Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 103
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- Capítulo 103 - 103 Capítulo 103 La Maldición de la Sala de Encargos
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103: Capítulo 103: La Maldición de la Sala de Encargos 103: Capítulo 103: La Maldición de la Sala de Encargos Al sonar el timbre que marcaba el fin de clases, Kiro y Shizuki caminaron por los pasillos de la Academia con paso tranquilo hacia la sede del emblema Stella.
La tarde caía con suavidad, y la luz anaranjada del sol se filtraba entre las ventanas, proyectando sombras largas sobre el suelo pulido.
—Estoy algo emocionada… aunque también nerviosa —murmuró Shizuki mientras jugaba con el borde de su chaqueta—.
¿Y si es cierto lo que dicen?
Que hay algo en esa sala… algo maldito… Kiro soltó una carcajada.
—No te preocupes.
Es solo una habitación vieja, no un calabozo infernal —pausó, luego miró al frente—.
Aunque sí… da un poquito de miedo.
Al llegar a la sede y abrir la puerta, una familiar figura los esperaba en el recibidor: Rei, quien se encontraba arrodillada, trapo en mano, limpiando con energía las manchas de la pared.
Al verlos entrar, alzó la vista y sonrió con una mezcla de dulzura y amenaza.
—Oh, miren quiénes vienen con tiempo libre.
¡A trabajar!
—anunció con voz alegre mientras señalaba un trapo limpio junto a ella.
Kiro se rió nerviosamente mientras Shizuki, sin decir una palabra, comenzó a retroceder lentamente hacia la puerta, como un ladrón intentando escapar sin hacer ruido.
—¡Espera un poco!
—Kiro la detuvo con firmeza, sujetándola por la muñeca.
—¡Eh!
¡¿Qué haces?!
—exclamó Shizuki, sobresaltada.
—¡Esto nos vendrá perfecto!
Necesitamos dejar la sala de encargos en condiciones si planeamos usarla.
Si seguimos huyendo de esa sala, entonces la maldición nos ganará —sonrió con seguridad.
Rei se levantó y se acercó a ellos con los brazos cruzados.
—¿Sala de encargos?
¿Hablas de esa sala?
Kiro asintió.
—Sí.
Decidí hacer encargos.
Quiero empezar con lo que sea, grande o pequeño.
La sonrisa de Rei se esfumó de inmediato.
Un escalofrío le recorrió la espalda y retrocedió medio paso, casi en automático.
—…Te deseo suerte entonces.
No pienso volver a entrar ahí.
Esas paredes no conocen el concepto de “vida”.
Kiro la miró con los ojos entrecerrados.
—¿Tú?
¿La maniaca del orden?
¿Esa es tu excusa?
—Me gusta limpiar lo necesario para respirar y no morir intoxicada, sí —resopló Rei con los brazos cruzados—.
Pero esa sala… esa sala… no es de este mundo.
Sin decir más, giró sobre sus talones y se alejó con paso ligero por el pasillo.
Shizuki se giró lentamente hacia Kiro, ojos grandes y voz temblorosa.
—¿Es… tan horrible…?
Kiro suspiró profundamente.
—Está mal, sí.
Pero con ayuda, todo es posible.
Entonces alzó la vista y vio a Noell en el segundo piso, a punto de desaparecer por el pasillo.
Levantó la voz: —¡NOELL!
El muchacho dio un respingo y asomó la cabeza por la barandilla.
—¿¡Qué!?
—¡Baja, necesitamos tu ayuda!
Pocos segundos después, Noell descendió por las escaleras, curioso.
—¿Qué pasa, Kiro?
¿Necesitan algo?
—Vamos a limpiar la sala de los encargos.
Los ojos de Noell se agrandaron.
—¿Eh?
¿¡De verdad existe!?
Siempre creí que era una leyenda oscura como la del pasillo con eco perpetuo.
—Es muy real —dijo Kiro con solemnidad—.
Y necesitamos ayuda para que vuelva a nosotros.
—Bueno… —dijo Noell, cruzando los brazos—.
Me intriga.
Nunca he estado allí.
Supongo que me vendrá bien para saber dónde no ir.
Los tres caminaron juntos hasta la sala bajo la escalera.
Kiro abrió la puerta con una mano, ya preparado esta vez.
Como si la sala esperara su llegada, una nube de polvo, esporas y lo que parecía humo de un mundo antiguo emergió como un rugido silencioso.
Pero Kiro venía preparado.
Con estilo, se colocó una mascarilla de limpieza.
—Tomen —dijo, pasando una a cada uno—.
Estén listos.
Aquí dentro hay más misterio que en las ruinas que exploramos en la misión.
Shizuki se colocó la mascarilla.
—¿Crees que haya fantasmas?
