Hijos de la Luna - Capítulo 10
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10: Altus Forja 10: Altus Forja El aire cambió en el instante en que Evan cruzó el portón de la Academia.
No era solo el frescor del atardecer; era un silencio que pesaba como losa sobre los adoquines.
Las calles de Los Jardines, antes vibrantes con el murmullo de la vida, estaban ahora vacías, devoradas por una quietud antinatural.
Cada ventana que encontraba estaba cerrada, sus postigos sellados con tablas o barras de hierro.
No se filtraba ni un solo rayo de luz desde dentro.
No había voceadores, ni risas de niños, ni siquiera el lejano tintineo de una herrería.
Solo el viento, que empezaba a elevar remolinos de polvo entre las casas de piedra.
Evan apretó el paso, su respiración formando pequeños jadeos blancos en el aire que se enfriaba rápidamente.
La espada corta le golpeaba la cadera con cada paso, un recordatorio inútil de su propia fragilidad.
Solo hay que llegar a la costanera, se repetía.
Encontrar una balsa.
Cruzar.
Correr..
Evan se detuvo en una esquina donde confluyan dos calles anchas pero ahora desiertas.
Ahí, clavado en la vereda, estaba el cartel con el mapa de la ciudad.
una estructura de hierro forjado, pintada de un verde apagado que las lluvias y el sol habían erosionado hasta mostrar el óxido marrón en los bordes.
En su centro, estaba pegado el plano de la capital.
No era un simple folleto, sino una obra maestra de la cartografía, dibujada con tal precisión y detalle que Evan, como dibujante, siempre sentía un pellizco de admiración al observarlo.
ALTUS FORJA, proclamaban las letras capitulares en la parte superior, talladas en el metal de marco.
Bajo el nombre, la ciudad se desplegaba como un hexágono casi perfecto.
El detalle era milimétrico: cada calle principal, cada plaza, cada iglesia, cada mansión señorial.
A la derecha del hexágono, una superficie azul representaba el Océano Tritán, con pequeñas olas estilizadas.
Pegada a ella, la Costanera aparecía como un fino borde de piedra.
A la izquierda, arriba y abajo del hexágono, el mapa se volvía más difuso, menos detallado.
Manchas verdes parduzcas y marrones, una maraña de líneas finas y desordenadas que representaban caminos de tierra.
Eran los Suburbios.
Villa Verde estaría en esa nebulosa.
Los separaba, rodeando el hexágono el Río Serene.
En el mapa era solo una línea azul curva, elegante e infranqueable.
No un río, sino una frontera.
La cicatriz líquida que dividía la anarquía de la necesidad.
Tendría que llegar a la estación de balsas de la Costanera, trazó con su dedo el mapa, rastreando la ruta en el plano.
Una balsa que recorra el río hacia el norte, que me deje cerca del puente oeste… Pero incluso ese plan se sentía hueco.
Las balsas seguramente ya no funcionarían.
Su mirada, errante por la desesperación, bajó del mapa principal a la esquina inferior derecha del cartel de hierro.
Ahí, pegado había un panfleto nuevo.
El papel era de mejor calidad, grueso, y estaba fijado con cuatro chinchetas metálicas brillantes.
La tipografía era de la Guardia Real.
[AVISO DE LA CORONA DE FERRARIA PROTOCOLO PARA LA NOCHE SIN LUNA Promulgado por el Consejo de Seguridad del Castillo Acorazado Su mirada, casi por obligación, empezó a deslizarse por la lista.
Cada línea era un golpe: 1.
REFUGIO: Permanezca en un interior cerrado.
Bloquee puertas y ventanas con madera o metal.
No confíe solo en los cerrojos.
2.
SILENCIO: Si oye ruidos en su tejado o golpes en la puerta, no investigue.
No responda.
Incluso si la voz que llama es conocida.
Especialmente si es conocida.
3.
