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Hijos de la Luna - Capítulo 21

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  4. Capítulo 21 - Capítulo 21: Nube vs Metal
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Capítulo 21: Nube vs Metal

No fue un movimiento que el ojo pudiera seguir con claridad. Fueron dos borrones que se esfumaron de sus posiciones y reaparecieron en el centro de la calle, en un torbellino de metal y fuerza bruta. El silencio se rompió con el estruendo metálico de sus espadas chocando, un CLANG estridente que reverberó entre las fachadas de piedra como el badajazo de una campana funeraria.

Leonard blandió su gran espada con una potencia devastadora, cada golpe un arrebato de furia contenida destinado a partir a su rival en dos. Kaiser, sin embargo, era un muro de serenidad letal. Su espada, más ligera pero forjada en el acero más fino de Altus Forja, desviaba los ataques con movimientos precisos y económicos. No bloqueaba; redirigía. Cada parada suya no era un impacto frontal, sino un roce calculado que desviaba la fuerza colosal de Leonard hacia los lados, haciendo que la hoja silbara en el aire húmedo.

Avanzaron y retrocedieron en un mortal ballet, sus botas pisando con firmeza los adoquines. Leonard atacaba, un molino de acero y músculo. Kaiser esquivaba, una sombra dorada que explotaba la más mínima apertura para lanzar una estocada que Leonard apenas lograba apartar con el gavillete de su espada. El aire se llenó del sonido de sus respiraciones entrecortadas, de los chispazos azules que salían del metal al rasparlo, del crujido de sus armaduras bajo el esfuerzo.

Fue en un intento por romper la defensa impasible de Kaiser que Leonard cargó. Con un grito gutural, se lanzó hacia adelante, usando todo el peso de su cuerpo y la inercia de su espada. Kaiser, anticipándose, se apartó con una elegancia frustrante. Pero Leonard no perdió el equilibrio; en cambio, cambió su impulso y, girando sobre sus talones, embistió con el hombro en alto directamente contra el costado de Kaiser.

El general, sorprendido por la táctica, recibió el impacto de lleno. El golpe sonó a hueso y metal golpeado. La fuerza de un Adar era inconcebible, y Kaiser salió despedido como un muñeco de trapo. Voló hacia atrás varios metros y se estrelló contra un carruaje estacionado junto a la acera.

El vehículo no simplemente se sacudió. Se desintegró. Las maderas robustas del cajón se quebraron con un estallido seco, como si una roca gigante hubiera caído sobre él. Las ruedas se astillaron y salieron despedidas, los ejes se partieron como ramitas secas. El carruaje se hundió sobre sí mismo, envolviendo el cuerpo de Kaiser en un sudario de roble y hierro retorcido. Leonard, inmóvil en el centro de la calle, respirando con fuerza, parecía una montaña que acabara de derrumbar una construcción de juguete.

Por un instante, solo se oyó el crujir de la madera y el tintineo de los últimos fragmentos de metal cayendo al suelo. La niebla, perturbada, se arremolinaba perezosamente alrededor de la ruina.

Entonces, un movimiento. Un brazo con la armadura abollada y manchada de astillas empujó una viga maestra. De entre los escombros, Adar-Kaiser se irguió. Lo hizo con dificultad, pero sin prisa. Un hilillo de sangre le corría desde la sien, serpenteando por su rostro curtido hasta manchar el cuello de la armadura. Su cabello rubio estaba empolvado y despeinado. Sus ojos dorados, sin embargo, no habían perdido ni un ápice de su intensidad. Alzó la mirada y clavó sus ojos en los de Leonard.

Leonard, por su parte, notó un dolor punzante en su costado. Una estocada que creyó haber esquivado le había abierto un corte superficial pero sangrante sobre las costillas, tiñendo de rojo oscuro su ropaje noble. La respiración de ambos era ahora pesada, visible en el aire frío de la niebla. El estudio había terminado. Habían probado la fuerza y la habilidad del otro, y se habían encontrado igualados.

Allí, a cierta distancia, con los escombros del carruaje entre ellos como un monumento a su poderío, se miraron de nuevo. La niebla seguía cayendo, envolviendo la calle y a los dos Adar.

***

Con un orden perfecto y siniestro, una docena de soldados reales se irguieron sobre los tejados que flanqueaban la calle. Sus ballestas, ya cargadas y apuntando, brillaron de forma tenue en la penumbra gris. No hubo orden verbal. El general Kaiser simplemente bajó su espada en un breve y letal arco.

Una nube de proyectiles de acero silbó a través de la niebla, un enjambre dirigido directamente al corazón de Leonard. No había espacio para esquivar, ni tiempo para huir.

Pero Leonard no se inmutó.

Un destello blanco puro, iluminó la calle por un instante. Del costado izquierdo de Leonard, donde antes solo estaba su marcada espalda, surgió una manifestación. Un ala majestuosa, de una blancura implacable, se desplegó con un sonido similar a un trueno lejano. Un aura de pequeños y finos rayos eléctricos danzaba alrededor de Leonard, ahora imbuido de una fuerza nueva y terrible.

El ala envolvió a Leonard y las flechas de ballesta impactaron contra el ala. No se clavaron, ni siquiera la hicieron retroceder. Se estrellaron contra ella con un clang metálico y fueron repelidas como si hubieran chocado contra una montaña de adamantio, cayendo al suelo inútiles, algunas partidas en dos. Leonard, ahora con el pelo erizado por la energía estática y ese único y glorioso ala extendida, parecía un ángel vengador descendido a la tierra. Su mirada, siempre penetrante, ahora ardía con una luz fría y electrizante.

