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Hijos de la Luna - Capítulo 13

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  4. Capítulo 13 - 13 Las puertas de hierro
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13: Las puertas de hierro 13: Las puertas de hierro Riushi no solo tenía la visión limitada por el casco, sino que luchaba prácticamente a ciegas, esquivando golpes por el sonido y el movimiento del aire.

Un paso en falso sería el último.

No podía seguir así.

Tomó una decisión drástica.

Susurró tras el acero de su casco: —Oh, Sol, padre de la creación, imploro por tu protección, por favor apiádate de tu insensato hijo esta noche—.

Luego, cambió su mirada y vio directo a los ojos violetas de la criatura.

Un sacudón mental, agudo y frío como un clavo de hielo, le atravesó el cráneo.

Casi pierde el equilibrio, una náusea de realidad distorsionada subiendo por su garganta.

Pero justo bajo el dolor, sintió el fuego: un calor radiante y furioso que ardía dentro de su mente, quemando la influencia del dios oscuro como papel ante una antorcha.

Era una agonía clarificadora.

Contuvo el aliento, usó toda su fuerza para anclarse en ese fuego interior y atacar.

La batalla dio un giro drástico.

Liberado de la ceguera táctica, Riushi se transformó.

Su juego de pies se volvió elegante y mortal, su fuerza, devastadora y precisa.

Cada golpe de su espada llameante no solo cercenaba, sino que carbonizaba los miembros de la abominación, que ahora se regeneraban con lentitud desesperada.

La estaba acorralando.

Viendo una apertura, Riushi se abalanzó con todo su peso.

Clavó su espada al rojo vivo en el centro retorcido de la criatura y, con un gruñido que era puro esfuerzo, la empujó contra el suelo, sujetando la empuñadura con ambas manos para inmovilizarla.

Evan, desde su escondite, vio la oportunidad.

Salió corriendo con su espada corta desenvainada.

Cada célula de su cuerpo le gritaba que huyera, pero sus pies siguieron avanzando.

La criatura, en su agonía, había regenerado un brazo negro y óseo que se alzó para golpear a Riushi en la espalda, desprovisto de defensa.

En el último instante, Evan llegó y clavó su hoja en el punto de unión del brazo, deteniendo el golpe.

Sin perder un segundo, ambos amigos empujaron con toda su fuerza, hundiendo sus espadas aún más profundamente en la entidad.

Un grito agonizante, compuesto de mil voces lastimeras, estalló en la noche.

Evan contrajo el rostro, sintiendo que su coraje se resquebrajaba.

Pero Riushi, con una determinación feroz, soltó una mano de su empuñadura y comenzó a golpear la masa retorcida con su puño enguantado de acero, una y otra vez, con una rabia santa.

Bajo el asalto combinado, la abominación comenzó a desgarrarse, a deshacerse.

Sus lamentos se apagaron.

Finalmente, dejó de resistirse.

Quedó inerte.

Muerta.

Durante un instante, solo se oyó el crepitar del fuego en la espada de Riushi.

Luego, un suspiro compartido.

Tras recuperar algo del aliento, sin apartar los ojos del montón de ceniza que fue la abominación, Evan y Riushi reanudaron su camino hacia el castillo.

Riushi decidió no quitarse el casco.

Cada metro ganado hacia la gran puerta de hierro del castillo, aliviaba un poco la presión en sus pechos.

Pero, al acercarse, vieron algo en la entrada: figuras que se estrellaban contra el metal.

Con cautela, observaron mejor.

Eran personas vestidas con harapos, la suciedad visible incluso a distancia.

Golpeaban la puerta con desesperación, suplicando que los dejaran entrar, con gritos que destrozaban la garganta.

—Gente de la calle que no encontró refugio —murmuró Evan.

Pero había algo más.

Algo raro en la piel de sus brazos expuestos.

¿Tatuajes?

¿Escamas?

No.

Era la piel convertida en piedra gris carbón, agrietada, con vetas doradas que brillaban débilmente en la oscuridad.

