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Hijos de la Luna - Capítulo 19

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Capítulo 19: Conspiraciones

Tras un silencio profundo, preludio de un estallido, estalló una explosión de voces con reacciones divididas. Cuanto más nobles eran los espectadores, más silenciosos se volvían. Leonard, aún de pie en el centro del escenario, movía la cabeza analizando al público, ansioso por ver más apoyo a su causa. Pero la división entre los fieles a la Corona y los hombres de ideas más modernas no le permitía estar tranquilo. Esto no había salido como esperaba.

–Tenemos una réplica de Adar-Félix –dijo el juez al verlo levantar la mano.

—Muy buenas tardes a todos. Primero que nada, gracias por venir. Entiendo los problemas por los que está pasando el reino y comprendo todo lo que tenemos que resolver. Creo que lo correcto es hablar aquí sobre cómo solucionar los problemas, en lugar de dar discursos fáciles y vacíos.

Félix hizo una pausa para dejar que los presentes digirieran sus palabras. Tras escuchar suficientes murmullos de apoyo, señaló acusatoriamente a Leonard.

—Tengo claro que los altos impuestos y la subida de precios son un gran problema de esta administración, al igual que la inseguridad y los traficantes de Harmonium. Por eso, pienso hablar con la Reina para llegar a un acuerdo menos asfixiante para los comerciantes. Pero —y aquí su voz se hizo más firme— no dejaremos a los más vulnerables desprotegidos. La compasión y la protección del reino no son moneda de cambio.

–Adar-Leonard tiene la palabra –declaró el juez al ver a Leonard levantar su mano.

—Ahora que ya entienden lo nocivo de la ‘Reina Lechuza’, déjenme explicarles lo que yo propongo —comenzó Leonard, su tono cortante como el filo de un hacha—. Acabar de una vez por todas con los criminales. Aniquilar a los traficantes de Harmonium. Dejar de financiar a los ‘necesitados’ para que, en lugar de vivir de los impuestos de los trabajadores, tengan que trabajar. Y los comerciantes, a los que ya no ahogaremos a impuestos, sí podrán contratarlos. Con este sistema, Ferraria alcanzará en unos años un crecimiento económico que nos dará el nivel de vida de Aethelgard.

Hizo una pausa, escaneando la sala con una mirada de desafío.

—La Corona no hace más que dejar el reino arrasado: gente sin pan y criminales sin castigar. Y creo que yo soy el único que puede hacer este cambio. Pero para cambiar se necesitan dos cosas: la primera es coraje, algo de lo que la Reina carece. Y la segunda es poder propio. Yo tengo ambas. Lo único que necesito es su apoyo, y haré caer a la ‘Reina Lechuza’ y su maldita corona que nos arruina.

–¡Hasta aquí llegaste, Leonard! —exclamó Félix, furioso, interrumpiéndolo—. ¡Deja de faltarle el respeto a la Reina! Porque aunque no piense como tú, tiene tanto derecho como cualquiera a que la traten con respeto, ¡y porque es nuestra soberana!

–¡Orden en la sala! ¡Orden en la sala! —gritó el juez, golpeando su martillo con un estruendo como el de un rayo.

—¿Y ‘hablar con la Reina’ es todo lo que nos propone su cachorro? —Leonard arrojó la pregunta con desdén, rematando su discurso—. ¿Eso es lo que hará para solucionar nuestros problemas?

Félix fulminó a Leonard con la mirada. Luego, tras cerrar los ojos un instante para ordenar sus ideas, respondió con una calma cargada de veneno.

—Leonard habla como si no fuera parte de la Corona, pero tiene su propio castillo y su séquito de terratenientes en el norte. Dice que viene a acabar con la casta de Altus Forja, pero se alía con los jinetes de dragones. Afirma que viene a liberarnos, pero no es más que otro noble mimado que solo busca instaurar un orden que beneficie a los burgueses y asfixie al pueblo trabajador.

El señor Adar-Maurel ha levantado la mano para pedir la palabra.

—Bueno, muchas gracias por la palabra, señoría. Quería dar unos MaurelTips a la gente pobre que necesita ahorrar y aprovechar al máximo lo poco que tienen. A todos los periodistas que están anotando, prepárense, porque les daré oro para sus revistas.

—Primero: no tiren las migas del pan, guárdenlas y luego úsenlas para empanizar el pescado.

—Segundo: si se levantan tarde, pueden almorzar directamente, saltándose el desayuno.

Todos en la sala comenzaron a llevarse las manos a la cara, mientras los periodistas anotaban en sus libretas como si escucharan oro, aunque ninguno registrara los MaurelTips.

—Tercero: si las mujeres salen un día y no encuentran a nadie conocido, entonces pueden usar la misma ropa al día siguiente.

—Cuarto: luego de la tercera jarra de cerveza, pueden diluirla en agua y ya no notarán la diferencia.

—Señor Maurel, es suficiente. Muchas gracias.

