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Hijos de la Luna - Capítulo 15

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  4. Capítulo 15 - 15 Nelson y Maria
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15: Nelson y Maria 15: Nelson y Maria —¿Qué fue lo que ocurrió?

¿Por qué no volviste a casa?

—preguntó Nelson.

Evan, sentado frente a él con su hermana al lado, miraba la mesa.

Tenía frente a sí un plato vacío (el pan hueco con estofado ya estaba terminado) y un vaso de leche.

—Yo… perdí la última balsa.

Me distraje hablando con Fausto y Santi —dijo Evan con culpa.

Nelson se apretó la nariz en un gesto de impotencia.

—¿Eh?

¿Pero ellos no saben que vives lejos y que tienes que irte temprano?

—dijo Maria, con indignación.

Evan se quedó callado unos segundos, bajo la mirada de sus hermanos.

—Fue mi culpa.

Me distraje de camino al puerto de balsas —dijo, suspirando.

—¿Cómo te distraes?

—preguntó rudamente su hermano, con unos ojos que Evan prefería no mirar.

—Calculé mal el tiempo, perdón… —¿Ah?

¿Calculaste mal el tiempo?

—dijo Nelson, riendo con una incredulidad que sonaba aterradora.

—Pero ¡cuántas veces te dije que vengas temprano apenas terminan tus clases!

No, ¡ni siquiera tendrías que ir los días de noche sin luna!

—Maria se lo dijo mirándolo a los ojos, con su mano sobre la de Evan.

—Pero incluso si vas, ¿cómo puede ser que no volvieras acá apenas terminaron?

Si ya sabes lo que tenés que hacer, ¿por qué no lo hacés?

—gritó Nelson, mirando a Evan como a un asesino.

Maria solo se quedó viéndolo tristemente.

—Es que tenés la cabeza atrofiada —exclamó Nelson, golpeando la mesa.

—Nelson, espera, no hace falta que le grites así —pidió Maria.

—No, no te metas en esto, por favor —le dijo Nelson con un ademán severo de la mano.

—Esto es porque te la pasás con esos dibujitos de mierda, que te atrofian el cerebro.

No salís a tomar el sol, a ejercitar tus músculos, a vivir en el mundo real — dijo en voz alta Nelson, mientras Evan miraba fijamente la mesa.

—Miráme a los ojos… No esquives la mirada cuando te hablan… La voz de Nelson era fría y cortante.

Evan lo miró.

(Su expresión era de una serenidad agotada, como si ya no hubiera lugar para el miedo).

Nelson frunció el ceño al ver sus ojos.

—Yo a tu edad, ¿sabés qué?

Tenía cientos de amigos.

Al primero que se metía con uno de nosotros, íbamos todos a hacerlo mierda.

¡Ese es el mundo real!

¡No los libros y tus dibujitos!

— Y quedas así, pequeño, inútil.

No puede ser que no llegues a talar cincuenta troncos en una hora.

¿Por qué no te pones a practicar, en vez de seguir encerrado haciendo tus cosas?

No podes seguir solo estudiando.

Tenes que vivir, aprender a relacionarte con los adultos, con la gente de tu reino para la que después vas a trabajar.

Tenes que hacer mas amigos, tener gente que te ayude, y si es posible, conseguir una novia.

Aunque bueno, entiendo que te sea difícil… pero al menos inténtalo.

Nelson hizo una pausa para tomar algo de aire y organizar sus ideas  —¡Ni siquiera venís a ayudarme a mi trabajo!

¡No te interesa aprender ni a forjar un cuchillo!

—Pero, espera Nelson, él está estudiando.

Ya solo le queda un año, y es inteligente —replicó Maria.

No soy inteligente.

Si lo fuera, no me habría metido en este lío.

Sigo sacrificando mi tiempo por un título que quizá no me sirva, mientras Nelson quiere que use mejor mi tiempo aprendiendo sobre el “mundo real”, pensó Evan.

Nelson solo ignoro a Maria con un gesto de la cabeza —Pero bueno, así están todos en realidad.

Se la pasan leyendo libros y se quedan con el cerebro tonto, sin saber comunicarse.

Se creen la gran cosa por saber leer y escribir pero ni siquiera saben cómo plantar papas.

