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Hijos de la Luna - Capítulo 17

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  4. Capítulo 17 - 17 Almuerzo
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17: Almuerzo 17: Almuerzo Sobre una colina algo alejada de las casas, había una mesa larga hecha de varias tablas de madera, bajo la sombra de un árbol, con espacio para unas doce personas y un mantel encima.

Las mujeres iban y venían preparando ensaladas, mientras los niños correteaban jugando con palos y su imaginación.

Los hombres estaban sentados en una esquina de la mesa, cerca de la carne: unas costillas de cabrito asándose a las brasas, mientras hablaban de política, seguridad, religión y coliseos.

Un viejo con gran panza y pelo rizado corto y canoso, sentado en medio, dirigía la conversación.

Era el viejo Sahur.

Tenía un rostro curtido, con piel dura, algo bronceada y áspera por los años de trabajo duro.

Era el mejor bebedor del barrio y tan respetado como un líder; el hombre de mayor edad del grupo y quien dirigía las torturas cuando atrapan a un bandido.

—Quiero seguridad… quiero seguridad… quiero justicia… —decía el viejo Sahur, sobreactuando con gestualidad teatral, imitando a nobles cobardes.

—¿Qué justicia?

¡La justicia la tenés que hacer vos!

Tomar una espada y ¡zash!

—cortó Sahur con un gesto de la mano, mientras los tres hombres a su alrededor, entre ellos Nelson, lo observaban atentamente.

Soltando, quizá, la mejor labia de su vida.

—Si te roba alguien, lo hacés cagar… —puntualizó Sahur.

—Yo voy a cualquier rincón porque me la aguanto, no tengo ningún problema —dijo Sahur, orgulloso—.

Me llevo una hoja afilada encima y al primero que se me cruza lo hago mierda.

—Viene un bandidito y, ¡zash!, lo dejo sin cabeza y listo, a otra cosa.

¡Mátenlos, hijos de puta, mátenlos!

—gritó un poco Sahur, dirigiéndose a los cobardes de la capital.

—Lo único que saben hacer los guardias es agarrar sobornos, sobornos y sobornos, y nada más, ¿viste?… —Así que la única solución es hacerlos mierda nosotros mismos.

Y si vienen los guardias, te los hago mierda también, porque los guardias tienen la culpa también, —dijo Sahur, sacudiendo la cabeza despacio con decepción.

—El pueblo es el que se tiene que armar.

Así viene un bandido y, ¡zash!, matalo.

Vienen los guardias y, ¡zash!, matalos a los guardias también, porque los guardias son todos cómplices.

—El perro que muerde una vez, vuelve a morder dos veces, y el bandido que roba una vez, vuelve a robar otra vez.

—Así que yo salgo con mi espada, mato al bandido, mato al juez y te mato a los guardias también.

Ah, ojalá que todo Ferraria escuchara mis palabras —agregó Sahur con tono resignado.

—¡Hey!

¡Sahur!

¿Qué estás haciendo?

¡La carne se está quemando!

—le gritó desde el medio de la mesa su esposa, René, sacando a todos los hombres de su embelesamiento.

Los hombres se alarmaron un poco; todos se pararon de sus sillas y fueron a ver la carne, que desprendía una importante columna de humo negro.

—Ay, por el Sol, estos hombres… de todos ellos no se puede hacer uno —dijo resignada la esposa de Sahur, llevándose una mano a la cara.

—No, está bien, está bien —dijo Sahur, despreocupado—.

Nelson, pasame la tabla para poner la carne.

Esto ya está listo para servir.

María se fue junto a las otras cuatro mujeres, llevando su ensalada para compartir y el jamón con queso.

Las ayudó a terminar de preparar la mesa y otras ensaladas.

Las más mayores usaban pañuelos cubriéndoles el pelo.

Algunas de las ensaladas eran de lechuga, tomate, zanahoria rayada y cebolla picada.

Otra era de trocitos de papa con trocitos de zanahoria, huevo hervido picado y algo de condimento.

Mientras tanto, Evan estaba algo alejado al principio de la colina, sentado en el césped con las piernas extendidas.

Estaba dibujando el boceto del extraño encargo de Santi.

Había una niña pequeña a su lado; su nombre era Francisca, una niña que a veces hablaba con él, le pedía consejos para aprender a dibujar y ya se había encariñado con Evan.

—No entiendo por qué se meten conmigo en la iglesia.

Si en mi clase está lleno de mestizos, también está llena de chicos gordos, de niños con problemas, de pelirrojos, de inmigrantes de Yuguen… ¿Por qué no le tiran papeles a ellos, en vez de a mí?

¿Por qué a mí?

¡Soy rubia, esbelta y de ojos claros!

Que se metan con el gordo, ¡no conmigo!

Evan no pudo evitar mirar a Francisca de reojo, algo turbado pero también reprimiendo una carcajada por lo hilarante de aquellas declaraciones, viniendo de una niña de ocho años.

—Bueno, quizás sea porque eres pobre… —dijo finalmente Evan, sin pizca de tacto.

Francisca lo fulminó con la mirada, mientras él solo seguía dibujando.

