Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 115
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Capítulo 115: Capítulo 115: El Jardín de la Sabiduría
En el laboratorio del emblema Stella, el aire estaba cargado con una calma peculiar. Entre los zumbidos de energía estática que recorrían los antiguos aparatos y el suave tic-tac de un reloj colgado en una esquina, Silfy se concentraba intensamente sobre una pila de libros. Sus dedos recorrían con cuidado las páginas amarillentas, cubiertas de anotaciones y símbolos antiguos. A un costado, una libreta abierta contenía cálculos escritos con una letra pequeña y prolija, casi milimétrica.
Mientras analizaba un pasaje sobre algún antiguo experimento, sus ojos se entrecerraron por la concentración. Tomó un sorbo de té frío, cuando de pronto…
¡BANG!
La puerta se abrió de golpe.
—¡Silfy! ¡Reportándome para el entrenamiento estelar! —exclamó Shizuki, alzando su brazo y su capa imaginaria con dramatismo.
Silfy dio un respingo tan fuerte que casi tiró los libros al suelo. Soltó un suave “¡Ah!” mientras se escondía parcialmente tras su cuaderno.
—H-hola… —susurró, con un tono apenas audible.
—¿Te asustamos? Perdón, entramos como torbellino —añadió Kiro entrando tras Shizuki, saludando con una sonrisa y un gesto amable.
Silfy se tranquilizó un poco al verlos, aunque al notar la presencia directa de Kiro se encogió levemente en su asiento. Kiro se dio cuenta.
—Lo siento, ¿molestamos? —preguntó esta vez con un tono mucho más suave, casi cuidadoso.
Silfy negó con la cabeza, sin atreverse a levantar mucho la voz.
—No… si necesitan algo… puedo ayudar.
Shizuki aprovechó el momento para sentarse en el borde de una mesa.
—Le conté a Kiro lo de Chris Mercy —dijo, bajando la voz como si revelara un secreto de estado—. ¡La carta escondida de Stella!
Los ojos de Silfy se abrieron un poco más, como si recién recordara algo que había dejado en segundo plano.
—Ah… sí… Chris…supongo que quieren saber algo de él. Les puedo contar que a veces viene aquí. Conmigo… cuando quiere descansar.
Kiro parpadeó.
—¿Descansar? ¿Aquí? ¿Entre telescopios, papeles y… esto? —miró a su alrededor con una ceja levantada.
Silfy bajó la mirada un poco y respondió:
—No lo entiendo tampoco… pero es una compañía tranquila. No habla… solo está. A veces se queda un rato cuando tengo comida, y nos sentamos sin decir nada.
Shizuki se cruzó de brazos, pensativa.
—¿Y no tiene alguna rutina? ¿Algún patrón raro, horario fijo, aparición misteriosa con la luna llena?
Silfy negó con la cabeza.
—No… aparece cuando quiere. Aunque últimamente ha venido menos.
Kiro y Shizuki intercambiaron una mirada de decepción. Kiro se pasó una mano por el cabello.
“¿Entonces cómo demonios vamos a encontrar a alguien que no quiere ser encontrado…?”
Silfy, como si leyera su expresión, añadió con un tono algo más animado:
—Pero… creo que podría ser por Sanha.
—¿Sanha? —preguntó Kiro con curiosidad.
—Nuestro líder… Chris y él son muy unidos. Desde que Sanha se fue de misión, Chris ha estado más ausente. Cuando Sanha está, Chris aparece más seguido.
—Entonces… —Shizuki se inclinó hacia adelante— ¿Si conseguimos traer de vuelta a Sanha, Chris vendrá también?
Silfy dudó un momento, luego negó con suavidad.
—No creo que Sanha vuelva tan pronto… pero eso no significa que no podamos encontrar a Chris.
—¿Tienes alguna idea? —preguntó Kiro, dándole espacio y escuchando con atención.
Silfy respiró hondo y señaló una hoja entre los libros.
—Pueden pedir prestado un artefacto del emblema Kinrir. Se llama Howas, fue desarrollado hace años por un grupo de alumnos muy inteligentes. Detecta ondas mínimas de energía, incluso aquellas que estén ocultas a nivel espiritual.
Los ojos de Kiro se encendieron.
—¡¿En serio?! ¡Eso nos serviría perfecto!
Shizuki se levantó de golpe y agitó su capa imaginaria.
—¡Entonces no perdamos tiempo! ¡A la caza del Howas!
