high school dxd: Sombras de un dios errante - Capítulo 43
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- Capítulo 43 - 43 Capítulo 42 El paso al multiverso 2 Dioses Etoulde
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43: Capítulo 42: El paso al multiverso 2, Dioses Etoulde 43: Capítulo 42: El paso al multiverso 2, Dioses Etoulde «Este mundo realmente es un problema…» murmuré con cansancio mientras continuaba sobrevolando, observando de reojo el Árbol del Mundo.
No sabía cuánto tiempo exactamente llevaba volando; tal vez horas, tal vez días… quién sabe.
Desde que entramos en la zona del Árbol del Mundo, ni Ddraig ni yo podíamos cronometrar bien nuestro tiempo.
Cuando lo intentábamos, ambos terminábamos con resultados distintos.
Rastros de magia temporal y distorsiones espaciales rodeaban todo el árbol.
Supuse que funcionaba como un agujero negro: entre más cerca, más lento y distinto pasaba el tiempo.
—Níðhöggr… ese es el nombre de ese dragón.
Es uno de los más antiguos junto al dragón del mundo, Jormungandr.
Ambos son dragones del panteón nórdico, dragones celestiales capaces de luchar contra dioses e incluso matarlos —dijo Ddraig tranquilamente.
Observé nuevamente bajo nosotros, a aquel ser que intentaba salir de una grieta dimensional en lo profundo del Árbol del Mundo.
Podría decirse que eran las raíces de este.
Allí, lo que parecía ser un dragón chino —o una serpiente masiva— intentaba acercarse lentamente al Árbol del Mundo.
Apenas distinguía su figura: sin color ni rasgos específicos, estaba a decenas de miles de millones de kilómetros.
La única razón por la que podía verlo era mi excelente visión y el hecho de que no existía nada entre nosotros dos.
Era la nada absoluta.
—Creí que existían pocos dragones celestiales en el mundo —esperé con curiosidad.
Después de todo, jamás había preguntado mucho sobre los dragones del mundo—.
En nuestro panteón y semejantes sería como decir que solo existen doce dioses en el mundo; los griegos o los romanos podrían decirlo fácilmente, pero solo acertarían respecto a sus panteones, no a los demás.
Algunos panteones ni siquiera creen que Ophis y Rojo existan; otros los consideran pecadores desterrados.
Pocos los ven como lo que son: dioses dragones.
Níðhöggr y Jormungandr son dragones, pero se ven como serpientes; no tienen rasgos dracónicos, pero aun así son considerados como tales.
Shen Long, el dragón compañero de Hukong —Sun Hukong, el yokai más fuerte de la actualidad—… Luego de continuas horas volando, escuchando las historias de Ddraig acerca de los dioses de distintas mitologías que conocía —cientos de relatos sobre sus aventuras y batallas a lo largo de los milenios— me contó cómo finalmente terminó cayendo frente al dios bíblico gracias a un ataque furtivo de Albion.
Aparentemente, la primera vez que su Longinus terminó en manos de un humano, lo primero que hizo fue intentar forzar el control del cuerpo antes de lanzarse de cabeza en busca de Albion, listo para matarlo.
Para su sorpresa, el bastardo —como él lo llamó en su relato— se encontraba en la misma situación que él.
Ddraig decía que no sabía si reír o llorar por eso: tener la oportunidad de acabar con un dios fuerte, un dios primigenio de toda una mitología, estando a punto de obtener un gran logro luego de robar el principio de dominación… y que tu rival provoque tu muerte y encarcelamiento espiritual, solo para terminar en la misma situación.
Se podría decir que fue una vergüenza para la raza de los dragones, y de paso, para el orgullo de Ddraig.
Después de algunas semanas volando, ya ni siquiera sabía cómo medir el paso del tiempo.
Antes teníamos una manera de cronometrarlo de forma cercana, aunque no exacta; ahora no podíamos hacerlo.
Aun así, para mí ya era, por lo menos, el día cuarenta de vuelo.
—Esto es… tan jodidamente extraño —murmuré mientras observaba con incredulidad lo que estaba frente a mí.
Lo que parecían ser algunas grietas púrpuras, claramente con rastros de magia espiritual y magia dimensional.
Presencias abrumadoras aparecían constantemente, desapareciendo tan rápido como surgían, mientras las grietas se abrían y cerraban sin cesar.
Aún no pasaba el árbol, y aunque era común la apertura de aberturas espaciales a su alrededor, estas eran diferentes.
La magia espacial era distinta de la dimensional.
El estudio de magia dimensional era, de hecho, un tabú.
Los viajes dimensionales entre la Tierra, el Cielo y el Infierno estaban prohibidos, pues debían pasar momentáneamente por una grieta dimensional, lo que podía filtrar fácilmente las coordenadas espaciales.
La manera en que, por mi parte, lograba viajar entre esas dimensiones se debía exactamente a haber visitado y memorizado las respectivas coordenadas espaciales.
Usar magia espacial era lo correcto, utilizando los circuitos mágicos que conectaban con la dimensión del Árbol del Mundo en la que me encontraba.
