Hijos de la Luna - Capítulo 12
Tamaño de Fuente
Tipo de Fuente
Color de Fondo
12: Los ojos violetas 12: Los ojos violetas En un callejón de Altus Forja, entre bolsas de basura, charcos malolientes y ratas, yacía un perro pequeño color azabache.
No se movía, no daba señales de vida.
Las moscas se posaban sobre su lomo.
Entonces, algo cayó del cielo cerca, en medio de la calle principal a la que desembocaba el callejón.
El impacto sacudió la tierra.
Las ratas huyeron a las tuberías, las moscas volaron, pero el perrito siguió tirado.
No fue hasta unos segundos después que levantó la cabeza y abrió los ojos.
Eran ojos tristes, oscuros, que reflejaban un alma a punto de extinguirse.
Quizá porque hacía mucho que no veía algo tan brillante, quizá porque algo en la luz violeta que emanaba el cráter lo llamaba, el perro intentó arrastrarse hacia allí.
Solo pudo usar sus patas delanteras; las traseras estaban inertes.
Emitió chillidos de dolor con cada metro que avanzaba, arrastrando su cuerpo sarnoso por los adoquines fríos y duros.
Aun así, continuó, tal vez creyendo que en esa luz cálida habría algo que comer.
*** —¡Evan, levántate!
Era Riushi.
Corría como un atleta, con la espada aún envainada en una mano.
Se arrodilló junto a su amigo y le puso las manos en los hombros.
Evan abrió los ojos.
Su amigo estaba allí, pero irradiaba una luz tenue y constante, como si llevara el sol bajo la piel.
No, ¿cuándo había sido eso normal?
De pronto, Evan notó que su propio cuerpo respondía, que el dolor había remitido y podía moverse.
—¿Riushi?
¿Qué haces aquí?
—preguntó Evan, alarmado.
No quería arrastrarlo a aquella pesadilla.
—Encontré a Michu en la salida de la academia.
Me costó entender lo que quería… Lo siento, llegué tarde —se disculpó Riushi, su voz cargada de urgencia.
—No… Riushi… perdón por meterte en esto —Dijo Evan con lástima en su voz y expresión dolida, entonces recordo lo que ocurría.
¡Pero Riushi!
la Espiral… ¡el dios espiral está aquí!
Evan se incorporó y miró a su alrededor.
El césped a su alrededor parecía normal, pero más allá, las formas retorcidas y los patrones en espiral se arremolinaban en los límites de la plaza, como si observaran.
Luego fijó la vista en su amigo.
Riushi brillaba con una aura sutil.
Llevaba una pulida pechera de acero sobre su uniforme y sostenía un yelmo cerrado de caballero bajo el brazo.
—Riushi… ¿eres tú?
—preguntó Evan, recordando que en las noches sin luna, la precaución nunca estaba de más.
—Soy yo.
Créeme, por favor.
Han pasado cosas con la Iglesia… Ahora soy amigo del fuego, además de… te lo contaré cuando esto termine —afirmó Riushi, y su mirada firme transmitió tranquilidad a Evan.
Evan asintió.
Luego vio su brazo normal, con huesos que no se doblaban y aunque estaba intrigado como su amigo parecia repeler el poder de este dios oscuro, prefirio enfocarse en lo mas importante.
—Entonces, ¿qué hacemos Riushi?
¿Nos escondemos?
—No.
Solo retrasaríamos algún encuentro inevitable.
Debemos alejarnos de la costa.
Hay que llegar al Castillo Acorazado; es el único lugar que nos dará refugio —explicó Riushi con una confianza inquebrantable.
—Pero… vi un cometa caer cerca de allí.
Por eso me quede aquí.
—Lo sé.
Pero no te preocupes.
Yo te protegeré.
Riushi ayudó a Evan a ponerse de pie.
Los dos amigos comenzaron a avanzar trotando hacia las calles al oeste, adentrándose en el distrito de Los Jardines.
Mientras caminaban, Evan veía cómo todo a su alrededor —barandas, faroles, incluso las piedras— se retorcía lentamente en espirales perfectas.
