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Hijos de la Luna - Capítulo 14

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14: Hogar 14: Hogar Evan iba caminando solo por las veredas de losas, sintiendo el frío de la mañana en su cara y manos.

Los altos edificios tapaban la luz directa del sol, pero una iluminación fría y difusa provenía del cielo.

Caminaba absorto en sus pensamientos, escuchando el eco de sus propios pasos en la ciudad vacía, con la vista fija en el suelo.

Avanzaba lento, como quien fue despedido de su trabajo y va a su casa.

Entonces uno de sus desordenados pensamientos destacó en su mente: “No busques lo que dejaste.” Evan se paró en seco, pues iba en dirección a buscar su macuto con sus cuadernos.

Aunque el sol ya había salido, un rechazo visceral se apoderó de él y se dio la vuelta inmediatamente, hacia su casa, con las manos vacías.

No había aún nadie en toda la ciudad.

Se sentía pacífico y reconfortante.

Sin nadie gritando, sin nadie alborotando, sin nadie molestando, sin nadie azotando caballos… Esa calma inusual le hizo apreciar de manera diferente la belleza de su ciudad.

Así que siguió caminando por una hora, hasta que las ventanas de algunas casas comenzaron a abrirse y algunos caballos aparecieron por las calles tirando carromatos, con comerciantes madrugadores.

El ruido de la ciudad fue poco a poco aumentando, hasta que Evan dejó de prestar atención al sonido de sus pasos.

Podría haber preguntado por algún carromato que se dirigiera hacia los suburbios cerca de Villa Verde, pero prefirió seguir caminando, con la mirada desenfocada, perdida en sus pensamientos.

Finalmente llegó al puente sobre el río Serene.

Lo estaba cruzando para llegar a los suburbios, cuando un brillo llamó su atención.

Era el sol reflejado en el río, haciéndolo parecer blanco como un río de leche, con tonos azules del cielo.

Evan se quedó absorto por un momento, sintiendo la brisa fresca de la mañana en su rostro.

Se apoyó con el codo en el muro que servía de baranda, dejando que el flujo del agua le calmara los nervios.

Se quedaría un rato allí, queriendo pensar un poco más antes de llegar a su casa y dar explicaciones a sus hermanos.

Entonces, otra persona empezó a cruzar el puente.

Venía de los suburbios pero parecía decente, como la mayoría de ellos en realidad.

Era un hombre joven, de complexión delgada, rostro común, pelo castaño y ojos azules.

Sin embargo, su mirada no estaba mucho mejor que la de Evan, tenía manchas de sangre en su camisa blanca y sus pasos eran pesados, como quien acababa de perder algo irremplazable.

Evan lo vio con compasión.

Las personas así no eran raras de ver los días después de las noches sin luna.

Entonces una idea atravesó la mente de Evan.

No… no irá a hacer eso, ¿verdad?

El hombre se detuvo a unos metros, colocando sus manos en el pretil del puente, mirando el mismo horizonte reflejado en el río.

Le echó una mirada a Evan.

Sus ojos se cruzaron y, cuando vio el rostro y las manos con moretones de Evan, una leve mueca parecida a una sonrisa se dibujó en su cansado rostro.

Luego volvió a mirar hacia el horizonte, se sentó en el borde del pretil con las piernas colgando hacia el agua y saltó.

Evan lo observó todo sin pestañear ni respirar, hasta que el hombre saltó.

Evan solo se quedó viendo el lugar vacío en el puente que abandonó su cuerpo.

Cerró los ojos y apretó los dientes mientras escuchó el impacto del cuerpo contra el agua, seguido de un eco agudo que pareció perdurar.

Finalmente, Evan volvió a abrir los ojos, con el ceño fruncido, en una mirada seria y dolida.

Tragó un largo bocado de aire y luego soltó un largo suspiro.

Echando un último vistazo al horizonte, se incorporó y volvió a ponerse en marcha hacia su casa.

*** Finalmente se adentró en las familiares calles de Villa Verde: chozas de madera vieja, algunas con vallas rotas, basura por algunos costados, caminos de tierra con desniveles y pozos.

Abundante terreno con césped, hierba mala, flores silvestres y árboles diversos.

Los pájaros cantaban, los perros ladraban y los humanos insultaban.

Ya parecía que la vida volvía a salir de su escondite.

Luego de caminar por las calles de adoquines y las grandes casas de piedra, silenciosas como una ciudad fantasma.

Llegar al rústico y familiar ambiente de Villa Verde se sentía como viajar a otro reino.

Uno más pobre, sí, pero más hogareño y rural.

escucho las cinco campanadas de la iglesia, sin la campanada tétrica, aliviando su corazón Se paró frente a su casa.

