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Hijos de la Luna - Capítulo 3

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  4. Capítulo 3 - 3 Ferraria
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3: Ferraria 3: Ferraria Evan viajaba ahora en la parte trasera de un carromato descubierto, compartiendo el espacio con un guardia y una panadera.

El vehículo, tirado por dos burros, se dirigía a la capital.

Su ruta los llevó a cruzar el Río serene sobre un antiguo puente de piedra gris.

Esta cinta de agua circundaba por completo la ciudad como un foso natural, trazando una frontera líquida e infranqueable entre la alta sociedad y los suburbios.

Como siempre, su mirada se sintió abrumada ante la magnificencia de Altus Forja.

La capital de Ferraria era una ciudad tan vasta que habría requerido cuatro horas de marcha ininterrumpida para cruzarla de extremo a extremo; una hazaña teórica, imposible en la práctica no solo por el laberinto de calles y edificios, sino por la presencia del Río Serene.

Este rio ceñía como un foso plateado los cinco barrios nobles y el castillo acorazado que constituían el corazón del poder.

Sin embargo, la característica más distintiva de la ciudad ni siquiera le pertenecía a ella.

Suspensas en el cielo, como las ruinas de una morada divina, se alzaban las Columnas de Intis.

Erigidas con una piedra gris y musgosa, consumida por los milenios, estas estructuras antaño formaban una telaraña titánica que unía los confines del reino.

Cada pilar se elevaba hacia el firmamento con la altura de cien torres apiladas, sus superficies talladas en una espiral eterna y con la anchura suficiente para albergar una mansión.

En las alturas, estas columnas se conectaban entre sí por puentes de piedra tan delicados y elevados que parecían ser caminos para las nubes.

Muchos de estos arcos yacían derrumbados, y sus escombros suspendidos dotaban al paisaje de una majestuosa y solemne decadencia, un recordatorio de la carcoma del tiempo.

Contemplando aquel espectáculo, toda Ferraria, con todas sus ciudades y pueblos, parecía no más que un conjunto de chozas construidas bajo las ruinas de lo divino.

Tras cruzar el puente, se adentró en las calles de Devotos.

El barrio, famoso por tener varias iglesias y capillas solares, exhibía su carácter devoto incluso en la arquitectura civil.

A ambos lados de la calle se alineaban elegantes casas de piedra tallada, todas ellas de diferentes tonos y estilos, cada una protegida por verjas de hierro forjado que custodiaban pequeños y exóticos jardines.

Las gruesas aceras, pavimentadas con losas talladas de patrones florales y en ellas…  imponentes árboles, cuyas altas y anchas copas se elevaban hacia el cielo.

Sus troncos, de una corteza marrón pálido que se desprendía en placas de tonos variables, estaban rodeados por pequeñas vallas de acero.

sus raíces rompen algunas losas de la vereda creando inicios de montículos, algo que le daba un aura mas fantástica a la vereda.

Desde la calle adoquinada, donde las copas de los árboles opuestos se entrelazaban hasta tocarse, el cielo parecía un río celeste sobre el que flotaban y danzaban miles de hojas de un verde vivaz.

Bajo aquella lluvia de sombras que asfixiaban los rayos del sol, la penumbra se mecía con la brisa, dotando al aire de una cualidad refrescante.

La atmósfera era verdaderamente mágica.

El dueño del carromato se detuvo en una calle comercial atestada de puestos y encontró el suyo, un pequeño espacio entre un vendedor de telas y otro de hierbas secas.

Mientras el hombre comenzaba a descargar sus productos, Evan saltó a la calle adoquinada y se sumergió en el río humano.

La atmósfera era un nervio expuesto.

La gente se movía con una prisa que rayaba en el pánico, los rostros estaban tensos, los ojos escudriñaban las sombras entre los puestos.

Hombres y mujeres por igual llevaban armas: cuchillos cortos en los cinturones, hachas pequeñas, incluso garrotes.

Era la única excepción permitida en los días sin luna, y todo el mundo la aprovechaba.

Los comerciantes voceaban sus productos con urgencia, no para atraer clientes, sino para terminar rápido.

Era una danza de supervivencia diurna, todos intentando concluir sus asuntos antes de que el sol cediera el paso a la oscuridad.

