Hierro y Sangre - Capítulo 99
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Capítulo 99: Capítulo 99: Lazos de Ceniza
(Narra Einar)
El frío de la mañana se colaba por las aspilleras del bastión como dedos de hielo, pero la verdadera helada estaba dentro de la sala de mapas. Había dejado a Aelnora dormida, envuelta en las pieles de lobo y en la promesa que nos habíamos hecho entre susurros, pero el calor de su piel todavía parecía quemar en mis dedos. Al cruzar el umbral del salón central, el contraste me golpeó: la soledad de la Dama de Hierro, de pie frente a los mapas que ayer mismo habían sido el escenario de nuestra furia.
—¿Por qué pediste una audiencia privada, Dama de Hierro? —pregunté, mi voz sonando ronca y cargada de una sospecha que no pensaba disimular—. ¿Qué tienes que decir que no quieres que ni mi gente, ni tu preciado Filo escuchen? ¿Otro “riesgo calculado” que prefieres mantener en las sombras?
La Dama se mantuvo de espaldas un momento, sus hombros tensos bajo la capa pesada. El silencio en la sala era absoluto, roto solo por el chisporroteo de una chimenea que se negaba a morir. Entonces, en un movimiento que no esperaba, sus manos subieron a su cuello y soltaron el cierre de la máscara. El metal golpeó la mesa con un eco seco y sordo. Nereida se giró hacia mí, mostrando su rostro a la luz cruda del alba, con los ojos cansados y una expresión que no tenía nada de la soberbia que solía proyectar.
—Quiero disculparme, Einar —dijo, y su voz, sin el filtro metálico, sonaba vulnerable, casi quebradiza—. Debí ser honesta desde el principio. Creí que con el Filo cerca, su seguridad… era un riesgo que valdría la pena correr para eliminar a ese sacerdote. No sabía que Ariadne estaría allí… no había vuelto a escuchar ese nombre desde que Círdan y yo la matamos hace años.
Me crucé de brazos, sintiendo cómo la mención de esa mujer me revolvía el estómago. El recuerdo del polvo de huesos y la risa magenta de la bruja todavía estaba demasiado fresco.
—Bienvenida al club —respondí con una amargura que cortaba el aire—. No sé cuántas veces más tendremos que matar a esa maldita bruja para que se quede muerta de una vez por todas. En el templo le destrozaron el cráneo contra un muro, Nereida. Vi sus sesos, vi su sangre… y diez minutos después estaba allí abajo, levantando a un ejército de huesos contra nosotros.
Nereida bajó la mirada hacia los mapas, sus dedos recorriendo las líneas de las fronteras como si buscara una salida que no existía.
—No es posible matarla por medios convencionales, Einar. Círdan me lo explicó hace tiempo. Ella tiene un pacto con un demonio de las sombras, un ser llamado Aztherath. Es ese vínculo lo que le otorga su poder y su persistencia; su alma no pertenece a este plano. La única forma de acabar con ella definitivamente es obligándola a romper ese pacto, pero no sabemos cuál es el precio, ni las condiciones… Luchamos a ciegas contra un monstruo que juega con reglas que no comprendemos.
—Disculpa aceptada —dije, aunque las palabras me supieron a ceniza—. Ahora, si me disculpas, debo volver con Aelnora. Tenemos mucho que preparar si queremos salir vivos de la próxima emboscada que nos tengan preparada.
Me di la vuelta para marcharme, pero su voz me detuvo antes de que pudiera alcanzar el pomo de la puerta.
—Einar —me llamó, y hubo una pausa cargada de una curiosidad que me hizo tensar la mandíbula—. ¿Qué hay exactamente entre esa clériga y tú?
Me giré lentamente, clavando mis ojos en los suyos. No había miedo en mí, solo una claridad que no había sentido en diez años.
