Hijos de la Luna - Capítulo 4
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4: Los Jardines 4: Los Jardines Atravesó el parque de Los Jardines, donde los cerezos rosas de Yugen y los puentes de madera sobre estanques con carpas doradas creaban una paz artificial.
Evan miró al cielo, ahora velado por un manto blanco espeso.
Quizá el dios nube sí está observando, pensó.
La academia ya se recortaba en lo alto de la colina cuando la sensación lo atravesó: no era observación, era peligro.
Por el rabillo del ojo vio a dos figuras cerrándole el paso, una por cada lado.
Vestían harapos suburbiales, con brazos tatuados y miradas de depredador.
–Eee, amigo… ¿tenés un minuto?
–dijo uno de los chicos, con el tono arrastrado y común en los deshonrados de los suburbios.
–No, perdón.
Tengo prisa, no puedo –cada parte de Evan gritaba peligro, y el miedo empezaba a fluirle por las venas.
–Es solo un minuto, amigo.
Estoy vendiendo estas medias… solo te pido una ayudita para poder comer hoy.
¡Me estoy muriendo de hambre!
Hace tres días que no como –insistió el otro, acercándose más.
Evan sonrió con una risa nerviosa, mientras aceleraba el paso y trataba de rechazarlos con un gesto de la palma.
–Mirá, amigo, te las regalo, y vos dame lo que puedas.
Por favor –la voz ahora era más insistente, casi un susurro ronco.
–No, perdón.
En serio, no tengo nada.
–¡Tomá, te las regalo!
–dijo el chico, empujándole el par de medias negras con tanta insistencia que Evan, por reflejo, las agarró.
Evan no tuvo más remedio que detenerse para devolvérselas, pero el chico no las aceptaba; solo juntaba las manos en un gesto suplicante.
Evan, en pánico, intentaba inútilmente ofrecer las medias de vuelta.
En un movimiento instintivo, hizo el ademán de buscar su bolsita de monedas —quizá aún tenía dos sales—, pero se detuvo en seco.
Los dos chicos se tensaron como si fueran a abalanzarse, sus ojos ahora desprovistos de toda humanidad, viendo solo una bolsa que saquear.
Fue esa mirada, la de depredadores ante la presa herida, la que quebró el último nervio de Evan.
Su corazón estalló en galope y sus piernas reaccionaron solas.
Evan no esperó a confirmarlo; su corazón estalló en galope y sus piernas reaccionaron solas.
Corrió, pero ellos eran más altos, más largos de zancada.
Lo alcanzaron bajo la copa de un roble viejo.
Sin escapatoria, desenvainó su espada corta con manos trémulas.
—Ahora nos tenes que entregas eso que llevas ahí amigo —escupió el más cercano, sacando un cuchillo largo.
Evan era el blanco perfecto: uniforme caro, pero pelo azabache de plebeyo.
Nadie lo protegería.
El miedo le nubló la mente, le retorció las entrañas.
Cruzó su espada con la del bandido y el impacto fue brutal: un choque contra una montaña.
La hoja salió volando de sus manos, y una mano áspera lo arrojó al suelo, aferrándolo por el cuello.
Entonces gritó, desesperado: —¡Ven a mí, hija del conocimiento Andarius!
El bandido enarcó una ceja, burlón.
—¿Qué mierda dices, ami…?
Un thump seco.
Una flecha de ballesta le atravesó el cráneo de lado a lado.
Su compañero giró, atónito, y una segunda flecha lo perforó de frente a nuca.
Disparó una tercera flecha.
Evan contuvo el aliento, seguro de que sería para él, pero el proyectil se clavó con un crujido seco en una lechuza posada en el mismo árbol bajo el que estaba.
El ave cayó como un cono de pino, rígida y sin gracia, antes de golpear el suelo.
Para entonces, la mujer ya había desaparecido Evan se levantó, tembloroso.
Observó los dos cuerpos inertes, esos tipos que hacían de los suburbios un infierno.
Una sonrisa fría, casi involuntaria, se le dibujó en los labios.
Los tocó con la punta del pie, asegurándose de que estaban muertos.
Dos menos estas no estorban más, pensó, con un alivio profundo y amargo.
Las diez campanadas, seguidas del tañido lúgubre, lo sacaron del trance.
¡Llegaba tarde!
Recogió su espada, se la ajustó al cinturón e ignoró el calor húmedo en su entrepierna.
No había testigos.
Todos estaban encerrados.
Y él corrió hacia la academia como si la muerte misma lo persiguiera.
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