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Hijos de la Luna - Capítulo 18

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  4. Capítulo 18 - 18 Adar-Leonard
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18: Adar-Leonard 18: Adar-Leonard Evan estaba de vuelta en su casa, luego de haberse despedido de todos en la mesa con abrazos y besos en la mejilla.

Ahora estaba dibujando en su alcoba, mientras pensaba en maneras de matar a los que lo dejaron atado ayer.

«El veneno de Fausto… Si la Luna le diera la fórmula para hacerlo, quizás podría lograr matarlos sin que lo descubran.

Pero para tener ese nivel de predicciones del futuro, sus visiones en el reflejo de la luna no bastarían.

Necesitaría más, necesitaría alcanzar el primer escalón».

La idea de perder una parte de sí mismo no le agradaba en absoluto, pero una vida como alguien controlado por un dios era mejor que nada.

Finalmente, sonaron las cuatro campanadas de la tarde.

Así que Evan dejó su cuaderno y lápiz en una pequeña mesita con una vela al lado de su colchón y comenzó a prepararse para ir a ver a Julius.

En una calle abierta de piedra, un carruaje de alquiler pasó hasta detenerse.

Había varias personas que parecían tener trabajos de pluma y papel alrededor de la zona.

Finalmente, el carruaje se detuvo frente al Templo de los Dioses.

Julius salió del carruaje.

Llevaba una maid detrás de él, de traje blanco y negro.

Luego, Julius caminó hacia el conductor y le pasó tres clavos.

Tras irse el carruaje, avanzaron por los escalones del templo.

Julius apreció cómo el cielo sobre él comenzaba a nublarse.

«¿Qué estará pensando este loco?», susurró.

Una vez dentro, en una sala de audiencias, tomaron unos lugares libres en las gradas, entre varias personas de clase alta que esperaban a que empezara la audiencia.

La maid, de pelo oscuro con mechones blancos igual que Julius, no había dicho ninguna palabra y parecía tener la mirada algo vacía.

Aun así, Julius comenzó a hablarle.

—Hay una probabilidad de que las cosas se pongan peligrosas por acá.

Por eso te traje.

Intentaremos no meternos en ningún problema, pero si el señor del norte se ve en peligro, lo rescataremos.

La maid solo asintió sin hacer ruido.

Bajo el cielo nublado, un carruaje irrumpió en la plaza frente al Templo de los Dioses, un coloso de piedra y enormes columnas que palidecía solo ante la lejana pero gran silueta del Castillo Acorazado.

Esta, una fortaleza de blanco grisáceo, se alzaba imponente en el corazón de la ciudad, dominando el cielo con su masa severa.

El carruaje iba tirado por un tiro de caballos del norte, animales de ancas poderosas y resistencia forjada en las largas distancias.

De los vehículos ondeaban estandartes que danzaban con el viento: uno mostraba un yunque cruzado por un martillo y una espada negros sobre un fondo rojo; el otro, una montaña gris con un pico nevado cruzado sobre un campo verde y un cielo azul.

Cuando se detuvo, la puerta del carruaje principal se abrió.

De su interior descendió Adar-Leonard, gobernante del Norte.

Adar-Leonard se mantuvo un momento en el escalón del carruaje, permitiendo que se absorbiera su presencia.

Era un hombre de hombros anchos, de pelo medio corto castaño oscuro y unos ojos azules que parecían escrutarlo todo.

Su atuendo era una muestra de su poder: piezas de armadura plateada engastadas sobre un ropaje oscuro de noble, impecablemente ajustado a su figura alta y poderosa.

En su pechera había grabado en el metal un grifo con un rayo y una nube detrás.

Su mandíbula cuadrada, su rostro atractivamente masculino y su postura erguida emanaban una fuerza física tangible.

En frente de él había varias personas de la nobleza y la aristocracia; algunos tenían plumas y agendas para escribir.

También había guardias en hileras garantizando su entrada directa al templo y un funcionario como su guía.

«Lo estábamos esperando, mi señor», anunció un funcionario vestido con una túnica simple de lino blanco, inclinándose en una reverencia estudiada.

También estaba sorprendido por la puntualidad de aquel hombre: eran exactamente las cuatro de la tarde, pues sonaban cuatro campanas a lo lejos.

Muchas de las personas a los costados decían preguntas o acusaciones en voz alta: «¿Es verdad que quemó el ministerio de mujeres?», «¿Es cierto que busca la independencia del norte?», «¿Es verdad que rechazó varias leyes reales sobre su tierra?», «¿Es verdad que destruyó (el edificio que la corona tiene en el norte para impartir sus leyes sobre el territorio norteño)?».

Entonces Leonard cerró los ojos un instante y tomó un respiro profundo.

