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Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 110

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  4. Capítulo 110 - 110 Capítulo 110 Para Alcanzar la Cima
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110: Capítulo 110: Para Alcanzar la Cima 110: Capítulo 110: Para Alcanzar la Cima El día amaneció con un tono apagado y húmedo, como si el cielo mismo reflejara el cansancio de Kiro.

Después de desayunar algo rápido, se lanzó de lleno a su objetivo principal: reunir a los miembros de su emblema.

Tocó puertas, buscó en la sede, preguntó en las clases, pero todo fue en vano.

Silfy no estaba en su laboratorio, Noell no quiso ni abrir su puerta, Rei no decía una palabra desde el día anterior.

—¿Qué más puedo hacer…?

—murmuró, dejando caer la cabeza sobre la mesa del salón de Stella, con los brazos cruzados como almohada.

La habitación estaba silenciosa, con una tenue luz solar colándose por las cortinas.

El tiempo se volvía espeso, y con cada intento fallido, el corazón de Kiro se sentía más vacío.

Fue entonces cuando su brazalete vibró suavemente.

—¿Eh?

Alzó la muñeca y vio que era un mensaje directo de Ryu.

Lo contestó de inmediato.

—¿Ryu?

¿Qué pasa?

La voz de Ryu sonaba un poco agitada, como si hubiera corrido.

—¡Kiro!

No hay tiempo que perder.

Ven rápido, te espero cerca de la muralla oeste.

Es urgente, tengo algo que mostrarte.

Kiro se enderezó de golpe, sus ojos brillaron con energía renovada.

—¡Voy en camino!

Se levantó de un salto, se acomodó su chaqueta y salió disparado por los pasillos de la Academia.

Cruzó los jardines, los patios, pasó junto a otros estudiantes que apenas lo vieron como una ráfaga.

Cuando llegó frente a la muralla oeste, se encontró con… nada.

—¿Pero…?

El lugar estaba completamente vacío, el viento soplaba con fuerza, moviendo las ramas de los árboles cercanos.

—¿Dónde está Ryu?

—sacó su brazalete, listo para llamarlo, cuando notó que tenía un correo nuevo.

Lo abrió.

“Sube.” Kiro alzó la vista.

La muralla se alzaba como una fortaleza infinita, de piedra gris y líquenes envejecidos.

Tragó saliva al ver su altura.

—…¿Subir?

¿Escalando?

Suspiró con resignación.

—No hay de otra entonces.

Comenzó a escalar.

Los primeros metros fueron simples, usando los salientes de piedra, pero pronto el muro se volvió liso.

Con la ayuda de su energía, reforzó sus piernas y brazos, haciendo saltos y propulsiones ligeras entre fisuras diminutas.

—Vamos… ¡Vamos!

Cada tramo era un reto.

El sudor corría por su frente, los músculos ardían.

Pero no se detuvo.

La determinación de salvar a su emblema lo impulsaba.

Finalmente, tras una última subida, alcanzó la cima.

—¡Lo logré…!

Se desplomó sobre las piedras calientes de la muralla, jadeando, con la camisa pegada por el sudor.

El viento soplaba con fuerza allí arriba, y el mundo entero se desplegaba ante él.

Y fue entonces que lo vio.

Una vista majestuosa, más allá de cualquier mapa o mural de la Academia.

Desde esa altura podía observar las amplias praderas de Alfhaim, los caminos serpenteantes, los pueblos con casas diminutas a la distancia, aldeas, granjas, hasta llegar a divisar la costa brillante del océano, reluciendo bajo el sol.

El corazón de Kiro latía con fuerza.

—Esto es… tan grande… —susurró—.

¿Cómo puede alguien decir que no vale la pena luchar por esto…?

Una voz lo sacó de su asombro: —¡Kiro!

Se volteó con rapidez.

Era Ryu… pero no estaba solo.

A su lado, con su cabello celeste ondeando por el viento, vestida con el uniforme adaptado del emblema Paladins, se encontraba Kaede Minatsuki.

