Hijos de la Luna - Capítulo 9
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9: Rena 9: Rena Evan salía del patio central de la academia.
En medio del puente que lo conectaba con el campo exterior, vio a una chica alta de pelo castaño oscuro atado en una cola de caballo.
Estaba plantada frente a él, inmóvil, mirándolo fijamente con una quietud perturbadora.
Evan se detuvo.
Entonces ella se acercó.
A diferencia del clásico uniforme escolar, no llevaba capa corta, ni chaqueta solo una camisa blanca con bordados y una falda que mostraba sus rodillas, quizá al borde de lo ilegal para el reglamento escolar.
Evan decidió ignorar a aquella extraña mirona.
Hoy ya había tenido un día demasiado ajetreado y vivía a dos horas de su casa.
Mejor darse prisa.
Si ella le hablaba, sería cortante.
Continuó su marcha.
Pero cuando se cruzaron, ella lo agarró por el cuello con la profesionalidad de quien conoce las artes marciales, y extendió una pierna para dar una patada que silbó junto a la oreja de Evan.
Si era una intimidación, logró otro efecto al mostrarle su pierna cerca.
Lo que sí intimidó a Evan no fue que ella le sacara una cabeza y media, ni la fuerza con la que sujetaba su cuello.
Evan tenía mucho miedo de que su único uniforme se rompiera.
¡Y ella solo era una chica!
Evan podía ser débil, pero su hermano le había enseñado a ser hombre.
—Suéltame, bruja loca.
No me interesa nada de lo que quieras conmigo —dijo Evan, llevando su mano a la muñeca de la chica e intentando apartarla.
Apretó con todas sus fuerzas sin el más mínimo reparo en lastimarla.
Después de todo, hoy había visto morir a dos personas frente a él y estaba algo insensibilizado.
Miro directo a los ojos de esta chica, marrones claros.
Intimidantes, sí, pero una intimidadora femenina al fin y al cabo.
No harían que Evan sintiera verdadero miedo.
Podría intentarlo al menos.
Pelear y quizá… ganar.
—Te advierto que tengo amigos en la nobleza.
Te darán problemas si les cuento esto.
O incluso podrían cubrirme si decido defenderme ahora por mi cuenta, con mis propios puños —Evan le devolvió la mirada.
La de ella, intimidante; la de Evan, desafiante y llena de malicia.
Podía ser un plebeyo, pero sabía algo sobre enfrentar a la gente.
Además, juzgó que aquella chica no era muy importante: no llevaba maquillaje ni perfume.
Una noble venida a menos, seguramente.
Entonces, la punta de un puñal apareció frente a su cara, y Evan palideció.
La chica seguía en silencio.
Evan no tendría tiempo de desenvainar su espada corta antes de que ella decidiera cortarlo.
—Solo te lo diré una vez, así que escucha con atención.
No quiero que te vuelvas a acercar a la princesa.
Si veo que tu un simple plebeyo vuelve a acercarse a ella, destruiré tu vida.
Tras esto, la chica lo soltó.
Evan se corrigió el cuello y observó la espalda de aquella persona detestable alejarse en la distancia.
Tras recomponerse, Evan retomó la marcha.
¿Princesa?
¿Se refería a…?
No.
No había forma de que esa chica de la biblioteca, Diane, fuera la princesa de Ferraria.
La reina ni siquiera la dejaría venir aquí.
Aunque fuera la Real Academia de Hierro, este lugar era para nobles, no para la realeza en sí misma.
Así, Evan continuó intrigado hasta la salida.
Mientras Evan se alejaba, sin saberlo, era observado desde la distancia por Riushi, quien apretaba los puños con determinación *** La chica siguió caminando como si nada hacia el patio central de la academia.
Un grupo de chicos se iba por un costado, dejando el lugar vacío, pero entonces… —Ah, espérenme cinco minutos, chicos.
Tengo que ir al baño —dijo un joven alto, de espalda ancha y rubio.
—No te tardes —respondió una voz lejana.
El chico que supuestamente iba al baño comenzó a acercarse a la chica como un tiburon yendo a devorar una sardina.
Cuando estuvo a su lado, cruzando su camino, habló: —Disculpa, tengo algo que hablar contigo.
¿Me puedes acompañar?
—le dijo Riusen.
—¿Que tienes que hablar conmigo?
—respondió ella con clara indisposición, en un tono rudo.
—Es sobre la seguridad de la princesa Diane —dijo Riusen con una sonrisa—.
Pero no hablaré contigo aquí, a la vista de cualquiera.
Así, los dos se dirigieron a una esquina de la academia, en el suelo que la rodea con algunas hierbas.
Allí, se plantaron uno frente al otro, a unos pasos de distancia.
—¿Y bien?
¿Qué tienes que decirme sobre la princesa?
¡Rápido!
—dijo la chica con rudeza.
—Nada —soltó Riusen de repente—.
Solo quería darte una advertencia, Rena, de la Guardia Real.
Lo dijo con buen humor en la voz.
Pero entonces, tras unos segundos, la cara bonachona de Riusen se quebró por completo, reformándose en una expresión fría como el hielo, amenazante como la mirada de un león.
—Evan es un chico normal, estoy seguro de que no conspira contra la princesa Diane.
Asique si vuelves a amenazarlo, tocarlo o siquiera lastimarlo, responderás ante mí —Riusen habló con una voz cargada de ira fría, más filosa que el acero.
Pero eso no fue lo único que pasó.
Los ojos de Rena se abrieron, no solo por las palabras de Riusen —para ella, solo un bastardo—, sino por lo que ocurría con el.
Estaba emanando una aura radiante como el sol, caliente, tan caliente que Rena comenzó a retroceder.
Pero la premoción de que algo peor podría pasar si lo hacía la detuvo de salir corriendo.
Sus manos, piernas, frente y otras partes de su cuerpo comenzaron a sudar.
Rena tenía algo de experiencia coneste tipo de gente, los elegidos por los dioses.
Pero esto… esto no era el poder otorgado de un simple dios.
Los adornos de la Iglesia del Sol que llevaba Riusen le dieron una idea terrible de qué podía tratarse todo aquello.
—No puede ser… Tú… —dijo Rena sin darse cuenta.
La mirada de Riusen seguía matándola con la vista.
Finalmente, Rena cayó sentada.
—Está bien, está bien.
Solo haz que no vuelva a acercarse a la princesa.
La corona no permitirá que un plebeyo se le acerque, y la Iglesia tendrá problemas si se opone a nuestra voluntad —dijo Rena, nerviosa pero conservando su estilo rudo.
—Está bien.
Se lo haré saber —dijo Riusen, apagando su aura.
Ya más calmado, miro con mejores ojos a Rena y se plantó frente a ella, tendiéndole la mano.
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