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Hijos de la Luna - Capítulo 16

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  4. Capítulo 16 - 16 Xixia
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16: Xixia 16: Xixia “MI tesoro… mi vida… mi más preciada y amada maldición…” Evan se sintió envuelto por un cálido sentimiento, casi olvidado, en su sueño.

Otra vez no podía recordar bien de qué se trataba.

Con esfuerzo logró abrir sus ojos, que sentía secos y le dolían.

Lo siguiente fue una sed insoportable.

El dolor por todo su cuerpo solo empeoró, y se sentía como si su cuerpo estuviera muerto, pesado, rígido.

Lo último que quería era moverse, pero tenía que beber agua.

Ya entraba la luz del sol a su casa por la ventana y la puerta abierta.

A juzgar por los ruidos, Nelson estaba practicando con su pequeña forja en el patio trasero, mientras Maria tejía en la sala.

Evan tomó algunas prendas ligeras, se las puso con dificultad y luego sus pasos sonaron a través de la madera del entrepiso hasta las escaleras.

Michu bajó delante de él, maullando pidiendo comida.

“¡Michita Yuyu, ¿pero por favor, todo el tiempo quieres comer?!”, exclamó Maria con voz tierna.

“Evan, dale algo de comer a Michu y luego ve a comprarme unas verduras y algo de jamón con queso, ¿puedes?” “¿Eh?

Oh, sí, está bien”, dijo Evan con voz pastosa.

Agarró la jarra de agua de la mesa y se sirvió un vaso.

“¿Y qué hora es?” “Son como las once”, dijo Maria con naturalidad.

Evan se alarmó, con una expresión de impacto en su cara.

“Hoy no tienes clases, es Amnesaya.

Estás desorientado todavía”, le aclaró Maria al verlo.

Evan suspiró con alivio.

“El viejo Sahur nos invitó a comer un asado en la colina.

Iremos.

¿Vendrás tú también, no?” “Un asado… sí, bueno…” “Bueno, date prisa.

Ve a comprarme eso así llevamos comida para compartir”, replicó Maria.

Evan salió de su casa con un pantalón más ligero y holgado, marrón oscuro, y una camisa blanca común.

Aún así, podía empezar a sentir el calor, así que era mejor ir por la sombra de los árboles.

Caminaba más despacio.

A cada hora que pasaba, un nuevo músculo decidía doler y descubría un nuevo moretón.

Nunca antes en su vida le había costado tanto moverse.

Intentaba prestar atención a su entorno, los árboles, los pájaros, los caballos, pues prefería alejarse de sus recuerdos lo más rápido posible.

Aún así, todo parecía falso, como observar un cuadro a través de un vidrio.

Llevaba una bolsa de mimbre en la mano.

Finalmente llegó al mercado de Villa Verde, no muy lejos de su casa.

Allí había varios puestos vendiendo artesanías, frutas, animales, fiambres, quesos, y comida ya hecha, con olores que hacían babear a los transeúntes.

Tenían toldos de colores desvaídos por el sol y pequeñas cadenas colgando al frente, símbolo de que pertenecían al gremio de comerciantes.

Se acercó al puesto de frutas y verduras donde normalmente compraba su familia.

Tenía un cartel que rezaba “John Lemon”.

“Hola, ¿señora Xixia?”, dijo Evan, saludando con la mano lentamente.

Una señora bajita, de pelo negro azabache e iguales ojos almendrados, iluminó su expresión al verlo.

“¡Oooh, Evan, chico!

¿Cómo etás?

¡Haxe mucho no te veo!”, exclamó la señora Xixia con su alegría habitual.

Tenía un acento distintivo de su tierra natal en Yuguen.

“¡Qué tal!”, dijo Evan, contagiado o al menos pretendiendo estarlo, por su energía.

“Ay, muchacho, ¡pero mila lo que te pasó en la cala!”, exclamó la señora Xixia, abriendo bien los ojos.

“Oh, ¿esto?

No es nada, no se preocupe.

Solo me tropecé ayer”, dijo Evan con desenvoltura.

“¿Que te tlopezaste?

¡Palece que te pisó un elefante, chico!

¿Qué pasó?”, insistió, mirándolo con el mentón elevado.

Evan se puso nervioso.

Solo deseaba meterse bajo tierra.

“Bueno… resulta que me quedé afuera en la noche sin luna”.

Apenas la señora Xixia escuchó esto, sus ojos se abrieron más, como si viera un fantasma.

