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Hijos de la Luna - Capítulo 2

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  4. Capítulo 2 - 2 Evan
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2: Evan 2: Evan Los dos se quedaron sin aliento, petrificados, con los ojos perdidos hasta que no pudieron ignorar lo que ocurría frente a ellos.

Los adictos, cerca de la puerta, miraban fijamente al monstruo que estaba a sus espaldas.

Al principio, se quedaron inmóviles.

Luego comenzaron a temblar, a llevarse las manos a las sienes.

Sus gemidos se convirtieron en gritos destrozados, cada vez más fuertes, mientras apretaban sus cabezas con fuerza desesperada.

Sus ojos dorados comenzaron a humear, a derretirse, dejando cuencas vacías y chorreantes antes de que sus cuerpos cayeran inertes al suelo.

Evan, en estado de shock, no movió un músculo que no temblara.

Con lágrimas cayendo por debajo del casco, Riushi encontró la mano de su amigo y la aferró.

Evan, sin apartar la mirada del horror en frente, aferró también la mano de su amigo.

Ambos cerraron los ojos, listos para morir.

*** “Matarás a los reyes que me mintieron, desafiarás a los dioses que me ignoraron y destruirás el…” Un maullido insistente, seguido de un suave ronroneo, quebró la frase en su punto más crucial.

Evan emergió a la conciencia con el corazón golpeándole en el pecho.

No recordaba imágenes, solo la desesperación que se le había encajado en el pecho como un puñal frío.

Sus ojos seguían cerrados por el peso del sueño, pero al menos había escapado de aquella visión.

Su mente, aún nebulosa, se aferró al eco del sueño.

¿Qué sería aquel sueño?

Trató de hurgar en su memoria, de encontrar un reflejo de esas palabras en algún libro polvoriento o en la balada de algún bardo errante, pero no encontró nada.

Se movió con pereza bajo las mantas de lana, estirando los músculos entumecidos.

—Miauu, miauu —insistió la gata, frotándose contra su mejilla.

—Ya va, ya voy —murmuró con voz pastosa.

Al intentar abrir los ojos, sintió el familiar y molesto tirón.

Una condición extraña le llenaba los párpados de legañas espesas que le pegaban las pestañas como con resina.

Con un suspiro, se llevó los dedos a los ojos y comenzó el lento y doloroso proceso de separarlas, con la sensación punzante de que se arrancaba las pestañas una a una.

Finalmente, la luz del día se filtró a través de su vista borrosa.

El techo de su dormitorio —una buhardilla con el techo tan bajo que no podía ponerse de pie— estaba cerca, salpicado de manchas de humedad cuyas formas evocaban dragones y continentes perdidos.

Apartó las mantas y apoyó sus pies delgados en el suelo de madera.

Solo llevaba unos calzones y una camiseta raída que le servía de pijama.

Su colchón yacía directamente sobre el suelo, sin catre alguno.

Agachado, se dirigió hacia la escalera que bajaba a la planta principal.

Bajó con movimientos aún aletargados, bostezando en repetidas ocasiones mientras atravesaba la sala principal.

Esquivó con la práctica de quien conoce cada centímetro de su casa los escasos muebles: una mesa desvencijada, tres sillas y los inevitables utensilios de la vida cotidiana apilados en un rincón, hasta llegar al pequeño cuarto de baño.

Aliviada la vejiga, se inclinó sobre el jofaina y tomó un puñado del agua que sus hermanos habían dejado en la palangana para lavarse.

Se enjuagó la cara y escupió, deshaciéndose del regusto amargo del sueño y la noche.

Ya más despierto, alzó la mirada hacia el pequeño espejo empañado.

Un rostro común lo devolvió la mirada.

Uno que, con los cuidados de un noble, quizás hubiera sido apuesto.

Tenía el pelo y los ojos de un negro azabache, tan profundos como los de las etnias de Intis y Yuguen que veía a veces.

Se pasó la mano por la barbilla, lisa como la de un niño.

Con diecisiete años, la ausencia de vello en su rostro y en el resto de su cuerpo era una inquietud más que se sumaba a su existencia.

