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Hijos de la Luna - Capítulo 5

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  4. Capítulo 5 - 5 Julius
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5: Julius 5: Julius Evan ocupaba el último banco, pegado a la alta ventana que dejaba filtrar una luz polvorienta y dorada.

El cielo ya se habia despejado.

La última clase del día agonizaba en el murmullo monótono del profesor.

Sobre su cuaderno de notas, alejado de los apuntes sobre filosofía cósmica, el lápiz de Evan trazaba con cuidado la figura de una gladiadora: esbelta, de armadura mínima y proporciones generosas, con el cabello ondeando en un viento imaginario y una espada en mano.

—Entonces, el Kosmos utiliza las grietas en… —la voz del profesor captó por un instante su atención, lo justo para registrar unas palabras sueltas antes de volver a su dibujo, dedicándose ahora a sombrear el escote y la curva de los muslos con devoción concentrada.

Alzó la mirada hacia la ventana, más allá del suelo pedregoso que bordeaba el edificio, hasta el alto muro de piedra que circundaba la academia.

Allí, caminando con equilibrio felino por la estrecha cornisa, estaba Michu.

¿Era realmente ella?

La gata pareció reconocerlo y, con un salto grácil y preciso, desapareció del otro lado del muro.

—… alterando así la misma realidad y las leyes que rigen la existencia que conocemos —concluyó el profesor, cerrando su pesado libro con un sonido seco que resonó en el aula silenciosa.

Saliendo de sus pensamientos sobre la misteriosa Michu, Evan escuchó inevitablemente las últimas palabras: —Dado que hoy es Noche sin Luna, la clase se dará por terminada.

Es preferible que todos, especialmente quienes residen lejos, emprendan el regreso con tiempo —el profesor dejó caer su mirada, cargada de una significación práctica, sobre Evan por un breve instante.

Evan, que acababa de deslizar su cuaderno de dibujos bajo el asiento, contuvo el aliento—.

No obstante, algunos profesores permaneceremos una hora más para consultas.

Los talleres y clubes también permanecerán accesibles durante ese plazo.

Evan observó un momento más a su profesor un hombre de rostro cansado y chaleco desteñido mientras este recogía sus enseres.

En cuanto sus compañeros comenzaron a guardar libros y plumas, él tomó su cuaderno, lo guardó en el macuto de lona y salió del aula siendo el primero.

Se adentró en los pasillos altos y fríos donde el eco de sus pasos sobre el suelo de piedra se mezclaba con el leve olor a cera de abejas y polvo,profundo y monótono tañido del reloj de la academia resonaba en los pasillos con un tong… tong… cadencioso y sombrío.

Mientras el avanzando con paso decidido pero con la mirada saltando,ante posibles bravucones.

Subió al segundo piso por las anchas escaleras de cerámica brillante que se bifurcaban en una elegante curva, sus barandas de hierro negro trazando volutas oscuras contra la piedra clara.

Desde la ventana, Evan vio cómo el gran portón de rejas de la academia vomitaba un río de estudiantes: un mar de cabezas rubias, pelirrojas y castañas, con los uniformes negros contrastando contra la palidez uniforme de sus rostros.

Parecían un rebaño de corderos teñidos con los colores del otoño, dispersándose ante la noche inminente.

Llamó a la pesada puerta de roble del despacho.

—Pase.

Julius estaba tras un escritorio tallado en madera oscura.

La luz del atardecer, filtrada por unos pesados cortinajes de terciopelo.

Llevaba la variante profesoral del uniforme: una levita gris hierro, impecable y severa, cerrada hasta el cuello, con un único broche de plata ,un yunque sobre un libro que centelleaba tenuemente sobre su corazón.

El tenia la piel de un ligero tono oliva y tenia pelo marron negro con mechones blancos, delatendo que era un mestiso —Buenas tardes, profe… —dijo Evan con una confianza que se desinfló al ver a la alumna sentada junto al escritorio.

La miró con el ceño fruncido.

—Ah, Evan.

Toma asiento —dijo Julius sin levantar la vista de unos papeles, aunque una esquina de su boca se curvá levemente—.

Ella es una alumna del centro de estudiantes.

Me está haciendo algunas preguntas para una nota.

Te atenderé en cuanto terminemos.

—Claro, no hay problema —dijo Evan, ocupando una silla contra la pared.

La alumna, una chica de pelo castaño recogido en una cola baja, ajustó su pluma sobre el anotador.

Julius la observaba con la paciencia de quien cuenta los segundos.

—Entonces, usted, profesor Julius… imparte la clase de… —dejó la frase en el aire, esperando.

—Segundo —respondió él, secamente.

Ella esperó, la pluma suspendida.

Julius añadió, como si leyera su rostro.

—Filosofía y Economía.

Segundo año.

Ella anotó rápidamente.

—Su nombre completo, por favor.

—Julius Ruin.

—Edad.

—Treinta y ocho.

La pluma rasgaba el papel con urgencia.

Evan notó cómo la alumna apretaba los nudillos, cómo evitaba mirar a Julius directamente.

—¿De qué coliseo es aficionado?

—preguntó, con un tono monotono.

—Los Serenitos.

—Estado civil.

—Soltero.

—¿Profesor favorito?

—Yo.

—¿Alumno favorito?

—No tengo.

Evan lo miro con los ojos mas abiertos —Ah..

ehh Evan, si.

mi querido alumno favorito.

—agrego Julius con una risa nerviosa —¿Alumno menos favorito?

—El… noventa por ciento.

—¿Curso favorito?

—Uno que no tiene nada que ver con el tuyo, les doy clases a la mañana.

—¿A quién sacaría de mi curso?

—A vos.