«¿Cómo iba a actuar frente a esta barda de cotorras?».

Segundos después, esbozó una sonrisa amplia.

—¡Hola!

¿Cómo están!

¡Feliz Amnesaya para todos!

—Su voz, potente y alegre, cortó el alboroto como un cuchillo.

La multitud enmudeció, necesitando silencio para escuchar—.

—Que el Sol los bendiga para que pasen este día de descanso con sus familias.

Esto sí que es Altus Forja, la capital del hierro y de la mejor gente del mundo.

—Aquí su humilde servidor, Adar-Leonard, gobernador del norte.

Inocente, feliz, soy un excelente gobernante, un excelente hermano, excelente guerrero, excelente hombre.

Los dejo con mi abogado.

Acto seguido, Leonard se bajó del escalón a la puerta de su carruaje y de dentro salió un hombre normal.

Este era su abogado y se dedicó a responder algunas preguntas de los aristócratas con delirios de periodistas, mientras Leonard avanzaba con el guía hacia adentro del Templo de los Dioses.

—Gracias por recibirnos.

Es un placer estar aquí—, dijo Leonard.

Contra todo pronóstico, su voz no tenía rastro de arrogancia.

Se acercó al funcionario y le estrechó la mano con firmeza, una sonrisa sincera en sus labios, aunque sus ojos afilados y penetrantes no perdieron su aguda inteligencia.

El funcionario, un tanto desconcertado por el gesto, carraspeó para recuperar la compostura.

—Ejem… Por aquí, mi señor.

Lo escoltaré a la sala de audiencias.

Los señores aguardan su llegada—.

Con un ademán amplio del brazo, indicó la gran escalinata que conducía a la entrada principal del templo.

Mientras ascendían, la mirada del funcionario se desvió hacia los tejados circundantes.

En la azotea de uno de ellos, a cierta distancia, distinguió una silueta recortada contra el cielo blanco.

Una figura ágil, con una melena roja que flameaba al viento.

El destello de una ballesta en sus manos fue inconfundible.

Pero él era solo un mayordomo; señalar anomalías no estaba entre sus funciones.

Bajó la cabeza y siguió caminando, guardando silencio.

*** Dentro del templo de los dioses, un lugar con el techo tan alto y espacioso, Leonard apreciaba a los costados las exquisitas esculturas de las deidades: estatuas enormes, una al lado de la otra.

Se detuvo a contemplar por un momento la de una mujer con un vestido simple y una falda que cubría poco más de sus rodillas.

Tenía los pies descalzos, y el escultor parecía haber puesto especial hincapié en esculpirlos, pues eran realmente detallados y hermosos.

A su derecha había un jovenzuelo, que parecía un chico pero con ropas un tanto andróginas.

Eran, por supuesto, la Diosa Luna y el Dios Viento, dos grandes amigos en los mitos y leyendas, por lo que los humanos solían ponerlos juntos en los templos.

Entonces llegaron a la sala de asambleas, circular, con mucha gente en las gradas que rodeaban el escenario, donde el juez y los dos gobernantes ya esperaban.

En las gradas de piedra había personas que parecían tener buenos trabajos, probablemente trabajadores y sirvientes de los mismos nobles que estaban allí presentes.

En los balcones, también había algunos sacerdotes del Sol y ancianos consejeros.

En el escenario había una alta plataforma para el Juez, enfrentada a tres puestos, delimitados por un arco de madera elegante, con una silla en medio.

A la izquierda, el gobernante del sur, Adar-Maurel, de pelo rubio y ojos color violeta, llevaba una túnica abrigada, azul con piezas de hierro, con un lobo grabado en su pechera.

A la derecha, el gobernante del centro y los suburbios, Adar-Felix, un hombre de pelo marrón oscuro y ojos dorados naturales, vestía ropas nobles verdes ligeras con gris.

Adar-Leonard se ubicó en su silla reservada, bajo un arco de madera enfrente, en medio de los otros dos gobernantes, y todos guardaron silencio.

Un hombre viejo, el juez, estaba sentado en lo alto de la plataforma de madera barnizada.

Era algo rechoncho, con dedos gruesos y barba blanca, y llevaba una túnica de Juez.

Entonces, con su gran martillo de acero —similar a un yunque con un mango—, lo golpeó sobre una base de hierro en su mesa.

—Silencio en mi sala —dijo con una voz majestuosa que nadie se atrevería a desafiar.

Luego, las puertas de la sala se abrieron y entró por ellas Adar-Leonard.

Caminando por el pasillo que cortaba la circunferencia de escalones, avanzó mientras acaparaba la mirada de todos, siguiéndolo con la vista, admirando o resentido lo que aquel hombre representaba.

Adar-Leonard se ubicó en su silla reservada bajo un arco de madera enfrente, en medio de los otros dos gobernantes.

