Hierro y Sangre - Capítulo 98
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Capítulo 98: Capítulo 98: Desde siempre y para siempre
(Narra Aelnora)
Salimos de los baños envueltos en una bruma de vapor que se disipaba rápidamente al contacto con el aire gélido de los pasillos del bastión. El Colmillo, en su inquietante silencio nocturno, se sentía como una entidad viva que nos observaba desde las sombras de las cornisas, pero en ese momento, el mundo exterior había dejado de tener jurisdicción sobre mis sentidos. Caminamos por los corredores laterales, evitando las antorchas principales, buscando instintivamente la penumbra. Mis pies, descalzos sobre la piedra fría, me recordaban que seguía viva, que el polvo de los muertos de Anarath finalmente se había ido por el desagüe.
Encontramos una habitación vacía en el ala oeste, un cuarto que probablemente se usaba para invitados de bajo rango o suministros olvidados. No necesitaba lujos, ni estandartes de seda, ni chimeneas rugientes; solo necesitaba cuatro paredes de roca sólida que mantuvieran la traición de la Dama y la paranoia de Círdan fuera de nuestro alcance. Al cerrar la puerta tras de nosotros, el chasquido del cerrojo de hierro resonó con una finalidad absoluta. Era la única victoria real que habíamos cosechado en todo el día: un espacio donde nadie podía exigirnos ser héroes o verdugos.
El calor de los baños seguía pegado a mi piel, una pulsación eléctrica que corría por mis extremidades y se concentraba en mi vientre. La cama frente a nosotros era apenas un jergón sencillo cubierto con gruesas pieles de lobo y mantas de lana áspera, pero para mí, en ese instante, parecía el trono de un reino que solo nosotros dos habitábamos.
Me desprendí de la túnica ligera que me había puesto tras el baño con un movimiento lento, dejando que la prenda cayera al suelo en un susurro de tela. Me quedé allí, desnuda bajo la luz mortecina de una sola vela que agonizaba en un rincón de la estancia, proyectando sombras alargadas que hacían que mis cicatrices parecieran grabados antiguos sobre mármol. Mi cuerpo, forjado en la disciplina de la clerecía y curtido en el barro de cien escaramuzas, se sentía extrañamente ligero, despojado del peso del metal y de la culpa.
La provocación tuvo el efecto de un incendio instantáneo. Sentí sus manos, calientes y callosas, rodeando mi cintura desde atrás. Sus palmas se deslizaron hacia abajo, posándose en mi trasero con una firmeza que me hizo soltar un suspiro entrecortado. Su pecho chocó contra mi espalda, y pude sentir la vibración de su respiración agitada, el calor de su piel buscando la mía como si fuera un imán.
—Tómame, Einar… —susurré, girándome entre sus brazos para atrapar su mirada gris a través de máscara de hueso—. Hazme tuya una vez más, pero hazlo de verdad. Que no quede un solo rincón de mi mente donde la Inquisición pueda esconderse esta noche.
Einar no respondió con palabras, pero la forma en que me estrechó contra él fue más elocuente que cualquier plegaria. Me llevó hacia la cama con una delicadeza que me desarmó; sus manos recorrieron mis costados no como un guerrero que reclama un botín, sino como alguien que está redescubriendo un santuario que creía perdido para siempre. Me recostó sobre las pieles de lobo, cuyo aroma a almizcle y frío se mezcló con el olor a jabón y piel limpia que emanaba de nosotros.
Se situó sobre mí, su máscara de hueso todavía puesta, convirtiéndose en el único recordatorio del hombre que se negaba a mostrarse por completo al mundo, pero que en esa cama estaba más expuesto que nunca.
—Aelnora… —murmuró mi nombre, y el sonido fue una caricia ronca que me erizó el vello de la nuca.
Entonces, Einar se detuvo. Llevó una mano a su rostro y, con un movimiento lento y solemne, se despojó de la máscara, dejándola caer al piso a un lado de la cama.
Me quedé paralizada, con la respiración contenida. La luz de la vela bailaba sobre la piel curtida y las cicatrices que la Inquisición le había dejado como marca de fuego. Estaba asombrada, conmovida por la cruda honestidad de su desnudez.
Extendí mi mano, con los dedos temblando levemente, buscando acariciar esa piel quemada, para borrar con mis yemas el dolor que aún parecía vibrar en ella.
Einar se alejó apenas un centímetro, un acto reflejo de su instinto de protección, y cerró los ojos, apretando la mandíbula. Pero fue solo un instante. Soltó un suspiro largo y tembloroso, y volvió a acercarse, aceptando mi tacto. Sus cicatrices estaban calientes bajo mis dedos, una textura irregular que me contaba la historia de su sufrimiento.
Bajó la cabeza, permitiéndome explorar su rostro, antes de que sus labios bajaran por mi cuello, deteniéndose en la base de mi garganta donde el pulso latía desbocado…
Bajó hacia mis hombros, besando cada marca, cada cicatriz de flecha o de filo que el tiempo había suavizado pero que la memoria aún guardaba. No hubo la rudeza animal de los baños, ni esa necesidad frenética de descargar la rabia de la batalla. Sus labios continuaron su descenso, lentos y devotos, hasta encontrar mis pechos. Se demoró allí, recorriendo su contorno con besos suaves, casi reverentes, que hacían que mis pulmones se olvidaran de respirar. Sentí la calidez de su boca rodeando cada uno de mis pezones, despertando una corriente eléctrica que bajaba directamente hasta mi vientre, mientras sus manos me sostenían con una firmeza que prometía no soltarme jamás.