Kiro se giró hacia Silfy con una sonrisa sincera.
—Gracias, Silfy. En serio, has sido de muchísima ayuda. Espero que todo te salga bien con… eh… eso que estás investigando.
Silfy bajó la mirada, claramente avergonzada, pero asintió.
—Gracias… y buena suerte con el Howas…
Ambos comenzaron a salir del laboratorio, ya energizados con la nueva pista. Silfy los observó cruzar la puerta, y cuando esta se cerró, se quedó en silencio por unos segundos. Luego, murmuró para sí misma:
—Espero que no se topen con… la maestra Svarth.
Mientras tanto, en los pasillos que llevaban hacia el ala este de la Academia…
—¿Crees que este emblema Kinrir será amistoso? —preguntó Kiro mientras avanzaban con paso rápido.
—No sé… —respondió Shizuki—. Pero si suena como Kinrir debe tener algún vínculo con criaturas oscuras, bestias legendarias… ¡o dragones!
Kiro se rio.
—O solo tienen un nombre que suena intimidante…
Shizuki estiró los brazos al aire con dramatismo.
—¡Sea lo que sea, los enfrentaremos en nombre de las estrellas! ¡El destino nos guía, Kiro!
—Y ojalá ese destino no nos mande directo al peligro.
Los dos siguieron caminando, sin saber que la sede Kinrir no solo albergaba el artefacto que buscaban, sino también uno de los retos más extraños a los que el emblema Stella tendría que enfrentarse aún.
Las altas torres de la sede Kinrir se alzaban como raíces de cristal entre los jardines, envueltas por muros curvos recubiertos de enredaderas floreadas. El aire allí era distinto: húmedo, fresco, perfumado con aromas que Kiro no lograba identificar. Al poner un pie más allá de los setos que delimitaban la entrada, los sentidos de ambos visitantes fueron invadidos por un estallido de color. Flores de cinco pétalos flotaban levemente sobre arbustos, raíces se enrollaban en los muros formando símbolos, y en el centro del camino de piedra, una fuente en forma de flor emanaba agua que brillaba con luz propia.
—¡Guau…! —murmuró Kiro, llevándose la mano a la nariz para oler una flor azul turquesa que se abría como una campana.
—Eso no es recomendable —dijo una voz grave pero serena, detrás de él.
Kiro se giró rápidamente. Frente a él estaba un joven de complexión esbelta, de mirada elegante. Su cabello era azul oscuro, cayendo en ondas hacia un lado de su rostro, y sus ojos violetas destellaban con la misma calma que el jardín a su alrededor.
—Algunas de nuestras flores reaccionan al tacto… no todas de forma amigable —añadió el joven.
—¡Perdón! —dijo Kiro, retrocediendo un paso y frotándose la nariz con nerviosismo—. No era mi intención, solo… huelen bien.
—Saludos —intervino Shizuki, dando un paso al frente y extendiendo su brazo dramáticamente hacia el cielo—. Yo soy Shizuki Velmoria, heredera de la magia oscura, la elegida del abismo, de los demonios y de las estrellas cósmicas. Venimos en nombre del emblema Stella… y deseamos tomar prestado su artefacto sagrado: el Howas.
El joven los observó en silencio un segundo. Luego sonrió de forma casi divertida.
—Qué introducción tan… colorida. Soy Eron Valmyr, miembro de Kinrir. Y si buscan el Howas, tendrán que hablar con nuestra maestra: Nia Svarth. Pueden acompañarme, los invito a entrar a nuestra sede.
Kiro y Shizuki intercambiaron miradas satisfechas y siguieron a Eron por el sendero.
La sede Kinrir era imponente. La estructura en forma de cúpula, hecha de un material brillante y translúcido, parecía estar viva. Al entrar, un cálido resplandor natural los recibió. Paneles de cristal bañaban el interior en luz solar, que rebotaba sobre paredes tapizadas con plantas vivas, líquenes y flores flotantes.
Kiro soltó un silbido bajo.
—Esto parece un bosque mezclado con una biblioteca futurista…
—Y huele como una sala de pociones… —susurró Shizuki, entrecerrando los ojos—. Me gusta.
Pasaron junto a varios miembros del emblema Kinrir, todos vestidos con túnicas verdes decoradas con runas. Algunos leían libros flotantes, otros alimentaban a pequeñas criaturas que levitaban como luces de luciérnagas.