—Lo único que había entre Aelnora y yo era mi propia estupidez, Nereida —respondí, y sentí cómo el peso de mi pasado finalmente se desprendía de mis hombros—. Ahora no hay nada más entre nosotros. Nada se interpone. Ni la estupidez, ni el miedo, ni esta maldita guerra que parece no tener fin. Así que planeo estar con ella por el resto de mis días, si es que los dioses o el destino nos permiten tener alguno.
Vi una chispa de algo parecido a la tristeza, o quizás a la envidia, cruzar el rostro de Nereida antes de que una sonrisa triste curvara sus labios.
—Me alegra, Einar. De verdad me alegra mucho saber que encontraste a alguien a quien amar en medio de este desastre —murmuró, y por un segundo volví a ver a la mujer que alguna vez conocí antes de las llamas—. No volveré a ponerlos en riesgos innecesarios, te doy mi palabra. Pero no olvides que en la guerra no todos sobreviven. Te necesito concentrado, más que nunca, en ese futuro que anhelas para ustedes dos.
Se aclaró la garganta, recuperando su postura de mando mientras volvía a mirar el mapa, señalando un punto insignificante hacia el norte.
—Hoy mismo, si así lo desean, tú y tu gente pueden partir a otra misión, ustedes y solo ustedes están libres de sospecha. Esta misión no tiene que ver con la fuerza bruta, sino con la búsqueda de la verdad.
—¿Otra atalaya? ¿Otro templo lleno de esqueletos? —pregunté con sarcasmo.
—No, druida. Esta vez es un pueblito de mierda, un lugar olvidado por las rutas comerciales llamado Sombra del Cuervo. Es el lugar donde nació Ariadne. Quizás allí, entre las ruinas de su pasado, encuentren alguna pista sobre la naturaleza de ese pacto. Si queremos matarla, tenemos que saber qué es lo que la mantiene atada a este mundo.
Fruncí el ceño, mi instinto de cazador poniéndose alerta. —¿Cómo mierda sabes en dónde nació la puta que no se muere? —pregunté, dando un paso hacia la mesa—. Si son inteligentes y parece que así es, esa información no debería estar en los registros de la Inquisición, ni en los mapas del Imperio.
Nereida bajó la mirada, evitando mi escrutinio. El silencio se prolongó más de lo debido, y sentí cómo la desconfianza volvía a brotar en mi pecho.
—Recuerda lo que te dije, Nereida —advertí, mi voz volviéndose peligrosa—. No aceptaré más misiones si no tengo la información completa. No más secretos entre nosotros.
Ella suspiró, y por primera vez en años, escuché mi nombre real en sus labios, sin el peso del rango ni la máscara.
—Aún no me acostumbro a volver a escuchar mi nombre en tu voz, Einar… Pero tienes razón. Te lo diré, aunque sé que esto no te gustará. Ella… Ariadne… creció en el mismo orfanato que Círdan.
Me quedé petrificado. La imagen del Filo, con sus guadañas de ébano y marfil, se superpuso a la de la bruja de ojos magenta.
—Fueron amigos en la infancia —continuó Nereida, su voz apenas un susurro—. Crecieron juntos bajo la misma disciplina severa antes de que sus dones se manifestaran. Evidentemente, han tomado caminos muy diferentes, pero Círdan conoce el origen de su oscuridad mejor que nadie. Él no te lo diría porque para él es una mancha en su honor, pero es la razón por la que ella lo odia tanto como lo desea ver caer.
Me di la vuelta y salí de la sala sin decir una palabra. Mi mente era un torbellino de piezas que empezaban a encajar de la peor manera posible. Círdan y Ariadne. El cazador y la presa unidos por un pasado de orfandad y sombras. Ahora entendía por qué el Filo no nos había contado todo: no era solo por estrategia, era por una deuda de sangre que se remontaba a antes de que cualquiera de nosotros empuñara un arma.
El viaje a Sombra del Cuervo no iba a ser una simple búsqueda de pistas; iba a ser un descenso a la infancia del hombre que nos lideraba, y algo me decía que lo que encontraríamos allí nos haría desear haber muerto en el templo.
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