—¡No digas eso!
—gritó Noell, empalideciendo.
Una vez adentro, los tres observaron el desastre.
Telarañas gruesas como cables eléctricos, polvo del grosor de una manta, y muebles deformados por la humedad.
—Aquí definitivamente murió alguien —susurró Shizuki.
—¡Basta!
—rogó Noell mientras se tapaba los oídos.
La limpieza comenzó.
Trapos, escobas, toallas, paños húmedos.
El trío luchaba contra la mugre ancestral como si enfrentaran a una criatura oscura del pasado.
Pero tras veinte minutos…
—…Estoy… muerto —jadeó Kiro, con la cara cubierta de polvo.
—Esto es imposible —añadió Shizuki, sus coletas colgando sin vida.
Entonces Noell se levantó de golpe.
—¡He decidido!
¡Basta de esto!
¡Verán mi verdadero poder!
Salió corriendo de la sala como alma que lleva el viento.
Kiro y Shizuki se miraron confundidos.
—¿Qué fue eso…?
No pasaron ni cinco minutos cuando Noell regresó arrastrando un extraño artefacto metálico con ruedas.
—¿Una aspiradora…?
—dijo Kiro, curioso.
—Modificada —respondió Noell con orgullo—.
Totalmente automática, sellada para no liberar esporas al aire, y equipada con sensores para evitar choques con muebles.
Solo debemos dejarla aquí, cerramos la puerta… ¡y ella hará el resto!
—…Eres un genio —murmuró Kiro con voz reverente.
—Te elogiaré ante los demonios eternos —dijo Shizuki, maravillada.
Noell conectó el dispositivo, presionó un botón en la parte superior, y la máquina comenzó a emitir un suave zumbido.
—Ahora… ¡cierro la puerta!
La cerraron entre los tres, como si encerraran una bestia antigua en una prisión mecánica.
Luego se sentaron en el suelo del pasillo, agotados pero satisfechos.
—Muy buena idea, Noell —dijo Kiro.
—Realmente fue útil —añadió Shizuki, aún jadeando.
—…Ya pueden decir que Stella volvió a tener Sala de Encargos —concluyó Noell, con una sonrisa victoriosa.
Pasadas unas horas desde que dejaron a la aspiradora automática haciendo su “trabajo”, Kiro, Shizuki y Noell se reunieron nuevamente frente a la puerta de la infame Sala de Encargos.
La noche ya había caído, y apenas una tenue luz mágica colgaba del techo del pasillo, proyectando sombras alargadas que no ayudaban a calmar los nervios.
—¿Están listos…?
—preguntó Kiro, ajustándose los guantes de limpieza otra vez.
—Si —dijeron los otros dos al mismo tiempo.
Aun así, con una mezcla de esperanza y resignación, Kiro giró la manija de la puerta.
Esta chirrió ligeramente y se abrió con lentitud.
Un silencio sepulcral los recibió.
El aire seguía cargado de polvo, pero era evidente que algo había cambiado.
Las capas más gruesas de mugre y telarañas se habían reducido, pero no desaparecido del todo.
Y en una esquina de la sala, como una estatua caótica, la aspiradora de Noell yacía completamente chamuscada, emitiendo de vez en cuando un chisporroteo tenue.
—¡Arturito…!
—gimió Noell, corriendo hacia el aparato como si fuera un paciente herido de guerra—.
¿Cómo pudiste terminar así…?
¡Tú eras la elegida!
Lo alzó con cuidado, sus ojos brillando con una mezcla de tragedia y amor mecánico.
Luego, con expresión grave, miró a Kiro y a Shizuki.
—Terminaremos lo que empezaste, Arturito.
Lo prometo.
—¿Arturito…?
—repitió Kiro, confundido.
—¡Así se llamaba desde ahora!
—proclamó Noell, como si fuera una obviedad.
Shizuki alzó una mano al cielo.
—¡Los demonios nos dan su bendición para vengar a Arturito!
¡Limpiemos como si el inframundo dependiera de ello!
Entre risas y determinación, los tres comenzaron a trabajar con todo lo que tenían.
Se colocaron guantes, mascarillas, trapos húmedos y hasta improvisaron gafas protectoras.
Usaron su energía para mover objetos más pesados, para despejar rincones que ningún humano cuerdo habría tocado antes, e incluso Kiro utilizó pequeñas esferas de luz para iluminar zonas ocultas, mientras Shizuki aplicaba una técnica de sellado para absorber humedad concentrada de las paredes.
—¡Nunca pensé que esto se convertiría en un campo de batalla!
—dijo Kiro, cargando con un estante entero que Noell purificaba con una especie de aerosol con olor a cítricos.
—¡Esto es una misión!
¡Una auténtica misión de rango S de limpieza!
