la calma de la plaza central.

Desmontó antes de que su caballo se detuviera y se internó en el Bastión impenetrable del Vértice con la fuerza de un vendaval. Lo seguimos de cerca, viendo cómo empujaba a los guardias que intentaban interponerse. Cuando las puertas de la sala de mapas se abrieron de golpe, la Dama de Hierro estaba allí, observando un informe. No tuvo tiempo de hablar. Einar se lanzó sobre ella, no con una daga, sino con su presencia misma, acorralándola contra la mesa de piedra.

—¿Cómo lo hicieron, Nereida? —rugió Einar, su rostro a milímetros de la máscara metálica. La rabia en sus ojos era visceral, una mezcla de miedo por los suyos y un odio profundo hacia el juego de sombras que nos rodeaba—. ¡Tienen nuestros nombres! ¡Han dejado una hilera de muertos con las caras borradas a las puertas de tu maldita ciudad inconquistable!

La Dama se mantuvo rígida, su respiración agitada bajo el metal.

—Einar, cálmate…

—¡No me pidas calma! —la interrumpió él, golpeando la mesa de mapas con su garra de hueso, agrietando la madera—. Si saben quiénes somos y dónde estamos, es porque alguien aquí se lo dijo. Alguien de tu círculo íntimo. Alguien que come en nuestra mesa y duerme bajo este mismo techo nos ha vendido como ganado al matadero.

Valka, que se había mantenido en el umbral con la mano en su daga, miró alrededor de la sala con ojos sospechosos. Su instinto de superviviente estaba gritando.

—Einar tiene razón. La Inquisición no adivina nombres. No encuentran una fortaleza oculta en las montañas por casualidad. —Valka dio un paso hacia el Filo—. Dime, Círdan… ¿Cuántos fieles a Malakor hay en el Colmillo? ¿Cuántos de tus “rebeldes” le rezan por las noches al dios de la sangre?

—¡No! —respondió Círdan de inmediato, su voz cortante como el hielo—. No caigas en eso, Valka. Eso es exactamente lo que quieren los inquisidores: acusaciones y desconfianza basadas en nuestras creencias. Preguntas como esa son las que justifican la causa de unificación de la Inquisición. Quieren que nos despedacemos entre nosotros antes de que ellos tengan que desenvainar una sola espada.

Valka soltó una carcajada amarga, una que no tenía pizca de humor.

—Bueno, genio, entonces dime… ¿Cómo encontrarás a la rata que se infiltró en tu hogar si no es buscando entre los que tienen motivos para traicionarnos? ¿O vamos a esperar a que la próxima vez los nombres estén escritos en nuestros propios pechos?

Círdan se quedó en silencio. Sus ojos grises viajaron de Valka a Einar, y luego a la Dama de Hierro. La seguridad absoluta que siempre proyectaba el elfo se había resquebrajado por primera vez. No tenía una respuesta, y ese silencio fue más aterrador que los gritos de la batalla en el templo.

Einar se apartó de la Dama, pero no bajó la guardia. Se dirigió a nosotros, a su equipo, al círculo de personas en las que alguna vez confió.

—Ya no estamos seguros aquí. Ni el acero de estas murallas ni la máscara de esta mujer nos protegen. Hay una rata en el granero, y hasta que no la saquemos de su agujero, todos somos cadáveres caminando.

Me quedé mirando a Einar, sintiendo cómo el frío del exterior finalmente se filtraba en mis huesos. Miré a Raven, que observaba la escena con una frialdad analítica, y a Aeris, que se abrazaba a sí misma como si intentara no romperse. La Inquisición no necesitaba entrar. Habían lanzado el veneno por encima de los muros, y ahora solo tenían que esperar a que el Colmillo muriera por su propia mano.

—Nadie sale del fuerte —sentenció la Dama, recuperando parte de su autoridad, aunque su voz seguía temblando—. Iniciaremos un registro. Nadie es inmune a la sospecha.

