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Hikari no Unmei: El Destino de Luz - Capítulo 118

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Capítulo 118: Capítulo 118: El Desastre del Pasado

El ambiente en el gran salón principal del emblema Stella era tan denso que se podía cortar con un cuchillo.

Kiro, Shizuki y Silfy estaban sentados lado a lado en la larga mesa central, los tres con la misma expresión: una mezcla de culpa, arrepentimiento y el peso incómodo de haber sido descubiertos. Tenían la mirada baja, las manos en el regazo o entrelazadas, evitando hacer ruido o moverse de más.

Frente a ellos, de pie y con los brazos cruzados, estaba Rei Velmoria.

Su silueta imponente y su mirada severa bastaban para mantenerlos completamente callados. Silenciosa, inmóvil. Parecía una estatua tallada en hielo.

Después de unos segundos que se sintieron eternos, Rei habló con voz firme:

—Bien. Díganme, ¿qué estaban haciendo en ese sector?

Su tono no era agresivo, pero tampoco amable. Era directo. Incuestionable.

Luego, su mirada se desplazó hacia Silfy.

—¿Y tú? —le dijo—. ¿Por qué te uniste a los juegos de estos mocosos? Como superior, deberías haberlos detenido en lugar de alimentarles falsas esperanzas.

Silfy alzó la vista solo un momento, sus ojos temblorosos. Pero luego bajó la cabeza en silencio, apretando sus manos con fuerza sobre su regazo.

Rei soltó un largo suspiro, como si todo eso le resultara agotador.

Kiro, que no podía seguir en silencio, levantó la cabeza con determinación.

—No queríamos causar problemas, Rei —dijo—. Solo… solo queríamos reunir más ayuda. Ya sabes que somos ocho miembros en el emblema, pero uno de ellos… nunca está. El octavo.

Sacó el Howas de su chaqueta con cuidado y lo colocó sobre la mesa con ambas manos.

—Con Shizuki seguimos su rastro usando este artefacto. Silfy nos ayudó a revelar una ilusión que ocultaba una puerta. Creemos que estaba detrás de eso… y que si lo encontramos, podríamos tener una oportunidad real contra Inclementer.

Rei bajó la vista al Howas por un segundo. Sus ojos, siempre fríos, se oscurecieron levemente, como si entendiera algo más profundo de lo que Kiro había dicho.

—Ya veo… —murmuró. Luego volvió a levantar la mirada, clavándola directamente en él—. Dime, Kiro… ¿a quién estaban buscando exactamente?

Kiro tragó saliva. El tono en la voz de Rei le hizo sentir que estaba ante un examen difícil de aprobar.

—A… Chris Mercy —respondió, algo tenso.

Rei soltó una pequeña risa. No fue burlona. Fue más amarga que otra cosa.

—Así que eso era.

Kiro, un poco incómodo por la reacción, también rió suavemente.

—Bueno… sí. Si nos ayudas, podríamos ganar esta vez. Si lo tenemos con nosotros, podríamos—

Pero Rei lo interrumpió con un gesto de la mano.

—Deja de soñar.

Kiro se quedó mudo, sorprendido.

—Si están buscando a ese sujeto, es porque están desesperados. No sé qué les habrán contado, pero ese tipo… es de lo peor.

Shizuki frunció el ceño, pero no dijo nada todavía.

—¿Crees que yo soy pesimista? ¿Que parezco rendida? —continuó Rei—. Pues ese sujeto se rindió antes que todos. Desde que llegamos a esta academia, Mercy abandonó todo. Todo. Su papel, sus lazos, su deber. Vive como un fantasma, y no solo en el sentido literal.

Shizuki alzó la voz.

—Pero las estrellas dijeron que él es nuestra carta ganadora.

—¿Y a mí qué me importan las estrellas? ¿O lo que digan tus demonios, o tus fantasías? —respondió Rei sin levantar el tono, pero con una firmeza que heló la sala—. Ese sujeto no ayudaría ni a un bebé si lo viera llorar en una esquina. No cree en nadie. Ni en ustedes, ni en este emblema. Él no está del mismo lado.

Kiro bajó un poco la cabeza, pero aún apretaba los puños.

—Entonces… ¿solo queda rendirse?