La ventana estaba abierta, también la puerta de la valla que la rodeaba.

Escuchaba un murmullo en el interior junto a ruidos de sus hermanos acomodando cosas, preparando el desayuno quizás.

Evan se quedó allí parado un momento.

No había hecho otra cosa que pensar, recordar e imaginar durante las últimas dos horas, y aun así, no tenía idea de cómo confrontar la situación que se venía.

Su corazón debía de estar latiendo más rápido, pero con todo lo sucedido, ya estaba demasiado cansado para acelerarse de nuevo.

Por el costado de la casa, en el césped, vio a Michu.

Eso le hizo dibujar una leve mueca de sonrisa en el rostro.

Ella solo le echó un vistazo rápido, doblando las orejas, antes de volver a enfocarse en trepar un árbol.

Evan apretó el puño y comenzó a caminar con pasos normales hacia la puerta.

Puso un pie en el único escalón y por inercia su mano buscó la llave para abrir el cerrojo, pero había perdido su macuto.

Además, quizás ellos ya habían abierto la cerradura.

Así que solo puso su mano en el picaporte de la puerta, está hecha de vigas de madera recicladas, y se abrió.

Los murmullos del interior cesaron inmediatamente.

Desde dentro de la casita, observaron cómo la familiar figura de su hermanito aparecía en el marco, recortada contra la luz blanca del exterior.

*** Allí sentados en la pequeña mesa de la casa, se encontraban los dos hermanos mayores de Evan, tomando té con pan, hasta que él abrió la puerta.

Nelson, de 27 años, era el mayor de los tres.

Un hombre fuerte y muy alto, con mirada predeterminadamente severa, espalda ancha, cuello grueso y manos grandes.

Su mayor distintivo era su pelo rojo fuego despeinado, con ojos oscuros como los de Evan.

Llevaba pantalones verde oscuro de tela fuerte para hombres trabajadores y una camisa del mismo color, algo suelta en la cintura, con una punta fuera del pantalón, cuyo cordón también llevaba desatado.

Mariana, de 24 años, era una mujer joven y linda.

Llevaba un vestido de una pieza, marrón claro, que iba desde su clavícula hasta las rodillas.

Su pelo castaño, algo ondulado, era largo por detrás pero con flequillo al frente.

Tenía unos bellos ojos verdes y facciones dulces, que ahora aparecían fruncidas y estresadas.

–Oh, por el Sol – exclamó Mariana llevándose las manos a la cara, con los ojos cerrados con alivio como si su alma hubiera vuelto a su cuerpo.

Evan se sintió como un maldito culpable al ver a su hermana comenzar a sollozar.

–Gracias, Sol, gracias… – siguió murmurando entre sollozos con el rostro cubierto.

Nelson, por otra parte, solo se quedó mirando a Evan severamente, incluso más de lo que ya era habitual en su mirada neutra.

Esto hizo que Evan comenzara a plantearse retroceder.

–Estuvimos sin poder dormir – dijo suavemente Nelson, pero como su voz era por naturaleza grave y fuerte, a Evan le recorrió un escalofrío.

–Perdón… En serio – dijo Evan, con genuina tristeza reflejada en su rostro.

No sabía qué hacer con sus manos.

Antes de darse cuenta, las había juntado frente a su vientre, en un gesto inconsciente de inquietud y sumisión.

Nelson se acercó a él y se quedó parado a pocos pasos.

Su mirada se suavizó un poco al ver que Evan no tenía heridas aparte de los moretones en las manos y la cara.

Puso una mano en su cabeza y se la frotó.

Evan solo le llegaba por debajo del pecho.

Pero Evan no se tranquilizó; conocía bien a su hermano y sus cambios de humor, además de su brusca personalidad.

Tras recuperar el aliento, Mariana se paró de su silla y se acercó a Evan.

Lo envolvió con sus brazos, abrazándolo fuertemente.

En su oído, con su voz quebrada, le susurró.

–No sabes… cómo me preocupé… Estuve rezando toda la noche, llorando por ti… Evan la abrazó de vuelta, pero cada músculo le dolía y casi no tenía fuerzas en su cuerpo, así que solo pudo poner sus brazos alrededor de ella sin apretar.

Un olor a pan caliente, a té de naranja y a su cálido hogar lo asaltaron cuando su hermana lo abrazó.

Evan no pudo resistir derramar lágrimas, sus ojos ya estaban rojos y sentía un doloroso nudo en la garganta.

Nelson, desde un costado, puso sus grandes manos sobre los hombros de ambos, mirándolos con la expresión de un hombre que no había podido proteger a su familia.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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