EL DIOS ESPIRAL: Si observa patrones espirales en elementos que no los poseen de forma natural (nubes, vegetación, animales, estructuras o muebles), aléjese de la zona inmediatamente sin correr.
No los trace con la mirada.
La observación prolongada puede invitar al dios a su cuerpo.
4.
FAUNA: Si un animal callejero (gato, perro, ave) muestra comportamiento anómalo (mirada fija, vocalizaciones en lenguas no animales, movimientos espasmódicos o inusuales), no interactúe.
No se acerque.
No les tenga lástima.
No son lo que parecen.
6.
SI SE ENCUENTRA EN LA VÍA PÚBLICA: A.
Diríjase de inmediato al Castillo Acorazado.
Corra, pero no mire atrás.
Ignore el sonido de pasos a su espalda.
B.
Evite los charcos de agua, lagunas, ríos, cualquier reflejo en el agua.
Los reflejos pueden mostrar variaciones.
C.
Si siente que algo lo observa desde un callejón, una ventana alta o un tejado, no establezca contacto visual.
Baje la cabeza y siga avanzando.
La mayoría de las entidades requieren confirmación visual para atacar.
7.
CUERPOS CELESTIALES: Si presencia la caída de un cuerpo celeste dentro de los límites de la ciudad, no se aproxime al lugar del impacto bajo ningún concepto.
8.
Los… Evan dejó de leer la larga lista, se enfocó en no perder el tiempo, cada norma era un clavo en el ataúd de su sensación de seguridad.
Respiró hondo y reanudó la marcha con más prisa, casi corriendo.
La falta de edificios hacia el horizonte oriental le indicó que se acercaba a la costanera.
Era una larga y amplia plaza de piedra que bordeaba el Río Serene, normalmente llena de paseantes y puestos al atardecer.
Ahora solo estaba el viento del mar, más fuerte y frío, azotando su ropa.
Unos pocos faroles, comenzaban a encenderse y a emitir una luz anaranjada que creaba más sombras de las que disipaba.
Fue entonces cuando los oyó.
Risas.
Voces juveniles, altas, despreocupadas y crudas, cortando el silencio como cuchillos.
Un grupo de cinco estudiantes nobles, con los mismos uniformes negros que Evan, aunque a juzgar por su altura, eran de tercer año.
Avanzaban en dirección contraria.
Empujándose, lanzándose insultos y golpes de puño en los hombros, parecían una burbuja bulliciosa y arrogante en medio de la silenciosa ciudad.
Evan sintió el instinto animal de cruzar la calle, de esconderse, pero justo unos carromatos cruzaban bloqueando su escape.
Bajó la cabeza, apretó el macuto contra su costado y se pegó al borde de la acera, esperando que pasaran de largo.
No lo hicieron.
—Amigoo… —canturreó una voz dulzona y falsa.
Evan se heló.
El grupo se había detenido, formando un semicírculo casual que lo atrapaba contra la barandilla de la costanera, todos le sacan mínimo una cabeza.
El que había hablado era un pelirrojo alto, de pecas y una sonrisa que no llegaba a sus ojos azules y fríos.
Los otros, todos rubios o castaños, con rasgos finos y esa palidez homogénea de la nobleza, miraron a Evan con la misma expresión: la de un niño que ha encontrado un insecto raro y está decidiendo cómo despedazarlo.
—Tú eres el enanito de la Real Academia, ¿verdad?
—preguntó el pelirrojo, inclinándose un poco.
Olía a vino barato y a perfume fuerte.
Evan no respondió.
Tragó saliva.
Su corazón, ya acelerado por el miedo a la noche, empezó a martillear contra sus costillas.
—¡Qué lindo!
—dijo una chico rubio con rizos, mostrando los dientes con su sonrisa—.
Parece un ratoncito asustado.
—Huele a… a barro —comentó otro, un muchacho ancho de hombros, arrugando la nariz—.
A barro de los suburbios.
—Es como un gnomo —rió otro—.
Uno de esos que viven en los bosques.