Recordó entonces las palabras de la luna.
Antes de adentrarse por completo, Evan miró hacia atrás, hacia la costanera.
Una ola monstruosa estalló varios metros por encima del muro, y el agua al caer no salpicó, sino que fluyó, formando figuras imposibles: espirales, sí, pero también había figuras como raíces y enredaderas caóticas que se expandían por el aire, quedándose en este lado de la costanera.
Evan sintió un alivio agudo al estar alejándose de allí.
—Oye, Riushi… yo… tengo una pista que podría ayudarnos.
Me la susurró el viento —dijo Evan, bajando la voz.
Riushi asintió, listo para escuchar, aunque con una pizca de escepticismo.
—“No contemples el color violeta.
No voltees a ver la sombra.
No busques lo que dejaste.” Eso es lo que me dijo.
Riushi se quedo un momento pensando —Entiendo.
Gracias.
Me será útil —respondió Riushi.
—Pero… ¿cómo dices que te lo dijo el viento?
¿Has conseguido su atención?
—preguntó después, mientras los espirales parecían desvanecerse al adentrarse mas en las calles rodeadas de casas de piedra, permitiéndoles relajarse solo un poco.
Evan se sintió culpable por la mentira, pero era más sencillo que explicar la verdad sobre la diosa luna poniendo su atención en un chico como el.
—Sí… bueno, no hice nada para merecerlo.
Pero créeme, es una advertencia real.
—Está bien.
Te creo —dijo Riushi con una breve sonrisa.
Después de varias cuadras, un ruido extraño comenzó a impregnarlo todo: crujidos, golpes sordos, el sonido de maderas y piedras siendo sometidas a una fuerza terrible.
Miraron al cielo y se quedaron helados.
Las nubes del cosmos entre los astros, las estrellas, todo el firmamento nocturno giraba en una espiral colosal.
Como si eso no fuera suficiente, las casas a lo lejos parecieron elevarse, y la ciudad entera se curvó hacia arriba, formando las paredes de un cilindro gigantesco del que ellos parecían el centro.
El mundo conocido se había convertido en un torbellino de pesadilla.
—Que el sol nos proteja—dijo RIushi anonadado.
Tras tragas saliva, Riushi animo a Evan a seguir avanzando aun si la realidad ya no parecía tener sentido, el castillo acorazado seguía allí, pegado a la pared torbellino hecha con la ciudad.
tras correr por varias cuadras, finalmente estaban a solo unas tres cuadras de la entrada al castillo, cuando se pararon en seco.
Frente a ellos, en un camino que ascendía en una curva antinatural, apareció una silueta.
Era un perro pequeño, color azabache.
Se mantenía parado sobre sus patas traseras, como un niño humano, mirándolos sin pestañear.
Sus ojos brillaban con un violeta antinatural.
Y luego, para colmo, habló.
—Po…porque nadie me ayuda… porque nadie me ve… por…porque me tiran piedras… duele… duele mucho… La voz era quebrada y aguda, una mezcla de niño asustado y anciano moribundo.
Los pelos de la nuca de Evan se erizaron.
Mas aun cuando las palabras de la luna vinieron a su mente “No contemples el color violeta.“ Rápidamente Evan dejo de fijarse en los inquietantes ojos del perro.
Su corazón se hundió, pero tratando de pasar su atención por cada parte de su cuerpo no noto nada fuera de lo normal.
—¡Riushi, no mires a sus ojos!
Riushi asintió sin hablar, enfocó sus ojos en la sombra del animal.
—Evan, escóndete.
Yo veré qué puedo hacer.
Si el viento te susurra algo nuevo, avísame —ordenó Riushi en un tono bajo y firme, sin apartar los ojos de la criatura.
Evan quiso protestar, pero conocía sus límites.
Apretó los puños con frustración.
—Está bien —murmuró, retrocediendo hacia un atrás, escondiéndose detrás de un gran árbol plantado en la vereda.
Los ojos violetas lo siguieron un instante, pero volvieron a clavarse en Riushi.
—Tengo hambre… hambre… —gimió el perrito con voz fria.