—Si —respondió Rei con dureza—. pero sé que no me entenderán. Mi último consejo es este: si quieren seguir intentando… háganlo. Pero no pierdan tiempo con ese sujeto. La pasarán mal. Muy mal.

Hubo un largo silencio. Shizuki bajó la mirada, con expresión apagada. Silfy seguía sin decir palabra.

Rei dirigió su atención una vez más hacia Silfy.

—Y tú… compórtate mejor. No los alimentes con ideas sin fundamento. Sabes lo que ese sujeto es. No te hagas la tonta.

Silfy asintió en silencio, la voz ahogada en su pecho.

Finalmente, Rei se giró hacia la puerta.

—Pueden marcharse.

No fue una orden directa, pero sonó como una sentencia. Algo que no se podía discutir.

Los tres se levantaron con lentitud, sin decir palabra.

Ya en el pasillo, con la puerta cerrada tras ellos, el ambiente cambió un poco. La presión de Rei había quedado atrás… pero la tristeza persistía.

—L-lo siento… —dijo Silfy, en voz baja, mirando al suelo—. No debí arrastrarlas más a esto…

—Yo también lo siento —añadió Shizuki, cruzándose de brazos—. Rei es… bueno, es así. No todos los días le da por intimidar como general de guerra.

Kiro sacudió la cabeza, sonriendo con calma.

—No se preocupen. Yo también lo siento. Fui yo quien empezó todo esto. Así que… por ahora, descansemos un poco. Mañana será otro día.

Las dos lo miraron, y luego asintieron al mismo tiempo.

—Sí. Buen plan —dijo Shizuki.

—Cuidense —susurró Silfy, y se retiró en silencio por el pasillo.

Shizuki se fue poco después, con un bostezo exagerado y las manos detrás de la cabeza.

Kiro se quedó un momento más en el pasillo, mirando por la ventana. La noche comenzaba a asentarse sobre Alfhaim, y una estrella brillaba justo encima de la sede.

La conversación con Rei seguía dando vueltas en su cabeza, como una espiral que no terminaba de cerrarse.

“Rei lo odia… no es simple rechazo, es un rencor profundo. Pero ¿por qué? ¿Qué hizo Chris? ¿O qué dejó de hacer? No puedo dejar esto así. No voy a rendirme todavía. No hasta entenderlo. No hasta traerlo de vuelta… aunque sea lo último que haga.”

Apretó los puños con decisión y, sin dudar más, giró sobre sus talones.

Volvió al salón.

Allí estaba Rei, sentada sola en la misma mesa larga de antes. Su postura se veía más relajada que hace unos minutos, aunque sus hombros cargaban una tensión evidente. Tenía la cabeza ligeramente inclinada hacia un costado, como si acabara de salir de una larga conversación mental consigo misma. La luz tenue del salón marcaba los bordes de su rostro con una sombra suave, y por un segundo, Kiro pensó que no parecía tan temible… solo cansada.

Se acercó con cautela.

—Rei… ¿podemos hablar un momento?

Ella no lo miró al principio, pero luego alzó los ojos lentamente.

—Siéntate —dijo, sin emoción—. Pero te lo aclaro: no planeo ayudarles. Dije hace un rato que si querían seguir, lo hicieran por su cuenta. No significa que los vaya a apoyar.

—Lo sé perfectamente —asintió Kiro, tomando asiento frente a ella.

Un silencio breve se instaló, solo roto por el leve zumbido del sistema de energía que recorría las paredes del edificio.

—Quería preguntarte algo —dijo Kiro, bajando el tono—. Quiero saber más sobre Chris Mercy.

Rei desvió la mirada.

—No vale la pena. Te aconsejo que no indagues más en ese tema.

—Quiero saber por qué lo odias tanto —insistió Kiro.

La sala quedó en silencio otra vez.

Rei mantuvo la mirada fija en algún punto de la mesa, su ceño ligeramente fruncido. Finalmente, suspiró profundamente y se recostó un poco hacia atrás.

—Está bien… pero no esperes una historia bonita.

Kiro asintió en silencio.

—Hace tres años —empezó Rei—, llegué a esta academia junto a Chris y Sanha. Éramos un grupo único. Éramos buenos juntos… muy buenos. Cada uno tenía un enfoque diferente, pero nos complementábamos bien. Sanha era el líder natural. Chris… bueno, era callado, pero no inútil. Al menos no entonces.