El aire olía a pan recién horneado, a hierbas y, por debajo, al agrio olor del miedo.

Entonces, una melodía surgió entre el caos.

Un bardo con un laúd gastado se había plantado en una esquina, rodeado por un puñado de adultos.

Evan se detuvo un momento, atraído por la canción.

Era una balada burlona, una daga de sátira dirigida al corazón del reino.

Los bandidos campan por sus respetos  más hoy en la noche sin remedio y nosotros, tan quietos, rezando a los cielos.

¡Es más fácil rezar que afilar la espada!

¡Así nos va en Ferraria, la tan descarriada!

La Reina impone leyes que ahogan el sustento mientras apuesto a mi coliseo, para estar contento.

Si Adar-Rohe nos viera, el gran héroe de antaño su llanto ahogaría con su pena este rebaño.

Y los piratas de Osterra  desde !nuestras¡ islas de hielo nos roban nuestro alimento.

Y nuestro anhelo Pero ¿Qué importa, si el circo es genial?

¡Viva Ferraria, el reino más…

inmortal!

Las nueve campanadas, seguidas por la nota lúgubre y única, cortaron la canción como un cuchillo.

El bardo guardó su laúd con un gesto rápido; incluso él, lleno de amuletos del sol y con un buen cuchillo al cinto, no era inmune al mensaje.

El público se dispersó, la urgencia renovada en sus pasos.

Evan también reaccionó.

Le quedaba una hora para llegar a la academia.

No era mucho, pero suficiente si encontraba transporte.

Fue entonces que otra cosa llamó su atención.

Un perrito pequeño, de pelaje negro azabache como la medianoche sin estrellas, se acercó arrastrándose.

Era más huesos que carne, con las costillas marcadas bajo el pelo opaco.

Tenía una pata trasera lastimada, que apenas rozaba el suelo.

Sus ojos eran grandes, húmedos y de un marrón tan oscuro que parecían pozos de una tristeza infinita.

Emitió un chillido que no era un ladrido, sino un quejido agudo y débil, como el sonido de una bisagra oxidada.

Se frotó contra el tobillo de Evan con una desesperación que partía el alma.

—Lo siento —murmuró Evan, su voz apenas un suspiro.Ayudar requería recursos, que no tenia.

Evan apartó la mirada, un nudo de impotencia en la garganta.

Dio un paso atrás, luego otro.

El perrito lo siguió con la mirada, su cola baja, sin moverla.

Esa imagen se le grabó a fuego.

Mientras Evan aún cargaba con el peso de aquella mirada, algo más adelante captó su atención: la gente comenzaba a apartarse A lo lejos, la gente parecía conmocionada, apartándose para dar paso.

Un carruaje imponente, una caravana oscura tirada por caballos que parecían esculpidos en roca, avanzaba con lentitud ceremonial.

Por las banderas que ondeaban —una montaña gris con un pico negro cruzado sobre un campo verde y un cielo azul— reconoció el emblema del Gobernador del Norte.

Impresionante, pensó Evan y se puso a buscar algún carromato *** Entonces encontró a un comerciante.

Llevaba una buena espada y transportaba vino de calidad, a punto de salir hacia el este, justo hacia Los Jardines.

—Disculpe, buen hombre —dijo Evan, aproximándose—.

¿Se dirige a Los Jardines, o cerca de allí?

El hombre, de pelo canoso y rostro surcado de arrugas, lo estudió.

Por un instante, la postura de Evan le hizo dudar, pero al fijarse en sus ojos y su pelo común, la esperanza se desvaneció.

—Claro, muchachito.

Tengo que entregar mercancía en el templo.

Serán tres sales —declaró, escupiendo al suelo con desdén.

Luego, esbozando una sonrisa, aceptó las monedas.

Evan no tenía tiempo para regatear.

Una vez en marcha, llegando a Los Jardines, el cielo comenzó a nublarse.

Ambos miraron hacia arriba.

Allí estaba la luna, a punto de quedar oculta, como un tazón de porcelana blanco y resquebrajado, con grietas extendiéndose desde un punto oscuro en pleno día.

Signo irrefutable de que se iría junto con el sol en la noche.

—¡Por los pies de la luna!

Parece que el dios nube tiene su atención sobre la ciudad ahora.

Je, justo lo que faltaba hoy —dijo el viejo con sarcasmo.