—gritó Noell entre carcajadas.
Shizuki, con su rostro cubierto por la mascarilla y un trapo en la cabeza como si fuera un casco de combate, murmuraba oraciones demoníacas mientras espantaba a las últimas telarañas.
—¡A la sombra con ustedes, hijos del polvo!
Horas pasaron volando.
Rieron, se quejaron, se lanzaron agua sucia en momentos de descanso e incluso improvisaron canciones tontas de limpieza.
A pesar del esfuerzo físico agotador, se sentían bien.
Como si todo eso los conectara más, como si la sede ya no fuera una ruina olvidada, sino su verdadero hogar.
Cuando la luz del amanecer se filtró por la única ventana del cuarto, el primer rayo golpeó suavemente el rostro de Kiro, despertándolo de su improvisada siesta.
Abrió los ojos con pesadez, parpadeando lentamente.
Delante de él, una suave brisa se colaba por la ventana entreabierta, moviendo el polvo restante que ya no amenazaba con matarlos.
Miró a su alrededor.
Shizuki dormía abrazando un trapo como si fuera un peluche, su respiración tranquila y sus mejillas sonrosadas.
Noell roncaba suavemente mientras sostenía una escoba como si fuera una lanza ceremonial.
Kiro se frotó los ojos y se sentó con lentitud.
Miró la sala.
Estaba limpia.
El suelo relucía.
Las estanterías estaban despejadas.
Las paredes se veían nuevamente como paredes.
El escritorio central brillaba con tímida dignidad, como si por fin pudiera volver a ser útil.
El emblema Stella tenía oficialmente un cuarto de encargos funcional.
Sonriendo, Kiro se puso de pie, estiró los brazos y caminó hacia las estanterías.
Decidió comenzar a ordenar los archivos, uno por uno, clasificándolos según año, tipo y estado.
Una hora más tarde, Shizuki despertó, frotándose los ojos con lentitud.
Se quedó mirando a Kiro en silencio por unos segundos antes de hablar.
—Buenos días… Kiro sonrió sin mirarla.
—Buenos días, Shizuki.
Gracias por ayudarme.
Ella bostezó y se acercó al escritorio donde él trabajaba.
—¿Qué haces?
—Encontré esto en el escritorio —le respondió mientras señalaba una pantalla empotrada—.
Al parecer, servía para mostrar los encargos activos, pero… no está funcionando.
He tratado de encenderla, pero no pasa nada.
Shizuki observó con detenimiento.
—No tengo idea… —admitió, aunque sus ojos brillaron con decisión—.
Espera, consultaré con los espíritus del abismo.
Kiro se quedó en silencio mientras ella cerraba los ojos con fuerza, cruzaba las piernas sobre una silla y comenzaba a emitir sonidos bajos y místicos, como si estuviera en trance.
Kiro esperó, curioso, sin saber si reír o impresionarse.
Finalmente, Shizuki señaló una esquina completamente vacía.
—Allí —dijo solemne.
Kiro soltó una carcajada.
—Debí imaginar que no pasaría nada.
Shizuki abrió un ojo y sonrió tímidamente.
—Lo intenté… En ese momento, Shizuki observó a Noell dormido y su expresión cambió.
Bajó un poco la voz, y por primera vez en mucho tiempo, su tono se volvió más normal, más… sincero.
—Kiro… ¿estás bien?
—¿Eh?
—Kiro la miró, desconcertado—.
Claro, ¿por qué lo preguntas?
Ella miró su anillo negro, girándolo suavemente entre sus dedos.
—Recuerdas lo que pasó en las ruinas, ¿cierto?
Esa vez con… —se interrumpió.
De pronto, Noell resopló al despertar, abriendo los ojos pesadamente.
El momento se rompió, y Shizuki se calló al instante, girando la cabeza hacia otro lado con rapidez.
—Buenos días… —murmuró Noell mientras se tallaba los ojos—.
¿Terminamos…?
Kiro lo miró, aún procesando el cambio en la actitud de Shizuki.
Luego sonrió.
—Sí.
Hemos terminado.
Los tres se quedaron de pie en la entrada de la sala, observando el lugar como si hubieran construido un templo.
—¿Y ahora qué?
—preguntó Noell.
—Ahora… —dijo Kiro, alzando la mirada con determinación—.
Ahora empezamos a llenar esta sala de historia.
Encargos, misiones, logros.
Vamos a hacer que Stella brille.
—Como las estrellas del cielo —agregó Shizuki, su sonrisa volviendo a su forma excéntrica habitual.
—Y con Arturito guiándonos desde el más allá… —añadió Noell, cargando las cenizas de su invento con dramatismo.
El trío rió.
La nueva era del emblema Stella acababa de comenzar.
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