Evan agregó rápidamente: “¡Pero no me pasó nada!

Estaba cerca del castillo acorazado, así que me refugié allí.

Pero sentía que algo me perseguía, así que corrí muy rápido y me caí.

En serio, eso fue todo”.

La señora Xixia lo miró de reojo un instante y luego dejó escapar un suspiro.

“Está bien, muchachito.

Pelo plométeme que no vas a volver a sel tan impludente”, agregó, señalándolo con un dedo.

“Claro, ya aprendí mi lección.

Y… ¿ustedes cómo pasaron la noche sin luna?”, Evan cambió de tema.

“Nosotlos… bien.

No hubo ningún problema”, dijo la señora Xixia, repasando mentalmente.

Luego agregó: “Ah mi malido llegó algo talde por quedalse a trabajal, así que lo castigué sin alcohol”.

Parecía orgullosa de esta última parte.

Ambos se rieron.

Entonces, habiendo llegado al final de la charla, la señora Xixia preguntó: “¿Qué vas a llevarl hoy?” “Oh, sí.

Necesito cinco tomates, dos lechugas y tres cebollas, por favor”, dijo Evan, pasándole la bolsa.

“Selían tres clavos”, dijo Xixia, devolviéndole la bolsa cargada.

Evan sacó las monedas y se las puso en la palma.

“Gracias, joven”.

“Gracias a usted”.

“Eh, Evan”, dijo Xixia de repente cuando él ya se volteaba.

“¿En selio estás bien?”, le preguntó con sincera preocupación.

“Sí, estoy bien”, contestó Evan con una sonrisa.

Tras despedirla con la mano, pasó rápidamente por la fiambrería por el jamón con queso y volvió a caminar hacia su casa.

*** De todo lo que pasaba por la mente de Evan, no eran los horrores de la noche sin luna lo que más le molestaba, sino los chicos que lo habían atado para que muriera.

Le enfurecía pensar que ahora estarían riéndose, contando cómo mataron a un plebeyo de las afueras, mientras bebían y se hartaban en algún banquete.

Además, existía la posibilidad de volver a encontrárselos en la academia.

Eran muchos, con diferentes horarios; juraría que eran de tercer año.

Le enfurecía cómo se había comportado frente a ellos: como un niño, no como un hombre.

Le enfurecía que nadie hubiera hecho nada por él, ni lo haría.

Ellos, los nobles con crueldad, siempre solían ganar en la vida real.

Mentir, sobornar, extorsionar… sus métodos eran más extensos y efectivos.

También le enfurecía saber que si intentaba hacer algo por sí mismo, como matarlos, su vida quedaría arruinada, si no ejecutado.

Entonces, ¿solo debía esperar a que intentaran matarlo de nuevo?

Mientras tanto, él no tenía más opción que ir a esa guarida de lobos para graduarse y ayudar a sus hermanos.

Evan realmente ya no quería volver.

Ni siquiera con Julius de su lado estaría seguro.

Y la Luna… si aquel primer escalón a la divinidad solo lo haría perder más partes de sí mismo, ¿qué sentido tenía?

Aun dándole vueltas, lo más probable era que Evan siguiera yendo a la academia por voluntad propia, sobreviviendo como un maestro en el arte de esconderse y pasar desapercibido.

Así era como había sobrevivido hasta ahora.

Así, perdido en pensamientos, ideas y resoluciones, Evan llegó a unas vallas familiares.

Cuando llegó a su casa, era casi mediodía.

Dentro, encontró un ambiente más normal.

Su hermana en la cocina, horneando pan en el horno de ladrillos y carbón.

Nelson estaría en el patio, trabajando en herraduras en su pequeña forja.

Maria se puso a preparar la ensalada.

Evan la ayudó a sacar el pan del horno para llevarlo, junto con el resto de la comida, al almuerzo.

“¡Nelson!

Ya estamos, nos vamos”, le gritó Maria desde el patio trasero.

Nelson dejó su pequeña herrería y fue a ponerse su pantalón más limpio.

Evan y Maria lo esperaban ya en el patio delantero.

Antes de salir, Nelson abrió un armario y sacó de allí su preciado laúd, guardado en un estuche de cuero costoso.

Lo atesoraba como a nada en el mundo y lo cuidaba como si estuviera hecho de cristal.

Él era, en cierta manera, quien llevaba la música a las reuniones.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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