Luego, ella se acercó a Evan para ver mejor su cuaderno.

—¿Cómo puedo hacer para dibujar así como tú, primo?

—Mmm, en parte es solo práctica.

Pero si querés mejorar, tratá de empezar practicando a dibujar a la gente que tenés en frente.

Tratá de medir las proporciones de sus extremidades en relación con sus cuerpos.

También podés dibujarte a vos misma en un espejo.

Y no aprietes mucho el lápiz —explicó Evan, serenamente.

Francisca parecía algo confundida por todo lo que escuchó.

—¿Y por qué no me enseñás vos, primo?

—No.

Tengo mucho que estudiar y estoy ocupado —dijo Evan sin pensar.

Francisca hizo un puchero mientras lo veía, enojada.

—¿Y qué dibujas, primo?

Es raro —preguntó, intrigada.

—Es el personaje de una leyenda, llamado Lobizón —aclaró Evan.

Por consideración, Evan no había comenzado a dibujar a la coneja aún, pero dos grandes esferas se insinuaban en rayones suaves.

—¿Es una leyenda?

¡Contame, primo!

¡Contame!

—gritó ella, entusiasmada.

—Mmm, veamos.

En el norte, en los prados desolados de todo rastro de civilización, entre los bosques oscuros y cavernas desconocidas, y los últimos Intianos apartados en sus ruinas… Dicen que en los días plenos y crecientes, cuando suele haber luna llena, la gente presencia cosas extrañas.

Animales de corral desapareciendo en la noche sin dejar rastro, aullidos ensordecedores desde el corazón de zonas boscosas o montes inhabitados, familias enteras encontradas mutiladas de la noche a la mañana, perros ladrando a la oscuridad más allá de la luz de las hogueras y pisadas que encuentran en el barro fresco, como las de un lobo, pero con una inquietante planta humana… Ese es el Lobizón.

Dicen que es uno de los mutantes más fuertes de la Salamanca, un terror creado por una secta intiana para matar a los invasores vasquianos, cuando los intianos habitaban todo Atharaxia.

Se cree que escapó del control de la secta y que ahora aterroriza indiscriminadamente a todos los habitantes de pueblos y campos del norte.

Evan contó esto mientras dibujaba, pero entonces se dio cuenta de que no había escuchado hasta ahora la reacción de su supuesta espectadora.

Así que volvió a ver: allí estaba Francisca, lejos de él, buscando insectos entre el césped con cara concentrada.

Un momento después, Francisca se acercó corriendo.

—¡Primo, primo, mira lo que tengo!

—Francisca le acercó un grillo de gran tamaño a la cara.

—¡Ahhhh, aleja esa cosa de mí inmediatamente!

—gritó Evan, saliendo corriendo y dejando su libro de dibujos atrás.

Francisca lo persiguió con el grillo.

Entonces Evan agarró una rana del río cercano.

—¡Por las cebollas!

¡Ranas no!

¡Ahhh!

—chilló ella.

—¡Entonces tenés cuatro segundos con tres sales para soltar ese grillo!

—advirtió Evan.

Y así comenzó a perseguir a Francisca.

—¡Chicos!

¡A comer!

—gritó María.

—¡Ya basta, dejá de perseguirme, primo!

—exclamó Francisca.

—Está bien, está bien.

Pero no vuelvas a acercarme insectos, ¿entendiste?

—puntualizó Evan.

—¡Sííí!

—gritó Francisca, ya lejos de él, corriendo colina arriba hacia el árbol.

Tras un suspiro resignado, Evan guardó su cuaderno en un pequeño bolso de tela vieja que llevaba cruzado en el pecho.

Todos se sentaron en la mesa, en banquitos de madera que habían traído desde sus casas.

Algunos tenían sillas plegables de metal y mimbre, ya algo oxidadas por el uso.

—Bueno, vamos a dar las gracias primero, antes de comer —declaró René, la esposa de Sahur y la mayor de las mujeres.

—Abuelita, ¿puedo dar las gracias yo?

—preguntó Francisca, inocente.

René miró a Sahur, pero él no mostró expresión alguna, como si ni siquiera supiera por qué lo miraba.

Entonces, René se volvió hacia su nieta y asintió.

—Está bien, podés hacerlo por hoy.

Todos se pusieron en la mesa, codos apoyados en el borde, manos en posición de oración con los dedos entrelazados, frentes apoyadas en las manos y ojos cerrados.

Entonces Francisca comenzó a orar: —¿Qué onda, Señor Sol?

Quería pedirte que desaparezcas a los chicos gordos de mi iglesia, para así… —Es suficiente —la interrumpió René sin abrir los ojos—.

Quedate callada.

Los niños de la mesa casi no pudieron contener las risas, inflando los cachetes.

La esposa de Sahur, la señora René, era casi siempre la encargada de dar las gracias, así que continuó ella: —Oh, Señor, gracias por un día más, por estos alimentos, por dejarnos llenar nuestros estómagos con deliciosa comida.

Bendícelos con tu gracia, con tu abundancia.

Que no nos falte tu benevolencia en nuestros platos, ni tu amor en nuestros corazones.