La alumna cerró el anotador con un golpe seco.

—Muchas gracias, profesor —dijo, levantándose tan rápido que la silla chirrió.

Julius la despidió con un gesto vago de la mano, ya con la mirada puesta en Evan.

Evan contuvo una sonrisa involuntaria.

—Siéntate —indicó Julius, señalando la silla que la alumna acababa de abandonar—.

–Que tal profesor, Sobre la frase que la luna me dio anoche…– dijo evan sentándose  Julius asintió –Si, que te transmitió la luna esta vez?– preguntó Julius curioso  Entonces Evan le conto sobre la frase y cómo la uso en el asalto, la frase gritada como un conjuro, la mujer pelirroja en el tejado y las flechas que silbaron para salvarle la vida.

también sobre la lechuza, aunque ese detalle no parecía importante.

Julius se reclinó en su silla alta y acolchada, llevándose el índice y el pulgar a la barbilla.

—Interesante —murmuró, tras una pausa deliberada—.

Dudo que fuera un conjuro, estos solo existen en las leyendas.

Pero la coincidencia es significativa.

Esa mujer podría estar vinculada al nombre que invocaste.

Una sectaria, tal vez.

Un brazo ejecutor de alguna fe olvidada.

invocaste.

Una sectaria, tal vez.

Un brazo ejecutor de alguna fe olvidada.

Luego Julius se llevo aquella botella a la boca y tomo un trago.

Evan lo miro como si hubiera bebido lava.

—Oh ¿esto?

no te preocupes, es una de esas nuevas bebidas azucaradas y gaseosas que inventaron.

A ti te gustan?

—No no, a mi… prefiero beber agua — —haces bien —respondió Julius con respeto—.

Los gobernantes han hecho que sus pueblos siempre se alimentasen con peor comida que ellos, para que así no pudieran hacerse muy fuertes y desafiarlos.

—Sobre lo ocurrido.

Has hecho bien en contármelo.

Déjame a mí indagar en este asunto.

Si descubro algo, te lo contaré.

Tras otro silencio, Julius juntó las manos sobre el escritorio, entrelazando los dedos.

Su voz adoptó un tono diferente, más íntimo y a la vez más transaccional.

—Tengo una buena noticia.

—He conseguido que tu beca se incremente.

Treinta clavos al mes, a partir de este mes.

Evan sintió que el aire le faltaba.

Treinta clavos.

Era una fortuna para el.

Era respirar sin ahogarse.

—La condición —continuó Julius, observando cada centímetro de su reacción— es que me ayudes en ciertos…

asuntos.

En particular, aquellos relacionados con tus profecías lunares.

—Asumo que este talento tuyo sigue siendo un secreto entre nosotros.

—Sí —logró decir Evan, incorporándose—.

Lo ayudaré en lo que sea, profesor.

Lo que sea.

—Excelente.

Mañana, entonces.

Nos encontraremos en la entrada de la academia, al caer la tarde.

Iremos a explorar las ruinas del Templo de Intis, en las afueras.

Y esta noche, cuando consultes a la luna, pregúntale específicamente por entradas secretas en ese lugar.

—Esta bien profe, pero, la luna sólo me cuenta lo que ella quiere, sin importar que le pregunte…

—Sospecho que esta vez querrá contarnos esto —lo interrumpió Julius con suavidad glacial—.

Porque lo que busco allí es una grieta a la divinidad secreta.

—Julius terminó la frase con una sonrisa cómplice.

Las palabras resonaron en el silencio del despacho.

Evan las dejó asentarse, comprendiendo, al fin, la magnitud de lo que se le ofrecía.

—Entonces… profesor Julius, ¿eso significa que… me ayudará a dar el salto?

¿Al primer escalón?

—preguntó, aún incrédulo.

Julius asintió con una calma que contrastaba con el temblor interno de su alumno.

—Como amigo de la luna y como un joven que corre peligro viviendo en los suburbios, creo que tu potencial debe incrementarse lo más rápido posible.

Pasa por la biblioteca.

Hay una estudiante esperándote, ya he hablado con ella, te aclarará lo que necesitas saber sobre el Primer Escalón.

—Hizo una pausa, y una sonrisa casi imperceptible asomó en sus labios—.

Hazte su amigo, si puedes.

El corazón de Evan latía con una fuerza nueva.

Como chico de los suburbios, nunca había imaginado recibir la atención de un dios, y mucho menos de la luna, una diosa desaparecida hacía siglos.

Ahora, su profesor le ofrecía la oportunidad para cambiar su vida por completo, para devolverle, quizá, la alegría de estar vivo.

—Eso es todo por hoy —dijo Julius, volviendo ya la mirada hacia los papeles de su escritorio—.

Nos vemos mañana.

Cuídate y ve pronto a tu casa.

—¡Muchas gracias, profesor!

¡Me esforzaré!

—Evan se levantó de su asiento, hizo una reverencia más inclinada de lo habitual y salió del despacho con una chispa recién encendida en el pecho.

Cuando la puerta se cerró tras Evan, Julius se dejó caer contra el respaldo de su silla.

Un latido sordo, como el de un tambor lejano, comenzó a pulsar en sus sienes.

Había forzado la deducción, conectado los puntos entre la frase de Evan, los viejos mitos y los mapas polvorientos, y el precio siempre llegaba.

Una gota espesa y caliente asomó por su fosa nasal, trazó un camino rápido sobre su labio y cayó, con un tap apenas audible, sobre el pergamino que estaba firmando.

La mancha carmesí se expandió sobre su propio nombre.

—¿En serio?

—susurró para sí, con voz ronca, limpiándose con el dorso de la mano—.

¿Solo por eso?- susurró Julius incrédulo.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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