Su tono tenía una mezcla de nostalgia amarga.

—Una vez nos enviaron a una misión. Escoltar a tres personas importantes a través de una zona peligrosa, fuera de la protección de los núcleos. Debíamos ser rápidos, evitar conflictos. Sonaba simple, pero…una zona de corrupción nació mientras nosotros estábamos allí.

La imagen de su rostro desapareció mientras el pasado tomaba forma…

[Hace tres años]

Un paisaje árido, montañoso y hostil. Rocas oscuras, escarpadas y quebradizas. Una neblina espesa y negra cubría todo como una capa viva, pulsante. Esporas flotantes de energía corrupta giraban lentamente en el aire, visibles solo si uno sabía qué buscar.

El terreno estaba envenenado por el abismo.

Rei, entonces de dieciséis años, se encontraba delante de tres civiles temblorosos, con la espada en mano y el rostro manchado de sudor, polvo y pequeños cortes. Su ropa estaba desgarrada por varios lugares y la sangre seca se mezclaba con la suciedad del campo de batalla.

—¿Dónde están…? —pensó, mirando hacia el desfiladero que se extendía hacia el este—. Sanha y el superior siguen atrapados al otro lado…

Apretó los dientes y miró por encima del hombro.

Los tres escoltados—un joven ingeniero, una mujer con ropas médicas y un anciano de barba blanca—se acurrucaban detrás de una gran roca, respirando con dificultad. El lugar los estaba afectando.

“No podemos quedarnos aquí mucho más. Esta energía…”

Una de las escoltadas se levantó de golpe y gritó con desesperación:

—¡Vienen del otro lado! ¡Allí!

Rei giró en seco, y sus ojos se clavaron en una figura retorcida emergiendo entre la bruma. Un monstruo de forma humanoide, con brazos largos y sin rostro, avanzaba arrastrando los pies. Le seguían otros tres, deformes, sin ojos ni boca, como sombras desfiguradas.

—Monstruos del abismo… —murmuró, y apretó el mango de su espada con fuerza.

La hoja chispeó al ser envuelta por su energía púrpura eléctrica, vibrando con una intensidad amenazante. Con un grito, Rei dio un tajo ascendente, y la criatura que venía al frente fue partida en dos, desapareciendo en una nube de humo oscuro.

—¡Quédense atrás! —ordenó a los escoltados—. ¡No se muevan!

Respiraba agitadamente, sintiendo cómo su energía comenzaba a desgastarse. Su brazo temblaba levemente. Miró al horizonte, esperando ver la silueta de sus compañeros. Sanha… Chris… tienen que llegar pronto.

—¡Vamos, vamos, no pueden tardar tanto! —murmuró para sí misma, con los dientes apretados, mientras luchaba contra otro monstruo.

Pero el silencio era lo único que respondía.

El zumbido de la energía acumulándose resonaba alrededor de Rei como un trueno contenido. Apretó los dientes, sus piernas firmes, y canalizó lo poco que le quedaba en el núcleo. Su cuerpo se cubrió con destellos violetas, y a su alrededor comenzaron a formarse descargas eléctricas que chispeaban como serpientes salvajes, dejando marcas ardientes sobre el suelo rocoso.

—¡Vamos… aún puedo…! —gruñó entre jadeos.

Con una explosión de velocidad, se lanzó hacia el siguiente monstruo. Era alto, deforme, con brazos alargados como látigos y una espalda llena de espinas negras. Rei lo cortó en tres movimientos. Uno al cuello, otro a la pierna, y un último tajo diagonal que partió su torso. El cuerpo del monstruo se deshizo en humo oscuro.

—¡Uno menos…!

Pero aún quedaban más. Se giró, localizó otros tres y cargó contra ellos.

El primero cayó con un tajo limpio al pecho.

El segundo intentó atacarla por un costado, pero lo interceptó con una descarga directa desde su palma, quemando su núcleo.

El tercero fue más complicado, pero logró abatirlo con un salto y un giro descendente, su espada electrificada brillando como un relámpago en medio de la neblina.

Su respiración era irregular. Cada músculo le dolía. Su energía ya no respondía como antes.