Eran los síntomas avanzados de la adicción al Harmonium.

Antes de que su mente fatigada pudiera procesar el peligro, ya se habían acercado a unos quince metros.

Quizá el agotamiento nubló su juicio, o la apariencia aún humana de los adictos les hizo bajar la guardia.

Entonces, uno de ellos se volvió y les devolvió la mirada.

Tenia los ojos dorados con un brillo propio antinatural, otro rasgo final de la adicción.

Primero fue la mirada alerta de una fiera, luego la de un hambriento que olfatea carne.

Otros comenzaron a girar, uno a uno.

El estruendo de súplicas se apagó, dejando un silencio denso e inquietante.

En segundos, una docena de pares de ojos dorados los miraban fijamente, los cuerpos harapientos inmóviles en una quietud aterradora.

—Retrocedamos.

Despacio —susurró Riushi, su voz apagada por el acero.

Evan tragó saliva y asintió.

Dieron un suave paso atrás.

Los adictos dieron un brusco y sincronizado paso al frente.

El movimiento, tan uniforme, heló la sangre de los amigos.

Entonces, los adictos alzaron la vista, mirando por encima de Evan y Riushi.

Todos los sentidos de los dos jóvenes estallaron en una alarma pura, como si cuchillas afiladas ya reposaran en sus gargantas.

Una cuerpo enorme cayó detrás de ellos.

El impacto de dos enormes patas con garras sacudió el suelo.

Podría haber sido un dragón, pero la silueta que se proyectaba ante sus pies —ancha, maciza, con picos irregulares— no se parecía a nada conocido.

La criatura avanzó, haciendo que su sombra engullera a los jóvenes, hasta que su masa invisible estuvo a un paso de aplastarlos.

Su presencia era tan abrumadora que el instinto de volverse se quebró bajo un peso más antiguo: el terror absoluto.

Ninguno de los dos se giró.

Evan agarró el brazo de Riushi.

—No voltees—dijo con una voz plana, desprovista de emoción, los ojos desorbitados clavados en la sombra monstruosa a sus pies.

Los ojos de Riushi, tras la rendija, reflejaban el mismo pavor paralizante.

Los dos se quedaron sin aliento, petrificados, con los ojos perdidos hasta que no pudieron ignorar lo que ocurría frente a ellos.

Los adictos, cerca de la puerta, miraban fijamente al monstruo que estaba a sus espaldas.

Al principio, se quedaron inmóviles.

Luego comenzaron a temblar, a llevarse las manos a las sienes.

Sus gemidos se convirtieron en gritos destrozados, cada vez más fuertes, mientras apretaban sus cabezas con fuerza desesperada.

Sus ojos dorados comenzaron a humear, a derretirse, dejando cuencas vacías y chorreantes antes de que sus cuerpos cayeran inertes al suelo.

Evan, en estado de shock, no movió un músculo que no temblara.

Con lágrimas cayendo por debajo del casco, Riushi encontró la mano de su amigo y la aferró.

Evan, sin apartar la mirada del horror en frente, aferró también la mano de su amigo.

Ambos cerraron los ojos, listos para morir.

Entonces, una voz detrás de ellos quebró el silencio.

—Abran la puerta —rugió.

Era una voz grave, animal, como ningún humano tendría jamás.

Se escucharon los pasos de la criatura alejándose.

Luego, el despliegue de dos alas enormes a sus costados, y una ráfaga de viento casi los derribó al levantarla en vuelo, llevándose su sombra y su presencia opresiva.

Ellos siguieron allí, tomados de la mano, hasta que un retumbar metálico los sacó del trance.

Las enormes puertas de hierro del castillo comenzaron a abrirse con un chirrido agonizante.

Varios guardias con armaduras plateadas salieron, lanzas en mano.

Sin mediar palabra, tomaron a los jóvenes por los brazos y los escoltaron con firmeza al interior.

Las pesadas puertas se cerraron a sus espaldas con un golpe final.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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