Maurel lo miró con una mueca de felicidad (o tal vez de complicidad).

Felix, en cambio, lo observó con el ceño fruncido y una mirada acusadora.

—Nos honran con su presencia, los tres gobernantes de Ferraria —anunció un guardia.

—Adar-Leonard Minerva, para el norte.

—Adar-Maurel Makri, para el sur.

—Y Adar-Félix Kishilov, para el centro y los suburbios del reino.

Entonces, alzando una ceja y estudiando el ánimo de cada uno, el juez finalmente habló.

—Los hemos convocado para hablar sobre la administración del reino, los problemas a los que nos enfrentamos y la rebeldía del señor del norte al intentar rechazar las leyes de la corona como si fuera un reino independiente.

Todos miraron a Adar-Leonard.

Él solo se quedó allí, de pie, con una sonrisa y cara de inocente.

—Empezaremos esta sesión por Adar-Leonard.

Díganos, ¿qué es lo que tiene en mente?

—Ah, bueno —dijo Leonard, poniéndose de pie y girando para mirar a todo su público.

Se detuvo en Julius un segundo—.

Cof, cof.

Buena Amnesalia para todos.

Soy Adar-Leonard Minerva.

Y yo… he estudiado algo sobre política últimamente, debido a la decadente situación del reino y a los ajustes de impuestos que la corona le impone a mis campesinos.

Además, soy partidario de las ideas tradicionales: que la falta de seguridad en el reino debe hacerse a base de acero y sangre, no con las ayudas de la corona a los bandidos, con las que no necesitan buscar trabajo.

No sé cómo será acá, pero en el norte los jóvenes no tienen hijos, los adultos no pueden comprar casas y los precios de todo suben.

—Así que hablaré claro, porque así llegamos a esta situación en el reino —Leonard hizo una pausa para generar suspense—.

Nuestra Reina, desde su castillo, gobierna con el corazón, no con la cabeza.

Y un corazón blando, sin la razón de la experiencia, es un peligro para el reino.

Movida por una compasión tonta, ha abierto las arcas reales para ayudar a todo desamparado.

Un gesto noble, lo admito.

Pero el oro no nos sale del culo.

Por eso, para pagarlo, ha gravado con tributos sangrantes a los señores de las tierras, a los gremios y a los mercaderes.

Los que hacemos trabajar las fraguas, los telares y los hornos.

¿El resultado?

El costo de todo —del acero, de la tela, del pan— se ha disparado.

Y para no quebrar, los artesanos y comerciantes han tenido que subir sus precios.

Ante el lógico clamor del pueblo, que no puede pagar ese pan más caro, la Corona ha ordenado subir los jornales de siervos y artesanos.

Una solución que ahoga más a quien ya se está hundiendo.

Asfixiados, los mercaderes y maestros gremiales no tienen más salida que despedir manos.

No por crueldad, sino por pura supervivencia.

Y entonces, ¿qué hace nuestra bondadosa Reina?

Prohíbe por decreto despedir a ningún hombre.

Cree que así lo protege.

Pero un hombre acorralado no es tonto: si no puede despedir, no contratará.

El trabajo se estanca.

La gente se queda sin futuro.

Para enmendar este nuevo desastre, la Corona anuncia que dará empleo a todos los que los gremios rechacen.

Convertirá a vuestros hijos en sirvientes del castillo, alejándolos de los oficios de sus familias.

¿Y cómo pagará este nuevo ejército de funcionarios?

Con un nuevo impuesto.

Otro más.

“¡Vamos a ver!

Si te entran cien monedas, no podés gastar quinientas.

Y luego me dicen: ‘No, es que vos no tenés corazón’.

¡La puta que te parió!

¿Que no tengo corazón?” Y así, los precios, de nuevo, subirán.

Entonces, para “proteger” al pueblo de la hambruna, la Corona prohibirá subir los precios.

Decretará que una espada valga lo mismo que una hogaza.

Ante esta locura, los mercaderes, herreros y panaderos… cerrarán.

¿Para qué trabajar si solo se pierde dinero?

La producción se paralizará.

Y en el colmo del delirio, la Corona obligará, bajo pena de destierro, a reabrir los talleres.

Obligará a los hombres a trabajar aunque pierdan oro.

El trabajo libre se habrá convertido en servidumbre por decreto.

Y así, paso a paso, con cada nuevo decreto “bondadoso”, nos llevará a la ruina.

El mercado será un cementerio de puestos vacíos, y la compasión de la Reina habrá matado de hambre a los mismos a los que juró salvar.

No es maldad lo que la guía.

Es una ceguera peligrosa.

Y debemos detenerla, antes de que su buen corazón sea la tumba de todos nosotros.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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