Leer Novelas
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
Avanzado
Iniciar sesión Registrarse
  • Completado
  • Top
    • 👁️ Top Más Vistas
    • ⭐ Top Valoradas
    • 🆕 Top Nuevas
    • 📈 Top en Tendencia
  • Configuración de usuario
Iniciar sesión Registrarse
Anterior
Siguiente

high school dxd: Sombras de un dios errante - Capítulo 3

  1. Inicio
  2. Todas las novelas
  3. high school dxd: Sombras de un dios errante
  4. Capítulo 3 - 3 Capítulo 2 usurpador
Anterior
Siguiente
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo

3: Capítulo 2: usurpador.

3: Capítulo 2: usurpador.

*Perspectiva de Damián/Issei* “No… ¡fuera!

¡No debió ser así!” Cientos de susurros retumbaban en mi mente, fragmentados, distorsionados… como un eco rebotando eternamente dentro de un abismo.

Lentamente, comencé a despertar.

Mis párpados se alzaban y caían con pesadez, como si el simple acto de abrir los ojos fuese una condena impuesta desde afuera.

Los colores eran borrosos, las formas imprecisas.

Todo se sentía falso.

Ajeno.

Intenté ignorar las voces—esas malditas voces—y centrarme en el entorno.

La habitación era cálida.

Demasiado tranquila.

Como si intentara obligarme a bajar la guardia.

“Qué pequeño tan inteligente… dime, Issei, ¿tienes hambre?

Ven, mami te dará de comer.” Otra vez esa voz.

Dulce.

Suave.

Desesperadamente maternal.

La misma que escuché al llegar a este cuerpo, esta prisión de carne diminuta.

Un galimatías incomprensible salió de sus labios.

Palabras irreconocibles, sonidos que no tenían forma.

Pero una palabra sí caló en mi conciencia como una aguja: “Issei”.

Ese nombre… lo había oído antes.

En algún momento.

En otra vida.

Tal vez.

“Ven, hijo.” Más sonidos.

Más intentos de comunicación fallidos.

Sentí sus manos manipulándome como si fuese una marioneta rota.

Me alzó, me acercó a su pecho sin el menor recato, como si fuera lo más natural del mundo.

No entendía el idioma, pero sí entendía la intención.

Abrí los ojos con frustración.

Cerré los puños… aunque no podía controlar mis movimientos todavía.

Era una burla.

Una parodia cruel del destino.

“¿Un adulto reducido a esto?

¿Un asesino, obligado a beber de un pecho como si jamás hubiese comido?” No tenía hambre.

Tenía rabia.

Ira contenida.

Humillación hirviendo dentro de mí.

Pero mis pensamientos no bastaban para detener lo inevitable.

La mujer frotaba su pecho contra mis labios.

Paciente.

Insistente.

Y entonces, las voces volvieron.

No gritaban.

Susurraban.

Como cuchillas deslizándose lentamente por el interior de mi cráneo.

“¿Qué harás, niño?

Déjanos ir… déjate ir…” No.

No eran sueños.

Ni locura.

No era esquizofrenia, como por un momento llegué a creer.

No era un efecto secundario de la reencarnación.

No… eran reales.

Estaban dentro de mí.

No eran voces vacías, ni pensamientos residuales.

Eran algo más.

Presencias.

Conciencias atrapadas.

Partes rotas de algo más grande.

Algo que yo no entendía aún… pero que sentía respirar dentro de mi alma.

Y ese conocimiento me rompía lentamente desde dentro.

Aun así, cedí.

Por simple instinto de supervivencia, por no tener otra opción, comencé a succionar aquel pecho que se me ofrecía con tanta insistencia.

Cerré los ojos.

Ignoré los pensamientos.

Apagué el orgullo.

Guardé la ira en lo más profundo de mí.

Porque, al final del día… un hombre puede perder su cuerpo, su nombre, su historia… Pero jamás debe perder su voluntad.

Los días transcurrían lentos.

Demasiado lentos.

El tiempo parecía haberse congelado en un ciclo eterno de llanto, arrullos y manos extrañas sosteniéndome.

No podía moverme bien.

No podía hablar.

Pero pensaba.

Observaba.

Y, sobre todo, escuchaba.

Ellos—mis padres, según este mundo—reían conmigo.

Me hablaban con ternura.

Me cantaban canciones que no comprendía.

Acariciaban mi cabeza como si no tuvieran idea de lo que había dentro de ella.

“Esto es amor…” O lo que el amor se supone que debe ser.

Una parte de mí… una muy profunda, casi olvidada, deseaba aceptarlo.

Pero no era tan simple.

Nada lo era.

Porque cuando llegaba la noche, cuando todo quedaba en silencio… ellos volvían.

Las voces.

Susurros arrastrados, eternos.

Algunos gritaban.

Otros lloraban.

Y unos pocos… simplemente observaban.

No me hablaban a mí.