—¡¿M-Minatsuki?!

—Kiro se puso de pie, aun sorprendido—.

¿Qué están haciendo aquí?

Ryu se adelantó con una sonrisa enorme en el rostro.

—Te traje ayuda.

Kiro parpadeó.

Miró a uno, luego a la otra.

Kaede se acercó, serena, su voz suave pero firme.

—Me enteré de la guerra de emblemas.

Y… no podía quedarme de brazos cruzados.

Si Stella cae, muchas cosas cambiarán para mal.

Ryu asintió.

—Y créeme, fue idea de ella.

Yo solo pasé el mensaje.

Pero no podía negarme a ayudarte, Kiro.

A partir de ahora da todo de ti y como te prometí, me haré cargo de lo demás.

Ryu se acercó a su lado y le dio un puño amistoso en el hombro.

—¡Ánimo, Kiro!

Y sin más, se despidió con una reverencia rápida y bajó por una cuerda ya preparada en el muro.

Kiro lo miró irse, aun sin saber cómo procesar todo.

Kaede se acercó un poco más.

—Perdón por no ayudarte antes… —dijo mirando el horizonte—.

Pero la verdad es que tengo interés en ti desde hace tiempo.

Eres diferente, Kiro.

No quiero que la luz de Stella desaparezca.

—Soltó una risita ligera—.

¿Lo pillas?

Las estrellas… —Sí, sí —Kiro rió también.

—Quiero ayudarte.

—dijo ahora más seria—.

A mejorar tu energía, tu técnica, tu concentración.

Hay un brillo en ti que no es normal, lo supe desde la primera vez que te vi.

Sé que podrás hacer que Stella sea un mejor lugar.

Kiro se sonrojó apenas, y bajó la mirada.

—Me encantaría entrenar contigo… pero, ¿cómo?

No se supone que un emblema no puede ayudar a otro en una guerra… —Claro —dijo Kaede—.

Pero eso es para cosas oficiales.

Esto… —se dio la vuelta y le tendió la mano—.

Esto es entrenamiento personal o también puedes verlo como un combate amistoso entre Kiro y Kaede.

Nadie puede prohibirme ayudarte a entrenar como individuo.

Kiro la miró, sus palabras rebotaban como campanas dentro de él.

—Pero… ¿en serio crees que pueda mejorar en solo dos semanas?

Kaede no dudó.

—Te ayudé una vez, ¿recuerdas?

En el examen de ingreso.

Vi de lo que eres capaz.

Ryu me ha hablado tanto de ti que ya sé cómo hacer que te vuelvas mucho más fuerte.

Y lo que vi en tu combate con él… fue impresionante.

—Gracias… —Kiro bajó un momento la mirada—.

Prometo esforzarme al máximo.

Kaede se acercó y le puso la mano sobre el pecho, justo donde tenía el parche de Stella.

—Entonces… hagamos que esta estrella vuelva a brillar.

Mientras tanto, por uno de los senderos laterales de la Academia Farhaim… El sonido de sus pasos era suave, casi imperceptible.

Silfy caminaba tranquilamente abrazando una bolsa repleta de dispositivos delicados que chispeaban ligeramente por dentro.

Varios cristales de energía brillaban entre mecanismos semienterrados en cables.

Los había estado reparando desde la mañana, y por fin podía llevarlos al laboratorio para realizar las pruebas.

Pero su tranquilidad no duró demasiado.

Mientras se acercaba al pabellón central, las voces de varios alumnos a su alrededor comenzaron a hacerse más notorias.

—¿Escuchaste lo de Stella?

—dijo una voz algo burlona—.

Ya firmaron su sentencia de muerte.

—No tienen ninguna posibilidad contra Inclementer —añadió otra voz, algo más baja pero igual de cruel.

—Si estuviera en Stella, ya estaría buscando dónde dormir después de ser expulsado —rió otro, provocando risas a su alrededor.

Silfy detuvo por un instante sus pasos.