—Recuerden —dijo Eron mientras caminaban por un largo pasillo curvo—: cuiden sus palabras frente a Doña Svarth. Si no son de su agrado… no habrá Howas para ustedes.
—Entendido… —respondió Kiro, algo tenso.
—¿Doña Svarth es muy estricta? —preguntó Shizuki, todavía fascinada por una planta que danzaba al ritmo de su voz.
—No es eso… —respondió Eron, deteniéndose frente a una gran puerta doble de madera entretejida con raíces vivas—. Solo escuchen antes de opinar. Entren con respeto.
Las puertas se abrieron con un leve crujido. Al otro lado, se extendía una cámara enorme y circular, semejante a una sala del trono real. Las paredes estaban cubiertas por estanterías llenas de libros antiguos y frascos misteriosos. Plantas exóticas trepaban por pilares de madera blanca, y el aire estaba impregnado con un perfume dulce y relajante.
En el centro, sobre un estrado cubierto de alfombras florales, se encontraba una figura majestuosa. Sentada en un trono tallado en madera cristalina, rodeada de hojas de loto, estaba Nia Svarth.
Su largo cabello pelirrojo caía como una cascada de fuego brillante sobre sus hombros. Vestía una túnica verde esmeralda ceñida al cuerpo, con bordes dorados que centelleaban suavemente. Sus ojos verdes, como los de una pantera bajo la luz del amanecer, observaron a Kiro y Shizuki con elegante curiosidad. Su postura era relajada, pero su presencia imponía más que cualquier grito de mando.
Kiro tragó saliva. Shizuki se puso recta como una estatua.
Eron avanzó un paso y se arrodilló ante su maestra.
—Gran maestra Svarth. Los visitantes provienen del emblema Stella. Han venido a solicitar el artefacto Howas.
Nia entrecerró los ojos con suavidad, y con una voz melosa que parecía acariciar el aire, habló:
—¿Stella…? Hacía tiempo que no recibíamos a nadie de su parte.
Sus ojos brillaron un segundo, y una pequeña flor blanca brotó entre sus dedos sin esfuerzo.
—¿Y desean el Howas?
Ambos asintieron, tensos, sin atreverse aún a hablar.
Entonces, tras un instante de silencio, Nia sonrió con dulzura, como si ya supiera todo lo que pensaban, y dijo:
—Está bien. Escucharé lo que tengan que decir.
Kiro tragó saliva, dio un paso hacia el frente y con su voz clara, aunque levemente tensa, dijo:
—Mi nombre es Kiro… y ella es Shizuki Velmoria. Ambos pertenecemos al emblema Stella… y hemos venido a solicitarle, si es posible, que nos preste el artefacto Howas un momento.
Shizuki se adelantó también, manteniendo sus manos juntas frente al pecho, con una ligera reverencia.
—No tomará mucho tiempo, se lo aseguramos. Solo necesitamos usarlo para detectar… un fantasma que anda rondando por nuestra sede. Nada alarmante —añadió con una sonrisa nerviosa—, pero el Howas podría ayudarnos a rastrearlo más fácilmente.
—¿Un fantasma, dices? —Nia arqueó una ceja con fingida sorpresa, mientras jugueteaba con la flor blanca entre sus dedos—. Qué inquietante. No sabía que los espectros tenían predilección por los laboratorios. ¿Deberían tener miedo, no lo creen?
La flor danzaba suavemente entre sus dedos, girando con cada pequeño movimiento de su mano como si flotara. Su sonrisa era tranquila, hipnótica… casi como si hablara con niños que no entendían el mundo.
Kiro abrió la boca, pero no supo qué responder. Shizuki desvió la mirada, incómoda, mientras el silencio se cargaba de una tensión sutil.
Entonces, la flor blanca desapareció. No se marchitó ni cayó al suelo: simplemente se desvaneció como si jamás hubiera estado allí.
Con un paso elegante, Nia descendió del trono, su túnica ondeando como una ola silenciosa. Avanzó hasta quedar frente a ellos. Ambos jóvenes enderezaron la postura al instante.
—Pueden llevarse el Howas —dijo con un tono casi musical, y una expresión que no terminaba de descifrarse—. Claro, pero no les saldrá gratis.
Kiro frunció el ceño un poco. Iba a abrir la boca para preguntar, pero en ese instante, Nia alzó ambas manos y las llevó lentamente hacia los rostros de los jóvenes. Su toque fue delicado, casi maternal, acariciando las mejillas de ambos.