Pero tampoco se iban.

Estaban allí.

Siempre.

Dentro.

Y yo… yo solo podía escucharlos.

Porque no tenía más opción.

Los días pasaban.

Lentos.

Pegajosos.

Como si el mundo quisiera asegurarse de que cada minuto de mi condena se sintiera eterno.

No tenía poder sobre mi cuerpo.

Mis manos no respondían.

Mis piernas eran inútiles.

Pero mi mente… mi mente estaba despierta.

Afilada.

Incómodamente lúcida.

No había silencio.

Jamás lo había.

Las voces seguían allí.

Algunas gritaban palabras que no entendía.

Otras susurraban en un idioma que apenas recordaba.

Pero estaban vivas… aunque no tuvieran cuerpos.

No eran parte de mí, pero tampoco estaban separadas.

Sentía su existencia como sombras proyectadas por mi alma.

Y sin embargo, había algo más inquietante que ellas.

El amor.

No el amor idealizado de los cuentos.

No el amor condicionado de los campos de batalla, donde salvar la vida de alguien era una inversión a futuro.

No.

Esto era otra cosa.

Una madre… abrazando a su hijo sin esperar nada a cambio.

La mujer—mi madre, en esta vida—no me dejaba solo.

Me cargaba constantemente.

Me hablaba, me sonreía, me arrullaba.

En las noches, dormía conmigo en el pecho.

Me cubría como si fuera el único tesoro que le importara.

¿Era real?

¿O era solo una ilusión que el destino me arrojaba en la cara como una burla?

A veces me encontraba observándola con atención, intentando descifrarla.

Su sonrisa, sus ojos, sus gestos.

No había mentira en ellos.

No había cálculo.

Solo… calidez.

“¿Cómo puede alguien querer tanto a un ser que apenas respira por sí solo?” No lo entendía.

No aún.

Pero empecé a aprender.

Con el tiempo, algo dentro de mí cambió.

Dejó de resistirse tanto.

Las canciones que cantaba, los cuentos que leía, los murmullos que repetía mientras me mecían… todos traían palabras nuevas, sonidos que comencé a conectar lentamente con el inglés que conocía.

Español… japonés… tal vez otro dialecto que se me escapa… No lo sabía, pero tenía todo el tiempo del mundo para averiguarlo.

En mi vida anterior, cada segundo era una cuenta regresiva.

Misión tras misión.

Decisiones rápidas.

Opciones limitadas.

Siempre cargando armas.

Siempre desconfiando.

Siempre… solo.

Ahora no tenía armas.

Ni libertad.

Ni nombre propio.

Pero sí tenía algo que jamás se me ofreció antes: una opción.

Permanecer o huir.

Aceptar o rechazar.

Ser amado… o negarlo todo.

La decisión estaba ahí, invisible pero real.

Aunque todavía no sabía si lo merecía.

Porque en el fondo… esa voz, esa parte cruel de mí mismo, siempre susurraba la misma duda: “¿Y si tú no debías estar aquí?” “¿Y si el verdadero Issei ya no existe porque tú lo mataste… o lo desplazaste?” Tal vez… fui su final.

Tal vez… lo reemplacé como un parásito.

¿Y si esta mujer que me abraza con tanto amor… está amando a alguien que ya no existe?

No podía saberlo.

No todavía.

Pero esa duda me pesaba como una piedra atada al alma.

Una tarde cualquiera, mientras ella me cantaba una melodía que ya casi podía traducir, mi mente se silenció por unos segundos.

Las voces dentro de mí también se apagaron.

Y por primera vez, en toda esta nueva vida, no pensé como mercenario.

No pensé como sombra.

Ni siquiera como monstruo.

Pensé como niño.

“¿Y si me quedo?” Solo ese pensamiento.

Pequeño.

Inocente.

Humano.

¿Y si me quedo… esta vez?

El tiempo siguió arrastrándose, día tras día, envuelto en una rutina cálida, casi irreal.

Comenzaba a reconocer olores.

El perfume suave que siempre llevaba mi madre, una mezcla de vainilla y algo floral que no lograba identificar.

El jabón con el que lavaba sus manos.

El aroma dulzón de las mantas recién dobladas.

No tenía libertad, pero tampoco tenía frío.

No tenía voz, pero tampoco tenía órdenes que seguir.

No tenía futuro, pero… por primera vez, tampoco tenía prisa.

Algunas tardes, me dejaba recostar en una especie de colchoneta junto a una ventana.

Veía pasar nubes, escuchaba los sonidos del mundo.

El canto de pájaros.

El ruido de lo que parecía un televisor.

Pasos en la distancia, siempre suaves, como si todos supieran que alguien dormía.

Mis ojos, aunque aún torpes, comenzaban a enfocar mejor.

Las luces no dolían tanto.

Los colores dejaban de parecer manchas.

Y cuando mi madre sonreía, algo dentro de mí respondía.

No era amor.