Einar la miró por última vez antes de salir de la sala, su capa ondeando como un presagio de tormenta.

—Empieza por ti misma, Nereida. Porque si descubro que tu ambición fue la que abrió la puerta, no habrá máscara en este mundo que te proteja de lo que te voy a hacer.

Salimos de la sala uno a uno, pero ya no caminábamos en sintonía. La desconfianza era un muro invisible que nos separaba, y en el silencio del pasillo, el sonido de nuestras propias botas parecía el eco de los tambores de guerra de la Inquisición, acercándose cada vez más.

(Einar)

Salí de esa maldita sala de mapas con la furia todavía ardiendo en las venas como un hierro al rojo vivo. El aire del pasillo era espeso, cargado con el hedor a traición que se filtraba desde las cruces del exterior. Detrás de mí, los pasos de los demás resonaban como un eco irregular: Valka con su pisada felina, Ulm con el trueno de sus botas, Aeris ligera como un ratón asustado, Aelnora firme como un yunque, y Raven con esa cadencia silenciosa que siempre me recordaba a una serpiente deslizándose por la hierba muerta. Nadie hablaba. Nadie necesitaba hacerlo. El silencio era una herida abierta que todos compartíamos.

El primero en romperlo fue el mago de sangre, deteniéndose en el umbral de una bifurcación del pasillo. Su hombro aún sangraba un poco bajo el vendaje improvisado, pero su voz salió firme, sin un atisbo de debilidad.

—Druida, yo no sabía que seríamos carnada —dijo, mirándome directamente a los ojos con esa intensidad oscura que parecía leer el pulso de mi ira—. No lo hubiera permitido. No así.

Le sostuve la mirada un segundo, evaluando la verdad en sus palabras. Raven no era de los que mentían por deporte; su lealtad era un filo doble, pero siempre cortaba limpio.

—Te creo —respondí, y lo dije en serio. El elfo oscuro había peleado a mi lado en ese infierno de huesos, sangrando su propia vida para mantenernos enteros.

Raven asintió, una sonrisa torcida asomando bajo su capucha, más una mueca de cansancio que de alegría.

—Me gustaría creer que soy parte de este grupo, pero mi lugar es mi laboratorio. Si me disculpan…

Aelnora dio un paso adelante, su mano extendiéndose como si pudiera retenerlo con un gesto.

—No tienes que irte…

Aeris, todavía pálida por el polvo de los muertos, añadió con una voz que intentaba sonar firme:

—Eres uno de nosotros.

Asentí, cruzando los brazos sobre el pecho para contener el nudo que se formaba en mi garganta.

—Eres uno de nosotros —confirmé—. Pero entiendo si necesitas buscar tu paz. Como dije, tu fe en la Dama es enorme, y hoy fue puesta a prueba.

—Gracias, Einar. De verdad —murmuró él, y por un instante vi un destello de algo humano en esos ojos negros. Dio media vuelta y se alejó por el pasillo lateral, su capa arrastrando sombras que parecían más largas de lo normal. Lo vi desaparecer, preguntándome si su laboratorio sería un refugio o solo otro sótano lleno de secretos.

Valka rompió el momento con un golpe seco en mi pecho, lo suficientemente fuerte para sacarme el aire. Su sonrisa era salvaje.

—Voy a buscar la taberna del pueblo…

—¿Necesitas beber? —pregunté, frotándome el pecho con una media sonrisa.

—No, druida —replicó ella, su voz ronca con esa hambre cruda que conocía bien—. Necesito coger.

Ulm soltó una carcajada profunda, un trueno que retumbó en las paredes de piedra.

—Pobre del tipo al que pretendas montar esta noche.

Valka ladeó la cabeza, riendo con esa malicia que la hacía tan peligrosa como atractiva.

—¿Tipo? Serán al menos tres. Después de la última bestia que me hizo suya… —dijo, clavándome una mirada que ardía como brasas, recordándome cada arañazo y mordida en la nieve derretida—. Necesito emociones fuertes para sentir algo.