—Aguanta un poco más… solo un poco más y vendrán… Sanha y el superior… Chris también debería estar cerca… —pensaba, mirando a todos lados con desesperación.

Fue entonces cuando atacó el cuarto monstruo.

Su espada bajó en un corte preciso… pero no pasó del grosor de la piel de la criatura. Un sonido metálico hueco le hizo comprenderlo: su energía se había agotado.

—¡Maldición…! —murmuró, pero fue demasiado tarde.

El monstruo le dio un puñetazo brutal en la cara, y el impacto la lanzó varios metros hacia atrás, estrellándola contra el suelo rocoso. El mundo giró a su alrededor mientras el sabor del polvo y la sangre se mezclaba en su boca.

Intentó levantarse. Sus brazos temblaban. Las piernas no respondían.

“No… no ahora… no puedo caer ahora…”

Fue entonces que lo vio.

Chris Mercy.

De pie en lo alto de una colina a unos metros de distancia, con su chaqueta ondeando por el viento contaminado, las manos en los bolsillos, y el rostro medio oculto por sus lentes.

—¡Chris! —gritó Rei, como si su alma se aferrara a él—. ¡Ayúdame! ¡CHRIS!

Él bajó con lentitud, dando un par de pasos hacia ella.

—¡Rápido, por favor… ellos…! ¡Tenemos que salvarlos!

Pero entonces… se detuvo.

La mirada de Chris parecía perdida, desenfocada. Como si no viera a Rei, ni a los monstruos, ni a los escoltados que temblaban detrás de una roca.

—¿Qué…? —Rei parpadeó, confusa—. ¿Qué haces…? ¡CHRIS!

Él levantó una mano lentamente, como si fuera a hacer algo. Por un instante, ella creyó que finalmente reaccionaría.

Pero no ocurrió.

Retrocedió.

Simplemente dio un paso atrás, bajó la mano… y se quedó allí, observando.

—¿Qué le pasa? ¿Por qué no se mueve? ¿Por qué no me ayuda? —pensaba Rei, desesperada, arrastrándose apenas unos centímetros por el suelo.

—¡Chris…! —su voz tembló, ya no de rabia, sino de miedo. De dolor.

Un grito desgarrador la sacó del trance.

Giró la cabeza y vio al más joven de los escoltados, el ingeniero, siendo atravesado en el torso por un brazo filoso de un monstruo. La sangre brotó como una fuente, empapando la tierra con un sonido húmedo y cruel. El muchacho gritó con todo su ser… hasta que ya no pudo gritar más.

El monstruo lo alzó como si fuera un trapo y lo arrojó contra una roca. Su cuerpo rebotó y cayó sin vida.

—¡No…! ¡NO!

Los otros dos escoltados —la médica y el anciano— corrieron en direcciones opuestas, gritando.

—¡Ayuda! ¡Alguien, por favor! ¡Ayuda…!

Rei apretó los dientes. Algo dentro de ella se quebró.

Empujó su cuerpo más allá del dolor, más allá del agotamiento, y se obligó a ponerse de pie. Sus piernas tambaleaban, la vista le fallaba, pero logró gritar:

—¡CORRAN! ¡CORRAN MÁS RÁPIDO!

Pero no lo hicieron a tiempo.

Uno de los monstruos atrapó a la mujer por la espalda y la hizo caer. El anciano tropezó con una piedra y cayó de rodillas. En segundos, fueron alcanzados por las garras negras y retorcidas.

La sangre salpicó como un golpe de lluvia violenta.

Un chorro manchó el rostro de Rei, obligándola a cerrar un ojo. El olor a hierro y podredumbre la envolvió.

Quedó paralizada.

“Los mataron… a todos…”

La visión se le nubló. Con los ojos entreabiertos, pudo ver, aunque fuera de reojo… que Chris seguía allí. Mirando.

Inmóvil.

Indiferente.

Detrás de sus lentes oscuros, su mirada parecía la de alguien completamente vacío.

“¿Por qué… no hiciste nada…?”

Y entonces…

Un fuerte impacto en su cabeza.

Rei solo alcanzó a ver una sombra descender sobre ella.

Después, todo fue negro.

Fuente: Webnovel.com, actualizado en Leernovelas.com

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