Hijo del Abismo - Capítulo 1
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1: Capítulo 1 – El Hijo del abismo 1: Capítulo 1 – El Hijo del abismo El silencio del Piso Treinta era un coro de ausencia.
No el silencio de la paz, sino el de las bestias contenidas, los ecos distantes de las batallas pasadas y el susurro constante de la Corrupción que se filtraba por las paredes de roca húmeda de la Mazmorra.
Para mí, Echo, ese silencio había sido mi cuna, mi escuela, mi único hogar durante doce largos y oscuros años.
Este piso era el abismo.
El aire era denso, pesado, con el sabor metálico del ozono quemado y el almizcle rancio de los hongos bioluminiscentes.
La luz era escasa; la única iluminación provenía de esos mismos hongos, que proyectaban sombras largas y espectrales que bailaban y se retorcían como espíritus.
Tenía doce años.
Mi cuerpo era un lienzo pálido y flaco, resultado de vivir en la penumbra perpetua y una dieta espartana de hongos y la carne de los roedores de mazmorra.
Mi piel, casi translúcida, no había conocido la caricia del sol.
Mis manos, sin embargo, eran la antítesis de la debilidad: grandes para mi estructura, con dedos largos y flexibles, y palmas ásperas, entrenadas en la escalada silenciosa de la roca.
Mi cabello, de un negro azabache, caía desordenado sobre mi frente, ocultando a veces la mirada intensa de un superviviente.
Mis ojos, especialmente, no se parecían a los de nadie más que hubiera visto en los escasos reflejos de las piscinas de agua estancada: eran de un gris casi transparente y penetrante, siempre alertas, reflejando la agilidad instintiva de una criatura cazadora y la inocencia brutal de quien no conoce el bien ni el mal humanos.
Mis movimientos eran fluidos, sigilosos; cada paso una economía de energía aprendida de mi verdadero padre.
Mi padre, K’tharr.
No era humano.
K’tharr era un ser de seis patas, con un exoesqueleto de obsidiana que solía brillar bajo la luz de los hongos.
Su “voz” no era sonido, sino una corriente de pensamientos directos a mi mente, una sabiduría telepática tan antigua como la propia Mazmorra.
Ahora, yacía inmóvil.
—El ciclo está llegando a su fin, pequeño Eco —susurró K’tharr en mi mente, su presencia mental debilitándose, volviéndose intermitente, como una vela a punto de apagarse.
Estaba tumbado en el lecho de hongos que nos servían de cama, su exoesqueleto perdiendo todo brillo.
Su ciclo de vida, doce años, se agotaba inexorablemente.
Yo me acurruqué a su lado, mi mano frotando su caparazón opaco.
Él era mi todo.
Me había salvado hacía doce años, cuando mi madre, una aventurera humana, yacía muerta en esta misma cueva.
K’tharr me había contado la historia tantas veces que era mi leyenda fundacional.
Mi madre había llegado aquí embarazada, abandonada por mi padre de sangre en un acto de cobardía que K’tharr despreciaba más que la propia Peste.
Ella había luchado durante cuatro días después del abandono, protegiendo su vientre.
Ella había usado su magia y sus últimas fuerzas para crear un pequeño nicho en la pared con runas de protección para mí y había dejado sus últimas notas, antes de morir de agotamiento.
—Ella era fuerte, Echo.
La más fuerte de tu especie que vi en este piso.
Pero los humanos son frágiles —me dijo K’tharr.
Había pasado la última semana enseñándome a descifrar las runas grabadas en la piel curtida de Gnobbler que mi madre llevaba.
Las mismas runas que, según él, todos los humanos poseen: las de los niveles.
—Me has dejado tus notas.
¿Y por qué son estos números tan importantes?
—pregunté, señalando las runas luminosas que por fin mi mente, al alcanzar la madurez, podía percibir.
Un momento antes, un resplandor fantasmal había brotado de mi interior.
Unas runas translúcidas flotaron ante mis ojos, invisibles para cualquier otro.
Era mi Tablero de Estatus.
Nombre: Echo Nivel: 1 Raza: Humano (???
) Habilidad Única: Vínculo del Eco (Pasivo) (Comprende y comunica la esencia emocional de las criaturas de la mazmorra de bajo nivel.) Experiencia: 0/5 (Cuesta 5 veces más XP subir cada nivel) K’tharr emitió una última vibración de pensamiento, con un tono de ironía dolorosa.
—Los humanos viven por esos números, Eco.
Y tú…
tú eres Nivel 1.
El inicio del camino.
La complejidad de sus almas hace que sea cinco veces más difícil para ti crecer que para el resto de tu especie en el mundo exterior.
Tienes el potencial de la Corrupción y la debilidad humana.
—¿Y qué significa la habilidad?
—pregunté, concentrándome en la palabra “Vínculo”.
—Significa que no estás solo, pequeño.
Tu origen es la Mazmorra.
Puedes hablar con el dolor y la necesidad de las criaturas que te rodean.
Úsala para sobrevivir.
Es el legado de tu madre y de tu hogar.
Sentí la pérdida acercarse.
La desesperación se instaló.
—La promesa de que seas mejor que ellos.
Sube a la superficie, Echo.
Encuentra tu humanidad.
No seas como tu padre de sangre.
Él era un Nivel 3.
Pero un cobarde.
Los números no lo eran todo.
—¿Y si el mundo exterior está corrompido?
—pregunté, la verdad que no quería escuchar.
—Lo está.
Los pecados de los Cuatro Jinetes se esparcieron por toda la tierra.
Pero la esperanza…
es la llama que arde incluso en el corazón de la Peste.
Encuéntrala, pequeño Eco.
Es lo que tu madre habría querido.
Y luego, el silencio se hizo absoluto.
El brillo en los ojos compuestos de K’tharr se extinguió.
Su exoesqueleto de obsidiana se volvió totalmente opaco, frío.
El Bicho Consciente que había sido mi padre, mi maestro, mi única familia, había vuelto a ser solo un objeto inanimado.
Por primera vez, la soledad me golpeó con la fuerza de un Golem.
K’tharr se había ido.
Me levanté.
Miré hacia el nicho donde mi madre me dejó.
No la recordaba, pero la humedad de la roca bajo mis dedos me decía que ese era el lugar donde la vida y la muerte se habían encontrado para crearme.
Mi mano se apretó alrededor del diente afilado que K’tharr me había dado: una de sus propias larvas petrificadas, ahora mi amuleto solitario.
—Encontraré mi humanidad, K’tharr —susurré.
Y subiré.
Y seré mejor.
Miré hacia arriba, hacia donde sabía que estaban los pisos superiores, más allá del caos primordial del Piso Treinta, hacia el lejano, desconocido y corrupto mundo exterior.
Una diminuta fisura en la bóveda, invisible para cualquier ojo no entrenado en la mazmorra, dejaba pasar una ínfima brizna de aire fresco.
Mi viaje para encontrar mi humanidad, y quizás mi venganza, acababa de comenzar.
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