Se giró sobre sus talones y se alejó con ese balanceo de caderas que era mitad invitación, mitad advertencia. La vi marchar, sintiendo un eco de ese calor en mis venas, pero no la seguí. No esta noche.

Aeris jaló el brazo masivo de Ulm, obligándolo a agacharse con una urgencia que no encajaba en su tamaño diminuto. Le susurró algo al oído, palabras que no alcancé a oír, pero que hicieron que el rostro del gigante se tiñera de rojo como el hierro al fuego. Ulm balbuceó algo ininteligible, una disculpa torpe que no convencía a nadie, y ambos se retiraron por el pasillo opuesto, Aeris tirando de él como si fuera un niño gigante.

—¿Qué fue eso? —pregunté, arqueando una ceja hacia Aelnora.

Ella rió suavemente, un sonido que cortaba el aire pesado como un rayo de sol en la niebla.

—La pequeña artífice también quiere… desestresarse.

Solté una risa genuina, la primera en lo que parecía una eternidad.

—A veces olvido que tus orejas puntiagudas no son solo un adorno, grandulona.

Aelnora rió conmigo, cruzando los brazos bajo su pecho con esa postura desafiante que siempre me recordaba por qué la había arrastrado de la nieve en primer lugar.

—Yo escucho, tú hueles. Hacemos buen equipo, ¿recuerdas?

—Sí, Aelnora —respondí, sintiendo cómo el peso en mi pecho se aliviaba un poco—. Somos un muy buen equipo.

Su voz se apagó un poco, como si el cansancio finalmente la alcanzara.

—¿Tú qué harás, druida?

—Iré a darme un baño —murmuré, mirando mis manos cubiertas de polvo blanco y sangre seca—. Después… pensar, supongo. Beber. No lo sé.

—Vamos —dijo ella, empezando a caminar a mi lado—. Los baños suenan a una buena idea cuando estás cubierta de hueso.

Caminamos juntos por los pasillos del Colmillo, el eco de nuestros pasos sincronizándose en un ritmo que era casi reconfortante. En la entrada de los baños comunales, nos detuvimos. La puerta de los hombres y la de las mujeres se miraban como guardianes silenciosos. La miré, notando cómo el polvo de hueso se adhería a su piel como una segunda armadura.

—Aun en silencio, tu compañía siempre es grata, grandulona —dije, y entré al baño de hombres sin mirar atrás.

Me quité la ropa con movimientos mecánicos, dejando que las piezas cayeran al suelo como piel muerta. El agua de la enorme tina de piedra estaba caliente, vaporosa, un lujo que el Colmillo se permitía gracias a las venas geotérmicas de la montaña. Me sumergí hasta el cuello, sintiendo cómo el calor disolvía el polvo de los muertos y el cansancio de los vivos. Cerré los ojos, dejando que el agua me arrullara en un olvido temporal.

Momentos después, oí el chasquido de las puertas principales cerrándose, un sonido que resonó en el silencio. Abrí los ojos y allí estaba ella: Aelnora, entrando al baño de hombres como si el mundo entero le perteneciera.

No dije nada. Solo la miré, hipnotizado por cómo se desnudaba lentamente, deshaciéndose de su armadura y túnica con una deliberación que era mitad ritual, mitad provocación. Su cuerpo emergió como una estatua forjada en hierro y músculo, cicatrices blancas cruzando su piel como mapas de batallas olvidadas. Entró al agua conmigo, el vapor elevándose alrededor de sus curvas como una niebla de guerra.

Tomó una esponja del borde de la tina y me la tendió, su voz suave pero firme.

—¿Me tallas la espalda? No alcanzo el polvo de hueso que quedó ahí yo sola.

Tomé la esponja y me acerqué, tallando su espalda con cuidado, sintiendo la textura de su piel bajo mis dedos: dura como el cuero curtido, pero cálida, viva. Pasé por cada músculo, borrando el polvo blanco hasta que solo quedó el brillo del agua. Cuando terminé, le di la esponja y me volteé. Ella me devolvió el favor, sus manos firmes pero precisas, lavando la ceniza de mi espalda como si estuviera borrando los pecados del día.