Kaiser, lejos de mostrarse sorprendido, esbozó una sonrisa casi imperceptible. Llevó dos dedos a sus labios y emitió un silbido agudo y cortante que cortó la niebla.

De la niebla brumosa atrás suyo, surgió una silueta más alta que Kaiser. Un doberman de un negro azabache, pero del tamaño de un caballo, con una musculatura definida y ojos que brillaban con una inteligencia antigua y feroz.

El animal no atacó, solo se plantó junto a su maestro, gruñendo en una frecuencia baja que hacía vibrar los adoquines.

Entonces, Kaiser extendió su mano libre. Las puntas de metal de las flechas que yacían en el suelo, tanto las que Leonard había repelido como las que estaban clavadas en el suelo, comenzaron a vibrar. Con un crujido siniestro, se torcieron, se desclavaron y se elevaron, flotando en el aire como un enjambre de avispas metálicas controladas por una sola mente. Cada punta de flecha se reorientó, afilada y mortal, apuntando de nuevo a Leonard.

La batalla estaba a punto de recomenzar en una escala completamente nueva.

Mientras tanto, en los tejados, se desarrollaba una danza de muerte paralela. Una mujer, su cabellera roja como llamas vivas ondeando tras ella, se movía con la gracia de un espectro. Su armadura ligera de cuero apenas hacía ruido. Empuñaba una ballesta que acababa de disparar, y en un movimiento fluido, con todas sus flechas usadas, la dejó caer y desenvainó dos dagas de su cinturón. A su lado, un grifo de majestuosas alas y garras de león destrozaba a los ballesteros reales con eficiencia brutal. El animal era como una fuerza de la naturaleza.

En medio del caos, la pelirroja tras clavar su daga en el ojo de un guardia, miró hacia abajo en el callejón, allí había un guardia civil que, armado con una simple alabarda, había acudido al ruido. Era un hombre grande, pelirrojo y con ojos verdes abiertos por la conmoción. No era un guardia real, solo un hombre haciendo su ronda. Sus ojos se encontraron con los de la mujer. Ella, en lugar de atacar, hizo un gesto casi imperceptible con la cabeza hacia una ruta de escape. Le había perdonado la vida. El guardia, demasiado shockeado para hablar, retrocedió y se esfumó en la niebla

Abajo, la batalla seguía. El enjambre de puntas de flecha de Kaiser se abalanzó sobre Leonard. El Adar del Norte se movió como un torbellino, su ala blanca actuando a la vez como escudo y arma, desviando el metal y contraatacando con golpes de su espada que Kaiser y su doberman esquivaban o bloqueaban en una sincronía perfecta.

Kaiser, con un rostro de profunda concentración, retrocedió un paso y gritó por encima del hombro, hacia la retaguardia de la calle que conducía al castillo:

—¡Traed el nuevo arma! ¡Ahora!

Momentos después, varios guardias salieron de los callejones, entre la espesa niebla empujaron con esfuerzo un extraño artefacto sobre un carrito de madera. No era una ballesta gigante, ni un ariete. Era un tubo grueso y corto de metal oscuro, montado sobre un carro. Alrededor de su superficie, grabado con inquietantes detalles, se veía un patrón de ojos estilizados, de cuyos contornos surgían alas.

Leonard, limpiándose un hilo de sangre de su labio con el dorso de la mano, arqueó una ceja con sarcasmo forzado.

—¿Y eso qué es, Kaiser? ¿El juguete nuevo de la reina? ¿Vas a meterte eso en el culo?

Antes de que su sonrisa burlona se desvaneciera, uno de los guardias tocó una mecha y el mundo estalló.

Un estruendo como el de mil truenos golpeando a la vez destrozó la niebla y sacudió los cimientos de las casas. Leonard, con sus reflejos de Adar, vio salir del tubo una masa negra y redonda, tan rápido que era casi un borrón. Subestimándola, creyendo que era una piedra de catapulta, no la esquivó, sino que plantó su pie y, con un gruñido de esfuerzo, interpuso su ala blanca electrizada.

El error fue casi fatal.

El proyectil no se detuvo. No se hizo añicos. Al impactar contra el ala, la energía de rayo se quebró en una sinfonía de chispas dolorosas. Una onda de fuerza conclusiva, pura y brutal, atravesó la defensa divina y golpeó a Leonard en el hombro y el pecho con la fuerza de una carga de caballería divina. No lo atravesó, pero lo hizo girar sobre sí mismo y lo lanzó varios metros atrás, cayendo pesadamente sobre los adoquines. Un dolor agudo, como el de un hueso resquebrajado, le recorrió el torso. Se había subestimado el poder del artefacto.

La mujer pelirroja, desde el techo, tenía miedo en los ojos.-Leonard!- grito largamente con voz quebrada, El griffo emitió un chillido ahogado.

Leonard se levantó tambaleándose, el brazo izquierdo colgando inútil. La niebla, respondiendo a su voluntad herida, se condensó de inmediato en un muro blanco e impenetrable, tan espeso que ni los ojos dorados de Kaiser podían atravesarlo.

—¡Retirada! —rugió Leonard, y el sonido se perdió en la bruma.

Entre la confusión, la mujer pelirroja y el grifo descendieron como fantasmas, recogieron a Leonard herido y, envueltos en el manto de la dios Nube, se desvanecieron de la calle

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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