Algo se movió bajo su piel.
Dio un paso hacia adelante, luego otro, con una coordinación horriblemente humana.
Fue entonces cuando Riushi se preparó.
Con un movimiento sereno y deliberado, se colocó el casco de acero.
El metal frío se cerró sobre su rostro, dejando solo una rendija horizontal desde la que sus ojos, ahora sombríos, observaban fijamente.
Luego, desenvainó su espada larga.
El sonido del acero al raspar la vaina fue un susurro letal en el aire cargado.
Acto seguido, hizo algo que impresiono a Evan.
Con la palma de su mano izquierda desnuda, la pasó por el filo de la hoja de arriba abajo, dejando sangre por toda la hoja.
Su sangre en la hoja comenzó a arder, un fuego vivo brotó de la hoja de la espada.
Eran llamas naranjas y rojizas, intensas y furiosas, que envolvieron instantáneamente el acero de la espada.
El metal se puso al rojo vivo, iluminando la calle con un resplandor infernal y calórico.
Riushi adoptó una posición de guardia, la espada llameante apuntando al frente.
El perro, ahora moviéndose con una velocidad antinatural, cerró la distancia en un par de pasos chuecos y saltó hacia el cuello de Riushi.
Riushi no se inmutó.
Avanzó un paso al encuentro, y con un tajo horizontal de la espada ardiente, cortó el aire y al pequeño cuerpo en un solo movimiento.
Las dos mitades del perro cayeron al suelo con un ruido húmedo, inertes.
Riushi se quedó quieto, respirando con fuerza a través del casco, su mirada fija en los restos con una lástima profunda.
Pero la compasión duró un instante.
Del torso seccionado comenzó a emerger algo.
Riushi retrocedió.
Una amalgama de miembros retorcidos brotó de la carne: alas de lechuza emplumadas y sucias, cabezas de perro gemelas que ladraban en silencio, enormes ojos violetas palpitantes con pequeñas alas de blancas saliendo de ellos, y brazos negros, humanos pero con siete dedos en sus finas manos.
Se unieron todos a un torso central robusto y aviar.
Y de lo que quedaba del hocico original, surgió de nuevo la voz, ahora un lamento: —¿Por qué me lastiman?… ¿Por qué me ignoran?… Quiero ayuda… Duele… ¿Dónde está mamá?… Yo solo… quiero ver a mamá… Riushi cerró los ojos un segundo.
Un suspiro grave salió del casco.
Cuando los abrió, solo quedaba determinación helada.
Cargó contra la abominación.
La pelea fue una danza de destrucción.
Riushi se movía con una gracia y ferocidad sobrehumanas.
Cada golpe de su espada llameante dejaba marcas en el pavimento y cercenaba partes de la criatura, que se retorcían y regeneraban.
Un ojo violeta era rebanado, otro brotaba.
Un brazo negro volaba por los aires, y dos más emergían.
Riushi era un torbellino de acero y fuego, pero la criatura, alimentada por una desesperación infinita, no cedía.
Evan, escondido, apenas podía seguir la pelea.
trataba de no ver, pero tenia que hacerlo para saber cuando ir a ayudar a su amigo, al cual no pensaba dejar morir.
Pero entonces al echar un vistazo solo a la silueta de Riushi, involuntariamente su vista se desvió a uno de los ojos violetas de la criatura.
Cuando su mirada se posó en uno de esos ojos violetas, un dolor agudo le taladrado la sien y visiones de estrellas agónicas y paisajes imposibles en su mundo invadieron su mente.
“No contemples el color violeta”, se gritó a sí mismo en su cabeza Evan.
En otro vistazo mas cuidadoso, vio cómo un golpe de un brazo negro impactaba en el hombro de Riushi, haciéndole retroceder.
La criatura no era imbatible, pero su capacidad de regeneración y el dolor de los golpes que no lograba esquivar, estaban agotando incluso al radiante guerrero.
Evan apretó el puño alrededor de la empuñadura de su espada corta, sabiendo que tenía que hacer algo más que esconderse.
Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com