Era un reconocimiento lento, un ritual de consuelo donde cada caricia intentaba borrar el rastro del polvo de huesos que nos había cubierto en las catacumbas.
Sus manos bajaron por mis muslos, separándolos con una suavidad que me hizo temblar. Cuando entró en mí, cerré los ojos y solté un suspiro largo, profundo, un sonido de pura liberación. No fue un choque, fue una integración. Era como si el mecanismo de mi alma, que había estado chirriando por la tensión y el horror, finalmente encontrara el aceite y el engranaje perfecto para volver a girar en armonía.
Hicimos el amor con una lentitud que resultaba casi dolorosa, saboreando cada segundo como si fuera el último grano de arena en un reloj que el enemigo estaba a punto de romper. Cada embestida era una caricia interna, una promesa silenciosa de protección. Sus dedos se entrelazaron con los míos, apretándolos contra las mantas de piel, mientras su peso me anclaba a la realidad, recordándome que no era una clériga caída ni una pieza en el tablero de Nereida, sino una mujer de carne, hueso y deseo.
—No te vayas, Einar —le pedí en un susurro apenas audible, rodeando su cuello con mis brazos, sintiendo la dureza de sus músculos tensarse bajo mi tacto—. Quédate aquí conmigo, donde el Sol no pueda encontrarnos.
Él hundió el rostro en el hueco de mi hombro, y por un momento, sentí que la rigidez de su postura se desmoronaba. Se movió conmigo, siguiendo el ritmo pausado de mi respiración, elevándome hacia un clímax que no fue una explosión violenta, sino un amanecer lento que iluminó cada rincón oscuro de mi conciencia. Sentí cómo el calor se extendía desde mi centro hacia afuera, una ola de paz física que me hizo arquear la espalda y buscar sus labios con una desesperación dulce.
Cuando el espasmo final nos alcanzó, no hubo gritos de guerra ni maldiciones. Solo hubo el sonido de dos personas aferrándose la una a la otra en medio de una tormenta que no podíamos detener, pero que por un momento habíamos logrado ignorar.
Nos quedamos allí, con los cuerpos entrelazados, la vela ya consumida dejando la habitación en una penumbra azulada por la luna que se filtraba por la pequeña aspillera de la pared. El agotamiento, ese peso insoportable que habíamos arrastrado desde el Templo de Anarath, finalmente reclamó su tributo. Sentía el sudor enfriándose en mi piel y el peso reconfortante de Einar sobre mí, antes de que se dejara caer a mi lado.
Él se acomodó, envolviéndome en sus brazos desde atrás. Su pecho firme contra mi espalda era la muralla más segura que jamás había conocido. Mis manos buscaron las suyas sobre mi vientre, entrelazando nuestros dedos una vez más. Podía sentir el latido de su corazón, ya más calmado, rítmico, una canción de cuna que me invitaba al olvido.
El silencio se volvió profundo, interrumpido solo por el siseo del viento invernal que golpeaba la roca del bastión. Estábamos rendidos, los músculos finalmente relajados, flotando en esa frontera brumosa entre el acto y el sueño. Entonces, lo sentí exhalar con suavidad contra mi oreja, y un murmullo, apenas más fuerte que una respiración, escapó de sus labios.
—Te amo, grandulona —susurró él, tan bajo que por un instante pensé que el viento lo había inventado.
Me quedé paralizada, con los ojos bien abiertos en la oscuridad, sintiendo cómo esas palabras se tatuaban en mi alma. Giré ligeramente la cabeza, buscando su rostro, su aliento acariciando mi mejilla.
—Escuché eso, druida… —dije con la voz quebrada por una emoción que no pude contener—. ¿De verdad es lo que sientes?
Einar guardó silencio un segundo, un silencio que pesó más que todas las batallas que habíamos librado. Sentí que se apretaba más contra mí, ocultando su rostro en la curva de mi cuello, como si confesarlo fuera el acto de valentía más difícil de su vida. Soltó un suspiro largo y tembloroso antes de responder.
—Te amo Aelnora, desde siempre… y para siempre.
No hubo necesidad de decir más. Sus manos me apretaron contra él, anclándome a su existencia de una forma que ningún juramento religioso podría igualar. Me dejé ir, cerrando los ojos con una sonrisa que solo él podía provocar. Caímos rendidos finalmente, pasando la noche abrazados sobre las pieles de lobo. Fue un sueño profundo, sin esqueletos ni traidores. Por unas horas robadas al destino, el Colmillo no fue una fortaleza bajo asedio, sino el hogar que nunca nos permitieron tener. El calor de su cuerpo y la verdad de sus palabras fueron el único escudo que necesité para enfrentar la oscuridad que, inevitablemente, volvería a reclamarnos al salir el sol.
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