—No creo que llueva —opinó Evan—.

Podrían ser simples nubes cirros, de cristales de hielo.

No suelen traer lluvia.

—¿Vas a la Academia de Hierro, verdad?

—preguntó el viejo, intentando conversación.

—Oh, sí.

Soy un estudiante becado.

—Eso está bastante bien —dijo el viejo, como un padre orgulloso.

Evan, nervioso por el silencio incómodo, pasó la mirada por el carromato hasta que un cartel lo dejó pasmado por unos segundos: “Se busca chico que sepa contar y leer, para acomodar las cuentas del negocio…” Yo puedo hacer eso, pensó.

Y necesitaba el dinero.

—Ejem, disculpe… sobre el cartel de trabajo.

Yo soy estudiante de la Real Academia de Hierro.

Estoy seguro de que podría hacerlo.

El viejo asintió.

—Bien… cuéntame un poco sobre ti.

¿Por qué crees que eres el indicado?

—Me llamo Evan, tengo 17 años.

Voy al segundo año.

Vivo en Villa Verde.

En la academia destaco en matemáticas y lenguas extranjeras.

También tengo experiencia ayudando a mi hermano con las finanzas del hogar, sé hacer cálculos avanzados.

He trabajado en granjas, construcción… incluso a coser.

Sé hacer bastantes cosas —dijo Evan con voz calmada, pero con la mano temblando.

El viejo se quedó callado un momento, mirando el camino.

—Bien.

¿Y por qué quieres el trabajo?

¿No tienes que estudiar?

—su voz sonó calmada y ronca.

—Cierto… pero tengo tiempo fuera de mis estudios.

Termino rápido mis tareas.

Pensé que estaría bien ganar experiencia laboral, siempre que sea posible, claro —Evan no usaría la técnica de dar lástima.

Preferiría morir antes.

El viejo le echó un vistazo.

Evan era casi tierno, una criatura nerviosa y tímida.

Evan desvió la mirada.

Eso fue todo lo que necesitó saber.

—Mmm, no tiene que ser sobre trabajos o cuentas, pero dime… ¿hay algo que te guste hacer?

¿Algún hobby, quizá?

¿Algo que te apasione?

—Mmm, bueno… me gusta dibujar.

Llevo haciéndolo desde pequeño.

Mis compañeros dicen que soy bueno.

A veces vendo uno que otro dibujo en la plaza —Evan comenzó a contar con un ánimo diferente—.

Me especializo en dibujo realista.

Aprendí por mi cuenta, con libros de anatomía, de luz y sombra.

Puede que quede mal que lo diga yo, pero creo que tengo un nivel decente.

Elogiaron uno de mis dibujos en una exhibición importante, aunque… lo rechazaron.

—Entiendo.

Escúchame, muchacho —el tono del viejo revelaba que ya había tomado una decisión—.

Hasta ahora hablabas con una cara de “solo quiero el trabajo porque necesito el dinero”.

Pero cuando empezaste a hablar de tus dibujos, fue como si se te iluminaran los ojos.

Y… bueno, esa es la motivación que yo busco.

Creo que deberías seguir con tus dibujos.

En serio, es impresionante.

Algunos artistas ganan realmente bien.

Deberías darte una oportunidad con ello.

Evan se quedó sin habla.

Era la primera vez en su vida que reunía el coraje para pedir un trabajo, y así, de pronto, fue rechazado.

El sabor era amargo.

Quería bajarse ya.

—Entiendo… Igualmente, gracias por molestarse, señor —dijo Evan, riendo nerviosamente, aferrándose a sus piernas.

Finalmente llegaron donde sus caminos se dividían.

—Ve con el sol, muchachito —le dijo el viejo sin parar la marcha.

Evan lo despidió con la mano y se dio vuelta.

Pero al cabo de unos segundos, el viejo se volvió a gritarle: —¡Lo digo en serio!

¡Espero que todo te resulte bien en la vida, y tengas historias alegres que contar!

¡Ánimos!

Quizá fuera porque el viejo lo había dicho realmente con el corazón, pero esas palabras golpearon duramente a Evan.

Con el rostro neutro como un estanque, apartó una gota de… sudor que caía por su mejilla, y se puso en marcha hacia la academia a través de Los Jardines.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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