Hijos de la Luna - Capítulo 7
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7: Fausto y Santi 7: Fausto y Santi Tras recorrer los pasillos casi vacíos de la academia, Evan llegó a una puerta apartada de las grandes aulas.
Más parecía la de un almacén del conserje, pero un cartel clavado en la madera rezaba: Los Alquimistas Explosivos.
Evan abrió y avanzó sin detenerse, recibido por una bocanada de aire cargado de químicos y minerales desconocidos.
La habitación era poco iluminada pero confortable.
Era un espacio pequeño.
Junto a la única ventana, cuya luz filtraba una cortina marrón añeja, Fausto trabajaba ante un escritorio abarrotado de instrumentos de alquimia.
En un rincón, sobre un banquito raído, Santi leía un libro.
Ambos eran rubios y vestían con el aseo pulcro de quienes cuidan su aspecto.
Fausto, el más alto de los tres y algo relleno, tenía unos interesantes ojos verdes y una mirada inteligente.
Santi, aun sentado, se veía más alto que Evan, con bellos ojos azules que contrastaban con los granitos que le salpicaban el rostro.
—Al fin apareció, mi camarada, el príncipe plebeyo —dijo Fausto, alzando la vista solo por un segundo antes de volver a sumergirse en su experimento.
—¿Todo vientos?
¿Por qué saliste tan rápido?
—saludó Santi, apartando los ojos de su libro y alzando una mano.
—Todo vientos.
El profesor Julius me llamó para orientarme sobre mis estudios a futuro —respondió Evan con desenvoltura, devolviendo el saludo con la mano.
Fausto y Santi asintieron.
Evan se acercó al escritorio.
Observó los frascos de colores antinaturales y el movimiento seguro de Fausto, que mezclaba un líquido violeta claro.
Luego miró a Santi y el título de su libro: La Lucha de Milante.
Alzó una ceja, intrigado, antes de volverse hacia el alquimista.
—¿Qué intentas hacer esta vez?
—Un veneno.
Uno que pueda evaporarse y crear nubes de niebla mortal —respondió Fausto con un dejo de orgullo.
—¿En serio?
Eso sí que es increíble, no sabia que podias hacer algo asi —dijo Evan, genuinamente impresionado.
Fausto esbozó una sonrisa de resignación.
—Ni con la ayuda de un demonio.
En una década, quizás lo lograria.
Aunque para entonces los Osterrianos o los de Aethelgard seguro ya lo lograroian.
Pero al menos me sirve para practicar.
Evan se llevó una mano a la barbilla, pensativo.
—Sabes… yo podría ayudarte con este experimento.
—¿Ah, sí?
—Fausto no despegó la vista de sus tubos.
Su voz no denotaba ninguna esperanza puesta en Evan.
—Si se me ocurre alguna idea, te lo digo.
Aunque no prometo nada —insistió Evan con un poco más de confianza.
—No te preocupes, camarada.
Esto es muy complejo, no te gastes —dijo Fausto, resiliente.
Evan se aclaró la garganta con una tos leve.
—Dime, Fausto… ¿ya tienes los aerotinos?
—Sí, ya los preparé.
Son dos clavos, y el que regatee es un bastardo —contestó Fausto, saliendo de su concentración y erguiéndose.
—¡Dos clavos!
¡Por los pelos del sol, Fausto!
¿Ahora te has vuelto un codicioso arcanista?
—¡Tú sabes muy bien que no te cobro ni la mitad que un boticario, sinvergüenza!
—Está bien.
¿Qué tal esto?
Puedo darte dos clavos, o…puedo darte un clavo, dos sales y… el dibujo de una gladiadora con poca armadura, grandes senos y muslos.
—Evan sacó un papel doblado de su bolsa y lo presume a Fausto—.
Fausto miro serio y severo a Evan unos segundos, luego extendió la mano y Evan le puso el dibujo en la palma Fausto tomó el papel, lo desdobló y lo evaluó.
Sus ojos se abrieron un poco más.
—Demonios… Has mejorado.
—Je, je —Evan posó con orgullo, un dedo bajo la nariz.
—Si no les importa, déjenme ver —Santi se acercó.
Su expresión se volvió gradualmente impresionada—.