Cuando acabó, me volteé. Nos miramos de frente, el agua lamiendo nuestros cuerpos como un secreto compartido. Mis ojos bajaron por instinto, demorándose en sus senos, pesados y perfectos, marcados por el rigor de la guerra.

Ella rió, un sonido gutural y juguetón.

—Druida mañoso… siempre buscando donde no te llaman.

Reí con ella, sintiendo el calor subir no solo del agua.

—Grandulona molesta. Solo has entrado aquí para provocarme, y lo sabes.

Ambos reímos, el sonido rebotando en las paredes de piedra como un eco de algo vivo en medio de la muerte.

— —No quiero provocarte, Einar —dijo ella, su voz bajando a un susurro que me erizó el vello de la nuca—. Lo que quiero es recordar por qué estamos luchando… y…

..

La interrumpí con un beso, capturando sus labios con una urgencia que borraba todo lo demás: la traición, las cruces, el polvo de huesos. Sus manos subieron a mi nuca, jalándome más cerca, sus uñas clavándose en mi piel como anclas en una tormenta. Respondí con la misma fiereza, mis dedos recorriendo su espalda hasta llegar a sus caderas, levantándola en el agua para que sus piernas se envolvieran alrededor de mí. El vapor nos envolvía, convirtiendo el baño en un mundo privado de calor y deseo.

Entré en ella despacio al principio, sintiendo cómo su calor me envolvía como un guante forjado a medida, pero la lentitud duró lo que un suspiro. Aelnora empujó hacia abajo con la fuerza de una clériga de guerra, reclamando cada centímetro como si fuera una batalla que no pensaba perder. Gruñí contra su cuello, mordiendo la piel allí donde el pulso latía como un tambor de guerra, dejando marcas rojas que se hinchaban al instante. Ella respondió con un gemido ronco, sus uñas arañando mi espalda en surcos que ardían como fuego, marcándome como suyo en ese momento de caos compartido.

Nos movimos con un ritmo brutal, el agua salpicando las piedras como sangre en la nieve. La besé de nuevo, más profundo, nuestras lenguas chocando en una danza cruda que no tenía nada de romántica: era necesidad pura, un desahogo de la rabia y el miedo que nos carcomía. La embestí con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se tensaba alrededor del mío, sus músculos contrayéndose en espasmos que me arrancaban gruñidos guturales. Ella jaló mi cabello, obligándome a mirarla a los ojos mientras empujaba hacia abajo, sus caderas chocando contra las mías en un golpeteo húmedo que resonaba en el vapor.

—Cabrón… —gruñó ella, mordiendo mi labio hasta sacar sangre, el sabor metálico mezclándose con el beso.

—Esto es lo que querías grandulona… —respondí, dándole una nalgada bajo el agua que reverberó en su carne, haciendo que arqueara la espalda y me clavara las uñas más profundo.

Cambiamos posiciones sin palabras: la puse contra el borde de la tina, su espalda arqueada sobre la piedra fría, y entré de nuevo, más profundo, más rápido. Sus senos se movían con cada embestida, el agua lamiéndolos como un amante invisible. La tomé por las caderas, clavando los dedos en su carne musculosa, y empujé con toda la furia acumulada: por Nereida, por la traición, por los muertos que nos acechaban. Aelnora gritó, no de dolor, sino de liberación, sus manos aferradas a la piedra con tal presión que temí que la rompiera.

Culminamos en un clímax violento…Colapsamos en el agua, exhaustos, respiraciones agitadas rompiendo el silencio. No hubo abrazos dulces, solo el peso de su cabeza en mi hombro y mis manos en sus caderas, anclándonos en ese momento efímero de paz carnal.

El agua se calmó alrededor nuestro, pero el mundo afuera seguía siendo un infierno de sombras. Por ahora, eso bastaba.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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