Sus hombros se encogieron levemente, y bajó la cabeza, sintiendo un cosquilleo incómodo en su nuca.

Sujetó la bolsa con más fuerza contra su pecho.

Quería desaparecer.

“Nadie… cree en nosotros…” —pensó, mordiéndose el labio.

Su corazón latía más rápido de lo normal—.

“¿Por qué nos pasa esto?” Apretó el paso, con la mirada clavada en el suelo.

Fue entonces que, al doblar una esquina, chocó contra alguien.

—¡Ah…!

—Silfy cayó de espaldas, y los aparatos cayeron al suelo, soltando pequeños destellos y chillidos eléctricos.

Ella abrió los ojos con pánico.

Se giró de inmediato para disculparse, pero su voz se quedó atascada en su garganta.

Frente a ella, un joven de complexión atlética con uniforme de combate, y en su pecho, el símbolo del emblema Inclementer.

—Tsk… ten más cuidado —espetó con fastidio, sacudiéndose la ropa como si hubiese tocado algo repulsivo.

Sus ojos fríos se detuvieron en el rostro de Silfy, notando la marca en su piel: una delgada línea negra que descendía desde su frente izquierda hasta el pómulo.

—Ah… ya veo.

—Su voz se volvió arrogante—.

No esperaba ver a alguien de Stella por aquí.

Ya puedes ir preparando tus maletas.

Nosotros no vamos a tener piedad.

Y sin decir nada más, se marchó, dejando a Silfy paralizada en el suelo.

Sus dedos temblaban al intentar recoger los aparatos esparcidos.

“…¿No vamos a tener piedad…?” —repitió en su mente, con un escalofrío bajándole por la espalda—.

“… ¿por qué siento tanto miedo?” Se frotó los ojos con la manga, tragándose cualquier emoción.

Se inclinó a recoger las piezas… pero otra mano se adelantó.

—¡Te encontré!

La voz alegre la hizo parpadear sorprendida.

Frente a ella, agachada con una sonrisa enorme y un brillo especial en los ojos, estaba Shizuki Velmoria.

—H-hola… —balbuceó Silfy, recogiendo con timidez el último componente.

—Te ayudo —dijo Shizuki con una sonrisa.

Juntó los artefactos restantes y los guardó con cuidado en la bolsa de Silfy.

Una vez de pie, Silfy sujetó la bolsa con ambas manos e hizo una leve reverencia.

—G-gracias… —murmuró, apenas audible.

—¡No hay de qué!

Pero antes de que huyas de nuevo como si vieras un demonio —hizo una pose dramática, apuntándola con un dedo—, necesito que vengas conmigo… o sufrirás la maldita maldición de los espíritus eternamente rencorosos que te atacarán cuando duermas.

Silfy la miró con los ojos bien abiertos… y luego rió.

Fue apenas un suspiro, como si la risa le hubiera escapado sin permiso.

Al notarlo, se llevó una mano a los labios y bajó la cabeza.

—P-perdón… —¿Por qué?

¡No, no, no!

—Shizuki se cruzó de brazos—.

¡Tengo algo que decirte!

¡Así que tienes que venir!

Silfy asintió sin protestar y siguió a Shizuki, atravesando los jardines teñidos por los últimos tonos dorados del atardecer.

El cielo comenzaba a tornarse violeta, con nubes moradas como pinceladas de acuarela, y una brisa suave agitaba las hojas secas.

Ambas llegaron a la sede del emblema Stella.

Silfy, sin dudar, guio a Shizuki por las escaleras ocultas entre los pasillos traseros, hasta el tercer piso, donde se encontraba el laboratorio.

—Así que aquí es donde te escondes, ¿eh?

—comentó Shizuki, admirando los pasillos llenos de polvo y cajas viejas—.

No me extraña que nunca te vea.

Si llegas tarde y encima estás aquí… Silfy asintió una sola vez, tímida pero sin sentirse ofendida.

Al llegar al laboratorio, abrió la puerta.