—Oh, bueno. De nada— dijo Maurel con una reverencia.

—Tiene la palabra el señor Leonard nuevamente

—Maurel necesito saber: ¿de qué lado estás?— pregunto leonard amigable

—Mi querido Leonard, el lado de un gobernante es el de su gente. Los míos tienen frío en el sur. ¿Tú ofreces lana?— respondió Maurel tambien amigable

—Ofrezco un norte fuerte que pueda ser un socio y un gobierno que no te trate como un súbdito

—Interesante. Hablaremos cuando tus ofertas dejen de arder y empiecen a calentar.– Dijo Maurel con una sonrisa amigable, pero desprovista de cualquier inocencia. Nadie en las gradas comento nada al respecto

—Tendremos un descanso de 15 minutos—declaro el juez y se levanto de su lugar.

***

Finalmente, Leonard se retiró del escenario y fue a hablar con algunos nobles, pero la mayoría solo ofrecía respuestas evasivas, sin querer comprometerse ni enemistarse con los seguidores de la Corona. Inútiles cobardes, pensó.

Entre ellos, un jinete de dragón, Lora-Martel, se mostró más proactivo. tenia pelo naranja marrón, ojos esmeralda y una armadura de escamas de dragón color bronce.

—Valoró su coraje —dijo, estrechando la mano de Leonard—. Su discurso tuvo verdad.

–Hola señor Martel, es un honor conocerlo! gracias por su servicio al reino– Dijo Leonard estrechándole la mano

–puedo… contar con su apoyo?– pregunto Leonard entusiasmado

–Bueno… dependiendo de sus resultados políticos, podría considerar conseguirle el apoyo de los funcionarios de Altus Forja, pero tendrá que prometernos su apoyo a nosotros antes que a sus terratenientes del norte– aclaro Martel

Leonard frunció el seño, algo escéptico de las palabras de Lora-Martel

–Lo consideraré–dijo finalmente Leonard

–Cuente con mi apoyo si demuestra ser digno de él.– dijo Martel antes de retirarse

Luego, un hombre que observaba desde un rincón del salón cruzó miradas con Leonard y este se acercó.

—Saludos, mi señor. Esperaba que pudiera concederme un momento de su tiempo —dijo el hombre, un mestizo de pelo castaño con mechones blancos herencia de sangre Intis, vestido con el uniforme elegante y oscuro de profesor de la Real Academia de Hierro.

Leonard le tendió una mano firme.

—El placer es mío. Es un alivio finalmente conocerlo, señor Julius.

—El placer es mío.– dijo Julius con una amplia reverencia

–la supervisión de todo el personal leal a la Corona es… restrictiva —confesó Julius en voz baja—. Pero haré mi mejor esfuerzo para que los jóvenes tengan espacio para pensar por sí mismos. Tiene mi palabra, señor.

Julius asintió apremiante

—No me he olvidado de traer su pago por la información. Aquí lo tiene —Leonard sacó de entre su ropaje un documento de papel grueso de gran calidad, con bordes decorados y letras pulcras, casi indescifrables para un ojo no academizado.

—Me honra con su generosidad. Gracias, mi señor —Julius hizo una reverencia, luego se inclinó un poco más y bajó la voz a un susurro—. Permítame contarle un secreto, señor.

Leonard acercó el oído.

—La princesa es el nexo de la Reina para controlar a Andarius, la Hija del Conocimiento.

La expresión de Leonard se volvió más rígida y seria con cada palabra.

—Entonces, puedo suponer que desea unirse a mi corte para desafiar a la Reina, profesor Julius —dijo con el tono severo de un general.

—Me gustaría unirme, pero no pretendería nunca ser digno de tal honor, mi señor.

Tras un momento de silencio, Leonard asintió.

—Lo contactaré dependiendo de cómo se desarrollen los acontecimientos. De cualquier modo, agradezco su información. Si lo de la princesa es cierto, lo recompensaré. Pero antes, una pregunta: ¿hacia dónde se dirige su honor y lealtad?

Su mirada era ahora la de un depredador, o un juez frente al acusado.

Julius no se sintió en peligro, sino extrañamente vivo, como si el vértigo de la situación alimentara una calma interior. Ajustó el monóculo en su ojo izquierdo y sostuvo la mirada con una seguridad serena.

—Mi lealtad… ¿debería sentirla por aquellos que me tratan como basura en la Academia? ¿Por la Reina, por darme un puesto? ¿Por Ferraria, por despojar a mi pueblo? Mi lealtad es para los míos, señor. Para la sangre de Intis que llevo aquí —señaló su corazón—. Si eso no le gusta, puede cortarme la cabeza ahora mismo. Pero le advierto que perdería a su mejor oído dentro de la Corona.

Leonard, que se había mantenido serio, guardó un breve silencio y luego esbozó una sonrisa de aprobación.

***

todos fueron llamados devuelta a la sala, pero nadie pudo ver a Adar-Leonard en ninguna parte

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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