Kiro se puso rígido. Shizuki se sonrojó hasta las orejas.
—¿Q-Qué pasara ahora? —susurró Kiro, mirando de reojo a su compañera.
—Yo… no sé —musitó Shizuki, manteniéndose inmóvil como si tuviera miedo de romper algo.
Nia no dijo nada. Solo los observó un instante más… y de repente retrocedió un paso, como sorprendida por algo que había sentido. Una risa suave escapó de sus labios, apenas un murmullo que llenó la sala.
—Qué interesante… —murmuró, mirando fijamente a Kiro. Sus ojos, de un verde turquesa casi cristalino, parecían atravesarlo.
Kiro sintió que algo dentro de él se contraía. Como si su alma se viera reflejada en aquellos ojos y se sintiera desnuda.
—¿S-si? ¿maestra? —balbuceó, sintiendo una gota de sudor recorrer su sien.
—Me caen bien —anunció Nia finalmente, con una sonrisa traviesa—. Por esta ocasión, dejaré que se lleven mi preciado artefacto… de forma más barata.
—¿Más barata? —repitió Shizuki, aún algo confundida.
Nia asintió y se inclinó ligeramente hacia Kiro, tan cerca que él pudo oler un leve perfume a lavanda y hierbas frescas.
—Solamente pido que tú, Kiro… vengas a verme cuando termine la guerra entre Stella e Inclementer —dijo en voz baja, como si confiara en él un secreto sagrado.
El chico parpadeó, procesando lo que acababa de oír.
—¿Después de la guerra? ¿Y para qué… me necesita?
—Ah… —Nia tocó suavemente su frente con un dedo, dejando un golpecito casi imperceptible—. Eso lo descubrirás cuando vengas.
El sonrojo de Kiro fue inmediato, quedando completamente erizado.
—S-si es por el Howas… está bien, no tengo problema. Iré a verla después del combate —afirmó, intentando sonar decidido, aunque su voz tembló al final.
—Esa es una sabia decisión —rió Nia, girándose con elegancia—. Y no cuesta nada.
Entonces alzó una mano, y desde una puerta lateral emergió una joven con ropajes verdes y blancos, cargando un objeto envuelto en telas delicadas.
—Tráelo —ordenó Nia con un gesto de cabeza.
La ayudante se acercó con reverencia y desplegó el artefacto con sumo cuidado.
Era un objeto cuadrado y delgado, de unos 20 centímetros de lado, con bordes metálicos y un núcleo traslúcido que reflejaba los colores del entorno como si fuera un cristal encantado. Brillaba débilmente con un fulgor tenue, casi como si respirara.
—Este es el Howas —anunció Nia, tomando el artefacto con ambas manos y extendiéndolo hacia Shizuki—. Para utilizarlo, solo deben mirar a través del centro transparente. Verán hasta la más mínima esencia de energía si posan sus ojos por ahí, incluso las que están profundamente ocultas o distorsionadas.
—Es impresionante… —murmuró Shizuki, recibiéndolo con cuidado y admiración.
Kiro asintió con fuerza.
—Muchas gracias, señora Nia.
—Oh, no me llames señora, me haces sentir mayor —respondió ella con una risita.
Ambos se inclinaron ligeramente en señal de respeto. En ese momento, Eron, que se había mantenido en silencio al fondo de la sala, se acercó con una sonrisa cordial.
—Les acompañaré de regreso a la salida. Este lugar puede ser algo… laberíntico.
—Gracias por todo, Eron —dijo Kiro, aún algo nervioso.
—No hay problema —respondió el joven del emblema Kinrir—. Espero que logren atrapar a ese fantasma. Aunque… me pregunto si será realmente un espectro —añadió con curiosidad.
Shizuki y Kiro se miraron, sabiendo que aquella presencia no era normal. Chris Mercy… su nombre parecía más pesado cada vez que lo pensaban.
—Lo averiguaremos pronto —dijo Kiro con determinación.
Mientras se alejaban por los pasillos repletos de vegetación, vitrales y montones de libros, la voz de Nia resonó una última vez desde la distancia:
—Recuerda, Kiro… me lo prometiste. Volverás.
Kiro apretó los puños sin dejar de caminar.
—Lo haré.
Y así, con el Howas en sus manos y un nuevo enigma en sus mentes, ambos jóvenes abandonaron la sede Kinrir. Lo que encontrarían al regresar a Stella… aún estaba por revelarse.
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