Pero viajar con magia dimensional era básicamente desgarrar el plano del mundo: un desgarro puro, brusco y sin control.
La diferencia con el uso del Ferrocarril del Inframundo era que, en este último, se empleaban círculos mágicos personales creados por Ahuka Beelzebub.
La diferencia entre la magia dimensional común y la utilizada por el ferrocarril era la misma que cortar una hoja con tijeras o romperla a la fuerza.
La magia espacial, en cambio, era como doblar la hoja varias veces para encontrar el punto exacto.
—Lord Melvazoa, informen al Lord Melvazoa.
Hemos logrado abrir una puerta al mundo inferior —una voz fría y mecánica resonó mientras un portal se abría a algunas decenas de metros de mí.
Esta vez, mucho más estable que los patéticos intentos de distorsiones anteriores.
Un escalofrío aterrador recorrió mi espalda, mientras el sudor frío bajaba por mi nariz.
Giré rápidamente el rostro, observando fijamente el portal.
Allí, varios seres que sinceramente parecían Transformers de las películas que solía ver con Akeno: seres mecánicos, algunos visiblemente androides semihumanos con malformaciones físicas, poseedores de un poder claramente similar al de un demonio de clase alta común.
—Realicen la anotación e informen a los altos cargos.
Lord Melvazoa estará realmente feliz.
Los Etoulde se verán muy afectados cuando logremos expan— Antes de que uno de los bastardos pudiera continuar, me lancé directamente en dirección al portal, lanzando una bomba masiva de magia concentrada con ki y touki, específicamente de los elementos aire, fuego, agua y espacio.
Una bomba mágica de compresión atómica creada apresuradamente, lo suficientemente potente como para reducir cualquier cosa en un radio de pocas decenas de metros dentro del lugar donde se encontraban.
El poder aterrador que surgía del portal era claramente la firma energética de una dimensión propia, algo similar a la diferencia energética entre el Cielo y el Inframundo con la Tierra Yokai o el mundo humano.
El sonido sordo del espacio cortándose lentamente mientras la esfera —tan pequeña como una canica, pero tan brillante como la luz de los ángeles— voló directamente hacia el portal, siendo controlada rápidamente para implosionar en base a la energía de la dimensión.
Mezclar energías inestables era más que suficiente para destruir un planeta entero con mi fuerza actual; añadir una energía tan volátil y aterradora como la que se filtraba de esa dimensión sería suficiente para acabar incluso con varios dioses al mismo tiempo, tal vez dejándolos muy heridos… o muertos.
—¿Quién carajos es Melvazoa?…
Pero… los Etoulde… esa diosa bastarda que intentó hacerme algo en el mundo original, antes de que él me ayudara… ¿era una diosa Etoulde, no?
—murmuré confundido, observando cómo la inestabilidad dimensional cerraba el portal antes de que el ataque terminara de implosionar.
—¿En tus recuerdos… no faltaban al menos treinta años hasta que los seres de ese mundo actuaran?
—preguntó Ddraig, curioso.
Él solía analizar una y otra vez mis recuerdos.
La información limitada que teníamos sobre el mundo de DxD apenas llegaba hasta la rebelión de los dioses malignos y el ataque de la facción de los héroes.
Más allá de eso, solo conocía teorías y una que otra mención de los sucesos en los mangas posteriores.
A duras penas sabía de la diosa Chimune Chipaoti, y solo gracias a una teoría basada en la percepción del Issei original.
—Aterradores… —suspiré con cansancio mientras continuaba volando, deseando cada vez más escapar de este universo origen.
Estar en medio de una guerra dimensional sonaba aterrador.
Deseaba una vida tranquila; esa fue una de las razones principales por las que creé un clon en primer lugar.
Y, hablando del clon, cada pocas horas solía usar mi poder espiritual para visualizar el mundo a través de sus ojos.
Lo primero que le sucedió fue una pequeña pelea entre ángeles y caídos.
Después de todo, que un maldito ángel caído —o un ángel— apareciera con sus alas extendidas frente a lo que ahora era un humano común era, por mucho, confuso y aterrador para alguien proveniente de una familia shinto.
Luego de una comprobación psicológica y el uso de un artefacto anti-mentiras de Azazel, comprobaron que el clon realmente no recordaba nada sobre que su tío y su madrina tuvieran alas.
En los recuerdos implantados, aparecían como personas comunes, amables, ligeramente irritantes, que solían visitar a Issei Hyoudou.
Lo más triste, podría decirse, fue Akeno.
Tal parece que fue la única que se dio cuenta de que algo extraño sucedía.
Aun así, se aferraba al clon, haciendo preguntas repetitivas, tratando de encontrar algún indicio que le dijera que estaba equivocada en sus suposiciones.
Rías Gremory y los demás demonios no regresaron.
—Espero poder verlos nuevamente… —sonreí ligeramente, memorizando cuidadosamente las coordenadas específicas de este Árbol del Mundo, para regresar algún día.
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