Vamos a ser una humanidad de inútiles —Nelson terminó la frase con un gesto cortante de la mano.

Solo es un año más.

Solo necesito aguantar un año más… se repetía Evan en la cabeza.

Ah, la nueva beca.

Evan debió haberse olvidado por todo lo ocurrido, pero si le cuenta esto a Nelson, quizá lo deje en paz por ahora.

—Sobre eso… me dieron una mejor beca —dijo Evan entre dientes.

—¡Pero vos seguís estudiando y estudiando!

—El comentario de Evan quedó sepultado por la voz de Nelson.

—¡La educación te convierte en un inadaptado social!

Porque estar educado te hace hablar un lenguaje que nadie más, de nosotros los plebeyos, entiende —exclamó Nelson, con el rostro enrojecido.

—Te da conocimientos que no podés compartir, porque la mayoría está educada en la calle, a base de astucia.

Si seguís este camino, terminarás siendo incapaz de comunicarte, porque no tendrás con quién hablar.

La gente no se entiende hablando; se entiende insultando, dándose bofetadas, callándose… —¡Ahora tengo una beca de treinta clavos!

—dijo rápido Evan.

Pasaron unos segundos en los que Nelson lo miró fijamente.

—Ah, bueno.

Bien, bien.

Está bien, sí —dijo Nelson, algo más calmado.

—Pero tenés que aprender más cosas de la vida y ayudar un poco más en la casa.

Nosotros no podemos ayudarte más, con cómo está la economía ahora en todo el reino.

¿Siquiera escuchó lo que dije?

se preguntó Evan.

No, solo fue ignorado, como siempre.

—¡Pero escuchalo vos también, Nelson!

—replicó Maria, enojada.

Nelson ni se inmutó.

Nelson recapacitó unos segundos.

Bueno, sí.

Treinta clavos… —Eso nos va a ayudar a apoyarlo durante un año más, hasta que se gradúe.

¿No eras vos el que le decía que estudiara y consiguiera un buen trabajo en la capital?

—Maria elevó la voz, ya enojada.

—Bueno, sí, pero él… —Está muy cansado.

Dejemos que se vaya a dormir un rato —dijo Maria, mirando a Evan.

Él le devolvió la mirada, pero el peso del cansancio y el dolor en cada músculo le impedía hasta devolverle una sonrisa.

Solo se levantó y comenzó a subir las escaleras, con la mirada de sus hermanos clavada en su nuca, dándole frío.

A solo dos metros de distancia del piso donde estaban sus hermanos, allí en su colchón sobre el entrepiso de madera, se sentó Evan.

Maldiciendo mentalmente, como nunca antes, la miserable privacidad de su alcoba.

Sus hermanos podían escuchar a Evan quitándose la ropa con gran esfuerzo, cada movimiento una batalla contra su cuerpo dolorido y sin fuerzas.

Se acurrucó en silencio, dejando que la almohada de paja se humedeciera bajo su rostro.

Luego sintió algo tocando su pie.

Al voltear, era Michu.

Se había subido a su cama sin el más mínimo ruido y lo miraba, estudiándolo, como preguntándose si estaba bien.

Él hizo un esfuerzo por acariciar su cabecita y rascarle el cuello donde le gustaba.

—Gracias por salvarme —le susurró.

Luego volvió a intentar dormirse, con Michu acurrucada en sus piernas como en un nido.

Acurrucado, Evan comenzó a notar otra de sus dolencias: su respiración comenzó a chillar, como si sus pulmones se apretaran.

En un último esfuerzo, fue hasta su uniforme, donde en el bolsillo guardaba la bolsita que le dio Fausto.

Sacó un aerotino.

Parecía un pequeño bicho bolita, del tamaño de una uva, pero de un color verde luminiscente, como una esmeralda al sol.

Estaba seco y, con algo de asco, Evan se lo comió, masticando con el rostro contraído.

Al cabo de unos segundos, pudo volver a respirar con naturalidad, los pulmones despejados.

Y solo entonces trató de conciliar el sueño, mientras sus hermanos hablaban abajo.

—Treinta clavos… No es tanto como para mudarnos a la capital, pero tampoco es poco.

¿Un caballo?

¡Eso es!

Al fin podríamos comprar un caballo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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