Vaya… me gustan las sombras ligeras que marcan sus músculos, aquí en los brazos y el abdomen.
Y esos puntos de luz en… bueno, el escote y muslos.
Le dan buena forma y volumen.
Tu talento ha mejorado, Evan.
Aunque, siendo justos, ninguna mujer real tendría un cuerpo así.
—¡Oye, Santi, maldito princeso!
¡Nadie te preguntó!
¡Mantén la boca cerrada!
—lo regañó Fausto, con el tono de quien insulta a un hermano sabiendo que no se ofenderá.
—Solo decía —murmuró Santi—.
Si te acostumbras a los dibujos de este blasfemo degenerado, se te atrofiará la espada y ya no se te parará cuando te cases.
—¿Y tú cómo sabes eso?
Y si es solo un rumor de la iglesia, ni te atrevas a discutir —cortó Fausto.
Santi guardó silencio, mirando de reojo con una sonrisa resignada.
Fausto tomó una bolsita de tela del tamaño de su mitad de la palma, cerrada con un cordón fino, y se la entregó a Evan a cambio del clavo y las dos sales.
—Un placer hacer negocios una vez más, camarada —dijo Evan.
Fausto asintió, contento, y guardó el dibujo con cuidado bajo su uniforme.
Evan se dio la vuelta y caminaba hacia la puerta cuando Santi lo llamó.
—Oye, Evan… Si no te molesta, quería encargarte algo —dijo, moviéndose incómodo en su banquito.
Un leve rubor trepó por su cuello—.
¿Conoces la leyenda del Lobizone?
—Sí, obvio.
¿La versión local o la del panteón de Caelis?
—Cualquiera sirve.
Quería pedirte que lo dibujes… pero que no dé miedo.
Que se vea como el hombre con pelaje y rasgos de lobo de la leyenda, pero con una expresión humana, normal.
—Okey… supongo que puedo imaginarlo —aceptó Evan, hablando lento mientras pensaba.
—Y… que esté tomado de la mano con una conejita.
Igual, con forma humana pero pelaje y rasgos de coneja.
Con expresión humana y… ya sabes, con grandes curvas.
Tú ya sabes.
Evan y Fausto giraron para mirar a su amigo como si se hubiera cagado encima.
—¡¿Qué?!
¡¿Qué tiene de malo?!
Al menos no pido una de tus blasfemias eróticas —se defendió Santi, puntualizando rápidamente—.
¡Y es para mi hermanita!
Está leyendo la leyenda.
—Puntualizó Santi nervioso.
Fausto no apartaba la mirada, como si estuviera viendo a un enfermo grave con minutos de vida.
—Ejem, claro.
No tiene nada de raro.
Son dos personajes, algo excéntricos… te costará tres clavos.
Lo tendré para el llenuos, o a más tardar el creciente.
—Muy bien.
Te pago por adelantado —Santi sacó tres clavos de su bolsa de cuero con cordón dorado.
—Gracias, camarada —Evan sonrió—.
Bueno, ya me voy para llegar a casa antes del ocaso.
Y piensare en lo del veneno, Fausto.
—No hace falta, camarada.
Céntrate en tus estudios.
—Bueno, pero si una idea divina me ilumina, la anotaré.
Fausto se encogió de hombros.
—Nos vemos.
—Ve con el sol.
—Nos vemos chicos.
Fausto y Santi observaron la espalda de su amigo alejarse.
La puerta se cerró.
Un silencio pesó en el taller, roto solo por el leve burbujeo de un matraz.
—Un lobo y una coneja… como humanos con pelaje.
¿Qué mierda, Santi?
—preguntó finalmente Fausto.
—Yo solo… quería darle algo de dinero para que no tacañee con la comida —confesó Santi, mirando sus manos—.
Evan nunca compra nada a menos que le sobren tres clavos.
Necesita comer bien y crecer de una vez.
¡Necesitamos más fuerza en el grupo!
Fausto soltó un largo suspiro que pareció venirle desde las botas.
Luego, sin decir una palabra más, volvió a su experimento.
Santi a su libro.
Y en el aire, además del olor a químicos, quedó flotando el peso silencioso de su complicidad.
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