Al salir del baño, abrió la alacena y sacó un trozo de pescado salado para Michu.

La gata era como una caja de música rota, repitiendo el mismo “miauu” una y otra vez, como si jamás hubiera probado bocado.

—Tranquila, Michu.

No vayas a comerme a mí —dijo con una sonrisa cansada.

Era una gata de un blanco inmaculado, con las puntas de las orejas y de la cola de un azul intenso y vibrante, algo tan inusual como el resto de sus maneras.

Mientras la gata devoraba su comida con avidez, Evan fue a la cocina, tomo una manzana y una trozo de pan de centeno, y se sentó a la mesa a desayunar.

Se rascaba una pierna con el pie opuesto cuando Michu, tras dar por terminado su festín, se acercó a acariciarle los tobillos con su lomo.

Al no obtener más comida, se dirigió hacia la ventana.

Allí, Michu se expuso a la brisa matutina.

El viento acariciaba su pelaje y la gata parecía asentir levemente, como si escuchara algo en su susurro, mientras observaba la calle con una expresión de profunda e inteligente curiosidad.

Entonces, sonaron las campanas de la Iglesia del Sol.

Evan comenzó a contar los campanazos, cada uno un golpe seco en el aire tranquilo.

Uno… dos… tres… Ocho.

Era la hora que esperaba.

Se levantó para subir de nuevo a su buhardilla y vestirse, cuando una novena campanada, aguda y siniestra, cortó el aire como una cuchillada.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal.

—Demonios —masculló Evan, acercándose a la ventana para mirar con aprensión las calles de su barrio Las pequeñas casas de madera, todas desvencijadas, se esparcían de forma caprichosa, separadas por cercos bajos.

En sus jardines, unas mezclas de hierbas silvestres y escasas flores, compitiendo por la luz del sol primaveral con antiguos árboles.

Sus copas, vestidas de un mosaico de verdes vibrantes.

Por allí, sobre las callejuelas de tierra, unos pocos carros tirados por burros cargados de mercancías iban y venían Aquel sonido no estremecía por su estridencia, sino por su significado, un mensaje claro para todos los habitantes de la ciudad: La noche caerá sin luna.

Una vez arriba, en su alcoba, abrió un placard de madera vieja y tomó una remera simple.

Luego, se dirigió a un baúl en la esquina.

Al abrirlo, sacó con cuidado un bulto envuelto en un trapo limpio.

Al desdoblar la tela, reveló un uniforme de una elegancia tan fina que cualquiera hubiera pensado que lo había robado.

Sin embargo, al ponérselo, le encajó a la perfección.

Del fondo del baúl sacó unos zapatos elegantes de cuero real que, al calzarlos, no opusieron resistencia.

El atuendo, de un sobrio gris carbón, evocaba la disciplina de una academia militar y la elegancia de una corte noble.

La pieza más distintiva era una capa corta de hombros rígidos, adornada con una fila de botones dorados unidos por cadenitas del mismo metal.

Debajo, un chaquetón recto hasta los muslos se abrochaba sobre un cinturón ancho de cuero oscuro, con una simple hebilla de bronce.

Finalmente, extrajo una espada corta y ligera de apariencia sencilla, que se adaptaba bien a su complexión delgada.

Era su medida de precaución contra el ocaso sin luna que se avecinaba, aunque, en los tiempos que corrían, la usaba más para protegerse de los bandidos.

Como último acto, se froto todo el cuerpo con una barra de sales aromáticas, tenia olor a Violetas, evocando modestia y fidelidad Con la espada envainada en el cinturón y un macuto de tela con algunos libros, se despidió de Michu con una caricia en el lomo.

Luego, introdujo la llave de hierro en el cerrojo de la puerta —un lujo que incluso su familia podía costearse, gracias a la industria de Ferraria—, un accesorio casi obligatorio en estos tiempos.

La luz del exterior fue un destello cegador por un segundo al abrir la puerta.

Y así, Evan comenzó su viaje hacia la Real Academia de Hierro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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