¿Verdad, “gnomo”?
—Más bien como un niño pobre disfrazado —terció el pelirrojo, su sonrisa desapareciendo—.
Un plebeyo.
Puaj.
¿Qué haces aún aquí?
Deberías estar corriendo de vuelta a tu chosa.
Evan intentó hablar, pero solo le salió un sonido ahogado.
Los ojos se le empezaron a llenar de un calor traicionero.
No, pensó desesperadamente.
No aquí.
No frente a ellos.
—Oyé —dijo el pelirrojo, su voz perdiendo toda pretensión de diversión—.
Te lo voy a decir solo una vez, porque me da pena gastar saliva.
Deja nuestra academia.
Nadie te quiere allí.
Cuando te daras cuenta.
La mirada del noble era plana, desprovista de emoción.
Era la orden de un amo a un perro.
Y en el pecho de Evan, algo se quebró.
No era solo el orgullo; era la última pared de resistencia que había mantenido en pie todo el día.
Un temblor incontrolable le recorrió las piernas.
—Jaja, ¡mirad!
¡Le tiembla el labio!
—exclamo el chico rubio, señalando con dedo acusador.
—Ouhh, ¿va a llorar?
—preguntó el muchacho ancho, haciendo pucheros—.
¿Quieres que te cantemos una nana, enanito?
—Quizá necesita unos pañales —dijo otro con tono doctoral.
—Llamemos a su mamá —sugirió el rubio, mirando alrededor con sarcasmo—.
Oh, espera… ¿quién criaría a algo así?
Seguro es huérfano.
O quizá su madre es la puta del director.
¡Por eso lo aceptaron!
¡Ja!
La carcajada fue unísona, estridente, y resonó en la plaza vacía como el graznido de cuervos.
Fue el sonido más obsceno que podían hacer.
Y entonces, Evan no pudo más.
El calor en sus ojos se desbordó.
Una lágrima caliente, pesada, rodó por su mejilla, trazando un camino limpio.
Luego otra.
No podía detenerlas.
Sollozó, un sonido feo y quebrado que lo avergonzó aún más.
—¡Oh, por todos los dioses, está llorando!
—el pelirrojo parecía eufórico—.
¡En serio!
¡Míralo!
Evan cerró los ojos con fuerza, queriendo desaparecer.
Fue entonces cuando unas manos fuertes lo agarraron por los brazos.
—Vamos, gnomo.
Te vamos a dar un sitio mejor para esperar la noche.
Lo arrastraron.
Evan forcejeó débilmente, pero eran cinco, y todos más grandes.
El pánico lo tenía paralizado, mezclado con una vergüenza tan profunda que lo nublaba todo.
Lo llevaron hasta un poste de hierro con un farol, en un mirador desierto de la costanera con vista al mar oscuro.
—Dame tu cinturón —ordenó el pelirrojo a uno de sus amigos.
En segundos, le ataron las muñecas al poste con el cinturón de cuero, apretando hasta que la piel le ardía.
Evan suplicó, balbuceó, incluso intentó mencionar las palabras de la luna en un último acto de desesperación, pero solo obtuvo risas.
Lo dejaron allí, pegado al hierro frío, mientras se alejaban riendo, sus voces perdiéndose entre las calles de Los Jardines.
—No molesto a nadie… —murmuró Evan entre sollozos, hablando al viento salado—.
Trato de ser mejor… Ayudo si puedo… Solo quiero… ayudar a mis hermanos… ser decente… Entonces… ¿Por qué a mí?… ¿POR QUÉ A MÍ?
DIOSES!!!
El sol era ahora un gajo sangrante en el horizonte marino.
La luna, algo alejada del sol, con su superficie agrietada, empezaba a desvanecerse junto a él.
La oscuridad se cernía, física, palpable.
Evan lloró en silencio, con la cabeza gacha, la sal de sus lágrimas y la del rocío marino mezclándose en sus labios.
Había tocado fondo.
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