El interior estaba reluciente, con máquinas alineadas en las paredes, cristales luminosos sobre estanterías metálicas y varias mesas llenas de planos, libros y prototipos.

—¡Wow!

—exclamó Shizuki, girando sobre sí misma—.

¡Este lugar es una increíble ahora que lo veo mejor!

Silfy se sentó detrás del escritorio, el lugar que le pertenecía, y miró a Shizuki con un aire distinto: más segura, más natural.

—Puedes sentarte donde quieras… ¿qué es lo que… deseas?

Shizuki cruzó las piernas y apoyó los codos en la mesa, con una sonrisa traviesa.

—Vengo a reclutarte para la guerra.

Silfy se atragantó con el aire, parpadeando confundida.

—Y-yo… ¡yo no puedo luchar!

No se molesten en pedírmelo.

—¿Eh?

—Shizuki alzó una ceja.

Silfy sacudió la cabeza rápidamente.

—No es que… no quiera luchar.

D-de verdad… no es eso.

—Sus dedos se entrelazaron sobre su regazo—.

Pero no tengo… la capacidad de pelear.

No soy buena… en combates.

Sé que esto es importante, y tú y Kiro están dando todo de sí… pero… pero… Bajó la mirada.

Su voz se hizo cada vez más tenue, más pequeña.

—Lo siento… lo siento mucho.

—Bueno… —dijo Shizuki con una sonrisa forzada mientras se ponía de pie—, ya veo que eso es un no.

No pasa nada… —suspiró fingiendo calma y estiró sus brazos hacia el techo del laboratorio—.

Pero antes de irme, dime algo… Silfy alzó ligeramente la mirada, sus dedos jugaban con un pequeño cristal sobre el escritorio.

—¿Tú crees… que si entrenáramos al máximo en este tiempo que nos queda… tendríamos alguna posibilidad?

La pregunta flotó unos segundos en el aire, como si el viento se la llevara con suavidad.

Silfy no respondió.

La duda se reflejaba en sus ojos.

Su mirada se clavó en su regazo, mientras las palabras de todos los alumnos, las del chico de Inclementer, las noticias por los altavoces y las estadísticas grabadas en los muros de la Academia la aplastaban por dentro.

Shizuki, viendo el silencio, rio suavemente sin alegría.

—No te preocupes… —dijo, retomando su tono dramático de siempre—.

Yo y los demonios daremos todo de nosotras para no quedar en ridículo.

¡Lo juro por las estrellas de Stella!

Hizo una reverencia exagerada y teatral, dándose media vuelta con los brazos extendidos hacia la puerta.

Pero justo cuando su mano alcanzó la perilla… una voz baja la detuvo.

—Shizuki… Shizuki se giró, pestañeando sorprendida.

Era raro que Silfy tomara la iniciativa.

—¿Por qué tú…?

¿Por qué quieres seguir peleando?

—preguntó Silfy, apretando con fuerza su túnica—.

Todos dicen que vamos a perder… incluso Rei lo cree.

¿Por qué no rendirse… como los demás?

Shizuki la observó por un momento.

Luego, con pasos lentos, volvió al centro del laboratorio.

Cuando habló, su tono fue suave… y verdadero.

—Porque hice una promesa —dijo, mirando al techo como si hablara con los espíritus—.

Y… porque es divertido estar aquí.

Sus ojos se iluminaron.

—El emblema Stella es como una familia disfuncional llena de energía loca, caos, gritos, polvo y locuras… ¡pero es nuestra familia!

Y nadie, repito, nadie me la va a quitar —alzó su dedo como si estuviera invocando a un demonio—.

Usaré mis hechizos especiales, mi anillo, mis conocimientos ancestrales… ¡todo lo que tenga que usar!

Si pierdo, perderé a mis compañeros demoníacos.

¡Y no podré cumplir mi objetivo de conquistar las estrellas de Stella!

¡Sí, conquistar las estrellas, así se llama el plan!

¡Que tiemble el universo!

Silfy, por un instante, no supo si reír o llorar.