No todavía.

Pero sí una chispa.

Una punzada tibia que nacía en mi pecho, lenta y silenciosa.

Las voces internas no se habían ido.

Algunas se burlaban.

Otras me aconsejaban.

Y una… una sola, más profunda que todas, siempre aparecía en las noches.

“No eres él.” “Ese cuerpo no era tuyo.” “Lo arrebataste.” No importaba cuánto calor sintiera durante el día.

Esa voz siempre encontraba una rendija por la cual colarse y envenenar la calma que tanto esfuerzo me costaba mantener.

Me decía que era un ladrón.

Un bastardo sin derecho a sentir.

Me repetía que, por mucho que intentara aferrarme a esta paz, jamás sería mía.

“No te aman a ti.

Aman al que ya no está.” Y lo peor… Es que parte de mí lo creía.

Pero entonces, al día siguiente, sucedía algo pequeño.

Una caricia en la mejilla.

Una canción tarareada al oído.

Una mirada sincera mientras me vestían.

Y aunque no lo entendiera del todo… Aunque no supiera si ese amor era para mí o para otro… Por un momento, decidía aceptarlo.

Porque… dolía menos.

Una tarde, balbuceé por accidente.

No un llanto, ni un gemido de hambre.

Un intento de imitar un sonido que mi madre había hecho.

Ella se detuvo.

Me miró, sorprendida… y luego se echó a reír con ternura.

No burlona.

No condescendiente.

Una risa que calentaba la habitación como una chimenea en invierno.

Y entonces, sin querer, algo se me escapó también.

Un sonido ahogado.

Casi una risa.

Casi… una alegría.

No sabía si era mío.

No sabía si debía sentirlo.

Pero en ese instante, Por primera vez en dos vidas, No me sentí tan solo Los días eran parecidos entre sí.

Rituales suaves.

Brazos cálidos.

Luces que se apagaban cuando el sol caía.

Pero no era la única figura constante.

Comencé a notar la presencia de otro.

Más fuerte.

Más alto.

Más torpe al cargarme.

No hablaba tanto como ella, pero su voz era más grave, más firme.

A veces, me cargaba como si tuviera miedo de romperme.

Otras, como si yo fuera el mayor de sus tesoros.

No lo miraba tan seguido al principio.

Solo en la tarde, al regresar de… algún lugar.

Traía olor a calle, a viento, a cigarrillos que nunca fumaba cerca de mí.

Él no cantaba.

No tarareaba.

Pero… me hablaba.

Con palabras sencillas.

Y siempre decía mi nombre.

“Issei.” Esa palabra… Ese nombre… Ya no me dolía tanto.

Ya no sonaba como una sentencia.

Porque cuando él lo decía, no era una orden.

Era casi una súplica.

Una oración sin fe… pero llena de amor.

Me recordaba a un hombre que alguna vez existió.

No por cómo se movía.

Sino por cómo miraba a su familia.

Como si temiera perderla.

No entendía lo que hablaban entre ellos, mi madre y él, pero podía ver la conexión.

El respeto.

El cansancio.

El esfuerzo mutuo.

No eran perfectos.

No eran héroes.

Solo… padres.

Y eso, aunque no lo aceptara aún del todo, me dolía menos.

A veces, llegaba alguien más.

Una figura más anciana.

Arrugas en el rostro.

Voz áspera, pero cálida.

Venía con dulces en las manos.

Se sentaba a mi lado y me contaba cosas que no entendía, pero que me hacían sentir menos… desconocido.

Su risa era fuerte.

Su aliento olía a té caliente.

Y cuando se iba, dejaba tras de sí una calma que duraba hasta la noche.

Una noche en particular, me desperté llorando.

No por hambre.

No por frío, solo… miedo, esa voz.

La que siempre regresaba cuando todo parecía ir bien.

“Ellos no te conocen.” “Ellos no te aman.” “No eres de aquí.” Esa noche, fue él quien me sostuvo.

Mi padre.

Me cargó sin decir nada.

Me caminó por toda la casa.

Me susurró palabras que no entendí.

Pero el tono… Era el mismo que usé tantas veces con otros en mi vida anterior.

Cuando el mundo se desmoronaba, y yo mentía con voz firme, diciendo que todo estaría bien.

Ahora… era él quien me mentía con ternura.

Y por primera vez, no me importó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

Anterior
Siguiente
  • Inicio
  • Acerca de
  • Contacto
  • Política de privacidad

© 2025 LeerNovelas. Todos los derechos reservados

Iniciar sesión

¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

Registrarse

Regístrate en este sitio.

Iniciar sesión | ¿Perdiste tu contraseña?

← Volver aLeer Novelas

¿Perdiste tu contraseña?

Por favor, introduce tu nombre de usuario o dirección de correo electrónico. Recibirás un enlace para crear una nueva contraseña por correo electrónico.

← Volver aLeer Novelas

Reportar capítulo