Ayúdanos a ser valientes en estos tiempos tan oscuros y ayúdanos a salir adelante, Señor.

Por tu amor, por tu poder, Señor Sol, gracias.

Amén.

—Amén —repitieron todos al unísono.

Luego, coordinadamente, abrieron los ojos, tomaron los cubiertos y comenzaron a comer mientras la charla continuaba.

Los hombres bebían cerveza mientras hablaban de los coliseos y los gladiadores.

—El problema de los gladiadores de Serenos es que los nuevos no se coordinan con los mayores.

¡Ya nadie quiere hacerles caso a sus mayores en estos tiempos, por el Sol!

—Si los de Ébanos quieren tener siquiera la más mínima oportunidad de ganar el próximo torneo, tienen que expulsar a su entrenador inmediatamente.

Ese hombre no sirve ni para comandar un par de perros —comentó Nelson.

Por otro lado, las mujeres hablaban en voz más baja, pero en cantidades mayores.

Evan no sabía ni cómo se entendían.

Hablaban de costura, de los precios desorbitados de la carne y las verduras, de los defectos de sus maridos, de compromisos y de chismes del barrio.

Evan, en otras ocasiones, disfrutaba mucho estos almuerzos llenos de alegría, con buena gente a su alrededor y la brisa refrescante trayendo olor a sol y primavera bajo la sombra del árbol.

Pero ahora no estaba en su mejor estado mental.

No podía apreciar bien las cosas, agobiado por remordimientos y temores que afligían su corazón y asfixiaban su mente.

Aun así, no iba a ignorar la comida, especialmente ahora que necesitaba comer bien para recuperarse del dolor que azotaba cada músculo.

Así que, aunque su cabeza estuviera en otra parte, al menos pudo apreciar la jugosa carne, las sabrosas y frescas ensaladas, y probar algunos cubitos de jamón y queso que había en medio de la mesa para todos.

Trataba de comer un poco de carne junto con un poco de ensalada de lechuga en cada bocado, aunque eso significara sobrecargar su boca.

Puede que Riushi tuviera más razón de la que Evan pensaba.

Estómago lleno, corazón contento.

Al menos se sentía algo aliviado mientras comía bien.

Entonces, el viejo Sahur se quedó sin nada que decir por un momento y miró a Evan, el único que estaba sin hablar con nadie.

—Y… Evan, ¿cómo te va en la academia?

—le preguntó con su buen humor y energía positiva.

Evan estaba cómodo en la mesa, y antes no habría tenido problemas para acaparar la atención por unos segundos.

Pero justo hoy, con su cara así… —Oh, bueno… me va bien.

De hecho, me dieron una mejor beca.

Ahora me darán treinta clavos por mes —dijo evasivamente, tratando de enfocar la atención en el dinero.

Normalmente, eso siempre funcionaba.

—Oh, vaya, mirá qué bueno.

Treinta clavos está bastante bien —asintió Sahur.

Las mujeres que prestaban atención también asentían y felicitaban a Evan.

Él sonreía y asentía para responder a sus cumplidos.

Y así siguió el almuerzo, hasta la sobremesa, donde todos seguían conversando alegremente incluso después de dejar el plato vacío.

Finalmente, Nelson sacó su laúd del estuche.

Los hombres y las mujeres pidieron canciones, algunos menospreciaban amistosamente las sugerencias de los demás.

Finalmente, sin decir una palabra, Nelson comenzó a tocar los primeros acordes.

Toda la mesa guardó silencio; todos supieron de qué canción se trataba y unas sonrisas se dibujaron en sus rostros.

Luego, una sinfonía de voces comenzó a acompañar la música.

Las de los hombres enérgicas pero desafinadas, las de las mujeres, dulces y ordenadas,.

Todos, sin excepción, aplaudían al compás.

Una dama y un caballero buscan su destino sobre un caballo.

No conocen más que la desolación, pero quieren salir a ver el mundo.

Él, cansado de tantas guerras, decide regalar sus monedas.

Ella solo quiere irse a las estrellas, porque nadie nunca veló por ella.

Miles y cientos de bardos por todo el reino, solo tratan de ganar dinero.

Solo algunos buscan cantar con el corazón, a otros todo les da temor.

La dama le dice al caballero: “Pasame el vino que está fresco ¡oh!

A la noche la pasará a buscar… ¡Hacia su destino!” ¡Oh, oh!

Es que de ahora en más viviré cantando, lejos de todo lo que me hace mal.

¡Lejos está lo que estoy buscando!

¡Oh, oh!

Evan aún sentía los ojos algo irritados y su corazón cansado.

Ya había tenido suficiente por hoy.

Pero entonces… ¿por qué tenía que volver a reprimir sus lágrimas por esta tonta canción?

Una brisa cruzó toda la mesa, ondulando los bordes del mantel y las faldas de las mujeres.

A Evan le revolvió el cabello y lo ayudó a recuperar el aliento.

Michu salió de repente desde debajo de la mesa, saltando al regazo de Evan.

Él comenzó a acariciarla y empujaba su mano cuando ella trataba de alcanzar un hueso de su plato.

No está mal estar aquí, pensó.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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