Sus labios temblaron… pero no de miedo, sino de una emoción que hacía mucho no sentía.

Esperanza.

—Entonces sí… —dijo con voz apenas audible.

Shizuki la miró con extrañeza.

—¿Qué cosa?

Silfy levantó la vista.

Por fin, sus ojos reflejaban una decisión.

—Sí… creo que hay una posibilidad de ganar.

—¿¡En serio!?

—gritó Shizuki acercándose con ojos brillantes—.

¿¡Cómo!?

¿¡Qué hay que hacer!?

¡Dímelo, dime, dime!

Silfy se encogió levemente, abrumada por el asalto verbal.

—E-espera… solo… espera un poco —susurró, escondiéndose tras los libros.

Shizuki se contuvo, riendo un poco.

—Está bien, tranquila, tranquila.

Pero si tienes un plan… ¡cuenta conmigo y mis espíritus malignos!

Silfy asintió.

Luego, con una voz más firme de lo normal, dijo: —Necesito que me ayudes con algo primero.

Te contaré sobre… la carta ganadora de Stella.

Mientras tanto, en lo alto de la muralla oeste, Kiro jadeaba, con la frente empapada de sudor.

Su respiración era pesada, sus brazos vibraban por el cansancio.

Tenía las manos vendadas, parte de su chaqueta tirada a un lado.

Frente a él, Kaede Minatsuki permanecía impasible, serena… aunque con una sonrisa amable.

—¡Hah… hah…!

¿De verdad… era necesario… todo esto?

—murmuró Kiro mientras intentaba no caer de rodillas.

—Solo te estoy midiendo —dijo Kaede dulcemente mientras desactivaba el brillo de su espada, la cual envaino con un destello plateado.

Kiro se lanzó otra vez con toda la energía que tenía, soltando un puñetazo dirigido a su flanco izquierdo.

Kaede no se movió… simplemente desvió su golpe con la palma abierta, usando su cadera para girar su cuerpo y hacerlo perder el equilibrio.

—¡Guah!

Kiro se estrelló contra el suelo.

Otra vez.

Kaede caminó con tranquilidad y se acuclilló a su lado, ayudándolo a sentarse.

—No está mal tu nivel actual, Kiro.

Pero si quieres mejorar de verdad, hay cosas que debes cambiar —dijo con seriedad, aunque con calidez.

Kiro la miró confundido, aún con tierra en el rostro.

—¿Qué cosas…?

Kaede se puso de pie, se quitó parte de su armadura y la dejó caer al suelo.

Cuando esta tocó la piedra, se escuchó un ¡clonk!

enorme.

Kiro dio un paso atrás, atónito.

—¿¡Cuánto pesa eso!?

—Lo suficiente como para mantenerte con los pies en el suelo —sonrió—.

Esta es ropa de entrenamiento especial, la llevo todo el día.

Deberías usar una tú también.

Kiro tragó saliva.

—Primero —dijo Kaede enumerando con los dedos—: Usa ropa pesada, entrena todo el día con ella.

Te volverás más ágil al quitártela.

—Segundo: Aprende a dispersar tu energía por cada parte de tu cuerpo.

No solo en tus brazos o piernas… sino hasta la punta de cada dedo.

—Tercero: Comprime esa energía como si fuera una llama que debes encerrar en un frasco.

Control absoluto, sin fuga.

—Cuarto: Todos los días, sin falta, ven aquí.

Entrenarás conmigo hasta el último minuto antes de la batalla.

—Y quinto… —se giró, mirándolo directamente a los ojos—: No te contengas.

Nunca.

Kiro se quedó sin palabras.

El viento sopló, agitando los cabellos de ambos.

La silueta de Kaede frente al horizonte le recordó una figura de los libros que leía con Airi… frente a él estaba una heroína como en las historias.

Una heroína real.

—…No me contendré —dijo Kiro finalmente, con una sonrisa renovada.

Kaede le devolvió la sonrisa.

—Bien dicho, Kiro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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